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ISSN 2684-0626

 

 

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La tentación de Eurídice

Sobre Tu fuerza primitiva, de Mario Flores

Por Maira Rivainera |

Para el romanticismo, la necesidad de existir del objeto literario, viene dada en el proyecto de totalidad sostenida por una coherencia que podría entenderse como composición. Tomando este punto de referencia, es posible pensar otras formas. 

La composición podría remitir a una suerte de correlación arbitraria entre elementos convencionalmente característicos de una cosa determinada. Resulta una potencialidad del discurso de la poesía la dificultad para decidir lo que sea o no ella, no obstante lo cual, tampoco es posible negar que la poética es inconfundible en cuanto nos es presentada. Para no ser taxativa y definitoria, partir del hecho siguiente, lo poético es primero una experiencia física de relación con algo cuyo nombre compuesto pertenece a ese tipo de palabras en tránsito entre lo que se está recordando y la facultad del habla; un lo tengo en la punta de la lengua. Por otro lado, desde la Antigüedad viene existiendo la labor de hacer pasar aquellos mundos al lenguaje escrito; convéngase provisoriamente hasta el momento de dejar de leer este texto, llamar a quienes incurren en eso poetas. 

Es cierto que nunca será exacto decir aquí hay poesía, aquí no pero por una manera específica del conocimiento que es clasificar lo existente en géneros, clases, sí es irrefutable una tendencia a reconocer a fuerza de recurrencia la forma diferenciada. Hábito según el cual todo cuerpo textual dispuesto en el espacio de un rectángulo o un cuadrado, sin que ocupe el segmento completo del renglón, ha nacido con intencionalidad de poesía. Prueba de esta afirmación podría encontrarse en Allen Ginsberg o los poemas en prosa baudelaireanos, rupturas que establecerían en su legitimidad a la versificación.  

En general, por sinécdoque se reconoce un poema en esa disposición de la escritura en la hoja. Está la discusión acerca del verso y la hoy tecnisísima métrica sustituida por la amplia noción de cadencia. Habría algo así como un acuerdo implícito sobre la libertad individual en el poema, de decir lo que en otros ámbitos quedaría incómodo según una presunción de censura sobre diferentes rincones de la realidad, fundada por una confusión entre la potencia de la palabra y el poder efectivo del decir para transformar la injusticia. Sólo después, su majestad el significado y la admisión de la poesía como vehículo de este vía sus llamados elementos formales, haciéndoles desempeñar una función de herramienta, instrumentos, contraseñas. 

En Tu Fuerza Primitiva (TFP) la unidad consiste en un universo fuertemente organizado, imprescindible es ponerlo de manifiesto porque el ánimo que impera es un apocalipsis donde la devoción por el caos hace de cada poema un pequeño Big Bang pulverizando la posibilidad de visualizar el territorio. Imprimen caos a la lectura recurrencias a tópicos precisos para indicar la forma del sentimiento; poemas opresivos, un incesante derrumbe, catástrofes naturales, autolesiones del pensamiento para quien lee a la par de la indiscutible preferencia hacia el dolor e infiernos terrenales en quien los ha escrito: su boca ardiente; los confines secretos de un mundo salvaje que ni siquiera existe; lluvia torrencial; tortuoso placer; un mundo a medias; empujado al precipicio; débil y mortal equilibrio; pavor; guerra mental; caer; vértigo; incendio; catástrofe; escombros; danza mortal; esto que nos destruye; el tráfico y los cadáveres; grietas que se abrían en las calles; la tormenta; una fuerza destructiva; relámpagos; metástasis alucinógena de un dios muy estresado; un río de sangre; mundo hecho pedazos; cuerpos colisionando; pesadilla; vidrios rotos; alambre de púas; las ruinas del mundo; corazones rotos. 

Mario Flores hecha mano del cliché en figuras como el amor que mata:

(…)

y pienso /

que falta poco

para que termine de ahorrar

unos cuantos millones

lleve tu cabello a un laboratorio /

y haga un clon de vos /

lo críe con paciencia minuciosa /

y al fin te tenga sólo para mí /

y te dé permiso de matarme /

de una vez por todas. 

El fuego de la pasión en que se consume el cuerpo del amante en ausencia del cuerpo del deseo:

(…)

anoche dejé que mi cuerpo duerma en llamas:

a veces es más fácil despertar hecho cenizas. 

No molesta por una habilidad para decir lo antiquísimo con fantasías contemporáneas como el clon, o bien por acudir a tierras distantes a buscar la forma literal de la imagen como en Ciudad de Brahman, donde el incendio de la carne en el poema conduce a la iluminación por el camino mismo del pecado. Una continuidad vital de la experiencia física cuya gracia se explica por la abolición del artificio de lo inconciliable de los polos, otra forma (por qué no) de decir ese tipo de amor complementario de los opuestos que restituiría una totalidad. 

No falta, por supuesto, el amor que solo terminaría con la muerte:

(…)

cuando el último rostro de mi último cuerpo

empiece a desvanecerse,

dejaré que te diluyas

en el resto del océano

abandonando de una vez por todas

mi desastroso universo.  

Retratos de esa sumisión del Ser que se viste de entrega a quien con su nombre posee al amante. Esclavitud de la existencia que encuentra su libertad en el acto de morir, en una tragedia personal: 

(…)

vos

ya me tienes en la palma de tu mano

como a una hoja muerta /

que cruje

 pidiendo el fuego

 que finalmente la extinga.

Lugares trillados, se presentan no comunes mediante una descripción de la evidencia cuando de tanto haberla visto pareciera que una la olvida y reconfigurase como nueva; impresión de haber sido develado el misterio del símbolo seguido de una sensación de: ok, dejemos de robar un rato con esto. 

De haber una idea acerca de lo poético en TFP, podría encontrarse como la premisa de que existe en lo que se llama realidad concreta un fenómeno que presta su estructura como imagen para una sensación cuando ella se complejiza en la intersección del recuerdo, lo presente y la imaginación o futuro. La forma más cristalizada de esto: la mujer tormenta, lluvia torrencial eléctrica veraniega y la ruptura amorosa como catástrofe natural interior. Tales similitudes entre inclemencias climáticas y arrebatos de encantamiento afectivo, podría estar respondiendo a una generalidad admitida del amor según la cual este irrumpe, adverso para la voluntad en su indómita agitación, intemperie fascinada de espectáculo por la magnificencia en esa extensión del asunto enamoramiento cuando baña las superficies con su luz de trueno:

(…)

De todas las cosas que van a pasarnos

lo más terrible es conocer firmemente la existencia

del adiós

ya latiendo

como un embrión, un ser miniatura

cargado de lluvia y violencia. 

O bien:

(…)

Hagas lo que hagas, no olvides respirar,

hagas lo que hagas, no olvides respirar,

hagas lo que hagas, no olvides respirar,

que toda tormenta acumulada

en las manos, en los ojos y en los oídos

se derrame y siga su cauce invencible

dejándome un poco más vacío

un poco más ligero

un poco más transparente. 

En Un Silencioso Modo de Arder (2017):

(…)

y me abrirás los ojos

para decirme

agarrá tus palabras

juntá tus pedazos

llevate tus tormentas 

(…)

En Cuando Llegue el Fin de los Tiempos: 

(…)

La tormenta se acerca:

ya puedo verla caminando hacia aquí

cuando abrís los ojos. 

Un rayo parte la tierra en dos. 

Y amo, siempre amé,

caer al abismo.  

Puesto que esta forma está bien aclarada a través de los cinco poemarios, poemas cuyo único hilo es el recurso a la frase que se reitera o al verbo que inicia siempre él el verso en cada renglón o estrofa y conglomeran multiplicidades dispares, hacen contrapeso al peligro del aburrimiento en la unidad temática, la transversalidad de la metáfora, la metáfora ampliada en su uso. Explotada al máximo en su potencialidad, no ya como imagen sino como atmósfera. Pueden ser tomados cual voluntad zen en el corazón del huracán, de ir atrapando lo que pasa cerca de las manos, en lugar de para quedar con algo, para vaciar de basura el torbellino en un afán de contemplar la naturaleza del giro. 

En el caso de conformar este volumen un libro, aquello que Mario Flores llama cursi, se acerca más bien a la palabra amorosa como soporte de la escritura; soporte de la propia existencia en la ausencia de lo amado cuando faltando a los sentidos la presencia significa la ausencia de la propia vida. Hay diferentes estratos del poeta en TFP, entendiéndole como mito en lugar de identificable con el autor con nombre y apellido, aquel que resulta producto en el sentido matemático de resto de una operación: producto de la división de roles sociales. En el tipo de sociedad que es la del ciclo trabajo–producción para el consumo, el poeta es aquel que llegó tarde a la repartición. En radicalidad tal, que se anoticia de ello en la medida en que proceden los otros a enumerarse en sus funciones en una actividad en apariencia típica de autoetiquetado que por defecto termina tomándose por normativa, mientras amorfo él: 

(…) fuerza de la carne

emergiendo al día. 

bucea en oscuridad, escribe poemas. 

En TFP si de algo se diferencia el poeta, es de la raza humana, ojos sin parpados en cadáveres maquinales, enfilados en humillante espera de dinero, cauces de tráfico y concreto. El desdén por ese mundo encuentra su límite solamente a partir del derrumbe y en estas páginas lo que es la vida radica en supervivir en estado de extinción. Representación de vitalidad no la deposita en ninguna humanidad ideal sino en la bravura de lo animal, resquicio último donde albergar lo impoluto. Ante la impresión de andar un apocalipsis, su religión sería lo salvaje por antítesis a un conjunto de reglas para la vida en común llamado humanidad; puestas de relieve ellas en su aspiración al éxito y a la felicidad como opción irrecusable para la realización. Una muestra en ese canto que soliloquia:

Me pidieron no ser tan dramático:

que basta de ser tan violento conmigo mismo

y con todas las versiones de mí mismo

que vagan en los infinitos universos. 

Me pidieron que renuncie

a todos esos sentimientos salvajes

que ya no forman parte de la vida real: 

que esta es la única vida real y posible

Símil a la realidad cuando aparece alguien para reconfortar del fastidio del aburrimiento, la querida en abstracto de TFP representa un hilo en el laberinto; antónimo del amor que mata pero lado b de la misma cosa, el amor como aquello para lo que vivir. En panorámica, la promesa de amor no cae en la metafísica del sentimiento inmortal, puesto que todo amor verdadero tiene un fondo de promesa, la gracia del largo poema que es este volumen habita en esa abstención de la tautología del amor que garantiza amor. En un gesto heroico, la promesa es la de un mundo mejor. En este movimiento reversiona el cliché, revierte la bruma del tedio y soluciona el drama de habitar esta Tierra de muertos.  

Es una promesa tangible, lucidez del poeta después de siglos de trovadores, caballería y amor cortés, en reconocer la apariencia engañosa del sentimiento por el sentimentalismo. Un mundo nuevo entonces, por un estallido del corazón que destruye lo existente o en un retiro junto al cuerpo para amar, de lo conocido. Más aún, desengaño de sí para consigo, fundamento solitario en el que:

(…) 

Mi niño interior es un monstruo

adicto a la oscuridad. 

Como todos los niños, se ríe descaradamente

de alegría perversa

cuando enciende la mecha

 que provocará el fin del mundo. 

Pero qué pasa después del fin, dado que tampoco es un corrupto placer por la destrucción. Esa mecha, en algún momento llamarada, sin apagarse: vira a modo piloto: 

(…)

latiendo en el fondo

de un lago congelado

en la noche ártica.  

hay una especie de despliegue del tropo del fuego, desconozco si decidido formalmente y me inclino a decir que no para hacer de ello realización de un inevitable antes que estética. Efecto de una edificación de sistema a partir de recurrir a la misma imagen desde diferentes ángulos en distintos momentos y contextos, en una paulatina modulación de esta furia. Lo que también es constatable en el hecho de que el último poemario recupera las imágenes como metáfora en sentido estricto, hace pasar los paisajes no ya como puntadas que dibujan los contornos del sentido del ánimo; se encuentra ahí | un poco de paz dentro del peligro |. 

El poema que dice Yo | logré crear un abrazo | a partir | de las ruinas.| Y por ello | también sé | que lograré | amarte | a través | de la tormenta | a través | de la tormenta | a través | de la tormenta, ilustra el tono de la voz a lo largo de los cuatro poemarios que preparan Tu Fuerza Primitiva. Es un puro acto de habla, un hecho performático cuyo fin es no más que esa puesta en forma en el cuerpo del poema un algo que se conoce como anhelo pero aquí asume carácter de poesía. 

Regresando al tema de la promesa de amor, el universo de esta semántica exige que podría tener lugar únicamente entre seres quiméricos, por cuanto más allá de la fantasía de un fin de mundo solo se encuentra una con la realidad que no termina. La situación es así, ha sido el estallido final–el estallido creador, y perduran formas de vida antropomorfa, incluido el poeta, ese mito:

(…)

Entendés de una vez que ya es hora de una mudanza:

te arrancás la piel con las uñas, con los dientes

terminas despellejado, en esa misma calle

y aunque te sentís desnudo y sufrís esas cosas

irrecuperables como tu nombre, tu cara, tus ojos, tu voz

sabés que es preferible este presente simbiótico y violento

antes que vivir enganchado al cable, a la luz, y al ayer. 

Un arrancar de sí lo que quede de humano para habitar de esa manera algún otro espacio, a falta de poder reacomodar las piezas para lo diferente que sería según las negras nubes de lo ideal cuando para ello necesita dar fin a la propia especie. No es ningún ser excepcional el poeta, de ahí que se monstruifique. Y sin embargo, otra vez: Vos con tu silencio y yo con el mío | cada uno alimentando un animal | que finalmente nos come vivos.

Un cuento de terror, travesía infernal inaguantable. 

Orfeo podría ser aquel que da muerte a su amada en un intento desesperado de poner fin al dolor por la pérdida de la misma. La historia cuenta que ella encuentra la muerte en esta secuencia, ha sido violentada sexualmente por un dios y escapando, pisa una serpiente que la mata. Qué tal si esto de la violación del cuerpo adorado es la manera en que Orfeo se presenta a sí mismo la traición a su amor por parte de esa que ama; qué tal si pisar la serpiente es cometer el delito de la piel que luego él castiga en un asesinato. El problema empieza cuando muerta ella el dolor se duplica en su ausencia, además de la herida intima del amante. En la secuencia siguiente, cuando Orfeo va a buscarla al inframundo, esta tempestad apocalíptica permanente, la orden es no mirar atrás para no volver a hacer morir a Eurídice; no mirar atrás es no recordar, cuando dirige la mirada Orfeo hacia su amor y la encuentra no del todo iluminada por el sol, el mundo de los muertos todavía le ensombrece una pequeña parte, el pie, y muere definitivamente. Lo que es decir, muere para él definitivamente sin lograr resistir al impulso de volverse hacia lo que la hizo impura; ¿qué le queda entonces?, su lira y ese amor del que vive y que lo mata. 

Hay un poema de Introspectiva de una hoja muerta (2015 – Cuaderno de Elefantes), no incluido en esta edición. 

Cerrar Sesión 

Apago el zumbido de las abejas

la selva grita que no estás por ninguna parte 

ni mis manos ni mis labios ni mis vientos

sacudirán tu casa con la fuerza suficiente

 para que salgas

fracasé como lobo feroz. 

En esta historia soy apenas

el tercer oso

que le cedió su cama a Ricitos de oro

para que pudiera coger a gusto con otro. 

En fin, ese amor de lejos que canta vagando el escriba ciego en un mundo de muertos, ha excluido este principio de los tiempos para inventar ese ojo de maremoto que succiona la vida que pasa, la que él ve pasar siempre definitivamente; en torno al cual orbita olvidado de que lo conoce, él mismo la ha excluido de su vida para salvarse pero lo recuerda ahora en mil palabras siendo su catástrofe reflejo de aquel instante cuando al despertar del sueño de amor se desarma su mundo. 

En este cúmulo de meteoros flotantes como anillos rugiendo amenazantes con no dejar cosa alguna existente sin nombrar, mi momento preferido en Géminis:

–Dejen

ya está, ya fue,

ya no importa nada

y quédense en silencio un ratito

así podemos ver cómo arde. 

En Diluvios, de Cuando Llegue el Fin de los Tiempos:

Aquí estoy, puente.

Ya no puedo cruzarte.

Ahora pertenezco a otro mundo.

Te observo como a un recuerdo borroso y mojado.

Un sueño líquido

que quedó lejos. 

El puente ha caído, ya no es un objeto útil para el tránsito cotidiano, inútil ahora en ese mundo que al poeta repele, él lo encuentra vivo puesto que le habla. Tal vez su tragedia sea ser también engranaje, cuchilla en la maquinaria que tritura la carne. En Soñé con una casa deshabitada, otra vez, el poema destaca lo inutilizable de las cosas y entonces les habla; la casa se ofrecía para guarecer pero:

(…) se lo dije a la casa:

nosotros no alcanzamos a entender

la sensibilidad de los objetos inmóviles. 

Un día estaremos dormidos

y las ruinas de lo que somos nos caerán encima. 

Quizás morir es más algo progresivo que un acontecimiento precipitándose, puede que nos petrifiquemos de a poco en las pequeñas callosidades donde se enquista la historia de esa persona que contamos a otros somos (a una misma, sobre todo). Y sea en esa semejanza de lo inmóvil, no lo estático, en esa semejanza con lo inmóvil de las cosas inútiles que reencuentra la voz de TFP su hipótesis de la condición humana. 


Libro comentado: Tu fuerza primitiva, de Mario Flores (Gerania Editora, 2021). Pedilo en https://www.facebook.com/gerania.editora

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Una respuesta a “La tentación de Eurídice”

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