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Historia de burbujas

Por Ana García Guerrero |

Experiencia Mandrágora – Leer y escribir

La burbuja del martes es de adolescentes.  Deciden, leen, escriben, tienen mucha conexión con la realidad y en todos los casos, muchos años en nuestros talleres. El grupo es tranquilo, atento a los cambios de estos tiempos de pandemia. Leemos de todo. 

La escritura de todos es muy buena. Sostenida. Me gusta romper esa comodidad que fluye, y desafiarlos. Ponerlos incómodos. Les gustó la propuesta de escribir todos juntos. Fue difícil. 

Este trabajo surgió desde: EL LIBRO NEGRO DE LOS COLORES

 El libro está ilustrado por Rosana Faría y  escrito por Menena Cottin.

Todas las páginas son negras y las ilustraciones también negras sobre negro y  están en relieve. Cuenta la historia de Tomás, un niño ciego que puede “ver” los colores desde los otros sentidos. El libro es asombroso por su belleza y un objeto artístico muy importante.

En este grupo leíamos una novela policial atravesada por acertijos matemáticos. Me pareció interesante jugar con las sensaciones, los sentidos, las suposiciones, lo que parece ser y no es y al revés. Este es el relato después de varios intentos. A mí, como siempre, me parece magnífico, son audaces en las propuestas aunque aún son protectores de sus personajes.

 Vamos aprendiendo a dejar que corran mas peligros, que decidan solos entre las líneas, vamos poco a poco. El libro nos llevó a leer otra vez la Casa de Asterión de Borges y “tocar” eso que siente el personaje, condenado a la vida. Construyeron a Ágata y, desde una imagen que Matilda propuso, mezclaron cosas. Por esos días locos, de otoño indeciso, tenía a su árbol de limón con una rama donde había un limón amarillo junto a un azahar.

A mí “todavía me emocionan ciertas voces…”

                                                                                 Ana García Guerrero 

La mano de Ágata 

La mano de Ágata ya tiene las respuestas, es inútil. Toma té con limón. La chimenea artificial no es linda, el fuego no se puede oír. A Ágata le parece imprescindible tener un ovillo de lana, aunque no teja, le da seguridad. El cuarto elemento, el fuego, debe estar encendido para atrapar al invierno en sus azules, violetas y naranjas. Es bueno tener el ovillo. El dolor de estómago viaja hasta los hombros y vuelve en intervalos confusos, un poco de náusea, un poco de miedo. Ágata busca los olores en ceremonias interminables. Siente, sabe que la mano es la toca. La línea de la vida es larga y tiene las marcas de todo lo que vendrá. Huele, sabe así que el limón es perfecto y amarillo, recorre la cáscara rugosa y corta una rodaja  muy finita. Recupera la mano para apretarlo hasta sentir el jugo frío colarse por las líneas de la mano. Lo siente quedarse en alguna de las islas que se arman en los cruces. Pone la palma hacia arriba, lame las gotas atrapadas y la punta de la lengua toca la escritura. Con la otra mano recupera el ovillo, no quiere perderse en las líneas. Salta con la lengua a la línea del corazón, después a la de la cabeza. Cierra los ojos. El gesto le hace bien. En la escritura de la mano hay un camino aún no recorrido, o sí, traído de otra vida porque no hay recuerdo. El limón también debe haber venido de otra isla, de otra mano, tal vez de otra vida; ni siquiera la misma que escribió esas líneas que dibujaron islas. Si sufre habrá té con limón. Primero el jugo andará en la mano, después caerá en la taza azul.

 No morirá este invierno ni el siguiente ni el siguiente, lo dicen las líneas de la mano. Está  escrito. Ágata toca el ovillo. Es  demasiado larga la línea de la vida. 

“¿Puedes creerlo, Ariadna? El minotauro ni siquiera se defendió.”- Repite y toma un sorbo de té. 

Creación colectiva- Talleres Mandrágora- Burbuja de martes

Matilda Debes-Eugenio Dos Santos-Tiziana Medina-Mora Toscano Caldelari


Fotografía 2: Jimena Hernández

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