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ISSN 2684-0626

 

 

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It girl de Diego Puig: Una rara flor literaria es el vehículo para tematizar, alejada de su espectro generacional, una historia del amor y las formas de la economía

Por Flavio Lo Presti |

La primera evidencia que arroja la lectura de It girl es que, a contramano de lo que el título parece prometer, Diego Puig ha puesto un énfasis especial en alejarse de los registros orales que dominan la producción literaria de su espectro generacional. It girl es una novela escrita en una lengua muy elaborada, al borde del barroco, empeñada en subrayar sus vínculos con tradiciones literarias que no son necesariamente argentinas, lo que hace sentir entre la forma y el contenido un tironeo semejante al que se experimenta frente a algunas películas de Sofía Coppola: momentos que uno asocia a lo frívolo y lo banal se invisten de un valor distinto y difuso a partir de los instrumentos estilísticos dispuestos.

            En sus primeros lentos compases (hay algo muy musical en el relato de Puig, tanto en la cadencia de la prosa como en el sonido ambiente del encadenamiento de fiestas que narra la novela), el centro del relato es una fiesta en la que Isolina, su protagonista, despliega un saber que integra de una forma muy compleja lo social (las etiquetas, los códigos de conducta y las vestimentas), lo económico, lo corporal a niveles muy sutiles (lo olfativo, los colores, los roces y sus significados) en una suerte de semiología del evento que densifica la liviandad de ese mundo.

            Pero no solo el estilo sostiene una suerte de discusión con las expectativas generacionales, también la configuración de los personajes: entre los límites del amplio realismo argentino (ese que según ciertos críticos incluye la obra de César Áira) si algo queda afuera de esas expectativas es la caracterización de la clase escrutada en It girl, una clase alta provinciana sofisticada que vive sin culpa sus privilegios y (a pesar de lo que pueda sentir el mayoritario resto de la sociedad) también es humana y experimenta conflictos susceptibles de originar un relato.

            En este caso, la sutileza de la narración hace oscilar el eje de ese conflicto mientras encara las distintas edades de Isolina, quien sucesivamente imagina la felicidad en el matrimonio con un hombre que reúna las cualidades que su clase cree indispensables (elegancia, aplomo, capacidad), atraviesa un matrimonio en el que esas ilusiones explotan y termina tratando de administrar en la madurez algún tipo de aprendizaje. Pero además, para seguir sumando elementos a esta novela a contracorriente de Puig, Isolina es un personaje incorrectísimo políticamente.

            En esta prolija reseña quizás sea disonante decirlo, pero Isolina es bardera: es la que en la fiesta, después de dominarla, de agitarla sensualmente, de besar a medio plantel masculino, siempre está al borde del desastre. Quizás esa característica es la que la lleva a casarse con un personaje inesperado (no un oligarca provinciano doble apellido, sino un futbolista más sensible que la caricatura promedio), quizás es la que determina un camino menos condenado al fracaso (la contracara es el que parece ser el narrador de la novela: Maximiliano Du Plessis, un amante  histórico que, a pesar de estar blindado por la carcasa del éxito, vive una vida y un matrimonio devaluados).

            Quizás es este elementoque define a Isolinacomo individuo y no como marioneta sociológica el que habilita la autoindulgencia con la que considera los medios informales que se ha dado para vivir: formas de intercambio entre distintos activos (mensualidades, contribuciones, regalos) y la promesa del sexo, el sexo mismo o la pertenencia familiar. El símbolo de esta rara flor literaria son dos rosas de oro regaladas por un admirador que las da a cambio de una propuesta que no se acepta, pero cuyo pago no se reintegra: Isolina, su presencia, su encanto, vale eso que no devuelve. Por eso es, en el fondo, una novela sobre otro de los grandes temas ausentes en la literatura de nuestra generación: las formas de la economía. ¿Cuánto vale, por ejemplo, la presencia de Isolina en la vida de los demás? ¿Con qué tabla mide ella misma el valor que la lleva a concederse el derecho a un determinado nivel de vida?

            Hay en el punto de vista de la novela una aparente paradoja: su narrador es, desde el principio, una primera persona cuya identidad no se revela hasta el final, pero su posición parece la de un Dios capaz de ver mucho más que lo que le permitirían las restricciones técnicas de esa decisión narrativa. Lo curioso es que ese dios “latente” también está limitado por el frívolo espectro de las experiencias posibles para las Isolinas de este mundo, y armado como está de una voz supersutil y alambicada, por momentos parece contarnos “simplemente” la historia de “amor” (es más bien una historia del amor, un ensayo sobre el amor) entre una It-girl de provincias, un futbolista y un cheto feudal, una impresión redimida por el estilo y por la compleja reflexión sobre este monstruo que cruza clase, género y vocación de desastre.

Para adquirir la novela “It girl”, pueden comunicarse a gerania.ed@gmail.com

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