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La escritura, ese devenir

Por Teresa Gerez |

“Ellos no cortan, dibujan” esta frase la dijo mi peluquero para indicar la “mala praxis” de sus colegas sobre nuestras cabezas. La tomé para preguntarme por analogía en qué consistiría la maestría de un “buen narrador”, y en sentido más amplio, un “buen escritor” (¿un corte o un dibujo?) Dejo en suspenso la adjetivación “bueno”, “malo” porque trae consigo la infinita cuestión de quién establece lo que es buena o mala literatura, el cánon y otras yerbas que podría explorar en otros ensayos. Nunca hubo un Moisés literario que bajara con las Tablas de los Mandamientos de la Literatura ( gracias a dios).

Entonces reformulo la pregunta y me digo ¿qué es escribir? ¿sirve para algo? ¿qué es la escritura?.

¿Qué procesos intervienen cuando escribo, por ejemplo, ahora mismo, este ensayo?¿Qué se supone qué es un “ensayo”?

Primer punto de diferenciación de lo que sería un ensayo académico como texto que profundiza un saber, es esta primera persona que estoy usando, tan cercana y tan lejana al mismo tiempo. Sigo en esto el concepto de “ensayo” de Vilèm Flusser:

“En el caso del tratado, pensaré mi tema y discutiré con mis otros. En el caso del ensayo, viviré mi tema y dialogaré con mis otros. En el primer caso, buscaré explicar mi tema. En el segundo, buscaré implicarme en él. En el primer caso, buscaré informar a mis otros. En el segundo, buscaré alterarlos. Mi decisión dependerá, por lo tanto, de la manera en que encare mi tema y a mis otros. Dependerá de mi identidad. En el tratado no me asumo, asumo el tema para mis otros. En el ensayo, me asumo en el tema y en mis otros…” (Ensayos)

Continúo mi búsqueda de respuestas de lo planteado en lo que se puede llamar “Introducción” y concluyo (groseramente) que la escritura es una cuestión de oído, no hay entonces un “cómo” escribir, así como no existe un cómo componer una melodía. Me situo en una playa de enorme libertad y a la vez de responsabilidad, llena de valor y de miedo, por qué no decirlo. Si se trata de escuchar la propia voz, me digo, debo educarla para que no me aturda con los gritos estridentes de mi propia neurosis; si se trata de ese “gentil abandono a lo Bovary” cómo contenerme de las tentaciones de los rodolfos que

aparezcan en mi escritura y me lleven al suicidio, léase por ejemplo, esta horrible comparación que acabo de hacer solo para demostrar que leí la novela de Flaubert.

Hago de cuenta entonces que empiezo de nuevo, y arranco desde la metáfora de mi peluquero. Escribir no sería tanto “planificar” (“dibujar”) qué escribir sino abandonarse a la escritura, escribir (“cortar”) como siguiendo una melodía interior que suena y resuena.

A estas prosaicas conclusiones estaba llegando cuando dios, el azar o las Musas (o todos ellos juntos) me pusieron a mano un libro (prestado) de mi biblioteca, Gilles Deleuze, Crítica y Clínica, Anagrama, Barcelona, 1996. Deleuze dice: “Escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida” (p.11) Sentí al leerlo que explicaba en dos palabras el fenómeno de la escritura: ese estar “entre” la conciencia y lo irracional, mi yo y mi doble, la locura y la cordura, el control y el abandono, lo heredado y lo nuevo. No me alcanzaron mis precarios conocimientos del psicoanálisis para captar en su profundidad todos los conceptos de Deleuze. Pero atesoro muchas de sus frases, y si por mí fuera, haría una copia de su libro. En un momento cita a Proust: “El escritor inventa dentro de la lengua una lengua nueva, una especie de lengua extranjera. (…) Saca la lengua de los caminos trillados, la hace delirar”. La escritura, un devenir otro de la lengua, como un juego dialéctico de oposición amor-odio (como con las madres): creación sintáctica y de neologismos pero también búsqueda de líneas de fuga del sistema, ir en contra de él, estar en lo “literario” y renegar de lo mismo, construcción y de-construcción. André Dhôtel también citado por Deleuze afirma que “La única manera de defender la lengua es atacarla…Cada escritor está obligado a hacerse su propia lengua” (Terres de mémoire, p.225).

Escribir es entonces ese devenir otra lengua otro yo otros yoes otros ellos otra sintaxis y muchos otros devenires. ¿Cómo? Con esa actitud-aptitud de oyente-vide nte ciego y sordo que recorre una cartografía que se va abriendo a sus pies a cada paso de la palabra. Tierra minada y mina de oro, me digo. Chasco y maravillamiento. Cuando puedo desdoblarme y objetivar mi propia escritura acontece esa posibilidad no de juzgarme sino de tomar posición sobre-con-hasta-de-desde la palabra emitida.

Ahí coloco el tema ético de mi escritura y en optimismo eufórico hago un trazado de propósitos de “buena escribiente”, a saber: ser fiel, fiel a mis ganas de progresar en conocimientos, es decir, leer leer y leer (habiendo sobradamente evidenciado mi alta ignorancia en todos los temas, en especial lingüísticos- literarios); abandonarme en el

momento de escribir en ese “entre”: lo que quiero y lo que no quiero, hacer y no hacer, el amor-odio a la literatura. Segundo: practicar el desdoblamiento “en equilibrio” es decir, “desdoblamiento para evitar la conciencia, y a la vez no perderla”. Willerslev lo dijo mejor: “El seductor debe mantenerse a distancia del objeto de su seducción”

Esa tensa distancia la interpreto como la tensión esencial de todo arte: la ambigüedad como forma de la dialéctica para no llegar a ninguna conclusión definit iva, sino a una síntesis que se convertirá a su vez en otra tesis con su respectiva antítesis, sin llegar a proposiciones verdaderas y definitivas.

Tercer propósito: agudizar la vista y el oído ya que la “realidad”, sea lo que fuere que incluya este término, me proveerá los materiales necesarios en este devenir “otra cosa” que “escritora” diplomada. Algo más amplio e incomprensible que sobrepasa el hecho de combinar letras, frases y organizar párrafos. De hecho, la actitud que normalmente provoca esta actividad de escribir, totalmente extraña e íntima a la vez, es el extrañamiento, al decir de Shklovski cuando un elemento incategorizable (interno, externo, de cualquier orden de lo “real”) me hace un guiño, me sitúa en un ser-otra, una relatora de mi propio relato del relato de la realidad.

Para concluir, las respuestas a las preguntas de la Introducción no las tengo. Solo caí en un desierto de ambigüedades. Todo es un devenir. La escritura y el escritor.

Nota al pie: No puedo definir la experiencia de escribir. Tal vez el único adjetivo que resta en pie para calificar al acto de escribir es “liberador”. Es un acto liberador. Cuando leo y cuando escribo. Solo puedo pensarme recibiendo, y al mismo tiempo provocando, esas instancias liberadoras como mi forma elegida de existir en el mundo.

Imagen: Camilo Ramírez

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