Suscribirme

ISSN 2684-0626

 

 

Aquí puede hacer su aporte para la revista La Papa: 

1/4 KILO
1/2 KILO
1 KILO
5 KILOS

“está comprobado que una comunidad que apoya su literatura tira menos papeles en el piso”

 

 

 

 

 

 

 

“La escritura me parece, por momentos, mi única posesión”

Entrevista a Luciana García Barraza

Por Pablo Toblli |

– El primer poemario que leí fue Iluminación de la sangre. No me pregunté si había un orden para leerlos. Lo elegí por el título, porque me hacía resonar a los “poetas malditos”; cierta nostalgia me hizo empezar por ese libro. En ese sentido, también es inevitable que haya pensado en Pizarnik, aunque cuando empecé a leer me encontré con poemas largos, contarios a la condensación de los textos de Pizarnik, entonces, recordé a Víctor Redondo con ese trabajo elaborado que apuesta a la extensión, a confiar en ese discurrir en el que cada frase, cada verso abre ventanas inauditas, infinitas de imágenes, de sentidos. ¿De dónde surge esta propuesta estética? ¿Qué poetas estuviste leyendo al momento de componer este tomo?

Para empezar, me resultan curiosos varios puntos de esta pregunta. En primer lugar, la elección de por dónde empezar a leer los libros, que es algo que imaginábamos con mucha ilusión cuando con Nacho hablábamos de publicar el libro en tres tomos. Me fascina pensar todas las pulsiones que se juegan a la hora de tomar esa decisión, así que agradezco mucho el testimonio. Por otro lado, la mención a Víctor Redondo, porque nunca, creo, olvidaré la primera vez que lo oí recitar Quijada en un café literario en la facultad (allá por el año 2014), y ese verso alucinante donde responde al periodista «Se reiría si le dijera lo que yo realmente pienso/ de la literatura». Es verdad que hay algo en su verso largo que al mismo tiempo, apostando a ese discurrir y todo, parece tan preciso, o a mí me parece tan preciso, como puede ser el condensado poema pizarnikiano. En mi caso, creo que el poema largo me permite sostener cierta musicalidad o respiración, y esa cadencia a su vez va generando otra cadena de sentido, quizá más íntima, que me interesa mucho como forma de comunicación. Por otro lado, es cierto que cada poema exige, de algún modo, su propia forma, su propio modo de ser escrito, entonces siempre trato de responder a ese requerimiento orgánico del poema. También siento que esa estructura viene pedida por una necesidad no tanto formal, sino de haber asumido la ambición, imposible, de decirlo todo, y una vez descartada esa ambición, haber optado por la imposibilidad menor de decir todo lo que estuviera a mi alcance. También hubo otras vías, esa pequeñez del poema que he explorado en Habla la perdida. En general, me atrae lo implacable en la escritura, ya sea en estructuras extensas como las que hay en Obsesión de vivir de Sbarra o los poemas breves de Jacobo Regen. A veces pienso que algunos poemas del libro, especialmente los primeros de Iluminación de la sangre, pueden generar, en la lectura, cierto tedio, por las enumeraciones, la reiteración, o el bombardeo de imágenes, pero es un tedio que puede llegar a ser placentero, o a mí me gusta pensar eso, como un llamado jadeante e insistente, pero que intenta estar afinado. Así que podría decir -respecto a la expectativa que genera el título y su posible vínculo con la poesía maldita- que esa relación es más emocional que formal. En cuanto a las lecturas, los poemas del tomo fueron escritos en distintos períodos de tiempo, por un lado, y por otro, soy bastante asistemática para leer. Pero las lecturas que estuvieron cercanas al proceso de escritura del librocreo que tienen en común que se trata de poetas que construyen una especie de lenguaje extraño, único para decir, y, pensándolo ahora, también son gente que reflexiona mucho acerca de su lugar en la escritura, que es algo que me tenía un poco atormentada cuando escribía el libro. Recuerdo haber alucinado con Raúl Gómez Jattin, llegué a él por El amor brujo y me ha deslumbrado toda su poesía; él es un poeta que aparece en varios poemas de estos libros, explícitamente y en otros de manera subliminal, sobre todo me ha quedado de él esa idea de la belleza “maligna”; también había estado leyendo a Anna Ajmátova, me enganché con ella, con la claridad y la seguridad de su voz, y hasta traté de responderme algunas de sus preguntas; creo que estuve leyendo mucho a Enrique Lihn, y obsesionada especialmente con su tesis poética en el poema Estación terminal; también Visión de los hijos del mal de Miguel Ángel Bustos fue una lectura muy importante, me interesó mucho su búsqueda de una sintaxis originaria; leía a Jorge Teillier con la ternura y la tristeza de saber que, quizá, jamás iba a tener esa luz, (pero bueno, al menos “la oscuridad es otro sol”, como dice Olga Orozco); había revisitado varias veces Cartas de Andrea de Azcuénaga, y Pasión de la tribu de Juan González, y debieron haber muchas más lecturas, no sólo de poesía o no sólo literarias, que ahora no recuerdo, y que algunas están mencionadas en la prosa final de Iluminación, o que aparecen de algún modo en los poemas, porque también me entusiasma poder generar diálogos en mi poesía con el trabajo de la gente que me apasiona.

– Creo que existe en Iluminación de la sangre una incumbencia poética y perceptiva de las cosas, en general, que tiene que ver con la cuestión del “desecho”, lo “omitido”, lo “indeseable”. Me parece interesante cómo usualmente revisitás eso descartado por el otro, no por la poeta que corre hacia ese pozo para extraer algo que busca, que necesita como una verdad. ¿Coincidís con eso? En un poema te preguntás: “¿Quién aplaudiría el orden de la basura / que he colocado en los rincones menos transitados / por la ignorancia mía en otros asuntos?”. Y en otro afirmás: “Es la hora del desencanto. / Un momento / en que es necesario / decir lo indeseable / para hablar de lo adorado”.

Coincido, aunque no lo había pensado conscientemente hasta la publicación de los libros. Quizá esa incumbencia se reitera porque la escritura me parece, por momentos, mi única posesión. Pero es la escritura también una pertenencia insegura, algo que no tengo mucho más allá del momento en que está sucediendo. Hay una incertidumbre que rodea ese acto, un abismo sin garantía siquiera de fondo, quiero decir, porque nada puede asegurar que me ocurrirá por siempre (aunque tal vez escribo porque tengo la fe de que no me dejará de suceder). O para ser más específica, la fe de encontrarme siempre en ese espacio fuera de todo control que tiene la escritura, en la sospecha o en la ignorancia como estado de asombro (lo contrario, pienso, a esa idea de Ingeborg Bachmann, cuando dice que dejó de escribir poemas cuando sospechó que ya sabía escribirlos, aunque no tuviera la necesidad). En muchos poemas del libro la escritura es lo que está antes, lo que está durante y después y detrás de todo, pero al mismo tiempo es lo que quizá nadie nombraría como vital. Es decir, en un sistema que en definitiva nos divide entre productores o improductivos según nuestra capacidad para hacer dinero (o riqueza, y encima para otros), escribir vendría a ser, en esos términos, un oficio inútil. Esa tensión, o más bien la consciencia de esa trampa, están en el interior, creo, de esa insistencia en el deshecho. Supongo que en eso descartado encuentro un brillo para ir configurando mi voz. Como si fuera que, no importa lo que pase, voy a encontrar ahí un lugar, porque siempre habrá sitios vacíos, cosas que nadie quiera. Porque en eso inservible que tiene mi escritura encuentro una gracia, un aguante. Lo evitado, lo indeseable, o debería decir, lo que yo pienso que puede ser visto como deshecho (supongo que es una idea que también hay en Broza, mi primer libro, algo que está cifrado desde el título), hay algo en ese límite en el que me parece ser testigo de un hallazgo. Y después también me ha maravillado la nada, eso que pesa porque (aparentemente) no está. Hay un poema de Vallejo, La rueda del hambriento, que dice al final «y ya no tengo nada, esto es horrendo». Recuerdo que justamente Pizarnik en sus diarios lo menciona y dice sentirse muy atragantada por el poema, entre enternecida y doliente. A mí me parecía posible oponer a la sensación horrible de no tener nada, el encanto de no tener nada (hablando en el plano del material poético). Porque era probable que se extinguiera todo, las cosas dichas, el futuro, el amor. Pero estaba la nada. Y pensé: es posible poseer esa nada, es posible crear y perder y refundar esa nada. Ver algo bello ahí. Que me pertenezca. Que de esto pueda hacer mi poesía. Por supuesto, es un punto lleno de contradicciones. Hay zonas del poemario donde celebro esa nada y otros momentos en donde molesta, pero es siempre la pesadez de una fortuna. Y además yo sentía que si iba a decir, tenía que asumir decir todo, aceptar que lo horrendo no iba a dejar de ser horrendo, pero cabía la posibilidad de que nombrado fuera hermoso, o de que al menos, el poder nombrarlo lo sea.

– ¿Esta búsqueda de lo “indeseable”, de lo que es “desencanto” para otros resulta de insistir y confiar en el lenguaje de la poesía que, de alguna manera, pienso es el gran desecho hermoso del mundo? Intuyo esto porque en un poema escribís: “Insistir, por ejemplo, / en la inutilidad del lenguaje / para los grandes asuntos. Pusilánime en las horas definitivas / pero tan acertado / cuando todo está / ya tan / perdido, / y ya nosotros / tan / derrotados”.

Es una creencia y a la vez un deseo de creencia. Confiar en que no sirve, y que justamente por no deberle utilidad al mundo puede decir lo que dice. Y sin embargo, por momentos, me parecía muy palpable y agotadora esa inutilidad: pasaban cosas serias en mi vida y yo solo quería, o sentía que solo podía escribir. Después miraba a mi alrededor y veía que, superficialmente, todo seguía igual, las cosas serias seguían pasando y nada se había solucionado, nada había cambiado, al menos por fuera de mí. Eso me frustraba demasiado. Pero había mucho de ingenuidad en esa frustración, porque uno puede preguntar ¿y qué esperabas que pase? y yo no sé muy bien qué esperaba. Sólo sabía que había una fe inquebrantable en ese suceso. Hay algo muy vital en la escritura y que al mismo tiempo no es equiparable con la vida; parece algo muy obvio, es algo muy obvio, pero igualmente difícil de aceptar cuando has puesto todo el sentido en la escritura misma. «La vida necesita muy poco del lenguaje», dice Enrique Lihn, y en esos momentos me parecía que tenía que aceptarlo y al mismo tiempo me molestaba mucho. Por eso yo sentía, al menos cuando escribía esos poemas, que podía ser más acertada en la derrota, más acertada en el duelo que en el dolor, y así. También porque no me parecía poder llegar del todo a lo que quería decir, sea cual sea la escena de mi vida, más que con el lenguaje poético, que desde luego debía ser una limitación por mi parte, más que una virtud.

– Creo que el significante de lo “omitido”, de lo “extraviado” no es sólo una forma de encarar el espacio, sino también una figuración propia del yo. Esto se ve claramente en el poemario Habla la perdida, en donde ya desde el título hay un yo que se asume desde esos significantes. ¿Quién es la perdida?

Podría decir que la perdida es el lugar de mi enunciación. Y por eso no sólo aglutina el libro Habla la perdida, sino que también es la voz interior de todos los demás poemas. Me ayudó a vehiculizar ciertas intenciones, porque me interesaba hablar del deseo, del remordimiento, de la malicia, entre otras cosas, desde el deseo, desde el remordimiento y desde la malicia. (Porque, digresión aparte, sí creo que se pueda hablar poéticamente de la poesía y deseosamente del deseo y así etcétera). Me gustaba pensar que todo lo que podía ser motivo de reproche o de culpa podía ser digno, también, de afirmación. Quise ver si era posible traducir cómo los discursos que nos marcan pasaban por el cuerpo, y cómo esas huellas podían ser leídas, también, como una escritura. Esa intención está, sobre todo, en Habla la perdida, donde aparece la imagen de la mujer sin cabeza (que está inspirada en la película de Lucrecia Martel, o más bien en una escena específica de esa película, que lleva el mismo nombre). Quise explotar esta idea de perder la cabeza, y cómo se podría hablar después de esa renuncia. Quise reconstruir una voz que escribe desde las pulsiones, desde una corporalidad esponjosa, o absorbente, en el sentido de que recibe todo lo que escucha y todo lo que ve y todo lo que recuerda o imagina y con todo eso va conformando una especie de monólogo de sí misma, de su propia historia, deseada o real. Si la imagen no se resiste y reposa un instante antes de morir, como dice la Pri Hill, me gustaría pensar que la perdida es mi poesía, y es también la que soy cuando escribo.  

– Hay una recurrencia en tu poesía que tiene que ver con ese momento previo a la escritura en sí misma; ese instante de percepción que ya es poético en sí; podríamos decir de ello una entrevisión del hecho poético, un intervalo anterior al orden de las palabras y que, a veces, si no se resuelve ese material caótico por medio del lenguaje puede ese momento quedar encriptado en lo intransferible, en esa ansiedad de la no palabra. ¿Coincidís con esta lectura? A propósito, en un poema escribís: “la lentitud de la lengua, el eterno tiempo / en que espero el poema / parecen enemigos”.

Me parece creer en esa idea de que todos o casi todos hemos atravesado eso que es anterior al poema, la estela mágica, o el silencio deseado, esa experiencia que parece hecha de nada (probablemente está hecha de muy poco) y que al mismo tiempo, por un instante, justifica todo lo demás, o lo que cada uno nombra como todo. Me interesa mucho recuperar ese momento efervescente, porque es una forma de conocimiento y de entendimiento, que puede o no resolverse en un poema. Broza cierra con el verso «las cosas mueren para salvarse», y ahora pienso que es cierto que escribirlo es una forma de la muerte, de la muerte del poema, quiero decir. Es verdad, también, que no decirlo puede quedar atrapado en eso que jamás será palabra, pero para escribir también he asumido que no tan sólo era probable que hubiera cosas que jamás iban a poder ser traducidas, sino que también cabía la posibilidad de que fueran más hermosas, o mejores, o más ciertas, si yo no las decía. Esa idea de que la lentitud de la lengua y el tiempo en que espero el poema parecen enemigos (digo ahora: la sutileza del verbo “parecen”) tiene que ver con eso que decía antes, la falta de garantía, el suceso de la escritura como una promesa únicamente para el presente. Por eso parecen enemigos, porque esa ansiedad puede derrotarme, en el caso de que no llegue el llamado, o yo no llegue a tiempo del llamado. Pero en otro poema, El poema muere con los ojos abiertos, también está la idea de que a veces no abrir los ojos al poema, no darle lenguaje a eso anterior, puede ser grandioso, y puede por eso seguir vivo. Pensaba en la verborragia y en la insistencia de mi escritura cuando hablaba de los poemas largos, pero también hay una decisión sobre el silencio: acepto, entre la resignación y el alivio, que hay cosas que no podré decir, cosas bellas por fuera de la palabra. Creo que es precisamente eso lo que hace tan maravilloso al poema, una conquista contra todo pronóstico, algo imposible que sucede.

– Sobre esta dualidad de vivir lo poético y / o de escribirlo, creo se constituye una obsesión que atravesó a algunos poetas. ¿Vos cómo resolvés esa dicotomía? ¿Es mejor para escribir vivir “poéticamente” o reservar “ese costado diferencial del mundo” para que sea un espacio sólo de la escritura? Pregunto, ¿el compromiso ético del poeta termina con el último verso puesto en una pantalla o en un papel o la poesía es una búsqueda que rebasa eso y logra ser un estado existencial, material, perceptivo, una gimnasia de la sensibilidad? Pienso, entonces, te pregunto, ¿la poesía es algo más que una estrofa? Toda esta cuestión me fue disparada por un fragmento de esa hermosa prosa poética que cierra Iluminación de la sangre: “En el medio intento ser el árbol o el fracaso del árbol. En el medio imagino que copulo a las orillas de un río. Que ocurren los mejores poemas de mi vida pero no puedo escribirlos; tal vez el testimonio de esa imposibilidad el único acto poético ejecutable”.

Creo que hay tentaciones que algunos pueden resolver mejor que otros. Yo no sería de esa clase de personas, mucho menos en la escritura. Quiero decir: he caído en varias tentaciones y obsesiones que quizás ya se han convertido en lugares comunes dentro de la escritura, pero bueno, al menos pude ver, por experiencia propia, qué había de cierto ahí. Pienso en todo lo que digo y si sonará, todavía, demasiado ingenuo creer que podemos vivir poéticamente. Por ejemplo, a mí la poesía me ha llegado, antes que como escritura, como experiencia. Yo sentía que había algo que me rebasaba y me prometía, un presentimiento de magia; y podría decir que lo sigo viviendo así. Entonces sí, sí creo que la poesía no se acaba en lo escrito, lo antecede y es un excedente por fuera de todo lenguaje, y a la vez al interior de (casi) todo lenguaje. Y no es un acontecimiento excluyente de la gente que escribe. También creo que llega un punto en que no es un espacio dado de antemano, sino que es un lugar que se elige, y esa elección puede ser muy honesta. En mi caso, es donde, siempre que puedo, elijo estar: existir en mi escritura más que en ningún otro lugar. No creo, eso sí, que lo valioso de la poesía resida en la radicalidad con que lxs poetas la asuman, o lo mucho que hayan vivido poéticamente las cosas para escribirlas. Hay personas que han dejado que la escritura sea ese espacio diferencial, como decís, y han escrito obras maravillosas y reales, y hay personas que han sufrido la escritura, que han llevado al límite toda premisa escrituraria, y yo debo decir que siempre me pregunto si en verdad eso vale la pena. En ese punto resiento un poco la poesía maldita, que es la que ha llevado al máximo el principio de ser el cuerpo del poema. Hay algo en mi sensibilidad muy ligado a ese tipo de emoción; no niego el sufrimiento, por ejemplo, ni la tensión que nos puede generar la naturaleza del lenguaje, pero tampoco niego el goce de poder nombrar, aunque sea el sufrimiento (o el sufrimiento nombrado, que viene a ser otra cosa). Por eso, la prosa final de Iluminación es, creo, una de las cosas más honestas que he escrito, porque no dejo de rondar esas dudas, aunque parezcan superadas. Yo podría decir: escribir es lo único que creo saber hacer, lo único que quiero hacer, a veces me ha tentado la idea de vivir cosas sólo para poder escribirlas luego. Pero la escritura no pudo, y soy consciente de que no podrá, completar todas las ausencias, responder todas mis expectativas vitales, aunque por momentos la vea como el principio y el fin de todo lo que soy. Digamos, asumir la fe y asumir los huecos de esa fe, me fue necesario para escribir. También creo que cada poeta debe construir su propia ética, tratando de responder a su propia necesidad. Creo que ahí aparece lo más verdadero, incluso en la mentira que implica la escritura, (porque «nada existe que no mienta», como dice Bataille) quiero decir, en el poema, que es una especie de primicia antigua, nos sorprende su verdad aparentemente obvia y que tiene la fuerza de una revelación completamente nueva; después, no sé si interesa saber si quien escribe vivió poéticamente para llegar a ese lugar; lograr algo verdadero no tiene que ver siempre con la verdad. Pienso, digamos, que hay que creer en la ficción de la magia para entender la verdad de la magia. La poesía es más que una estrofa, y al mismo tiempo, quizá muchas cosas del mundo quedarán en el camino en el proceso de traducción poética. La poesía es todo lo que puede y todo lo que la excede; los poemas más hermosos de nuestra vida que hemos escrito y el testimonio doloroso de todos los que no hemos podido escribir. Y muchas cosas más. Yo creo que esa prosa final lo que intenta decir es justamente que no he logrado resolver estas dicotomías. Yo supongo, o mejor dicho, no espero que se resuelva, más que en la escritura misma.

– Sos, sin dudas, una figura peculiar dentro del campo de la poesía tucumana. Incluso a nivel región NOA hay muy pocos casos de poetas que se desmarquen un poco de la ola estética del momento y logren combinar distintos registros. Pienso que figuras como la tuya o la de María Belén Aguirre son un tanto excéntricas para ser limitadas como parte de un grupo. ¿Coincidís con esa cualidad de tu figura? ¿Lo buscás o te sale así? ¿Cómo ves el campo de la poesía de Tucumán?

Es un poco difícil, o al menos a mí me resulta difícil, pensarme por fuera o asumir un lugar para mí, que es el lugar en el que quizás estoy cuando soy leída. Traté siempre de responder a mi propia necesidad de decir y del modo en que yo sentía que quería y podía decir lo que deseaba decir; me parecía una forma de honestidad. Por supuesto, esperé también que eso coincidiera con el deseo del otro, aunque nunca escribí según ese criterio, por eso en muchas oportunidades dudé seriamente de lo que escribía, porque quizá no tuviera que ver con nadie o con nada más que conmigo. Pero siempre me dejé vencer, por decirlo de algún modo, por mi propia escritura. Y no siento que haya egoísmo ahí, porque, en mi caso, es la forma más sincera que tengo de acercarme a los demás, y además, pienso, no hay nada completamente único en nuestro deseo o en nuestro decir, digamos que nuestra escritura es un lugar lleno de gente, por más solitaria que sea la escena en que ésta se produzca. Así que bueno, respecto a esa posible excentricidad, no tiene que ver con una búsqueda mía, porque en realidad yo escribí como deseé y deseé que eso pudiera ser leído por alguien, y que ese alguien pudiera sentirse convocado. Creo que lo demás sucede solo, un poco por fuera de nosotros (o al menos no es algo manejable), y por muchas razones; me gusta pensar que principalmente por mi escritura. No sé si tiene mucho sentido, pero me siento cerca estéticamente de muchas personas que escriben hoy en Tucumán, aunque nuestras propuestas puedan ser distintas; quizá me siento cerca en lo que interpretamos o sentimos respecto a la escritura, o a la poesía en términos más amplios, a las políticas del decir y hacer cultura acá; por eso, creo que si estoy en el margen, al menos es del lado de adentro. De la poesía tucumana pienso que es hiperactiva y brillante, y muy diversa. Que está en un proceso de consolidación muy interesante gracias al trabajo sostenido y amoroso de muchas personas. Es algo que me tiene muy emocionada. Me gusta la forma en que nos vinculamos las personas que escribimos/ gestionamos/ editamos acá, es siempre algo solidario y colectivo. Muchos escritores y escritoras de mi vida han nacido y han escrito y escriben acá; y fuera del cariño inmenso que les tengo, hacen, además, un trabajo de gran calidad. Así que me siento contenta de formar parte.   

Me gusta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Facebook
Facebook
Instagram