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ISSN 2684-0626

 

 

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“5 pesos”: La escena en pandemia

Por Samuel Cortez |

¿Puede el teatro atravesar la pantalla? ¿El teatro, cuando entra en la virtualidad, sigue siendo un seceso teatral o habla otro lenguaje? ¿Un tercer lenguaje que no es el del teatro ni el audiovisual?

Muchas de estas preguntas parecen estar albergadas en las entrañas de la obra “5 pesos (versión libre de la obra El Público de Federico García Lorca)”. Estas dudas sin embargo no aparecen ni de forma textual ni como preludio de una respuesta tranquilizadora que al final de la obra nos cierre todos los sentidos a los espectadores. Sino más bien como fantasma, como disparador para actuar y para hacer teatro, en fin como excusa para moverse ante el espanto de la quietud de cuarentena.

La obra transcurre por una serie de monólogos y de cruces entre el elenco vía virtualidad donde el público tiene dos opciones para asistir, como espectador presencial en la hermosa sala de La Colorida, donde un reducidísimo número de asistentes comparte la obra con una actriz, la dirección y la técnica general; y donde a través de una pantalla gigante puede ver las acciones del resto del elenco. La otra opción es desde la comodidad de un sillón en la propia casa, pura virtualidad. Esta última opción además es el formato inicial con que se llevaron a cabo funciones durante los últimos meses en pleno confinamiento.

Personalmente me tocó ser parte de la nueva opción semi presencial (por llamarlo de alguna manera) que ahora permite el protocolo para las salas. La opción desde el vamos es llamativa y la propuesta un desafío difícil para el grupo. Los que estamos en la sala no solo vemos el transcurrir de la obra de a momento vehiculizado por un pantalla y de a otros por la actuación en vivo, carnal y visceral; sino que además vemos a la actriz (Elena) ser parte de la actuación para un otro,  para un público que no está sentado con nosotros y con el que la actriz se comunica vía un teléfono celular; doble juego de actuación que obliga a estar atento a un doble ángulo del punto de vista. Complejidad que Sandra Perez Luna resuelve en buena medida sumando a los públicos permanentemente, actuando todo el tiempo que se está en escena y dejando huecos que le permitan ante cualquier impericia improvisar; además de una intensidad en la actuación menester para los textos y el simbolismo que cargan en este caso.

Desde que ingresamos y nos acomodamos en nuestros lugares la propuesta comienza por empujarnos a caer en la ficción. No hay dudas que la tiene difícil. Todo llama la atención: el espacio decidido para colocar los objetos, la presencia de un celular en escena, una pantalla gigante que ocupa el lado derecho del escenario y en esa pantalla los rostros de los otros espectadores que al igual que los que estamos en la sala esperan por el inicio de la función. A priori todos estos elementos parecen jugar en contra, demasiada actualidad cercana y acechante para el teatro, donde las más de las veces puede resultar un tanto antiestético ver tanta referencia a nuestras nuevas formas impuestas de comunicación. Pero además demasiado riesgo para el verosímil y la ficción. El teatro es un territorio de enorme riesgo, el actor está en escena, tiene pocas posibilidades de error, no cuenta con grandes recursos externos ni efectos que lo ayuden a hacer creer como cierto tanta mentira; sin embargo se planta con la certeza de su cuerpo como motor principal de convencimiento y si es bueno y la puesta ayuda, lo logra. Así la ficción es algo frágil sobre las tablas, como si todo el tiempo pendiese de un hilo y donde cosas muy simples como sonidos no previstos, una equivocación en la letra o una falla técnica pareciera cortar ese hilo.

A pesar de todos los a priori en contra, no solo los de puesta, sino incluso los de producción (por el uso de tecnología) y los de creación del material, ya que los ensayos se dieron a la distancia y de manera virtual, la obra logra resolverlos. Apela a usar los limitantes, las dificultades como una parte misma de la puesta. Entonces aquello que podría alejarnos de la ficcionalidad se nos muestra desde que ingresamos a la sala como parte de la misma. Elena recorre toda La Colorida cocinando, ensayando e interactuando todo el tiempo con un celular y con nosotros. La estética de lo que se proyecta (es lo que ve el público virtual) ya tiene decisiones tomadas, un estilo kisch en la pantalla (que se mantiene) y en las indicaciones que se dan para que los espectadores puedan disfrutar de la función. Desde el vamos la obra incorpora la virtualidad, opera y juega sobre ella.

El valor de la puesta no está solo en la novedad, en su búsqueda, desde el vamos súper valorable. Además tiene un valor en si estética, ya que compone un universo que nos embarca en un viaje donde a pesar de todas las dificultades terminamos entrado como público, una vez adentro la tecnología es un elemento más y funciona no solo como soporte técnico necesario para lograr la transición en vivo sino como signo compositivo de la escena. Un signo de una relevancia indiscutible en este caso, fundante de este trabajo en gran parte. Se suma al resto de los signos de la puesta y al uso de todos los recursos de los que disponen para hacer triunfar la ficción. Cuando se transmite en vivo se apela a conceptos de plano y encuadre, más propios del audiovisual, pero cuando se actúa, el tono es de gran intensidad, profundamente teatral, nada cotidiano. Así la actuación, el texto, la luz y el sonido realizado por la performance de Albaro Santillán Roberts componen el universo de la obra.  Un universo donde la poesía aparece en los textos, en el valor simbólico de estos y en las composiciones de imágenes, cargadas de eroticidad, que le dan textura a la planitud de la pantalla. Universo que además funciona como contendor, que alberga y absorbe a la tecnología volviéndola un elemento de relato. Gracias a esto el espectador puede entrar en el juego de la virtualidad de manera paulatina por vía de la actuación.

La dirección, colectiva en este caso de los mirones Verónica Perez Luna, Fabiola Vilte y Diego López, toma la decisión de la transparencia: la tecnología puede fallar. Aun cuando la Sala provee todo lo necesario, siempre se está a la intemperie cuando se trabaja con tecnología en el teatro. La dirección toma esta dificultad, juega con cierta precariedad que supone cualquier percance de este tipo y lo convierte en cuento. Lo suma al relato; el actor que encarna al Director que prepara la obra se mueve, deambula por su propia casa y recoge al vuelo cualquier resto de cotidianeidad hogareña para agregarlo al suceso, todo sirve para actuar cuando no hay teatros abiertos. Se vuelve carne escénica porque los actores juegan todo el tiempo con la precariedad, porque el teatro es precario y el teatro en pandemia es muchísimo más precario. Sin embargo la obra hace de toda la precariedad acumulada entre las butacas con tierra en la provincia en los últimos tiempos, una excusa, un lugar desde donde comenzar la búsqueda. Los actores opinan y denuncian. El teatro se metaforiza en el cuerpo de una de las actrices y entonces se hunde, se convierte en el “teatro bajo la arena” de Lorca, se asfixia y agoniza, necesita hacerlo para resurgir distinto. El actor que ensaya (Jorge Pedraza) nos deja en claro el momento del teatro actual “si no me ven desaparezco”.

“PRESTIDIGITADOR. ¿Y qué teatro puede salir de un sepulcro?

DIRECTOR. Todo el teatro sale de las humedades confinadas. Todo el teatro verdadero tiene un profundo hedor de luna pasada.”   (Fragmento de El Público)

“5 pesos” es una versión libre de “El Publico” de García Lorca, que toma del texto base un espíritu disruptivo sobre las formas más tradicionales del teatro. Un teatro que sufre y que parece estar en pandemia atacado permanentemente por golpes de gran impacto necesita emerger de la arena, de la sepultura con nuevas formas para sobrevivir. Capaz ahí sea donde más se note la influencia del texto. Si bien hay referencias literales y tenemos a nuestra Elena, a un director de teatro y a un actor que cuestiona, es en la intención de experimentar y apostar al devenir de la búsqueda de algo desconocido, donde 5 pesos logra dialogar con el autor español.

“El público” es una obra meta teatral que utiliza un lenguaje surrealista y que logra transmitirnos  como lectores las sensaciones, tensiones y emociones que el autor sentía por la época en que la escribió, lo hace a partir de permanentes y consecutivas imágenes de gran potencia poética, con textos bellos pero un tanto complejos que atraviesan la comedia y el drama pero que además están cargadas de opiniones sobre el teatro, sobre la máscara, sobre la ficción; y lo hace al fin para contar una historia de amor.

El elenco de la obra (5 pesos) decide contar otra historia de amor, no la de Enrique el director y Gonzalo, sino la propia, la de amor por el teatro mismo. Amor necesario para internarse a probar lenguajes y posibilidades nuevas en plena cuarentena y con las dificultades obvias de los ensayos a la distancia y de tener que componer ficción vía streaming. Se dan además la posibilidad de dar su opinión, de lo que a ellos le interesa: los directores, el salario de la actriz (que no se conforma con 5 pesos), la necesidad del público y el lugar de este. Por esto es una obra necesaria para la escena provincial, porque trae vida donde hay hedor a cuerpo descompuesto y lo hace apostando a lo difícil, a lo incómodo, con su propia secuencia de imágenes. Logra que el teatro se cuele por los intersticios de la pantalla, por lo bordes como si fuese una sustancia inmaterial y logra transmitir aún a través de un dispositivo las emociones y sensaciones de quienes trabajan en la puesta. Lo logra al punto de que en la función a la que asistí, sobre el final se escuchó una voz que parecía dar un cierre a la obra con una proclamación por el futuro y la salud del teatro venciendo sobre la enfermedad del virus. Después nos enteramos que esa voz que tan bien colocada había ingresado al sagrado espacio de la ficción no era parte de la puesta, sino la expresión emocionada de un espectador a más de 2000 km de donde nosotros estamos presenciando todo. El teatro viaja, desconoce sobre dispositivos móviles y sobre internet y llega a destino (el espectador) y al cierre de la función nos deja una sensación esperanzadora pero también alegría por el triunfo de la puesta, compartimos en el cuerpo la emoción y el amor por la actividad que recorre la anatomía de los que actúan, nos han permitido reír y disfrutar de climas, de tonos en composiciones visuales y sonoras bellas; logran hacer del tiempo que dura la obra una experiencia que nos deja una marca sensible que dibuja lágrimas entre algunos de los presentes. Cuando un trabajo genera estas cosas en el público, en nosotros los otros mirones, entonces no hay duda que el teatro está sano, que es atrevido y tiene futuro.

5 Pesos tiene previstas funciones en el marco de distintos festivales internacionales durante abril, pero están previstas nuevas a finales de mes y durante mayo, en versión solo virtual si el aumento de casos en la provincia nos vuelve a diezmar la posibilidad de la presencialidad en sala. Además al ser un trabajo netamente de laboratorio, de investigación que reúne a tres grupos distintos de artistas del NOA, despierta la curiosidad y las ganas de opinar y charlar sobre las nuevas formas del teatro en el actual contexto, así nace la invitación a ser parte de las “Conversaciones íntimas con Gustavo Geirola” (y todo por 5 pesos!). Reconocido psicoanalista, director e investigador teatral de larga trayectoria. Evento gratuito a realizarse en tres jornadas distintas durante abril, mayo y junio.

Hermosa e imperdible oportunidad para seguir pensando sobre la búsqueda de una teatralidad no doméstica y disidente.

El mail para la inscripción es registro5pesos@gmail.com

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Una respuesta a ““5 pesos”: La escena en pandemia”

  1. Maxi T dice:

    Muy buen texto. La incorporación de la tecnología en este caso y el posible tercer lenguaje me hace pensar en el pase entre líneas a través del botón “triangulo” en la play. De esos pases que daba JR10. Es decir, una posibilidad de llegar o mejor dicho, de seguir llegando.

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