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Dardo Nofal en los campos elíseos

Por Fabián Soberón |

Llego puntual al café del Centro Cultural Virla. Dardo Nofal no está solo. Tiene en su mano izquierda un cigarrillo encendido. No lo vigila. Nunca lo mira.

Me ubico en la silla y pido un café con leche. Conmigo viene Emiliano, el camarógrafo. Se queda parado, con el equipo en sus manos. Dardo lo sigue por un instante. Luego mueve su cara hacia la taza blanca que lo secunda. El café tiene el humo intacto. “No le agrego nada”, dice y sonríe. 

Le digo que no es una entrevista: sólo quiero guardar las imágenes para la memoria de los hombres. “Epa”, me dice, y el eco de su risa resuena en el túnel que forma, involuntario, la entrada al bar del Centro cultural.

Dardo despliega su arsenal de metáforas y de opiniones: “Mis novelas están llenas de Tucumán, de Santiago, de la gente del norte”, dice, contundente. Mueve la mano y temo que la ceniza del cigarrillo caiga en el café. Pero el peso de las palabras agranda la pantalla imaginaria de la conversación y olvido la expectativa inútil.

El camarógrafo graba y cambia de posición para obtener ángulos diversos. Pronto esa imagen móvil será parte de un video. Dardo despliega el cigarrillo como un malabarista de café y agrega: “la pregunta que me hago es por qué nuestros libros no tienen repercusión nacional”. Yo sólo lo escucho. Dejo que expanda su mirada sobre la literatura y el mundo. Dardo está muy preocupado por la región, por esa zona que él mismo ha escrito. Y no sé si él es consciente del todo de que la zona de sus libros ha contribuido a inventar la zona de la novela sin tradición.

Entiendo la zona como el espacio literario elegido por Nofal para sus novelas. Es esa parte de los pueblos del norte que conforman sus ficciones. La zona es, también, un espacio simbólico que lo antecede, un conjunto de mitos, historias orales, textos y testimonios que ya existen y que Nofal ha tomado como prestidigitador de la memoria. A su vez, la zona existe como referencia material (árboles, suelo árido, casas de chapa, calles) que se transforma en materia literaria: cemento, zinc, tierra, melancolía y efímera felicidad. No puede haber una ciudad como una equis, como una cosa en sí, según el sentido que le ha dado Kant a la idea de cosa en sí, es decir, como realidad absoluta separada de un sujeto. La única modalidad de existencia de la zona es como objeto de un ciudadano/escritor.

Las novelas de Dardo Nofal combinan los sentidos de zona y crean un territorio ficcional, autónomo, con claras marcas de una estética personal: Nofal ha creado un espacio de autor.

Él se ha ido a recorrer los campos elíseos de la posteridad y habla con los lectores desaparecidos, con los presos políticos, con los villeros, con él mismo.

Su voz rasposa y amable sigue sonando entre el polvo de la página y la risa cáustica y generosa. Sus novelas (y esas frases sentenciosas y humorísticas firmadas por Bosip) ya pertenecen a los lectores. Acaso ese era su deseo: escribir para dejar una zona estampada en la memoria. 

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