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ISSN 2684-0626

 

 

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Cuentos para La Papa

Selección a cargo de Marcelo Martino

En este relato, en esta prosa poética que nació con afán de cuento que no prosperó (tal como define Nacho a su texto), hay tres protagonistas: Marcela, el calor infernal y San Miguel de Tucumán, aunque los dos últimos son en realidad uno solo. Por lo tanto, podríamos decir que los protagonistas son solamente dos. Y, si quisiéramos economizar un poco más, podríamos arriesgarnos a decir que el calor tucumano, en tanto devora y consume a Marcela (y a cualquiera que no tenga la opción de la fuga), es el protagonista indiscutible, ya que Nacho no le permite quedarse en un segundo plano y ambientar casi inadvertidamente lo que se relata (que se reduce a su mínima expresión), sino que lo deja, le da permiso (¿o es el calor el que se toma solito la atribución?) para que acapare la atención y se trague todo y nos ahogue con su humedad asfixiante. Y por eso, me parece, este texto es una pieza genuina de ese corpus esquivo llamado “literatura tucumana”, porque, ¿qué más tucumano que el verano insoportable? No por nada una antología de narrativa tucumana contemporánea publicada hace unos años por Blatt&Ríos se titula “40°”, dando a entender que, sin ánimos de ahuyentar turistas, tal vez no le convenga a usted visitarnos en temporada estival.

Marcelo Martino

Insolación[1]

A mitad del verano, en esta misma habitación, el departamento apenas iluminado por ese sol exhausto de la siesta que dirige sus rayos como dedos tímidos y torpes hasta asomarlos entre las ranuras de la celosía, pareciera el tiempo, necia, inevitablemente, haberse para siempre detenido. A mitad del verano, que, se sabe, en esta ciudad transcurre, ha transcurrido, de forma impune, casi absoluta, apenas perturbado por algunas flores y lapachos que florecen recién en septiembre, como si para ello antes hubiesen requerido autorización; perturbado, apenas, pues, también por una ventolera helada, forastera, que allá por julio viene y vuelve a irse con tanto apuro y pudor que nadie logra recibirla ni extrañarla; no llegando, en fin, ninguno de estos fenómenos a perdurar, a sostenerse lo suficiente como para considerarlos estaciones, sino más bien ligeros e inútiles lapsus del verano, de su inconmovible calor. Y lo sabía, claro que lo sabía, ella, Marcela, sola, incluso, incluso así, en la decadencia a la que se había abandonado: abatida, dejada, ahora por siempre vencida ante los acontecimientos, yaciendo sin más sobre su cama, con una mano dada vuelta, abierta sin querer, hacia arriba, como si primero hubiera reventado y luego se hubiera retraído, con las venas de la palma ligeramente resaltadas sobre la película de piel que las recubre, la muñeca flexionada por su propio peso, colgando, inerte, por fuera del colchón, en el aire, sobre la nada, sin ejercer oposición alguna a la gravedad, pálida, cual si fuera mano de muerta, mano de cuerpo al que se ha despojado de cualquier aliento de vida, vida que pareciera habérsele escurrido como un vómito intempestivo en el mismo segundo en que su departamento, esas paredes color crema que la rodean, quedara en paréntesis, aislado del transcurrir del tiempo, y por medio de este aislamiento, separado, también, del resto del mundo. Y lo sabía, pues, porque por supuesto que ya llevaba viviendo más de cuatro años en esta ciudad, por supuesto que un día había decidido inscribirse en la universidad para hacer la carrera de Comunicación, y por supuesto que ahí mismo se encontraba, cuatro años después; la misma ciudad, el mismo departamento, la misma carrera, y el mismo cuerpo que lentamente fue acostumbrándose a vivir bajo las tribulaciones de las temperaturas altas, acostumbrado él, su cuerpo, o resignada más bien ella, Marcela, a dejarse dominar por el calor, entendiendo que éste ocurre en San Miguel como si se tratara de un estado de ánimo, como si fuera una especie de angustia o pesadumbre al que por un lado se teme pero del que sin embargo es imposible escapar, como si en ese aire viciado que una inevitablemente respira respirase, además, el sopor de la melancolía, ese como dolor de cabeza que la obliga a una a echarse en cualquier lado, el ánimo exhausto, la vista irritada, y el cuerpo como reventado, hervido, ya preparado para someterse al sufrimiento. San Miguel, ciudad coronada, santísima ya desde su nombre, donde cualquier injusticia no es sino metáfora de la inclemencia con la que el sol la gobierna, urbe perpetuamente vespertina, de reverberaciones blancuzcas que desfiguran la realidad y la ofrecen como un espejismo, ciudad del verano sin fin.

Nacho Jurao

Detrás de escena

Este texto fue escrito en algún momento de 2018, como el comienzo de un cuento que finalmente no prosperó. Pienso que parte de la falla en ese intento tiene que ver con la ligazón poética con la que fue escrito, y lo conflictivo que suele ser emprender una narración con florituras que quedarían mejor entre versos. De cualquier manera, el fragmento me parecía consistente por fuera de su afán de relato, y por tanto fue incluido en el poemario Al fin, yacer publicado en 2019 por Gerania Editora.

Nacho Jurao nació en Tucumán en 1996. Formó parte de la editorial Minibus entre 2015 y 2018. Actualmente es el director editorial del sello independiente Gerania. Ha publicado los libros Al fin, yacer (Gerania Editora, 2019) e inusual insinuar (edición de autor, 2020). De forma independiente estuvo a cargo de la edición y publicación de Búscame otra vez y Eras reflejo divino (2021), dos antologías que recopilan la obra poética de 30 autores sub30 de Tucumán, Santiago del Estero, Salta y Jujuy.


[1] Este texto fue publicado con el título “En medio del verano” en la antología Tucumán Escribe (2019), compilada y editada por Julián Luna Pastore y Gabriel Gómez Saavedra, respectivamente.

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