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El calor de la barbarie

Por Gaspar Núñez |

Hace algunos meses, Carlota Beltrame exhibió un conjunto de piezas en el Museo de la Universidad Tres de Febrero, CABA, reunidas bajo el título “Memoria colectiva”, muestra curada por Julio Sanchez. Como en ocasiones anteriores, la artista toma conceptos grandes, abarcativos, cargados de capas e historia pero en su mayoría de palabras simples, para acompañar las imágenes y objetos que produce. Casi muletillas del pensamiento filosófico que lograron imponerse en el habla del día a día, en la boca de unx verdulerx, taxista o carnicerx de algún mercado.

Desde hace un tiempo, Beltrame busca soldar con su sangre las vértebras de dos siglos, o dos geografías quizás. Para ello, ofrenda su obra y se embarca en la difícil tarea de mezclar allí, cual tubo de ensayo, lo particular con lo universal. Apela a gestos del minimalismo que pretenden mediante una neutralidad discursiva evadir la cultura y ser accesibles a cualquier persona del mundo. Pero Beltrame arma sus composiciones con elementos inequívocamente locales, que sólo un conciudadano podría reconocer, intentando hackear al gen universal del minimalismo. A su vez, se encolumna en el conceptualismo, cuando da presencia a las abstracciones que teje la cabeza.

En esta muestra, el grueso de obras conjugan aspectos del trabajo doméstico  o de nuestro paso diario e íntimo por la ciudad con materialidades que tradicionalmente se asocian a la nobleza, lo sagrado o -por lo menos- excepcional. Pero sólo quiero escribir sobre una obra en particular: un enorme y pesado textil suspendido del techo. El beatón de 36m² fue encargado por la artista a artesanas de Santiago del Estero: Concepción Mansilla (oriunda de Bandera Bajada), Clara Vázquez (de Soconcho), Irma Rodríguez y Victoria Juárez (ambas de Atamisqui).

Podríamos decir que es una frazada inútil, como los objetos a los que nos acostumbra el arte; pero que, fraccionada, podría abrigar a cientos de personas, o ya bien, cubrir por completo el cuerpo de un gigante, un goliat. Si tal ser se atreviera a presentarse ante nosotrxs, claro.

En una entrevista, la artista señala que las teleras viven en pequeños ranchitos en sus pueblos y caseríos desérticos. Así, acentúa un contraste: la desproporción de su encargo y el cinismo punzante de su gesto.

Empatía y compromiso son los más grandes lujos que el arte ha alcanzado a poseer. Por eso, Beltrame es la cabeza que de forma entrañable le pone voz a la barbarie. Lxs artesanxs, descamizadxs, analfabetxs, la gente común del interior, lxs que no tienen ni un cospel ni un pedazo de tierra donde caer muertxs, quienes no pueden brindar más que su voluntad y fuerza de trabajo, hacen un enorme Goliat.

El cuerpo es un animal que inspira temor por su falta de palabra, por lo imprevisible de la salivada en el piso o el balbuceo a tientas en la madrugada. Pero la artista, con habilidad, sabe domesticar ese desorden para producir un abrigo de dimensiones colosales.

La escala de este inmenso textil, su intención de materializar una voz social y sus impactantes colores recuerdan sin duda al muralismo mexicano. Y más aún a su vertiente local, aquella Escuela Muralista que Spilimbergo proyectó (retomando las experiencias con Siqueiros) durante su etapa docente en Tucumán hacia fines de los años 40, con la renovación que inspiró la llegada de Perón. Por una cosa u otra, el sueño del pintor no prosperó y de su escuela sólo quedaron algunos apuntes en carpeta. Spilimbergo se fue de brazos cruzados a los pocos años de su llegada. Pero hoy Beltrame parece querer dar cuenta de que el legado insondable del maestro aún vive, y se hace carne en ella.

Paradójicamente la artista alguna vez escribió una especie de manifiesto en el que traza una línea cronológica del arte que va de la arcaica mano (un arte guiado por el oficio y la intuición) a la impoluta cabeza de lxs intelectuales-artistas. En el extremo más lejano de la línea se encuentra Spilimbergo, y del otro lado, lxs parricidas que contrarearon a los maestros de la pintura local. Beltrame propone que el paradigma actual de producción artística relega  la mano y la retina, a la vez que escinde cuerpo y mente. 

Sin embargo, ya hacia 1935 el crítico de arte peruano Atalaya dijo alguna vez que, para aquel jóven pintor que era Spilimbergo, “ni su sensibilidad ni su instinto sirven de seguro apoyo”. Y luego sentencia sin siquiera dudar: “la pintura de Spilimbergo es cerebral”.

Una línea de dos puntas se tensa y se holga, se acuesta como un 8 infinito y junta sus extremos. Es una línea que se enhebra y urde para tejer aquella enorme manta multicolor que cuelga del techo. Un textil hecho del aire de las ideas, de vínculos históricos, fechas y otros datos. Un textil hecho de palabras. Para arropar de palabras al cuerpo desnudo y bárbaro de aquel Goliat, del cual sólo queda al descubierto su cabeza, como quien la presenta en bandeja.


Sobre “El calor de la barbarie”, instalación textil de Carlota Beltrame incluida en “Memoria colectiva”, muestra individual en MUNTREF, CABA. Desde marzo de 2020 a mediados de 2021. Curaduría: Julio Sánchez.


Imagen 1: Esteban Lavilla

Imagen 2: Diana Weschler

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Una respuesta a “El calor de la barbarie”

  1. Carlota Beltrame dice:

    En mi texto “La gente que nos hizo tanto bien” publicado en SinMiga, hablo del diálogo entre el presente y el pasado, los cuales se implican uno al otro. Bueno… pensaba mucho en vos, no sólo en Gumier Maier cuando lo escribia

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