ISSN 2684-0626

 

 

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Enterate de qué va la cosa: Las chupilas de Federico Soler

Por Diego Puig

Mientras leía Las chupilas de Federico Soler, una colección de cuentos breves tan feroces como absorbentes, vi un tuit de la actriz Inés Estevez que decía:

            “La gente me recomienda películas sobre discapacidad, con protagonistas con discapacidad, historias reales, etc. Cuando convivís con la discapacidad no tenés ganas de ver películas sobre eso, chiques, están hechas para que ustedes se enteren de qué va la cosa.”

            Una declaración de principios que por obvia no es menos atinada. Y Las chupilas enfrenta una pregunta similar: ¿para quién están escritos estos cuentos? Bueno, definitivamente, para nosotros, los que necesitamos saber “de qué va la cosa”. 

            En una conversación de hace un par de meses sobre los temas ausentes y las oportunidades desaprovechadas en la literatura tucumana que se publicó aquí en La Papa, algunas voces indicaban la falta de historias del Tucumán actual, de narrativas menos pomposas y literarias. Pedían experiencias literarias más reales y por ende más violentas o marginales. Los textos de Soler vienen a satisfacer esa demanda, a ocupar con centralidad ese espacio descarnado en el que autores de otras latitudes como Virginie Despentes, J. T. Leroy o Pablo Ramos, Leónidas Lamborghini, Lloyds y Fogwill supieron alcanzar distintos grados de reconocimiento.

            Para empezar, Las chupilas ofrece una selección maravillosa de epígrafes –tan lúcidos como crudos– de Pascual Quignard, Sara Gallardo, Pedro Lemebel, Valentina Viettro o Eduardo Perrone. Y funcionan también como pequeñas declaraciones de principios y afinidades, que Soler asume con pericia y valentía. Después de los epígrafes, aparece Tucumán aunque no se revele con su nombre o algún gentilicio. Son, en realidad, pocas, dosificadas, las referencias concretas a la provincia y están referidas como al pasar, porque Tucumán emerge en los catorce cuentos que forman este libro de manera oblicúa, más bien a través de algunas descripciones precisas (“Afuera una llovizna de gotas gruesas aliviaba la tarde de ese verano tórrido”), de la reproducción del habla (mucho más sobre esto abajo) y a través de las historias mismas. Se trata de historias que todos conocemos superficialmente, como mitos o leyendas urbanas, como titulares de la sección policiales de los diarios, pero que, con el oído y la mano de Soler, se vuelven vívidas, fácticas, inevitables.

            Así que, para decirlo claramente, este libro está escrito para nosotros, para los que conocemos vagamente, por referencias lejanas o indirectas las realidades más brutales de la provincia. Hay historias de trata de mujeres, de prostitución, de travestis enfermas, de parejas de motochorros, de criminales demasiado violentos para su poca monta, de capangas de barrio, de violaciones en el parque. Incluso, cuando Soler nos hace entrar a las residencias de nuestra clase media acomodada, lo que se revela es la latencia de cierta ferocidad, un existir en carne (y mente)  viva, una especie de realidad paralela tan acallada como brutal o cruda; como por ejemplo, cuando unos chiquitos en edad preescolar juegan al papá y a la mamá fuera de la mirada de los adultos y luego estos los descubren. En tono, tema y técnica, Soler elige el camino inmisericorde, el de la honestidad bestial, sin atenuantes porque no hay anestesia útil o efectiva para tratar estas realidades.

            Dos elementos son los que vuelven descarnada o inclemente esta experiencia de lectura: la reproducción magistral de un habla tucumana  y la mirada del autor que trasciende los lugares comunes y los subvierte para revelar que no sirve de mucho ser bienpensantes ni escabrosos. La realidad es mucho menos lineal y esquemática que los marcos conceptuales instalados en nuestras cabezas y en nuestros discursos, sean progresistas o morbosos. Las chupilas no es literatura combativa ni se interesa por el vicio de la denuncia: es, en efecto, una experiencia inmersiva. Después, que cada cuál haga lo que pueda con eso.

            “Está re chombi la tumba. Si lo maté o no, no cambia nada. Sos atrevido vos para preguntarme esa gilada”. Así comienza “Puta vida chombi” y luego agrega: “Es chombi esta mugre, muy chombi, junto con estos cachivaches. Yo no soy igual que ellos. Nunca robé. Bah, lo hice hace mucho tiempo, ahora ya no, corte gil, me recaté hace banda de tiempo”. Es aquí, en la precisión de estas voces, donde los cuentos de Soler alcanzan una especificidad, una particularidad potente.

            Por su corta extensión, pero sobre todo por la aceleración del lenguaje y de la narración, es que relatos como “Las chupilas”, “Muñeca Rota”, “Tiempo Suspendido” y “Entre mimos y arrumacos” ofrecen una experiencia de lectura super dinámica. Son tan rápidos, tienen una prosa tan veloz que le corresponde al lector ralentizar la marcha, tomarse pausas o puntuar la lectura. En definitiva, ir frenando. Porque el impacto, el choque al final, puede resultar bastante violento.         

            Federico Soler es psicólogo y lo que podría ser una gran desventaja, dada la inclinación de cierta literatura argentina a caer en el psicologismo, aquí es reconfigurado y utilizado de manera astuta. Primero, la noción de insight no está al servicio de esbozar estructuras psicológicas ni aplicar teorías psicoanalíticas a los personajes. La poderosa perspicacia de Soler se basa en entender que detrás de las cansadas relaciones causales que empleamos para hablar de estos temas y situaciones existen pliegues de sentido y de experiencia, que en términos narrativos podríamos llamar “vueltas de tuerca”. A Soler le interesan esas pulsiones menos evidentes, las significaciones y las experiencias más ocultas y misteriosas, las ambigüedades de los sujetos que no se construyen como víctimas o victimarios clásicos. El trabajo más fino de Soler se encuentra cuando se aboca a iluminar las inconsistencias de los que más sufren y de los que causan esos sufrimientos. No para juzgar ni desmerecer el dolor, simplemente para explicitar que toda experiencia subjetiva es mucho más compleja y está llena de claroscuros que los modelos narrativos que usamos normalmente no reconocen. No se trata de empoderar ni legitimizar nada, solo ver en 3-D aquello que nosotros, los lectores, quizá conocemos o entendemos de manera plana, unidimensional.

            Probablemente, la clínica psicológica sea el comienzo de la capacidad de escucha de Federico Soler, lo que a su vez se traduce en la riqueza de las entonaciones y los giros lingüísticos del libro. Hay una pericia en la escucha del autor que se traslada al texto. Esta conjunción de contenido y forma tiene la virtud de producir las experiencias y las percepciones más incómodas.      

            El camino elegido es sombrío pero no del todo desmoralizante. No es un camino fácil. Los cañones del autor apuntan a esbozar las complejas tramas de las relaciones de poder. Soler se compromete con el trabajo de mirar las cosas desde otro lugar, evitar la mirada obvia y así ayuda a subvertir el poder, como bien lo señala Juan José Burzi en el prólogo de esta edición.

            El efecto del libro en su conjunto es el de mosaicos. Hay textos cortos y fugaces que operan como viñetas (“Ya era”, “Engualichadas”, “Desde el bidet”, “Muñeca rota”) y otros con un desarrollo narrativo más propio de la cuentística clásica (“Las chupilas”, “Besos de porcelana”, “El víctima”, “Cosas de chicos”). En el espectro que marcan estos dos polos, se encuentran narraciones puntuales de situaciones o escenas que disparan rápidamente los sentidos y las ideas (“Trabajo de campo”, “De coulotte en el palier”, “Terapia de Familia”).

            Las chupilas es un aporte valioso a la literatura tucumana en tanto responde a varias de las premisas que se están discutiendo en el presente sobre qué, cómo y para quién se escribe en Tucumán. Su viceralidad y desparpajo torpedean el costumbrismo de provincias y el lirismo rococó rosa de la literatura del interior. Es un libro de cuentos salvaje y a la vez urbano. Duro y perspicaz. Violento y literario. Se anima a hacer eso que muchos piden, exigen y señalan y que, recién ahora, tal vez, está empezando a emerger, se está empezando a escribir y que afortunadamente ya podemos leer. 

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Una respuesta a “Enterate de qué va la cosa: Las chupilas de Federico Soler”

  1. Cada uno de los cuentos del libro vale la pena. Y la pena con todas las letras porque la crudeza que relatan están por todos los lares de la ciudad, más cerca de lo que se piensan. Realmente recomendable, esta muy bueno.

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