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‘Acá somos todos putos’: una entrevista imaginada con Fabricio Jiménez Osorio

Por Priscila Hill|

– Cirilo se llamaba un tipo que vivía en mi misma cuadra en el Barrio Soeme. Tenía, extrañamente, un hijo discapacitado que salía a rondar la manzana durante horas. Es todo lo que hacía. Miraba el piso y caminaba. Tenían una casa muy pobre y una bolsa de consorcio negra cubría la ventanita de adelante. A Cirilo le faltaban todos los dientes, pero era amable y blando, con esa ingravidez de los viejos. Un día, nos enteramos de que el 101 frenó de golpe y él, que acababa de subir y estaba al lado de la puerta, se cayó y se desnucó en la vereda. Del chico que caminaba no supe más pero el señor no tardó en convertirse en mito barrial, en grito indignado de los vecinos que se preguntaban qué habría pasado con la casa, el hijo, la historia. Cuando vi que tu personaje se llamaba así, presentí que también fundaría algo, en algún mundo. 

– Es gracioso porque dos personas lo leyeron como si fuera un enano y el texto nunca dice eso. Es sordo, sí. Y muy petiso. Y tiene una forma particular de interactuar con su cuerpo que es cojerse a los gauchos. Por lo demás, es silencioso e intermitente. 

– Y tiene una serpiente amarilla en el cuello, que está dibujada en la portada del libro, como la de Salma Hayek en esa película en la que baila casi desnuda con una anaconda enroscada. La primera vez que vi esa escena era chica y me tapé los ojos porque sentí algo que en ese momento se parecía a la fiebre. 

– Suena a ‘Dolor y Gloria’. El niño contempla desde su cama al pintor desnudo y fornido mientras se enjuaga con un jarrito los resabios del trabajo manual. No puede resistirlo y se desmaya. 

– Así. Qué belleza. Qué profundo abismo ese. 

– ¿Y los diálogos? ¿qué opinás?

– Los del primer capítulo, flojos. Sentía que había algo que hacía a las maricas hablar como se supone que deben hablar. Una jerga a priori que me hizo ruido. En el minuto en el que el personaje principal cruza las puertas del primer escenario, todo cobra vida. Se vuelve insólito y desesperante. Querida Ilusión es como un sueño, pero también un deseo y un recuerdo. Me gusta que se llegue cruzando un pasaje a la vera de la ruta 38, la ruta de la muerte. Hay muchas historias de terror originadas ahí y es un guiño a la posibilidad de que morir sea como recordar o como coger, o como coger recordando. 

– No sé si fue intencional, pero hay una tensión entre la leyenda urbana, el mito, la religiosidad del NOA, la tierra prometida y la tortura de sentir que el mundo feliz y el deseado pueden no ser la misma cosa. Querida Ilusión es un no lugar, según dice Raúl, uno de los gauchos que desaparece para siempre, después de que un orgasmo en público y sobre un escenario, le posibilitara una transmigración de origen vaginal. 

– Centauros, orgasmos, serpientes, melones (¿la fruta prohibida?), una comunidad abrazada a una fundación poco ortodoxa y caníbal, un río profundo, una santa que cumple deseos, figuras que vuelan anunciando presagios funestos y un festival. Toda esa mitología pagana y marica latiga tu novela. Valga la metáfora, boleadora en mano, cabalgata sobre un caballo que quiere penetrar a otro, pero sus dotes exorbitantes se lo impiden. 

– Creo que en el fondo es una proyección de cómo me hubiera gustado que sea el folclore. Siempre me ha encantado, salvo por la parte en la que es solo para heterosexuales y se baila siempre sobre la tierra y de la misma forma, en parejas. Aquí la gente baila como si volara. Baila en grupo. Performatea. Se desnuda y se acaricia. Es una fusión, como el folclore que mezcla el jazz con el espiritual y rock. Que son, dicen, primos hermanos. 

– Incesto. Otro temita clave en la narración. Y ahora que lo pienso, ligado a la idea de pecados imperdonables. 

– Teníamos en la facultad una profesora vieja que creía que todo estaba maldecido y nos daba clases con monedas pegadas en las sienes. Era una obra de arte gótico mirarla. Siempre hablaba del incesto, para mí que tenía un tema. 

– Y sí, como la gente en nuestras provincias. Eso también aparece mucho: la endogamia que es la mayor virtud y la cosa más hartante de vivir donde vivimos. 

– Nada mejor que un festival para vernos toditas juntas en una danza grupal con sabor a “a esto ya lo viví”. 

– Lo del festival es para mí como una mariconización de la leyenda de La Salamanca, y lo del centauro sería la leyenda del Alma Mula (mezclada con esa sensación post orgasmo marica de que nuestro sexo no deja nada en el sentido de que no hacemos bebés).

– Además el centauro es un ser hecho de restos, un híbrido, una cosa extraña. Y en tu novela, ese resto engendra otro, que contará la historia cuando sepa qué lenguaje poblar. Ese linaje de cruces me gustó. 

–  En el fondo siempre soñé con ser un puto milagroso. Un puto gaucho y mágico que viaja y monta un caballo, abrazado al torso chongo amado.

– Debo reconocer que después de Las aventuras de la China Iron, de la Cabezón Cámara, la cuestión gaucha leída en clave no masculina me pareció un poco imposible. Y, aun así, me has dejado conmovida. 

Me sedujo particularmente la parte en la que todxs empiezan a desaparecer. Debe ser lindo quedarse solx, con ese tipo de soledad, digo. No como la de ahora, tan insípida, tan parecida a lo de siempre. Esa soledad en la que se te ensancha todo y ocupas la totalidad de un mundo fresco; en la que descubrís cómo comportarte sin el filtro ajeno que se repite a sí mismo. Pero es una trampa. Como la falsa santa que al final es buena pero no tiene poder alguno. Otro detalle fue el del arcoiris. Unx pensaría que es un signo de orgullo y no de fatalidad. Me interesa ese juego. La mitología irlandesa dice que, si llueve con sol y hay arcoiris, pagan lxs tramposxs. 

– No hablemos de eso. Como Simón, prefiero guardármelo, por favor. 

– Háblame de la Psicógena, entonces. ¿Por qué la has incluido? 

–  Ahí quería (capaz que para quienes siguieron esas publicaciones sea bien obvio) dialogar con el cuento de Pato “Un enorme corazón”, que definió toda la estética de la revista número 2 de La Cascotiada.

– No lo leí, pero no hay nada mejor que las tramas ocultas. Dice Sylvia Molloy que hay un lenguaje en esas tramas que tiene una existencia única y que es intransferible. A mí me hizo acordar a otras cosas que también prefiero guardarme porque, como en Querida Ilusión, somos pocxs y nos conocemos mucho. ¿Y la mariposa? ¿Por qué ese animal y no otro?

– Viven 24 horas, son la fase final de una metamorfosis que las deja volar y mueren buscando el fuego. ¿Qué otra cosa iba a ser, si no?

Datos del libro: ‘Querida Ilusión’ (La Cascotiada, 2019, Tucumán).

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