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ISSN 2684-0626

 

 

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La poesía postindie

Por Pablo Toblli |

El indie es uno de los fenómenos ideológicos y estéticos más importantes de las últimas juventudes que se interesaron por cualquier actividad relacionada al arte. Sin dudas, es un punto de inflexión que fue marcando la tónica de algunos productos artísticos con distintas variantes a lo largo de todo el mundo y que, como todo hecho artístico, ha suscitado zonas de fanatismos, modas, detractores y polémicas. Sin ir más lejos, en esta misma revista Diego Puig ha escrito un artículo[1] sobre las facetas de este movimiento en nuestra provincia, Tucumán; planteando que el indie es más claro de reconocer en la música o el teatro y que es más complejo de pensar en la literatura tucumana. Por otro lado, adhiero a la observación del autor en la que sostiene que resulta infructuoso pensar que el indie es igual en Tucumán, Nueva York o Buenos Aires, resultando poco operativo extrapolar las categorías de región a región, sin un trabajo de readecuación.

Nuestra provincia hace arte, casi en su totalidad, a partir de gestiones independientes, huérfanas del Estado. En la poesía de Tucumán y el NOA, escrita por los poetas más jóvenes, la postura contracultural/política del maistream de las grandes editoriales[2] no es un eje central, ya que la poesía de distintas generaciones contemporáneas tiene una gestión independiente casi en todo el país, distinto a la narrativa en donde el poderío editorial está más afincado. Por tanto, me pregunto, ¿qué editoriales de poesía tienen un lugar asegurado y perpetuo en los estantes de El ateneo o Cúspide?; ¿qué Random House o Chai Editora de la poesía surgieron en los últimos 20 años, más que editoriales españolas como Visor que llegan a las grandes cadenas de librerías del país? Entonces, pensar qué tan independientes son los andamiajes por donde se gestan o distribuyen las obras de poesía es un tanto improductivo.

Por lo expuesto, sería más operativo y aventurero pensar al indie en la poesía desde lo estético, o a partir de las estructuras de sentimientos que diagraman el perfil del artista indie, que es lo que Puig también intuye en su artículo, y escribe: “El indie está estrechamente relacionado tal vez con la juventud urbana, educada y productiva, que no encuentra su lugar en las grandes ligas del capitalismo y late, vibra, produce y siente desde los márgenes de la masividad y su definición de éxito. (…) el indie no está particularmente enojado ni es violento. Más bien, acepta y trata de encontrar belleza y felicidad en las cosas simples. Mates o juntadas con amigos sobre el sacha-césped de nuestras plazas. Sueña con el amor (hoy poliamoroso o de parejas abiertas). Sufre con una mansa alegría y bastante dignidad”.

Pensemos, entonces, de qué manera logran traducirse estos preceptos vitales e identitarios en el uso mismo del lenguaje de la poesía de nuestra región. Pienso que uno de esos signos adquiere el susurro de la vocinglería popular del habla tucumana[3]. Por ejemplo, este aspecto se deja leer en los poemas de Marcos Bauzá y Marco Rossi Peralta en los que, en ocasiones, desacralizan consumos culturales que eran impolutos para las juventudes anteriores que se interesaron por la poesía: el rock o los poetas malditos[4].

Antes las caretas

eran de felicidad

o descontrol

y nuestra generación ahora

tratando de que su tristeza

cotice en el mercado indietrap poecia

y ningún tatuaje que diga

liberen al pity.

Marco Rossi Peralta

Mamá no te preocupés.
Estoy bien.
No soy un poeta maldito.
En mi vida hay alegrías y tristezas.
Hay amor y violencia.
Hay noche oscura,
esperanzas
y rayos de sol.
Hay adicciones y pobreza.
Sin embargo soy rico
en palabras y silencios.
Y sobre todo aún creo
que vivir vale la pena.

¡No hay cosa más linda
que verte,
charlar
y compartir con vos
verduras salteadas y milanesas!

Marx Bauzá

Otro de los tópicos recurrentes del indie es el de la poetización de la ciudad, lo cual se lee en gran parte de la obra de Flor Arias (Salta, 1987) y, en ocasiones, en la de Mario Flores (1990). Aparece una ciudad que lo acapara todo, sin dejar vías de evasión a otros parajes de la imaginación, porque el entorno es de una explicitud apabullante que direcciona la mirada y empuja a decirla, a dar cuenta, por momentos, de esa sordidez resplandeciente y de algunos vestigios:

No hay argumento

que justifique el gris opaco

de esta ciudad,

ni sus autos,

o sus plazas

llenas de palomas

y vestigios coloniales

que no dejan nada

librado a la imaginación

Flor Arias

Donde antes se juntaba un grupo de heavys

a escuchar Hermética y tomar vino blanco

ahora hay un cajero automático

que escupe billetes con diseños de animales.

Mario Flores

Como leemos, es claro el afán de una lengua fresca y dinámica, constituyendo una poética que se sumó claramente a la cultura fanzinera y urbana[5]. Por eso, el indie nos trajo la ilusión de que la vida está en el candor y la solvencia de los signos coloquiales, de que el entorno nos suministra la ilusión de que la realidad es algo nítido y comunicable, que con lo que nos rodea podemos vivir en estado de gracia y dignidad, ya sea formando nuestras propias cofradías o criticando al establishment, de allí el uso del humor o la ironía que tiende puentes de comunicación y jergas grupales. De esto se traduce un uso explícito del lenguaje, aunque la realidad sea ríspida, distorsionada y opaca para otros programas poéticos en desuso, como el simbolismo[6] o el surrealismo[7].

En un juego de oposiciones tentativas y elípticas, podemos sintetizar algunas antinomias entre el indie y todo lo que no lo es, o entre el indie y las estéticas pasadas: Si antes las juventudes se volvían creativas con el nihilismo y la desesperanza en el mundo, con el indie refluye el color, la estridencia de los elementos y los dispositivos sociales. Si antes el negro era el color de las juventudes irredentas, ahora los colores destellantes y variados son los símbolos, que sugieren levedad y “una triste alegría”, de seguir permaneciendo en los bordes. Si para los poetas anteriores la belleza se ligaba a lo sublime, a lo inmaterial, a la congoja existencial, al silencio, a la soledad, al repliegue en la naturaleza, a lo intemporal, a las metáforas excéntricas y herméticas, ahora el indie cantará a su propio tiempo con un lenguaje despojado de artificios:

Una vez compartimos un helado y ahora me clavás el visto –xfa dejá de escribirme cosas tristes

Alexander Rivadeneira

Injusto suena

violentarse ante todo,

estar disconforme en la armonía.

Todos los días

buscamos encontrar

algo que nos salve.

Un cable de luz,

una red de wifi

que permite mandar

dónde estás

en el whatsapp

a la madrugada.

Flor Arias

Este arroparse con el material de un real de contornos más consistentes en los contextos sociales, económicos, tecnológicos y políticos, quizá se traduzca tanto en una voz poética frenética y del “agite”, como en la que emana en la militancia de la edición independiente y en la gestión cultural: la gran cohesión grupal que movilizan los eventos culturales que son organizados por nuestros poetas más jóvenes, sin la necesidad de apadrinarse en artistas consagrados o de generaciones anteriores. “Sin pedir permiso”, generan movidas de una envergadura considerable y esto se advierte en los festivales literarios de gran convocatoria en el interior del país.

Ahora bien, ¿es pertinente pensar una crisis de la estética indie, de un movimiento que ya lleva sus casi quince años? Sospecho que sí, y son muchos los caminos posibles que esa crisis puede tomar. Comenzaron a aparecer poetas desencantados con los giros de la poesía coloquial y crítica de los lugares comunes de la poesía milenaria; autores que han pertenecido a la estética urbana y que en sus libros posteriores, en una actitud experimental y tributera, revisitan otras estéticas.

Uno de los casos más contundentes de este momento, que someramente llamo postindie, es el de Maira Rivainera (Salta, 1991), quien en un gesto contrapop decanta o complejiza el signo, y nos dice, titulando a su segundo libro, que la realidad es algo más intangible. Embate, entonces, a la ilusión de superpoder, unicidad y ubicuidad de la materia, y recupera significantes que encuentra atrás del fulgor, en la oclusión de las fachadas del régimen de lo real, escribiendo en su primer libro Cielo, verde, agua (Gerania Editora, 2019) algunos retazos que casi son preceptos de su búsqueda poética que depuró en los libros que publicó luego:

Lo que no se revela se borra.

Invisible existe, mal que le pese a la materia, coqueta por definición.

Lo que se muestra

padece derrota: un aire de posibilidad de matar

abraza a ciertas cosas indefinidas.

— 

(…) tranquilo al tiempo

que alerta a lo que no halla en la realidad lugar

mejor que una posibilidad.

Más allá de la realidad pero todavía en la vida,

figurar tiene un límite que con soñar no se halla.

Libertad, corazón, habitar el desborde plácido de terror.

Por otro lado, la poeta naufraga con recurrencia en el tratamiento del vacío, pero no es el vacío existencial de Sartre y Camus o el pesimismo de Cioran y Schopenhauer; por el contrario, en los libros de Rivainera el vacío es posibilidad de invención a partir de las ruinas de aquella sintaxis sencilla de la oralidad que ordenaba la realidad en algunos poetas. Entonces, el cuerpo no aparece desde afuera sino en las habitaciones de la sintaxis, que al leerlas y no encontrar referencias en “la solidez” de lo real, dejan una estela de fugacidad y lares incorpóreos:

Hasta los estados de ser perfectos buscan el movimiento,

una estrella cayó de puntas al vacío: le intrigaba lo asimétrico 

porque aburrida del ángulo deseó agotar el calor

e improlijar el telón oscuro. Fugaz, alguien deseó.

Este aspecto de movimiento se amalgama tanto en la anulación de nexos y elementos subordinantes, como en el juego con los espacios en blanco en la página, lo que genera que el objeto se dinamite: ¿Sé vivir sin objeto los sentidos?, escribe en uno de sus primeros poemas. De esto, lo arrollador del mundo inédito que nos abduce en la lectura, lográndolo, por ejemplo, con un simple gesto de colocar un verbo flexionado en donde esperaríamos un complemento o modificador indirecto con un sustantivo o un verbo en infinitivo, entonces, leemos:

Una mariposa danza una misa/ pura liviandad y espirales de pienso/ Hace sombra sobre un monumento a la vida/ en el cementerio a solas/ ¿a solas?/ La mariposa se multiplica/ una nube de alitas amarillas/ (…).

Por tanto, distanciándose de la oralidad, de eso que podríamos llamar la carne de la lengua, Rivainera se decide por los intersticios de la sintaxis y embate con subordinadas que se abren y se difuminan por la ruta cognitiva el lector, disgregando los clanes de sentidos y pertenencias, ese reverso y paradoja del indie: “Yo intentaba quedarme sin ninguna cosa y tratar de ver si el lenguaje podía seguir existiendo”, postula en una entrevista para La Papa[8]. La poeta se permite dudar de la dependencia de las cosas, impidiendo que un elemento se camufle en la figuración utilitaria del espacio; por esto, al recorrer sus poemas, es impredecible el devenir, porque los objetos no son compartimentos estancos, ascetas y autosuficientes; es por eso que la poeta logra fusionar registros más oclusivos o pictóricos de las metáforas con un lenguaje que no peca de artificioso o retórico, de allí que su poesía no suene anacrónica:   

(…) El espejo confía en la realidad, refleja lo que alcanza a ver

con la profundidad del punto de fuga. En mi cerebro

la perspectiva se perdió con el primer punto

en la continuidad en una recta infinita.

La belleza, si se quiere local, habrá que adiestrar

la idea al paisaje más cercano: qué tinte de voz

suena en su garganta de motor… El ruido de la calle

condimenta la analogía. El perfume que destila

lo claro está preparado, pero nació del caos.

La rotura de la ilusión compacta de la realidad, que ya comenzaba a desplegarse en Cielo, verde, agua tiene su punto más álgido en Un muro maldito (2021), pero dicho programa se confabula completamente en su segundo libro La realidad es más intangible (2020), con una certera elección de un fragmento de Fogwill como epígrafe, cuyas últimas líneas preludian la fuerza de un despojo, ante todo de un lenguaje, de una forma de enfocar la visión: “(…) liberación de la trampa mundana de los siglos y lo que ellos prometen: reparo, albergue a la intemperie de todo lo áspero que nos presenta el mundo”. Entonces, primero el desencanto -una leve brisa tanática-, luego la nada y, finalmente, una poesía, que sea vestigio ausente de la realidad:

Al morir ambos un punto ciego del mundo caerá al lugar donde nos olvidarán las

cosas. Tomará la tierra los féretros de que se despojará el tiempo

muy barroco para la llanura posmo.

Amar la destrucción te consume, la estrategia del hambre, enloquecer durmiendo Próxima al núcleo la luz repele la mirada.

Rivainera no se regodea en la digna alegría apagada de los bordes del indie: “La juventud hace de vivir una espera profunda”, escribe; puesto que emprende a comer en lo raquítico, de allí un trazo autosuficiente que no olfatea del lugar común, construyendo la materia (del lenguaje) en el vacío, implosionando en cada instante. El descubrimiento al que accede no languidece en vagos romanticismos, sino que puja por hacerlos realidad. Leamos estos versos que lo incorpóreo cena, transporta y aglutina; nos convida de un vacío corporizado:

(…) durante un silencio lento. De cualquier modo,

en mi casa una taza de café vacía,

           cuando la police te pierda quedate aquí. Hay lugar para la ausencia.

Un pájaro azul que dibuja el cielo

aletea hasta encontrar sal con los ojos, mira tranquilo

que nadie ve. 

paredes verdosas muerde el moho la niebla. Vive la piedra.

Su poesía no le teme a caminar sin carne, sin colores demasiado esplendentes; peregrina en una fiesta de los halitos invisibles que quedaron huérfanos de la realidad y los hace vivir en un lenguaje que no necesita de un referente preanunciado, siendo más alucinatoria y menos de las ideas, de aquella poesía demasiado preocupada por filosofar una verdad, sino más bien de una que naufraga en formas inacabadas:

Navego halo espectral, pedacitos de meteoro que vieras apagarse pronto, la muerte como asombro.

dormita la llama dimensión transitoria entre este plano y lo que ves cuando soñamos El espacio indeciso de realidad.

Los significantes son desperdigados al éter, devueltos a su independencia, al decantar su soledad y gestas sin mapas:

En un mundo donde sobra información, manotazo y trastornar un byte al cosmos.

Un boleto a la disuasión, que intinerante en lo incorpóreo, buscará su hogar en el lenguaje mismo:

Permanecer, este desvarío limpio de camino al lugar incorpóreo al vilo.

Y así leemos a esta poeta, toda intemperie, en sus parpadeos de la poesía de habitaciones siderales.


Imagen: Hora de aventura.

 


[1] http://lapapa.online/indie-tucumano-pero-indie-pendiente-de-que/

[2] Distinta la postura de algunos músicos con las industrias musicales, como el movimiento hardcore punk prolífico de comienzos de los 2000 en Tucumán, que si bien no es el llamado movimiento indie constituye, quizá, un antecedente del mismo. Ver Hcpunk en Tucumán. Una propuesta de interpretación, de Pablo Giori: https://www.academia.edu/3064669/2010_Hcpunk_en_Tucum%C3%A1n_Una_propuesta_de_interpretaci%C3%B3n

[3] Desarrollo con mayor plenitud y precisión este aspecto en mi tesis de licenciatura Una lectura del imaginario poético de Tucumán (2000-2020), dirigida por el Dr. Guillermo Siles.

[4] El poeta Paul Verlaine en 1884 reúne a un conjunto de poetas (Arthur Rimabud, Tristan Corbière, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, entre otros), en un libro con el nombre de Poetas malditos, quienes renovaron la poesía francesa del siglo XIX.

[5] La poesía urbana o también llamada poesía de la calle se aboca a temas de actualidad política, social económica y nuevas tecnologías. También retracta la dinámica de las ciudades con sus diversidades y choques de intereses y generaciones, utilizando un lenguaje que genere un impacto directo y la posibilidad de generar identificación.

[6] Movimiento liderado por Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud. En dicha corriente, a partir del símbolo o correspondencias poéticas, se accede a una verdad oculta que es alcanzada por el espíritu y sensibilidad peculiar del poeta, el cual se transforma en un vidente.

[7] Movimiento originado en Europa, que se caracterizaba por las imágenes insólitas que distorsionaban la realidad. Algunas de sus voces son André Breton, Federico García Lorca, Oliverio Girondo y Aldo Pellegrini.

[8] http://lapapa.online/yo-intentaba-quedarme-sin-ninguna-cosa-y-tratar-de-ver-si-el-lenguaje-podia-seguir-existiendo/

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