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Imaginar Tucumán (Echeverría, Orphée, Foguet)

Por Soledad Martínez Zuccardi |

Ezequiel Linares, estudio para «El jardín de la república», 1973.

Son curiosas las derivas de un poema. Al escribir “Avellaneda” (1870) Esteban Echeverría no podía imaginar que un siglo después esos versos y su visión idílica de Tucumán serían recitados y parodiados por los personajes de dos grandes novelas de la provincia: Aire tan dulce de Elvira Orphée y Pretérito perfecto de Hugo Foguet. “¿Conocéis esa tierra bendecida/por la fecunda mano del Creador?” se pregunta el poema de Echeverría. Tierra “de promisión y de renombre”, “de los naranjos y las flores”, “encantado jardín, valle florido/del Edén desprendido/para adornar el argentino suelo”. Ya antes el capitán inglés Joseph Andrews había dicho que Tucumán era el “jardín del universo” y Sarmiento, que era el “Edén de América”. Alberdi también insistía en que por aquí “los pies no pisan sino azucenas y lirios” y “no hay planta que no sea fragante, porque hasta la tierra parece que lo es”.

Volviendo al “Avellaneda”, parece que primero cayó en el olvido porque en 1916 el historiador y poeta Manuel Lizondo Borda lamenta que el poema “permanezca olvidado” y decide incluirlo en su compilación El Tucumán de los poetas. Publicada en el marco de las celebraciones del centenario de la independencia nacional, esa compilación venía a instituir un discurso oficial sobre la provincia, condensado en ciertas imágenes: la de un edénico jardín de naturaleza y geografía prodigiosas, la de heroica cuna de la independencia, y la de cifra del progreso a partir de la pujante industria azucarera. Pero cincuenta años después, en 1966, año del cierre masivo de ingenios y de la mayor crisis social vivida hasta entonces por los tucumanos, esas imágenes parecen ya muy lejanas. Ese año se publica en Buenos Aires Aire tan dulce, la maravillosa novela que Orphée dedica a la provincia natal, al Tucumán de la infancia cuyos olores no puede sacarse de encima y al que permanece unida por un vínculo complejo, de rechazo y a la vez de fascinación.i

Reeditada por Bajo la luna en 2009, Aire tan dulce últimamente ha vuelto a ser leída. Con una prosa de intensa poesía y una cuidada complejidad narrativa (en una línea que remite a Rulfo, muy admirado por Orphée en su momento), el texto está contado directamente desde las conciencias de tres personajes: la joven Atalita Pons (protagonista de extraordinaria fuerza y rebeldía aun en su enfermedad), su abuela Mimaya, y Félix Gauna, unido a la primera por una visceral relación amor-odio. Son personajes, sobre todo Atalita y Félix, imposibilitados para decir el amor, y transidos por un afán de absoluto, por una aspiración de grandeza que los lleva a encontrar en el mal la salida creadora ante una plana vida provinciana. Tucumán nunca aparece nombrado en la novela. Hay, sin embargo, referencias concretas a la ciudad y su entorno: las cuatro avenidas que delimitan su centro, la calle Muñecas, las plazas Independencia y San Martín, las putas de la calle Suipacha, Yerba Buena, el Aconquija, los ingenios azucareros.

Como la provincia no le permitió ser el mejor de los hombres, entonces será el peor , repite Félix. Él insiste en la falsedad de la visión establecida sobre la provincia y su “ciudad de belleza mentida”. Así como destruye el mapa de la ciudad colgado en la oficina del director del colegio de curas del que es expulsado, él quiere destruir la imagen mentirosa de la provincia como promesa de aventuras y de “noches transitadas por luciérnagas”. En uno de sus monólogos, Félix refiere un encuentro con Atalita, a quien recita estos versos: “Sus aires son aromas que parecen fluir entre azul velo del seno de redomas inmensas de azahar y de azucena”. Y le pregunta: “¿Sabés qué es? El jardín de la república, tonta. Unos versitos para cantar los tarros de basura volcados en los baldíos, las calles llenas de tierra, las flores que crecen en otra parte– y me río largamente”. La novela no lo dice, pero los versos pertenecen al “Avellaneda” de Echeverría. Del extenso poema, se pone en boca de Félix el fragmento que sugiere el aroma dulce y perfumado de la provincia, y que potencia la ironía y los demás sentidos del título de la novela de Orphée.

En 1983 se publica, también en Buenos Aires, Pretérito perfecto, novela inagotable de Hugo Foguet. Felizmente reeditada por Eduvim en 2015, el libro sigue cosechando lectores, algunos fanáticos. En Pretérito… Elvira Orphée es ficcionalizada en el vívido personaje de la Negra Fortabat, la escritora venida de Buenos Aires que participa de las interminables discusiones del grupo de tucumanos cultos que protagoniza el texto. En torno a la Negra y su obra se desencadena la polémica acerca de cómo escribir una novela sobre Tucumán (la gran pregunta del texto de Foguet, que equivale a cómo escribir la novela que no es otra que la que estamos leyendo). En esta polémica, la Negra/Orphée sería, entiendo, una suerte de anti-imagen de escritor, una contrafigura de Furcade/Foguet.

Las estrofas de Echeverría son aquí dichas precisamente por ella en una de las charlas de Patricio Santillán. Y las recita en la oreja del “crítico de Buenos Aires” llegado para integrar el jurado de un concurso literario. A diferencia del caso de Aire tan dulce, en Pretérito… sí se menciona a Echeverría, aunque indirectamente y varios párrafos después de la cita.

Tierra de los naranjos y las flores
De las selvas y pájaros cantores
Que el Inca poseyera hermosa joya

Comienza prolijamente la Negra Fortabat. Pero los versos de Echeverría se suceden después en su voz sensual “sin respetar puntos, ni comas y equivocándose”, entre risas y sin pausa, hasta provocar una inconveniente erección en el crítico de Buenos Aires: “de su corona regia donde crece el camote y la rica chirimoya y el naranjo sin cesar florece entre bosques de mirtos el aroma”.

i Soledad Martínez Zuccardi (2020) “Provincia y figura de autora en Elvira Orphée”, Symposium: A Quarterly Journal in Modern Literatures, 74: 2, págs. 104-116.

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