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ISSN 2684-0626

 

 

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Erro, confluyo en mi errancia

Sobre El templo de los errantes (Ediciones Trompetas, 2012), de Máximo Olmos

Por Pablo Toblli |

Poetizar es errar entre lo sagrado y lo desgraciado

René Char

En El templo de los errantes asistimos a un ejercicio poético que se esfuerza en poetizar desde el todo, deshojando cada elemento del entorno para hacerlo formar parte de un proyecto perceptual/existencial más amplio, en donde lo externo y lo interno difuminan sus bordes por medio de la libertad de un sujeto errante que, a su vez, naufraga y recupera elementos estructurantes del pasado subjetivo más puro y originario: la infancia, los abuelos, un primer amor, los rostros de la ciudad. El sujeto poético entonces se construye como un caminante. En ocasiones, recamina relaciones, a veces, suspende los presentismos estériles y, otras, traza el mapa de un futuro singular, de la vida que le gustaría vivir. De momento, este errar adquiere la nota de lo sagrado, de allí el significante templo: lo que el sujeto atesora y revaloriza; incluso, lo que sólo puede alcanzar por la poesía.

El gesto del título de mi reseña es operativo a los fines de jugar y subvertir el afamado axioma del Pienso, luego existo. Entonces, en el presente texto, ponderaremos la magnificencia del errar; en un programa escriturario que se distancia de cualquier raciocinio encorsetante y abrasivo de la apertura de sentidos. A propósito, el autor de El templo de los errantes, Máximo Olmos, escribe en uno de los poemas de este libro: “El ornitólogo atrapa con curiosa sacralidad / el ave que desea estudiar / pero luego tiene que liberarla / para apreciar, fugazmente, / su naturaleza. / (Acerca del estudio científico sobre las metáforas)”. Claramente, en esta obra poetizar se parece a errar, a buscar, a diversificar, o a este poder inaprensible de la metáfora que camina o vuela libre esperando el alud de todo hallazgo y, muchas veces, esa búsqueda no se parece a los guantes blancos de la razón, del pensamiento analítico que instaura el utilitarismo vacuo del entorno y los discursos, con su consecuente sectorización. Contrariamente, Bataille plantea el ejercicio perceptivo desde un todo: “Si dentro del conjunto nunca percibimos una pérdida o una creación, los seres relativos que distinguimos aparecen y desaparecen, se desarrollan a expensas de los otros o se pierden en su beneficio”.

Ahora bien, retomemos ese caminante que se abre a percibir: ¿qué dice alguien cuando dice salir a caminar, a buscar, a errar? ¿Qué se esconde en ese gesto misterioso y, a la vez, intrascendente? ¿Caminar es pensar en nada, ser un errante mezquino y romo, tirarse a emborracharse en una esquina, amputarse las ganas de vivir, dejarse desgarrar en los pasos que nos cierran el aire ante lo atroz de sabernos desplazados? Todo eso es posible, aunque Olmos en este libro da un paso más que una simple bohemia sin rumbo. Primero, el caminante de El templo…. se ancla en un estado de libertad que se despega de improductivos itinerarios ligados a la acción efectista: ir a hacer un trámite, desplazarse con apatía al trabajo, ir a cobrar guita, ir preocupado al médico. Eso no es caminar. El verbo esconde una levedad en su fonética, una poesía. Caminar, sin temer a la poesía, es tomar del mundo lo que sólo pueda nombrarte en ese momento. Diferenciar y hacer confluir las distancias de todos los objetos, rostros, retazos que vas encontrando en ese fluir de lo interno y el cuerpo, que a veces toma la estética de una aparente fuga que intenta repensar las cosas. Entonces, apartarse de casa es hacer ingresar lo otro, o lo que inoportunamente rezagaste, porque “súbitamente descreemos, salimos de casa / y corremos lejos para azuzar los pulmones, / los aires escondidos, / las palabras olvidadas”. Si tenés suerte, al final de la noche te volvés con esa unidad de un saber y la frescura que ansiaste al salir porque, como evidencia el poeta en su entrevisión errante, “con su humildad enseñan / lejos de las exclamaciones o el brillo / de la luna ensanchándose / algunas pocas cosas / puestas / primariamente / sobre el día”.

Pero esperemos a eso, antes hay que romper la distancia que existe entre vos y lo de afuera: lo que vas encontrando y pateando bajo un halito de sol o en un charco de menuda lluvia, lo que duerme abigarrado en las sombras de tu memoria, para que todo eso no siga siendo una forma de despacharse ante tanta hostilidad del mundo. No quiero ser un adolescente que patea un noble limón y no sabe por qué. Mientras tanto salgo; pienso en cada estímulo, por qué los rechazo, por qué los reuno, entonces, leo el libro de Máximo que me responde en uno de sus versos: “Detente seguido en un espacio / no más ancho que la trocha / por donde pasan tus ojos, / porque allí, en la cautivante y atemporal / atención a los ojos / – a ese gesto que marca el vivir- allí / en el tenso momento de la mirada que corre / en la gracia de mirar los ojos diciendo / está el detalle / por dónde empezar a hermanar tu sangre”.  

Alguna vez soñé con sacralizar a una melodía, a un dibujo, a una persona, a un amor o a un libro de poemas que me prometa confluir (me). Que me permita “irme” -solvente- junto a esos retazos que me están esperando. Me voy. Ahí sí, así sí dejaría todo. Sólo así, en la amplitud del camino. Ser sustractivo para luego ir incorporando lo que en lo más profundo sabíamos que nos esperaba. Sobre este sentido, siguiendo a Bataille, hay algo erótico en lo que todavía está postergado, expectante, oculto. Para encontrarlo, sólo teníamos que ser capaces de hendir el corte primordial, tener las agallas de caminar y difuminar la distancia que hay entre nosotros y lo que pensamos que no existe. Porque está, siempre está. Sólo hay que buscar valentía de permitir errar, en un proceso ciertamente sagrado, minucioso porque, a la vuelta, aguarda la libertad, como nos dice Olmos en uno de sus poemas, en ese reunir: “Este templo errante o sedimento visto desde aquel fondo / donde sólo eran propicios los matices de la libertad: / el árbol tebetia y aquellos pájaros (el rey del bosque, / la bracita y la confianza del marchante hornero), / los charcos de la pileta, los llamados por la comida y tranquilo / y hasta mañana”. 

Cuando leí estos poemas, entendí las líneas para ser: Abrirme por fin paso. Confluir. Cerrar. Deambular. Cotejar. Callar. Trepidar. Recordar. Atesorar. Hacerme de una unidad, gastar mi energía no en perder, no en fragmentar, sino en confluir. Salir ganando ahora sí, porque alguien decía de mí, como dicen algunos versos de este libro: “Entre sus calles, / sus trabajos y sus sábanas: el contenido grito. En sus corazones gestándose pequeño remolino. [….] Y los brazos como enormes graderías, / como ese aire, / deseo de libertad”. Entonces, nunca te arrepientas de decir: “Perdí, dejé y perdí como un errante entre los errantes / pero atesoro este canto que a ustedes los recorre, / la poética que los revive cuando la piel se pone así de despierta / -latente antes de cada saludo-, porque la poesía resguarda, / desconoce ausencias y cantando las resguarda”. Vamos. Todavía nos esperan, por lo tanto, “salimos de casa con la memoria en las manos / al acecho de promesas vacías, del falso idilio / donde sopesamos el alcance, el temple poético / de aquella palabra por ahí olvidada”.


Referencias bibliográficas: Bataille, Georges (2015). La felicidad, el erotismo y la literatura. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.


Máximo Olmos es profesor de filosofía, escritor, músico popular, aficionado a la milanesa y tucumano. Publicó cuentos, críticas, crónicas y poesías en la revista “Trompetas Completas” (2008-16); “Natural devenir”, (2010, Ed. Trompetas); poemario ilustrado “Ellas”; poemario “El templo de los errantes”, (2012, Ed. Trompetas); biografía Tanto viaje, (2015, Ed. Trompetas) y el libro de Cuentos 5×5 (2015, Ed. Trompetas). La novela de viaje “Celeste de todos los colores” (2019), aún late inédita.

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