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De regionalismos y literaturas provinciales. ¿Literatura santiagueña?

Por Lucas Cosci |

Hablamos de literatura santiagueña como algo tan obvio que ni siquiera lo discutimos. Nos aferramos a su existencia y a su posibilidad con la fe inquebrantable de un creyente. Hacemos un culto y una didáctica de sus heraldos. Lo mismo va para la literatura tucumana, para la salteña o para la de cualquier provincia del Noroeste.

Pero, y si en un momento nos preguntamos, ¿existe algo así como “literatura santiagueña”? ¿Qué es lo que comprendemos bajo esa adscripción comarcal?  ¿Llamamos así a la literatura que se hace en territorio santiagueño o a aquella otra cuyo tema o escenario es Santiago? ¿Se trata de una cuestión de fronteras geográficas o de delimitaciones simbólicas? Y si hablamos de delimitaciones simbólicas, ¿existe “lo santiagueño” como tema de una literatura posible? ¿Basta haber nacido en este territorio para que un escritor sea incluido como parte de un relato de provincianía literaria o tiene cumplir alguna otra condición de tipo estética? ¿Qué pasa con los que no han nacido en Santiago, como Ricardo Rojas, o con aquellos que se han mudado, como Bernardo Canal Feijoo, o los que han sido marcados por ese extrañamiento, tanto por el polo del origen como por el polo del destino, como Jorge W. Abalos?  ¿El carácter “santiagueño” de cierta literatura lleva implícito una toma de posición identitaria?

Fue nuestro recientemente fallecido José Andrés Rivas quien se extravió en los arcanos de esas “fronteras”, pero debemos reconocer que al menos ha plantado mojones en ese segmento problemático. [1]

Pero, además podemos redoblar la apuesta, ampliar el horizonte de nuestro problema, y re-preguntarnos, ¿existe una literatura noroestina, una literatura del NOA? ¿Existe eso que llamamos “literatura regional”? ¿De qué fronteras estamos hablando?

Y si no existe nada que sustancialmente podamos llamar literatura santiagueña o regional, ¿es una mera categoría clasificatoria, una forma de agrupar autores cuya obra no difiere mucho respecto de otras literaturas?

Si la literatura es santiagueña por la mera pertenencia de sus autores, entonces nuestra expresión se refiere a una adscripción geográfica provinciana. Un gentilicio vacío. Sería más o menos lo mismo que decir literatura cordobesa o santafesina. Sin embargo, presiento que la categoría carga con otro peso. Presiento representaciones no dichas, que importan una cosmovisión e imparten una ética de dudosa legitimidad. Ni a Juan José Saer, ni a Paco Urondo, ni a José Pedroni los nombramos como escritores santafesinos. Son escritores sin más. Ni siquiera recordamos de dónde. Escritores y punto. ¿Por qué a los autores santiagueños insistimos en llamarles santiagueños? Entonces, ¿hay “algo más” que gravita en la solidez de ese adjetivo? ¿Será que hablamos de literatura santiagueña para referirnos a aquella que asume a Santiago como el asunto de una escritura auto-representativa? En ese caso, santiagueños serían sin duda Orestes Di Lullo, Jorge W. Abalos o Clementina Quenel, pero no lo serían la mayoría de los autores contemporáneos, narradores y poetas que escriben y publican en libros y redes sociales sobre temas tan dispares como ubicuos.

El problema –uno de ellos- es que hay una radical ambigüedad en la expresión “literatura santiagueña”. No está claro si el carácter de santiagueño está dado por el genitivo subjetivo o el genitivo objetivo o por ambos. Es decir, si lo es por el sujeto, literatura “de” Santiago, o por el tema, “acerca de Santiago”, o por las dos cosas a la vez.

El otro problema que encontramos es el de un prejuicio. El de pensar que existe una literatura santiagueña porque existe la “santiagueñidad” como atributo de un pueblo diáfano y que nuestra producción literaria debería representar ese atributo, como un imperativo de autenticidad. Y ahí estamos frente a un problema, porque implica una visión esencialista de la cultura, que excluye como no santiagueño a todo aquello que se separe de ese molde y condena a los escritores de este lugar en el mundo a la repetición indefinida de ese mismo molde. O somos auto-representativos o no somos nada. En ese caso, estaríamos frente al problema de que incluiríamos algunos nombres y a otros dejaríamos afuera, aunque pertenezcan a nuestra provincia y hagan buena literatura, porque no se ajustan a ese canon.  Eso sería pensar lo santiagueño como una entidad inalterable, que se representa a sí misma en nuestras letras, cuando en realidad se trata de una construcción discursiva, histórica, situada. ¿Cuál es entonces la santiagueñidad que demarca nuestra literatura?

Pero, además, ¿pensarnos como literatura santiagueña o como literatura regional, no significa aislarnos de algún modo respecto de otras literaturas que nos atraviesan? ¿No significa incurrir en una endogamia que se alimenta de sí misma y le da la espalda a lo distinto?

A todo lo anterior le sumamos la sospecha de si la denominación de literatura provincial, regional, santiagueña o noroestina, es en realidad una de las formas de subalternizar nuestra producción cultural frente a la hegemonía del puerto, cuya literatura se propone a sí misma como nacional.

Finalmente, quisiera proponer algunos caminos para revisar esta cuestión. Nada definitivo; solo una mirada en perspectiva -frágil, provisoria, discutible- para, desde la distancia, recomponer la perspectiva del campo.

La primera, sería no olvidar que el uso de esta categoría se justifica en un sentido instrumental, una propuesta de orden y de clasificación. No remite a un estado de cosas sino a la necesidad de su ordenamiento discursivo. Si hablamos entonces de literatura santiagueña es porque nos permite ordenar el discurso (agrupar autores y obras, por ejemplo), no porque creamos en lo santiagueño como realidad sustancial. Lo mismo diríamos de la literatura del Noroeste.

En segundo lugar  para ciertos casos, podemos usar la expresión “literaturas en Santiago”, o “literaturas en el Noroeste”, Es decir cambiar el singular por plural, para acentuar la diversidad y la preposición “de” por “en”, para relativizar el origen. El plural garantiza la posibilidad de incluir múltiples modelos y posibilidades. El cambio de preposición garantiza la inclusión de escritores nacidos en otros horizontes pero que han generado cierta literatura desde Santiago o desde el Noroeste.

Por último, y sin entrar en contradicción con los enunciados anteriores, creo que también estamos autorizados a hablar de una “literatura situada”. Es decir, una literatura que, como toda,  tiene su enclave simbólico en un determinado suelo, una literatura que tiene su lugar de enunciación, su “desde dónde”, sin que eso condicione en absoluto sus posibilidades de proyección universal. Rodolfo Kusch decía que detrás de toda cultura está el suelo. Ese suelo no es una realidad sustantiva que nos defina en esencia como santiagueños o como noroestinos, sino que es un horizonte simbólico, un lenguaje, con notas propias bien definidas. Se trata de una adscripción territorial por medio del lenguaje. El mismo Rivas lo reconoce. Es el lenguaje. Los escritores santiagueños, aun sin proponérselo, aun cuando sus textos se alejen de lo que entendemos por “lo santiagueño”, escriben en un lenguaje que los singulariza, que lleva giros propios, modos de enunciación, palabras, constelaciones simbólicas, usos de modos y tiempos verbales,  que quizás no encontremos en otras escrituras, o no los encontremos en la misma disposición. Hay una forma de decir el mundo en Santiago que, aun sin quererlo, se vuelve literatura. Lenguaje, mundo, suelo. Eso es lo que está detrás. Si existe algo que podamos llamar literatura santiagueña es esa adscripción territorial por medio del lenguaje, esa pertenencia a un horizonte simbólico que nos precede y habla.

Literatura santiagueña, literatura situada. O mejor lo decimos con el Zoco: “Santiagueño por atardecer”. Devenimos santiagueños por una determinación del lenguaje y del curso narrativo del tiempo,

¿Podemos afirmar lo mismo del Noroeste?


[1] Rivas, José Andrés, La cultura como frontera. Un viaje al interior de las letras santiagueñas, EDUNSE, Santiago del Estero, 2014, págs. 27-32.

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