Suscribirme

ISSN 2684-0626

 

 

Aquí puede hacer su aporte para la revista La Papa: 

1/4 KILO
1/2 KILO
1 KILO
5 KILOS

“está comprobado que una comunidad que apoya su literatura tira menos papeles en el piso”

Libros Tucuman

libros tucuman

 

 

 

 

 

 

 

El rey del pete

Por Exequiel Svetliza |

Acaso por la oscuridad espesa de la noche, por el olor del pasto mojado, por la indescifrable conversación de los grillos, por la irrupción frenética de las luces y el temblor que dejan en el suelo los camiones a su paso; a Gerardo le inquietaba mear solo en la banquina, al costado de la ruta. No temía por la aparición espontánea y sorpresiva de un decapitador serial como sucede en las películas de terror. No era miedo lo que sentía, sino un sentimiento de orfandad todavía peor.

Siempre que se metía en un baño público, elegía los cubículos. Lo hacía porque prefería la intimidad, pero también porque se entretenía viendo los mensajes que ofrecían mamadas gratis y los dibujos de pijas gigantescas en las puertas de madera. Lo invadía la curiosidad de saber lo que pasaría al marcar alguno de esos números de teléfono, pero nunca se animó. Si llamaba, qué diría. Buenas, estoy en el baño de la estación de servicio y lo llamo por el aviso de la chupada de pija. Eso no tenía sentido. Hablar con un desconocido desde ese paraje santiagueño en el medio de la nada no parecía una buena idea. Si evitó esa noche orinar dentro del cubículo fue porque el inodoro estaba trancado y tenía un zepelín de mierda flotando manso como en un estanque. Por el olor y las moscas, podía asegurar que llevaba ahí un par de días. Eso lo desalentó y enfiló para la zona de los mingitorios. No estaban relucientes. Se paró en el primero de la fila donde alguien había tirado un chicle y escupido una flema verde que se había vuelto una costra reseca. Demoró en desenfundar, la tenía encogida por el frio. En el momento en que se estiraba el cuero para sacarla de su letargo, alguien se paró al frente del mingitorio de la par. Le sorprendió que el visitante haya elegido ese y no el de la otra punta. Eso lo intimidó tanto que le costó largar las primeras gotas. Mientras, a su lado, se elevaba el vapor que despedía un primer chorro potente.

-Ahhhh, creía que no llegaba – la voz sonó gutural y con un acento irreconocible.

Gerardo no levantó la vista clavada en su propia pija, como instándola a reaccionar. No quería mirar hacia el lado de su circunstancial compañero, aunque sabía que terminaría haciéndolo.

-¿Es suya la Fuego que está afuera?

-¿Cómo? – preguntó Gerardo como si no lo hubiese escuchado.

-La cupé Fuego roja de afuera… ¿es suya?

-Sí… bah, la heredé de mi viejo – se arrepintió de haber dicho lo último, le pareció una información innecesaria.

-¿Una GTA?

-Una GTX

-Ahh motor dos mil

-Dos mil doscientos, en realidad. Es del 87, ese año empezó a venir con el motor más grande.

-Se la debe tomar toda…

-….

-Me imagino que le puso gas.

-No, no… nafta nomás.

-Un verdadero fierro.

-Tiene sus años, pero sí – giró la vista hacia el lado de donde venía la voz y no alcanzó a precisar mayores detalles de un rostro que se ocultaba tras un bigote frondoso y descuidado. Tampoco conectó con la mirada, tapada por el ala de un sombrero blanco. 

-Se lo deben decir todo el tiempo…

-¿Qué cosa?

-Lo de la Fuego… A mí me hubiera encantado tener una… Es un auto imponente, atractivo, todos se dan vuelta para mirarlo en la calle.

-Todavía puede, hoy en día se consiguen por poca guita – pensó que había sido demasiado imprudente. Después de todo, quién era él para determinar cuánto es poco dinero. Como decía el abuelo Leonardo: De acuerdo al culo son los azotes. Su abuelo nunca se había bajado del Fiat Regatta que usó con los plásticos de los asientos hasta el día en que lo vendió. Mañas de viejo.

-No es por la plata, yo no puedo darme ese lujo… llamar la atención.

-Entiendo – mintió Gerardo que se preguntaba si ese hombre era un preso fugado de alguna cárcel, un ex convicto, quizás un sicario.

Hubo un silencio corto que le resultó incómodo. Podía escuchar el torrente de orina a su lado chocando contra la cerámica con violencia.

-Te la chupo cuando quieras…

-¿Cómo? – un escalofrío le recorrió la espalda como una descarga eléctrica.

-Eso escribieron acá en la pared: Te la chupo cuando quieras. Pato, el Rey del pete, y deja un número… ¿Usted lo llamaría al puto ese?

-No… claro que no.

-Entiendo – dijo el hombre del sombrero mientras se la sacudía.

Con un movimiento rápido, Gerardo se la metió dentro del pantalón y salió del baño con la mirada en el piso mugriento. Al llegar al umbral de la puerta, se detuvo, levantó la vista y lo vio de perfil todavía frente al mingitorio. Las carnes le desbordaban el pantalón de látex blanco, ceñido y con las botamangas en campana. La camisa parecía de seda, empapada por un charco amarillento de transpiración en la espalda. Giró levemente y con la mano libre se agarró del ala del sombrero como en un gesto de saludo. Entonces le vio la papada abultada, la cara regordeta surcada de arrugas, las patillas grises enmarañadas. Estaba seguro de que era él, pero descartó la idea de manera instantánea. Lo más absurdo no era la cantidad de años que llevaba muerto según los diarios, sino qué hacía Elvis en el baño de una estación de servicio de Quimilí. Estaba absorto. Recién cuando se acomodó en la butaca de cuerina negra de la Fuego, le pareció que sus músculos se relajaban. Sintió como el calor bajaba lento por la entrepierna y después se convertía en un frio helado que le chorreaba hasta las medias.

Me gusta
fb-share-icon

4 respuestas a “El rey del pete”

  1. Alfredo dice:

    Elvis Vive (y petea). Maravilloso!

  2. Gustavo Caro dice:

    ¿Por qué Quimilí?!!! Jajajaja
    Buenísimo relato.

  3. De antología, Pollo querido. Abrazo!!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.