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De peñas y cafés literarios. El viejo bar “Los Cabezones”, una historia que contar

Por Lucas Cosci |

Peñas y cafés literarios tienen una larga historia en la Argentina, que bien merece ser escrita. Tradición muy europea que -como tantas- ha encontrado un fuerte arraigo en nuestra cultura nacional, con esa maravillosa e incorregible costumbre que tenemos de acriollar lo extraño.

En Buenos Aires son conocidos los históricos como él Helvética y el Tortoni, los Inmortales, el Richmond y La Montaña, en una lista que sigue.

En las ciudades del noroeste, también los hay; quizás no tan históricos ni tan célebres, pero los hay. Y en esta nota voy a referirme a uno en particular, que lamentablemente hace tiempo ha cerrado sus puertas.

¿Qué magia tienen estos lugares que atraen a los artistas, como templos sagrados del arte? ¿Qué posibilidades creativas se abren entre sus mesas, que no encuentran su lugar en otros espacios de la vida urbana? ¿Cuáles han jugado este papel en nuestra ciudad?

No son lugares en sentido estricto, sino más bien escenas que se inscriben en esa región difusa entre la institucionalidad y el flujo espontáneo de la vida bohemia. En ellas se hace posible una forma más amigable de comunicación, circulación, producción, discusión y crítica de la literatura, muy grata a los escritores por la calidez y cordialidad del ambiente, por la conjunción de socialidad y creación. Gozan del encanto de ser un patio de aire y luz en la cueva de los creadores. Su magia consiste en alejar al artista de la soledad sin alejarlo de la creación, mediante el fascinante juego de la colectivización de los procesos.

Porque las peñas y cafés literarios han cumplido no solo la función de socializar el arte, sino además han sido espacios, como hemos dicho, de producción, de edición, de discusión, de curaduría y proyección de nuestra producción literaria y cultural. Hay algo de los viejos salones de arte de Europa y de las tertulias coloniales, es verdad, pero además algo de las peñas folklóricas y de la vieja cultura de café, algo del arte callejero y del hapenning. En fin, una extraña conjunción de sitios y de prácticas superpuestos, que dan lugar a un ambiente fascinante para cierto público.

La urbanidad santiagueña no ha sido ajena a esta tendencia, aunque quizás con la austeridad provinciana de nuestra literatura. En este sentido, si ha habido un lugar histórico en Santiago ha sido el viejo bar Los Cabezones, varias veces nombrado en otras notas.

El emplazamiento estaba en una antigua casona ubicada en calle independencia casi 9 de julio, a metros de la plaza más importante de la ciudad. Era un antigua fachada que se prolongaba en un estrecho y largo salón, entre una penumbra que abría paso a una irrepetible experiencia de belleza. Sus paredes no solo exhibían cuadros, sino que incluso había dibujos de artistas en la propia mampostería de la sala.

En sus mesas se reunían intelectuales, artistas, músicos, poetas y escritores de distintas generaciones que encontraban en sus mañanas una buena forma de pasar el tiempo, entre charlas, devaneos e intercambios de papeles.

De noche acontecía lo imprevisible. Sus mesas se volvían platea de un improvisado coliseo, en el que discurría música, lectura de poesía, charlas, proyecciones de cine y espectáculos de los más diversos géneros. Un rincón en el que la tonada santiagueña se daba el goce de escucharse a sí misma en la mejor poesía leída por sus autores.

He conocido a fondo la trastienda de este espacio cuando Alberto Tasso me convocara a un evento poético, junto a Felipe Rojas, poeta y entrañable amigo de travesías y desvelos, que lamentablemente -como muchos de ese entonces-  ya no está entre nosotros. Eran los inicios del Ciclo de Poesía de los Viernes en el Bar Los Cabezones, allá por el año 2000. El ciclo representaba la irrupción de un régimen de comunicación poética, quizás no tan novedoso, como  continuo y sostenido en el tiempo. La propuesta cobijaba voces de distintos tonos y latitudes, bajo la impronta del deseo de la palabra. Una iniciativa plural, abierta, que buscaba generar un encuentro entre autor y público los días viernes, cada dos semanas, una esperada noche. Era una más de las propuestas de El Colegio de Santiago, vocación instituida a promover el conocimiento, la cultura y el arte de esta tierra.

Aquella noche con Felipe Rojas ha sido una experiencia única. Sin coordinación previa, hemos leído, escuchado y celebrado poemas encadenados, que terminaban y re comenzaban a partir de impensadas relaciones de sentido. Los versos del autor de Tiempo de sol y soledad resonaban como dulces latigazos contra los muros, con esa extraña conjunción de giros surrealistas con un costumbrismo a contrapelo. Ha habido poesía. Ha habido humor. Ha habido, sobre todo, calidez, cercanía, amistad.

No me parece exagerado decir que el Ciclo de Poesía de los Viernes en el bar Los Cabezones ha sido una experiencia inédita o, al menos, poco frecuente. El ciclo ha durado unos tres años, con algunos epígonos posteriores. Desde el dos mil hasta el dos mil tres, aproximadamente, en simultáneo con la mayor crisis política de los últimos tiempos, la poesía transcurría por un cauce inmune al colapso y el caos. Caían gobiernos y modelos económicos, se devaluaba la vida, se sucedían presidentes, y siempre quedaba la poesía sosteniendo esperanzas, siempre los viernes, siempre el bar Los Cabezones.

Han pasado por sus mesas medio centenar de escritores de nuestra provincia de la más diversa entonación, en una larga lista que no me alcanza la memoria para reconstruir sin omisiones. [1]

También Juan Saavedra ha recitado poemas y ha poetizado con la danza, en una imperdible combinación de lenguajes y de artes, enlace desmesurado de sentidos.

Narradores y poetas de provincias vecinas nos han visitado y presentado sus libros. Alejandro Carrizo, Sergio Uzandivaras y Selva Femayor de Jujuy, Susana Valenti y Héctor Berenguer de Rosario, Ricardo Irastorza de Córdoba, Ana María Cossio, Griselda Barale y David Lagmanovich de Tucumán, y Blanca Salcedo de Formosa.

El lugar ha sido el ámbito para numerosas presentaciones de libros, de revistas culturales, de plaquetas, de videos, de toda ocasión que sirva para compartir arte. Ha sido enorme, incalculable, el caudal de voces y sentidos alojados en la cordialidad de aquel refugio.

Hay dos noches memorables que no quiero dejar de reseñar.

Una es el viernes de la Pocha Ramos, en que nos ha entregado unos poemas desgarradores, recitados con su voz arrastrada y húmeda, derramada de pensamientos sobre el amor, siempre el amor en boca de la Pocha. Quizás la última vez que leyó en público. No lo sé. No lo puedo saber. Pero es mi deber pensar que ha sido su despedida, que hubo un adiós a Santiago en aquella noche. El bar estaba desbordado. Su voz era casi imperceptible entre esa multitud, que se había convocado a escucharla, presintiendo una final, porque un par de años después Santiago tendría noticias de su partida.

La otra es la noche que recibimos la visita de David Lagmánovich –un grande que también nos ha dejado, y ya son varios- , que nos ha paralizado con una poesía certera, lúcida, implosiva, matizada de su humildad y discreción. Ha leído, ha reflexionado, ha merodeado la belleza ante un público estupefacto.

Algunas mañanas que voy al centro, hago una parada en el café que está emplazado en esa galería que hoy ocupa el sitio del antiguo bar. No puedo evitar sentir el murmullo de los versos amurados al silencio de las columnas. Esas columnas que han perdurado en el nuevo edificio, en un acto de resistencia a la feroz modernización de los tiempos. Esas imponentes columnas que guardan en su mutismo la silenciosa memoria de relatos, versos y música, testigos inmutables de un viejo aquelarre, de tanta noche poetizada, de tanta belleza.

Como muchos espacios de nuestras ciudades, el viejo Bar Los Cabezones es un capítulo más de la historia no formal de la literatura de Santiago y del Noroeste.

Hay que escribir esa historia.


[1] Entre otros, han estado con su voz y su palabra: Selva Yolanda “Pocha” Ramos, Roxana Chávez, Elisa Piccoli, Alfonso Nassif, Eva Gardenal, Carlos Figueroa, Melcy Ocampo, Ana María Domínguez, Juan E. Paz, Felipe Rojas, Marita Pilán, Francisco Avendaño, Alberto Tasso, Carola Santucho, Jorge Rosenberg, Ricardo Sgoifo, Carlos Artayer, Graciela Alicia López, Silvia Piccoli, Eduardo “Lalo” Lescano, Clarisa Pérez Villalobos, y J. A. Villalba, Adriana Del Vito y seguramente otros cuyos nombres escapan a mi memoria.

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2 respuestas a “De peñas y cafés literarios. El viejo bar “Los Cabezones”, una historia que contar”

  1. Liliana Massara dice:

    Pasé algunas veces por Los cabezones, pero con la curiosidad de lo que alguna santiagueña/ño me contaban
    Una linda y emotiva reseña Lucas. Hoy las redes han ido cerrando muchos de esos espacios, tan buenos para disfrutar la literatura y las reflexiones y tal vez, las polémicas

  2. María del Carmen Pilán dice:

    Gracias Lucas por rescatar para la memoria este lugar tan entrañable para la cultura santiagueña!

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