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El precio

Por Maximiliano Cárdenas |

En agosto, La Papa se enorgullece de publicar por primera vez El atril, la novela póstuma de Álvaro Sebastián Cormenzana escrita en 1993, en la que el gran poeta y violinista tucumano – jujeño (1954-2018) trabajó eventualmente hasta su muerte. Maxi Cárdenas, a cargo de la edición, comparte en este avance algunas impresiones de la obra.

Distintas formas de la ingratitud acechan al entusiasta que se dispone a hablar de su fascinación por un libro. Una de ellas procede de advertir el peligro de no superar en elocuencia a un vendedor del transporte de pasajeros; un ambulante colgado del techo que en su caso, por si fuera poco, lo que se propone es llamar la atención sobre un objeto tan impopular, tan actualmente esquivo a despertar pasiones como una obra de “literatura artística”, “literatura del lenguaje”, o como quiera que se dé en llamar en la era del entretenimiento al más puro desparpajo del placer del texto. Por supuesto, la fascinación del entusiasta es genuina. Lo es en la medida en que las virtudes del libro, su novedad, sus resonancias, le resultan imposibles de ser puestas en juicio. El lector entusiasta querría decir cosas definitivas, un elogio a la altura de su deslumbramiento, contagiar a los otros con el detalle de esas virtudes. Para él no habría nada menos justo que desaparecer como una voz más entre el torrente de disparates que amenizan contratapas y fajas de novedades, disponibles también en suplementos, gacetillas de prensa y cualquier otra manifestación de ese subgénero del marketing que en su rama editorial lleva la denominación de blurb, pródigo en desmesuras de todo tamaño y color, en fraudes a la honestidad tipo “un aporte fundamental, perspicaz, penetrante”, “prosa de una belleza sobrecogedora”, “escritos cargados de lucidez, de emoción y verdad”, un poco como esos conductores de señal de noticias que reparten fake news insostenibles mirando fijo a cámara sin más garantías que la seriedad del semblante, para no hablar de lo que se puede ver en Facebook. Formas, en definitiva, de una retórica de mercado de pulgas que antes al menos contaban en su defensa con el decoro del anonimato, mientras que hoy, por el contrario, hay quienes parecen enorgullecerse de firmarlas. ¿Cuántos de ellos volverán a pensar aunque sea una sola vez en esos libros por lo que quede de vida, ya no digamos sentir el impulso de volver a abrirlos en cualquier página? El Juicio Final debería existir para dar respuesta a esta duda estadística.

A mediados de 2021 recibí de la familia de Álvaro Sebastián Cormenzana el encargo de revisar y ordenar para su posible publicación El atril, la novela inédita que el poeta y violinista sinfónico escribió en 1993, en la que trabajó esporádicamente los años posteriores y que de un modo u otro lo acompañó hasta su muerte. Para entonces yo estaba al tanto de la existencia de la novela, o al menos sabía que una vez había existido. Nada era firme en cuanto a su conservación ni su grado de avance. El rumor hablaba de un cuaderno y unas carpetas con anotaciones que, como otros efectos personales del poeta, habrían ido a parar a la casa de los Cormenzana en Maimará, una casa en la que yo no había estado nunca pero que era el marco de una cantidad de buenas anécdotas, suficiente para hacerme una imagen con base en esos recuerdos heredados. La familia me entregó el primer manuscrito: el “enorme cuaderno Copiador” de 950 páginas transparentes en tintas de colores, que pasó a estar en mi poder junto a las sucesivas versiones de El atril.

El Copiador había sobrevivido con abolladuras al exilio jujeño. También a los casi treinta años transcurridos desde que fuera escrito, cuatrocientos kilómetros al sur, en la ciudad de Tucumán. Más precisamente, El atril se escribió en la zona de la cancha de Atlético (“el DK”), en una propiedad con su naranjo en la vereda habitada por Álvaro Sebastián, casi a la sombra de la popular Chile. Es el teatro principal de operaciones de “Flavio Progidio”, el personaje central de la novela, poeta y violinista enamorado, límpido alter ego del autor. Por esa casa y sus adyacencias vemos desfilar la colorida banda de amigas y amigos artistas de Flavio Progidio que integran el elenco más o menos estable de El atril (que a su personal manera es también una novela sobre el amor y la amistad).

Pronto descubrí el sistema de remisión ideado por el poeta entre las distintas versiones. Son cuatro: el “ya célebre cuaderno Copiador”, escrito, como dije, en el 93; una copia a máquina, fechada en el 97; una copia impresa, de algún momento en los 2000, más diez archivos Word en un disco duro con registro de creación 2011, correspondientes a nueve capítulos y una sección con compases de epílogo, titulada “Mambo del insomnio”. Intuyendo las indicaciones pude entender la organización del texto tal como Cormenzana lo pautó, con ciertas “órdenes” puntuales para un hipotético futuro editor previsto expresamente en la novela, rol este último que vestí con ardor de hincha, porque la pasión que nos une a un escritor, si encima es un coterráneo, directamente nos predispone a ir a la guerra como por los colores de un club. Entre el cuaderno Copiador y la última versión digital se puede apreciar el trabajo de mengua y afinación con que Cormenzana fue reduciendo gruesamente el primer gran caudal de prosa. El criterio que empeñó es una lección de despojo: duro con toda hojarasca, en busca de la síntesis poética que mejor refleje la atmósfera que intenta capturar. A los climas resultantes, al registro en la página de esa “intimidad salvaje”, el autor les da en El atril el rango de “fotografías verbales”.

Desde el principio me siguió una idea de Severo Sarduy que creí aplicable al procedimiento de Álvaro Sebastián: “Solo del trabajo propiamente neurótico con la forma surge la risa”, impresión corroborada de manera unánime por las amistades del poeta, que con gran dedicación y cariño se ofrecieron a recordar para mí la época de esta escritura, de sus lecturas grupales y sus correcciones. Me acordé también de Rodolfo Walsh, que dijo que “la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez”. Pensé en dos libros preferidos, a esta altura dos clásicos de la novela argentina de la no concesión en la que se inscribe la novela póstuma de Cormenzana: Minga!, de Jorge Di Paola, publicado en 1987, y Nosotros dos, de Néstor Sánchez, de 1966. Después de editar El atril, de releerla las veces que hizo falta y alguna más, volví a esas novelas y en la comparación las sentí algo ingenuas; ingenuas respecto de El atril en su calidad de ejercicios de la gracia, de la inteligencia en el uso del idioma observado en un país y un tiempo. Pensé en ese artículo, también clásico o en vías de serlo, firmado por el joven César Aira en 1982, en una revista de la Universidad de Belgrano o de la Armada, particularmente en su sentencia de que “lo que define a una producción novelística pobre es el mal uso, el uso oportunista, en bruto, del material mítico-social disponible”, y en esa otra que dice: “La transposición literaria de una realidad exige la presencia de una pasión muy precisa: la de la literatura”.

            En el prólogo profuso en citas de la novela y de otros autores que escribí para esta primera edición, me detuve en las características que he creído encontrar en El Atril. Voy a resumirlas acá en grandes rasgos: por un lado, su inscripción en esa zona alternativa de la literatura nacional del siglo XX, y por el otro su ataque al conservadurismo obstinado del ambiente literario provinciano, conservadurismo que se extiende hasta hoy, cada vez que alguien se manda a negar a nuestros artistas queridos o a refutar nuestros mitos, que tampoco es que abunden, mientras vienen a hacernos creer que la literatura es otra cosa: la literatura es el último gargajo de Isabel Allende, es meter por la chimenea al “Perro Familiar” en la primera página de un relato, o bien es ese otro chauvinismo por la negativa, consistente en lucrar simbólicamente burlándose de los costados más débiles de este lugar en el mundo. En el otro extremo del arco, en el valor de sustraerse a lo previsible, resiste la principal protesta de El atril contra ese chantaje ecuménico: la idea del fogón en torno al cual se arriman los lectores mansos a escuchar una historia, una pretensión que en su supuesta generosidad puede resultar eficazmente mezquina. Mezquina para con la literatura, que por causa de esa demagogia acaba siendo privada de lo que en ella hay de inefable, privada de la rica espiral de lo particular y lo menor.

Tengo la sensación de que las incomodidades del comienzo son un precio justo a pagar para un lector que seguramente seguirá volviendo a un libro como El atril, para reírse en los mismos momentos, para quedarse sin aire ante la perfección de sus frases y recobrar que es posible decir las cosas con el don y la gracia con que en él se dijeron.

Foto de portada: gentileza de la familia Cormenzana.

Fotos del Cuaderno Copiador: Rafa Klinger.

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Una respuesta a “El precio”

  1. Teresita Guardia dice:

    Elocuente .Sincero. Audaz. Descarnado.
    Va al tuétano sin descuidar hechar alguna ironía a los pseudoacadémicos del orto que pulululan en las letras

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