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Contagios corporales

Por Ana Teitelbaum |

Comparto con ustedes un registro que hice éste sábado, cuando me fui a vacunar

Coreógrafa pandémica

Estar ahí en el medio de algo que ya se había desatado (que ya estaba en curso). Intuir con un poco de pudor, que estaría bueno tomar la cámara; decidir “hacer marco” con ésta y lanzarme a surfear siguiendo el advenimiento de uno y otro gesto, como si la cámara fuese una gran red de pesca a la que puedo sumergir en una duración gestual que “tironea” en determinada dirección, hasta que un vuelo furtivo de un delantal empuje la red y luego sean unas manos las que aparezcan en la superficie para llevarsela, y cuando creo que yo elijo por dónde seguir, un codo atrapa el borde y lo arrastra hacia él mientras se despliega en un gesto minucioso que hace eco en contagios corporales a los que llego un poco tarde y que no sé ni puedo saber cuándo terminarán ni por dónde vendrán los próximos….

Esos recuerdos que quería ver. El campo de fuerzas flotante desde donde también vi.

Eran otros tiempos, es decir, otras temporalidades. Fue en 1997, cuando después de un año de ensayos, de figurarnos tres escenarios simultáneos, de cocer y descocer vestuarios, cascos, de mesas de trabajo con mate y mucho café bien negro y caliente. Meses de orientarnos en el espacio aéreo con arneses y de lograr registrar para armar dúos prometeicos y así subir para rescatar la luz. La luz como la metáfora de lo posible, rescatar la luz de los dioses como la posibilidad de apoderarse de algo que nos quitaron. La luz según su intensidad, según quién se la apropió, según a quién querés cegar, o a quién querés hacer ver. Ni bueno, ni malo sino según su grado de intensidad, su apropiación, y su política de uso. Para el público la pregunta pasaba por la mirada, por la política de la mirada como ejercicio de poder o de empatía, desde dónde ves, desde dónde podés ver, a qué distancia. Dónde elegís ubicarte o a dónde te toca estar. Te ubicás en el medio de todo o subís a la tribuna a tener una mirada de la “totalidad”. Esas eran las propuestas que el trabajo coreográfico de Beatriz Lábatte le proponía al público: ocupar el espacio entre lxs bailarines y la danza y tener una mirada parcial, fragmentaria y cercana ( ver un solo escenario, moverse, girar o resolver lo no-visible) o subir a lo alto de la tribuna, tener una distancia tal que te permita ver todo desde lejos (ver los tres escenarios, al público en el medio y a Gustavo Plaate pelando un brutal chelo). “porque en noches como ésta” me habla y me pregunta desde dónde elijo ver lo que veo.

¿Desde dónde veo?

En el medio de un campo de fuerzas, de rasgos intensivos, de velocidades, de atracciones eróticas, de arquitecturas frágiles que no terminan de establecerse. En medio del deseo que se escapa ardiendo.

En el medio, desde aquí, desde mi práctica y mis desvíos para seguir haciendo práctica, desde mi experiencia compartida y reflexiones titubeantes. Desde la danza que siempre se está escapando.

Mirar desde la danza me enseñó a mirar y éstos tiempos herederos de mujeres valientes y poblado de voces disidentes, corajudas y habilitadoras, me enseñaron ver que eso era también un saber y una forma política de no mirar por los ojos del hombre no-marcado, como dice Donna Haraway:

Entrar a ese campo en curso del despliegue gestual y ver cómo mi atención se ajusta a ese campo específico de direcciones que inclinan, invitan, ahondan, detienen.

Esto que veo no está localizado en un movimiento finito, claro y legible. Veo más cerca del rumor, del humor, del vapor. Más cerca del esternón. José Esteban Muñoz escribe en “Utopía Queer” (Bs.As, 2020) algo muy hermoso desde el pensamiento queer sobre la evidencia, el rumor y el gesto:

“Lo queer tiene un vínculo especialmente polémico con la evidencia. Históricamente, las pruebas de lo queer han sido utilizadas para penalizar y disciplinar deseos, contactos y acciones queer. (…) La clave para volver queer la evidencia es suturarla al concepto de ephemera o rastros efímeros. Piensen en los rastros efímeros como huellas, restos, las cosas que quedan suspendidas en el aire como un rumor”.

Pienso que en éste punto que la danza o la danceidad, como dice Paz Rojo para no localizar y cerrar la danza como “institución hegemónica”, puede friccionar con el rumor potente de lo queer que no quiere una localización única y para siempre.

También veo desde otros lugares.

Puedo ver “filiaciones discretas, secretas, flotantes” que me linkean a danzas vistas, aprendidas y admiradas, que nos enseñaron a ver cómo la danza se va afuera, a la calle, camina, contrapesa y abandona la factura espectacular, aunque sea durante el tiempo de la propuesta antes de que sedimente en vocabularios, en movimientos finitos que dejan de experimentarse como posibilidades entre otras. Trisha Brown en la calle y Pina Bausch llevando al escenario el movimiento cotidiano, el gesto cotidiano para preguntarle a la danza y friccionarle los bordes.

Ponerse el saco y los abrigos me lleva a mis afectos más directos en “Viendo a la gente andar” (2001) de Beatriz Lábatte, cuando éramos un cuerpo oficial y nos llamaban el Grupo de danza contemporánea de la provincia, y el abrigo, el trabajo y el pan eran las cuestiones en danza.

Eso que vi lo vi también desde este lugar.

El sábado a la mañana me fui a vacunar y desde que llegué al Club Caja Popular traté de interceptar o de chocarme con algún recuerdo de esas noches y días tan hermosos e intensos que vivimos ahí, “Porque en noches como esta” (1997, El Estudio), zona compartida de mi biografía con compañerxs muy muy queridxs. Pero no choqué con ningún recuerdo, no me vino a buscar ninguna imagen de tremendo trabajo coreográfico. Estaba inmersa en una inesperada trama reglada y pautada de un continuo orquestado en entrar-vacunarse y salir.

“Buen día” -pasos- “Buen día- siga por aquí”- otros pasos. Los saludos amables y rítmicos nos hacen saber que no es un momento como cualquier otro y que cada trazo está encadenado con el siguiente. Avanzamos en fila, voy mirando hacia adelante, no puedo pasear mi mirada por el enorme espacio porque cada momento que atravesamos tiene una localización precisa por donde desarrollarse y a dónde llegar y porque camino dudando si este orden durará o todo se desmadra en cualquier momento. (Nada indicaba que eso pudiera pasar, pero el miedo es parte de mi retina y hace titubear cualquier orden). Me siento en la tribuna (donde en “porque…” estuvo tocando el Chello Plaate), inaugurando una seguidilla de sentadas de comienzo a fin como indicadores de los metros de distancia social. Puedo ver las próximas localizaciones a las que nos desplazaremos cuando deba ser y nos vengan a indicar y los desplazamiento venideros que ya están ejecutando los grupos anteriores, en fila y siguiendo al personal de salud que va marcando el paso y conduciendo al grupo. Hay una distribución muy clara de funciones, entre tarea y tarea hay una pausa que nos permite ver llegar la próxima y así sucesivamente. Quien está a cargo da pasos grandes por todo el salón. Se puede identificar una estructura jerárquica, una partitura específica de gestos y acciones, un orden y una orquestación.

Hay un diseño coreográfico y una partitura muy clara a ejecutar por cada uno de los performers. Y los que no dirigíamos ni formábamos parte de la orquestación, ¿qué performance hacíamos, qué orquestación poníamos en práctica? Asistimos a una manifestación de multitud que hace un año y algo más no tenemos oportunidad de practicar. ¿Qué contagios corporales se efectuaron en los intersticios de lo orquestado? ¿Cómo un gesto provoca un eco y un brazo abierto devuelve una cabeza hacia atrás? Qué hermosura los rumores que empujan a movernos aún en las coreografías más distantes, donde no nos podemos tocar. Qué cosa más inquietante reunirnos y lanzarnos a surfear en curso para seguir un gesto que surca el espacio.

Lancé la red un rato, sonaban unas hermosas cuerdas y la danza saltó a mis ojos como contagio infinito.

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2 respuestas a “Contagios corporales”

  1. Celeste dice:

    hermoso texto Ana!!! gracias por estos pensamientos

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