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ISSN 2684-0626

 

 

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“está comprobado que una comunidad que apoya su literatura tira menos papeles en el piso”

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“La buena literatura tiene que funcionar como una lámpara, no como un espejo”

Entrevista a Nicolás Mavrakis

Por Diego Puig |

Franco y polémico, Nicolás Mavrakis es una de las pocas mentes hoy en Argentina realmente comprometida con pensar el campo literario desde el campo literario mismo y no desde torres de marfil ni para el beneficio propio o la autopromoción. Seguro, hay otras personas tratando de hacer lo que hace Nicolás, pero en él existe un compromiso y una consistencia que es difícil de igualar. Lector incansable de filósofos como Martin Heidegger y de Byung-Chul Han, este escritor y crítico argentino próximo a cumplir 40 años, mantiene una línea no solo de sentidos e ideas sino también metodológica que beneficia enormemente sus lecturas y sus aportes como crítico, algo que falta en Argentina y que Mavrakis hace con lucidez y honestidad para beneficio de todos nosotros. Por esto hablamos con él del valor literario y del estado de la literatura actual.    

¿Hay alguna contratapa que hayas leído y que te haya marcado en tu vida como lector? ¿Qué relación tenés con las contratapas de los libros en general?

Esto es casi una Bildungsroman breve: supongo que la primera contratapa que leí fue la del primer libro que recuerdo haber leído, Los tigres de la Malasia, de Emilio Salgari, en la colección Robin Hood. Lo cual debe ser falso, porque no estoy seguro de que la colección Robin Hood haya sido editada con contratapas. Esta, por lo tanto, sería mi edad de la inocencia. Sigue entonces la etapa del aprendizaje: hoy sé que las contratapas son absolutamente irrelevantes para un lector. ¿Por qué? Porque están escritas con un criterio editorial de venta (muy lógico, por otro lado) sin ninguna aspiración mínima de calidad. La eficacia de una contratapa se mide por su capacidad de convencer a alguien que no sabe qué tiene entre las manos para que lo compre. Ya no tanto para que lo lea, porque entonces quedaría claro que el noventa por ciento de las contratapas ni siquiera logran explicar de qué se trata realmente el libro. Lo cual se vuelve todavía más ridículo cuando, después, al aparecer las reseñas de estos libros, puede constatarse que se trafica como lectura lo que no es más que una traslación casi exacta de una contratapa. Por lo tanto, mi relación con las contratapas es bastante escéptica. Esto me enseñó también que un escritor, al menos hoy, y sobre todo si su libro está en manos de publicistas disfrazados de editores, tiene que escribir su propia contratapa. Desde ya, hay editores que todavía son capaces de contar por qué alguien debería comprar y leer el libro que ellos mismos editaron. Pero… mejor tomar precauciones. También sucede, de vez en cuando, que aparece una contratapa (aunque en realidad en este caso es una solapa) pensada y escrita con un criterio que no subestima al lector ni lo trata como un mero comprador de libros. Esta frase está en la edición de Herder de los Seminarios de Zollikon, de Martin Heidegger, y dice: “Sus imprescindibles aportes han impulsado a una inmensa gama de prolíficos intelectuales contemporáneos, a tal grado que nos atrevemos a incluirlo dentro del selecto círculo de pensadores que deconstruyen siglos pasados para construir los venideros”. Nada mal por sí mismo, y realmente notable si uno lo compara con el tono general de muchas contratapas.

¿La contratapa de qué libro te hubiese gustado escribir? ¿Por qué? ¿Qué hubieses escrito?

Me hubiera gustado escribir las contratapas de algunos libros muy buenos y de algunos libros muy malos, aunque en un caso u otro el motivo sería el mismo: tratar de decir con claridad de qué se trata realmente el libro en cuestión, más allá de una descripción rápida de la trama. Pero, insisto, esta no es (por razones muy lógicas, otra vez) la causa por la que se escriben las auténticas contratapas de los libros. En tal caso, entre los buenos libros, una contratapa de Cynan Jones o de la primera novela de Quentin Tarantino estaría bien. Entre los malos libros… bueno, cualquier libro que hoy toque asuntos como la ecología, el reciclado o el cultivo artesanal de verduras y hortalizas ameritaría algún señalamiento preciso sobre los mecanismos más recientes de la falsedad ideológica. Lo cual hace que aún los malos libros valgan la pena como lectura. Ahora bien, la única contratapa que escribí (y que no era para mí mismo) fue la de un libro de ensayos breves de Tomás Richards en Ediciones Paco, una editorial que, para variar, está más interesada y sin duda mejor dotada que muchas otras para resolver ciertas precisiones tradicionales de los mecanismos de escritura y lectura.

¿Qué hay que tener en cuenta a la hora de recomendar un libro o de desaconsejar su lectura? ¿En qué consiste una buena recomendación para vos?

Para recomendar un libro, creo que hay que conocer al lector al que uno pretende hacerle su recomendación. En principio, esto implica tomarse el trabajo de pensar en ese lector y entender cómo funciona su curiosidad y cuáles son sus intereses. Lo cual significa, supongo, un cierto acto de amor. Lo cual nos devolvería al principio: mejor recomendar a conciencia antes que recomendar cualquier cosa y abaratar el pensamiento y el amor. Para mí, una buena recomendación es la que identifica méritos particularmente atractivos en un libro capaz de funcionar para un determinado lector. Y eso no quiere decir que el libro tenga que ser “bueno”. Es decir, me han recomendado libros tan “malos” que son de esos que “tenés que leer”.

¿Cómo te definirías como lector? ¿Y cómo crítico?

Como lector, en términos estadísticos, prefiero el ensayo en primer lugar y la ficción en segundo lugar. No estoy en condiciones de entender el motivo de mis propias preferencias, pero sí diría que es una gran mentira que la ficción sea lo opuesto al ensayo. De hecho, la mejor ficción es la que incluye la elaboración de ideas. Y no de maneras “subterráneas” o “implícitas”, sino de maneras directas y conscientes. Mis autores preferidos, por lo tanto, son los que saben narrar con ideas y pensar con narraciones. Como crítico, en cambio, la principal demanda para una necesaria jerarquización se limita a formular una pregunta clave: ¿qué tanto se esfuerza el autor por construir una idea o construir una narración? Y si se esfuerza, ¿qué tan creativo resulta ser? Creo que cualquier buen lector es un crítico y, en consecuencia, cualquier escritor tiene que ser un crítico. Estas son funciones que se acentúan de acuerdo con lo que uno esté haciendo, por supuesto, pero coexisten necesariamente y siempre están ahí. Respecto a la figura del lector y del escritor como crítico, incluso los escritores que son francamente malos saben que son malos (todos tienen esa voz crítica que anuncia una verdad), y por eso hablan u opinan sobre cualquier cosa, excepto sobre lo que escriben.

Un poco en línea con tus lecturas de Byung-Chul Han y la idea de negatividad, ¿cómo pensás la crítica literaria, especialmente en términos de críticas negativas/críticas positivas? ¿Cómo ves o pensás el rol de la crítica literaria en Argentina?  

Hay un empobrecimiento de la idea de negatividad desde el momento en que, en sintonía con las coordenadas fundamentales del modelo cultural y social vigente, se la homologa con la negación. La pregunta instantánea, entonces, suele ser: ¿por qué tendríamos que hacer “crítica negativa” de libros? ¿Quién se cree que es el crítico para determinar lo que es bueno y lo que es malo? Y aún si el crítico se atribuyera esa capacidad tan antipática, ¿con qué autoridad lo hace? Para entender el verdadero punto de inflexión psicopolítica de este asunto, creo que habría que replantearlo en el tono habitual de la primera persona del singular. Quedaría más o menos así: ¿por qué ese supuesto crítico cree que puede decirme a mí que estoy equivocado? ¿Por qué me odia a mí? Por supuesto, todas estas cuestiones son intrínsecas a la figura del crítico desde que esta figura existe. Pero probablemente se volvieron más sensibles desde que el factor determinante de la época es nuestro narcisismo. En consecuencia, se intenta eliminar la negatividad y, al hacerlo, se atrofia también el sentido de la positividad. Es decir, nueve de cada diez “críticas positivas” no están argumentando realmente nada en favor de una lectura celebratoria, sino que simplemente repiten las razones de venta preestablecidas en la contratapa del libro en cuestión. En síntesis, son publicidad. Dicho esto, tampoco confundo la reseña de libros en medios (donde todavía tenga algún lugar) con la crítica literaria en la academia. Ahí los equívocos, las taras y las indulgencias son otras, y también los méritos.

En tus redes sociales podés ser bastante áspero con el campo literario argentino. ¿Por qué? ¿En qué falla y cómo podría ser mejor?

El campo literario argentino tiene muy buena salud. Tal vez en las redes sociales uno, a veces, se deja arrastrar por la impulsividad del momento, pero si pienso en lo que hoy escriben Sebastián Robles, Juan Terranova o Hernán Vanoli, por mencionar a los tres últimos autores de ficción argentinos que leí, no diría que hay fallas. Desde ya, hay toda otra zona de autores que gira alrededor de los temas de moda, en el estilo de moda y bajo la perspectiva de moda, pero basta leer el Borges de Adolfo Bioy Casares para comprobar cómo desde siempre lo que está de moda termina absolutamente olvidado de un momento a otro.

¿Quiénes te parecen buenos referentes como lectores de la literatura argentina contemporánea, como críticos o valiosos como miembros del campo literario actual?

En este mismo instante, diría que hay tres lectores de literatura argentina contemporánea que vienen a mi mente si pienso en qué reseñas o comentarios críticos me tomo el trabajo de leer si veo que alguno de ellos es el firmante: Juan Terranova, Flavio Lo Presti y José María Brindisi. En los tres casos, aunque con preferencias, estilos y recorridos distintos, creo que aportan una lectura demandante de calidad, y los tres, también, son escritores. También leo con mucho interés las críticas de Luján Stasevicius y Ezequiel Bajder, que aportan al lector la misma demanda.

¿Significa algo para vos la dualidad “literatura de capital – literatura del interior”? ¿Cómo ves la relación entre Buenos Aires como centro literario argentino y el resto del país? 

Sé que mi respuesta es parcial, algo infundada y esencialmente ajena al asunto, pero en los últimos quince o veinte años, nunca nadie me habló de un buen autor o una buena autora que, por recóndita que fuera su ubicación respecto a lo que se cree que la ciudad de Buenos Aires promete y entrega, no llegara a los mismos espacios que cualquier otro.

¿Qué clase de relación tiene que haber entre la literatura y el mundo actual?

La relación tiene que ser la misma de siempre. La literatura, la buena literatura, tiene que funcionar como una lámpara, no como un espejo. Aun así, es comprensible que la literatura, en cualquiera de sus formas, parezca más vulnerable que otras artes a los efectos intensificados del narcisismo sobredimensionado de hoy, lo cual constituye por otro lado un equívoco muy interesante, porque demuestra que la cultura libresca, a pesar de todo, sigue cotizando en algún punto inconsciente de nuestra sociedad. Por eso casi cualquier “influencer” parece necesitar posar de manera urgente con su propio libro, aún si está firmado con un nombre estúpido de fantasía de las redes sociales. El libro congrega todavía una fantasía llamativa de consagración y trascendencia que se impone sobre la pura imagen de las pantallas. Con apenas un poco de perspectiva histórica, nada más que un poco, todos estos resultan fenómenos más divertidos que amenazadores para la literatura.

¿Cómo te ves, como escritor y como crítico, en dos, en cinco o en diez años? ¿Y al campo literario argentino?

Recuerdo un prólogo de Christopher Hitchens a uno de sus mejores libros de ensayo, Amor, pobreza y guerra, donde dice que todavía es joven, sano y exitoso, y que por eso no puede dejar de planificar su futuro… excepto que, a los pocos meses, se enfermó y se murió. Así que mejor no hacer grandes prospectivas. Sólo diría que me gustaría verme escribiendo y leyendo con libertad. No es poco. Por otro parte, el campo literario argentino va a seguir ahí. En los últimos años, el gran tema de moda fue el feminismo (con sus derivas fluidas hacia uno u otro punto del mismo esquema), y resultó que la mejor novela sobre el aborto, por ejemplo, la escribió un hombre, Carlos Godoy, autor de Jellyfish. Agotado aquello, ahora hay un viraje cada vez más acentuado hacia el tema de moda siguiente: la conciencia ecológica, la nueva máscara encubridora del egoísmo típico de la corrección política. Creo que, a menos que ocurra algún movimiento importante, eso podría durar sus buenos dos años…


Entrevista en Youtube: https://youtu.be/5oiCmCFH_hQ



Nicolás Mavrakis nació en Buenos Aires en 1982. Es autor de los libros de relatos No alimenten al troll (2012) y En guerra con la piel (2020), la novela El recurso humano (2014) y los ensayos Houellebecq, una experiencia sensible (2016), La utilidad del odio. Una pregunta sobre internet (2017), El sexo no es bueno (2018) y Byung-Chul Han y lo político (2021).

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