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ISSN 2684-0626

 

 

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El convite de una extensa imaginería

Acerca de Vidas breves, de Fabián Soberón (audiolibro, edición bilingüe español/francés, 2019)

Por Pablo Campos |

Vidas breves fue publicado inicialmente en formato papel, en el año 2007 por la editorial Simurg. Esa primera aparición contiene más del doble de textos que la ofrecida por el audiolibro que ahora presentamos. Menciono este antecedente como una buena noticia, como una pauta para quienes deseen ampliar la lectura de estas raras prosas. En adelante, lo dicho respecto del audiolibro será igualmente válido para aquel que fuera impreso hace casi 15 años.

En la estética de este libro, cuya rareza mencioné en el párrafo anterior, destaca un plexo de instancias que yo denominaré, a falta de expresión menos vaga, la recepción. La recepción, por el lector, de una obra/autor abordada por Soberón (no abundaré aquí, en la distinción entre autor y narrador) y la recepción que ese lector (u “oyente”), en su propio recorrido previo ha hecho de esa misma obra/autor. En la interacción de esos planos aflora la sensación de familiaridad -de reconocimiento- sobre un personaje y su obra. Es decir que si bien se trata de ficciones (o ficcionalizaciones), no nos adentramos en un terreno virgen. Frente al despliegue de cada invención literaria, avanzamos con un mapa de juicios estéticos trazado por nuestras propias reminiscencias. 

En el título Nietzsche, por ejemplo, reconocemos por un lado nuestro particular encuentro (o desencuentro) con el autor de La Gaya ciencia: la profesión inicial de la filología, la influencia de Schopenhauer, la crítica de la tradición filosófica occidental, la llegada de la locura. Por otro lado, reconocemos en la escritura de Soberón la factoría de su personal lectura, los puntos que elige para tramar su Nietzsche. En ese cruce entre narrador y lector ocurre un tráfico de sensibilidades acerca de un tercero conocido, como si quedara retumbando en el aire el eco de un nombre estampado en el éter de la historia, una singularidad humana que ha sido tomada por la fortuna, la desmesura y el drama (e incluso la tragedia) del propio genio (obviemos que el concepto de genio o genialidad hoy requiera comillas).                  

Recuerdo los lienzos maestros del rinascimento o del barroco que en los grandes museos son escudriñados por los restauradores, a fuerza de complejos escaneos. Tales procesos de laboratorio despejan los secretos materiales del cuadro: el boceto primario, la superposición de los colores y hasta la composición química de cada pigmento. Valga la imagen para señalar que la actitud de Soberón frente a cada artista, filósofo, científico, músico es, más bien, la contraria: su escritura no desagrega estratos biográficos o estéticos: no hay, aquí, análisis, rastreo, pesquisa arqueológica. La maniobra es de otro orden: en ella prima la expresión de una suerte de confidencia entre el narrador y el lector Soberón, un derrotero minucioso de una experiencia lectora que desemboca en la página (o, en este caso, en las modulaciones de la voz).

Considero, por supuesto, que el impulso primigenio (o final) de la escritura, en el caso de Soberón y en el de cualquiera, no es siempre uno y el mismo: ese motivo -temporario, cotidiano- cambia como el rostro de cada cual. Pero, puesto a especular, creo que Vidas breves fue escrito a partir de algún grado de conmoción estética. (1)

La tersa luminosidad de los Ensayos de Montaigne, por ejemplo, pudo haber significado para Soberón una especie de destello epifánico, repentino y definitivo o, en cambio, pudo devenir en aproximaciones progresivas, paulatinas. De cualquier manera, cuando leemos el texto La escritura de Montaigne percibimos ese tono conmovido.

A riesgo de extrapolar, quisiera ilustrar con una reflexión sobre el sentido que aquí pretendo atribuir al verbo conmover. Tomemos la figura de Rembrandt Van Rijn, el hombre que nació en Leiden en una familia de molineros, el eximio retratista que instaló un célebre taller en Ámsterdam, el que atravesó las sucesivas muertes de sus hijos y su esposa Saskia, el anciano que falleció en 1669. Detenida la mirada en La ronda de noche aceptamos la continuidad causal entre Rembrandt y su pintura, nos asimilamos como espectadores con pasmosa impasibilidad: desembocamos en los andamios de nuestro bagaje, ese constructo de papel. Pero cómo no inferir, en la contemplación de esa correspondencia, la apertura de un hiato entre el autor y su obra; cómo no imaginar cuál habrá sido el gesto (exterior e interior) del propio Rembrandt parado frente a su cuadro. ¿Acaso no permanece en la luz varia de ese óleo, una alteridad esquiva a la maestría del artista, un fulgor magnífico y exclusivo de la soledad frente a la propia obra, una finitud irreductible al esplendor de la creación, un desafío de la voluntad que será a priori derrotada por el tiempo pero que llega a nosotros como una huella inextricable?

La condición trágica de la lucha por alguna especie de humana trascendencia (sustantivo altisonante y reemplazable por otro más ajustado: memoria) -si es que tal batalla fuera posible a fuerza de belleza, ideas, ciencia, arte- es explorada en estos textos.        

En la versión audiolibro de Vidas breves merece destacarse la lectura de los textos, interpretados por Fabián Soberón con intensidad y mesura (además de una excelente calidad de sonido), así como la versión en francés a cargo de Pablo Gruer.


Nota:

No me convencería -si alguien lo dijese- que este libro nació por la simple afinidad electiva, por la mera frecuentación gustosa, por la curiosidad hacia las obras y autores elegidos, por el solo hastío de las tardes de los domingos.  

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