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ISSN 2684-0626

 

 

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Edgardo H. Berg, de Fabián Soberón o el acertijo perturbador

Por Adrián Ferrero |

     Ahora bien: ¿por dónde ingresar críticamente en este nuevo libro de Fabián Soberón? ¿desde qué perspectiva crítica abordarlo? ¿desde la mirada tradicional, atento a un argumento, a una trama o un conjunto de tramas, dado que su protagonista (digamos) es común a todas ellas? Tal hipótesis resulta a todas luces tan imposible como inconducente, en virtud de las premisas o los problemas teóricos frente a los cuales nos enfrenta, nos sitúa esta textualidad inusitada.      

      Pero sumerjámonos en el libro. En su deliberada resistencia a ser inscripto en una versión convencional de ficción. En su Inscripción, a continuación del Prólogo de Edgardo H. Berg, quien será el protagonista de las narraciones que se refieren en este libro, diría yo que Soberón traza un programa. Desvergonzadamente lo exhibe. Al estilo de un prestidigitador que revela su truco para que, quizás, sea más interesante aún. O más virtuoso. Y, también, como un manual de instrucciones que indica de qué modo ha de ser leído. Proponiendo, sin embargo, algunas torsiones. Algunos atajos. Algunas transgresiones a esas instrucciones para que podamos ser también suspicaces respecto de ellas. Para que pueda ser leído, a partir de esta revelación, en todo su alcance. Cito a  Soberón, en su Inscripción luego del Prólogo de Edgardo H. Berg: “Me interesa ver cómo se desmorona lo real por el impacto de la ficción y cómo se transforma la ficción a partir del trabajo con la no ficción, con la historia, los hechos narrados como ciertos. En este sentido, escribo desde la auto ficción deliberada y con el encubrimiento de la ficción a partir de velos de la biografía y de la no ficción. Mi escritura busca impugnar la ficción; mi vocación es hacerla pasar por no ficción, Yerba Buena, 16 de septiembre de 2020”. Y remata: “Lo único que no me interesa es la verdad. La verdad lo pudre todo”. Ahora bien: si no le interesa la verdad porque la verdad es aquello que contribuye a que el estado de cosas, el universo, las leyes según las cuales nos regimos en la vida cotidiana, según la cual las teorías e hipótesis se comprueban (o no), “lo pudre todo” deja en claro que le interesa  otra cosa. Todo lo que la desmienta, la impugne, juegue con ella, la ponga en duda, la haga dar un traspié, la refute, la desestabilice, la torne falsable, la torne poco fiable. Todo ese juego de operaciones mediante las cuales un sujeto o una doctrina puedan postular que la verdad no tiene sentido, es prescindible porque desordena los hechos, no da cuenta de ellos, hace devenir farsa los acontecimientos, hace de la realidad (y de la intersubjetividad) una mentira.  La verdad “no le interesa”. Tal vez precisamente sea ese desinterés el fundamento totalizador de este libro. Su afán por confundirlo todo para volver a su vez más interesante cada una de las entidades que componen el orden de lo ficcional y el orden de lo real.  Para volverlo más cautivante. Más vertiginoso en el sentido del vértigo que propone cierta ficción porque un argumento (cinematográfico o literario), cautivan la atención  de un lector o espectador en virtud de lo que en él acontece. Pero también de aquello que deja de acontecer. Le es sustraído al lector/espectador. 

     En el subtítulo de la portada del último libro de Fabián Soberón, Edgardo H. Berg (2021), se deja en claro de modo unívoco desde el punto de vista editorial (como mínimo, pero sospechamos también autoral, difícilmente sea un libro robado a su autor, bajo la forma del contrabando) cuál será la índole en lo relativo al verosímil merced a la cual deberemos regirnos a la hora de leer estos ¿cuentos? No obstante, el libro Edgardo H. Berg, lleva un Prólogo firmado por el homónimo del título (y por el protagonista de los cuentos), Edgardo H. Berg, como si la firma en lugar de garantizar un principio de veracidad facilitara o fuera el punto de partida, el fundamento de una fabulación, de una duda inquietante, de una vacilación perturbadora, de una incomodidad para el lector. ¿Cómo proceder frente a este acertijo? ¿aceptarlo de modo sumiso, pasarlo por alto, o tomar la decisión beligerante de un combate desde la interrogación del signo para su comprensión? Lo cierto es que esta discursividad sume al lector en una relación tensa con la materia narrada, porque si lo que lee es en efecto un cuento (en principio) ¿cómo puede interpretar con seriedad, con veracidad, con fiabilidad, que esté protagonizado por un personaje del orden de lo real? ¿no ficción  entonces? ¿género testimonial? Como si quien leyera estos cuentos hubiera caído en una celada con un final anunciado, al estilo de la conocida novela de Gabriel García Márquez. En ella, se aspira a que un paratexto (el Prólogo, más precisamente de una firma: “Edgardo H. Berg, 16 de septiembre de 2020”) está por fuera y por dentro de los cuentos. Como un fantasma o, quizás, como un aparecido que ha regresado de la muerte o se dirige hacia ella. O quizás todo es un juego. En ese juego, nunca hubo un Edgardo H. Berg real (el que firma el Prólogo), sino que siempre participó de la ficción. Formó parte de un verosímil por dentro del cual sale y entra del orden de lo ficcional al orden de lo real, lo testimonial, lo biográfico y, en algunas partes del libro, de lo autobiográfico. Firma y fecha ¿garantizan las nociones de identidad y de temporalidad, esto es, la inscripción en la Historia, que afecta el mundo y a los objetos o seres que tenemos por reales, los arrasa, los devasta, insidiosamente? ¿o acaso son la perfecta excusa para iniciar una confusión? La firma “Edgardo H. Berg”, en el Prólogo hace que todo comience a tambalearse a poco a comenzar a leer los cuentos (porque eran cuentos ¿no?). En principio, esa firma señala el modo de lectura desde el cual debemos leer este libro. Su primera pista. Habrá otras.

     Por otro lado, nos encontramos frente a otros desconciertos.  El protagonista del libro (Edgardo H. Berg) declara haber conocido a Soberón (autor de libro, narrador de los cuentos, en principio), de modo que Soberón también ingresa en este sentido en el orden de lo ficcional si consideramos este conjunto de textos como cuentos, esto es, regidos por una economía ficcional. De modo que hay ingresos y egresos del libro. Dos como mínimos: Prologuista (a su vez protagonista de las historias) y Soberón, citado como alguien a quien este prologuista/protagonista ha conocido en cierto pueblo alemán y le ha referido anécdotas de su vida. Pero también Edgardo H. Berg es quien ha presentado uno de los libros de Soberón de existencia constatable. Un libro que está en bibliotecas y bibliografías. Que circula. Que a su vez se lee como otro plano de ficción. Un texto que reenvía a otro texto con la misma firma autoral del libro Edgardo H. Berg.

     Pero las cosas no terminan allí. Porque suceden otras en relación entre Edgardo H. Berg  (prologuista/protagonista de las historias) y Soberón (autor del libro). Berg, como dije, presenta uno de los libros de existencia constatable de Soberón. No obstante, “La verdad lo pudre todo”. De modo que lo que vale la pena es la ficción. Los cuentos. O, por ejemplo, entrar y salir de ellos como de una puerta giratoria (me gusta esta metáfora, esta imagen de la puerta giratoria). Da cuenta de ingresar a un mundo, de quedar confinado en un cubículo por unos momentos, que existan otros cubículos paralelos en los que puede haber otros sujetos (personas/personajes, varón/mujer). Y si otros se han jactado de emplear la metáfora del laberinto como figuración última de un universo o una civilización, yo si me lo permiten me serviré de la de la puerta giratoria para dar cuenta de este ingreso/egreso del orden de la ficcional al de  lo real no porque se gire en falso, sino porque en el momento acertado (que es uno y no otro) se traspasa ese umbral. “La verdad lo pudre todo”, afirma Soberón. De modo que hay que despojarla, en primer lugar de todo significado y de todos sus sentidos. En segundo lugar, hay que evitarla en un libro porque lo arruinaría. Arruinaría un libro de ficción. Arruinaría un libro de cuentos. Sin embargo, la verdad, el principio de verdad, aporta toda una serie de garantías a un narrador o un sujeto cualquiera. A un lector, también. Sobre todo a un lector, me atrevería a decir. Porque precisamente los autores más interesantes son aquellos que se han manifestado con el suficiente poder de determinación y la lucidez para cuestionar la verdad. Sabemos que la verdad le confiere certezas a un autor. La verdad le otorga un principio de serenidad. Aquí estará la ficción, allí estará el orden de lo real. Aquí estará lo verdadero, allí estará lo falso. Aquí estará lo testimonial o no ficcional, allí estará la ficción. Pero a Soberón le interesa “desmoronar la realidad”. Si le interesa “desmoronar la realidad”, le interesa hacer trizas todo enunciado que se tiene por cierto. Incluso la ficción por dentro de la cual la ficción se desplaza. Porque convengámoslo, también por la realidad o el orden de lo real circulan los libros que son portadores de la ficción, noción que la impugna. Luego, le interesa una “transformación” (que no es una “destrucción”, cuidado, no es lo mismo”), es un cambio de estado, es un cambio de estatuto cuya condición principal es su desenvolvimiento en términos de una diacronía. La ficción “bajo el impacto de la no ficción, con la historia, con los hechos narrados como ciertos”. Este punto resulta interesante porque estamos hablando de un libro de cuentos (como supuestamente este lo es o así se lo postula, puede que paródicamente) en el cual podríamos afirmar, o el sentido común suele acordar por consenso que responde al orden de lo ficcional. A partir de aquí, resulta sumamente atractiva la hipótesis de que dicha transformación en la que tanto se manifiesta interesado Soberón, lo sea de un Edgardo H. Berg real (prologuista de estos cuentos) a un Edgardo H. Berg ficcional de los cuentos de su libro (¿o a la inversa?). Y estamos en problemas Edgardo H. Berg es el protagonista de los cuentos pero afirma conocer a Soberón al autor devenido personaje. De modo que sí, efectivamente, el panorama resulta transformador. No hay destrucción. Hay transformación. El orden de lo ficcional postula a un Soberón (quien efectivamente es real o no ficcional, en todo caso) transformando a esa ficción en otra cosa o en otro orden. Es cierto, se podría postular que también destruye la relación entre ficción y realidad. Pero lo que en verdad se pone en juego (y es lo importante en este libro) es el juego de ingreso y egreso de él. De estar por fuera y estar por dentro de él. Ese otro orden que es el resultado de una transformación, es el resultado de un proceso. Y estamos frente a figuras (para no decir ni personaje, ni protagonista, ni autor ni narrador) que tienen un pie por dentro y otro pie por fuera de la ficción o del orden de lo real. Nuevamente mi metáfora de la puerta giratoria me sirve para regresar a una reflexión en profundidad de estar salir y entrar. De modo que este libro puede definirse más en términos de un desplazamiento que de categorías cerradas. Las categorías de ficción, realidad, historia en el sentido de Historia, hechos, testimonio, dejan de perder sentido. Se hacen polvo. Estalla. Enloquecen, se salen de quicio. Es más: pierden el juicio. La  puerta no deja de girar, no se detiene, estamos frente a un objeto/libro desconcertante o, peor aún, alarmante. El universo se disgrega, se dispersa. ¿Será otra clase de Aleph? ¿no por contener todo lo que ha existido, existe y existirá sino porque dispersa la noción “libro”, “literatura”, “ficción”, “existencia constatable”, “realidad”, “autor”, “personaje”, “protagonista”, “transformación”, “destrucción”, entre otras que aquel Aleph fabuloso y de un alto nivel de perfección como el de Borges, que parecía insuperable de pronto se choca con este otro libro/objeto que en su mapa, en sus contornos, en cambia, desarma lo que con tanto trabajo siglos, generaciones de humanos, civilizaciones, de letrados habían procurado tener por ciertos. Certezas tranquilizadoras. Certezas que otorgar al lector. Garantías. Confirmaciones que ahuyentaran las dudas. La biografía es un género según el cual la narrativa de identidad, es decir, la narrativa del sujeto, para el caso Edgardo H. Berg, es dada a conocer por el autor mediante el artilugio de un narrador de este libro. Y la autobiografía, tan en  consonancia con la anterior, casi su fuente, constituye la revelación de los secretos, la posibilidad del acceso a los pensamientos, a las reflexiones, a la intimidad de Edgardo H. Berg, puesta de manifiesta de modo permisivo en el Prólogo. Edgardo H. Berg, en el Prólogo delega en el narrador la enunciación de su propia experiencia, de su propia existencia incluso. Pero también en un narrador omnisciente podría serlo. El Prólogo es el punto de inflexión de lo autobiográfico, para dar el pie al trabajo del narrador/biógrafo, que es Soberón (hay un intertexto explícito aludiendo a un biógrafo inglés por allí nombrado).

     Los cuentos están fechados. Y el Prólogo de Edgardo H. Berg así como la Inscripción de Fabián Soberón también está fechada. Fechas y cuentos están en sincronía. No existen cuentos escritos después del Prólogo. Sí antes o durante el mismo año, lo que resulta lo esperable, lo natural, no lo inesperado o inquietante.

     Diría que la brevedad de este libro le confiere en primer lugar una profunda intensidad. Y en segundo lugar, la posibilidad de una síntesis de teorías, postulaciones de autores, especulaciones acerca del relato y de los géneros, que en definitiva lo favorecen. Esto es: Soberón no requiere de un tratado para desestabilizar la credulidad. Sino que se sirve de unos pocos “cuentos” porque en verdad destruye o, mejor, transforma la noción de “cuento”, de “ficción”. El trabajo corrosivo de todas formas es de naturaleza descomunal. Y lo que prometía ser un mero libro de cuentos termina deviniendo un asalto a las grandes categorías, a las grandes certezas, a los grandes relatos, con que la teorías literarias de todos los tiempos conciben como su objeto de estudio y las teorías filosóficas conciben la relación entre  el filósofo y lo que interpreta a través de teorías fundamentadas. Que en definitiva son hipótesis. Jamás son certidumbres. 

     La sombra de la alteridad del autor devenido personaje, como en Piglia, adoptando otro nombre (quien a su vez remite a toda la lista que enumeraré a continuación). La sombra de Arlt con las faltas de ortografía en sus manuscritos ¿son como las del inédito que Edgardo H. Berg le confía a Soberón? además en las consonantes y la vocal de su apellido. Las teorías del relato, de los prólogos y de la narración de Macedonio Fernández, además de esa única mujer que amó, perdió hasta que deambula fumando sin encontrar un destino alternativo. Naturalmente la omnipotencia soberbia de Borges (en su doble acepción de belleza descomunal pero también de creencia en su infalible superioridad). Todos estos intertextos, entre otros, implícitos o explícitos, entre otros filosóficos, figuran en este libro que naturalmente viene a inscribirse de modo superador en la tradición de las poéticas argentinas de mayor trascendencia. Y a hacerlo de modo superlativo. Pero daría un paso más allá: de modo superador. 

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