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ISSN 2684-0626

 

 

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Los estudiantes tienen la palabra

Por Mónica Cazón |

“La juventud me resulta mucho más cercana ahora

que cuando yo era joven.

Quizá porque ya no veo la felicidad como algo inalcanzable.

Ahora sé que la felicidad

puede ocurrir en cualquier momento

y que no se debe perseguir”

 Jorge Luis Borges

A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas. Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojos con los que vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se mueve más rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresará la calma (Bodoc)

Así nos sacude la adolescencia y juventud, como un fuerte viento de cambios permanentes.

Desde aproximadamente hace 115 años, en el país, el 21 de septiembre se festeja el Día del Estudiante. Diversas fuentes señalan que esta fecha fue seleccionada en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en el año 1902, en coincidencia con la repatriación de los restos del Educador Domingo Faustino Sarmiento, esta celebración que se inició en la universidad, luego se extendió a otras instituciones educativas y se vinculó con las celebraciones del día de la primavera. En el año 2014, por Ley Nacional 27002 publicada en el Boletín Oficial el 11 de noviembre, se instituyó el día 16 de septiembre como el Día Nacional de la Juventud en conmemoración a la denominada Noche de los Lápices ocurrida en el año 1976, donde los jóvenes militantes de organizaciones estudiantiles fueron secuestrados por fuerzas militares.

La Asamblea General de las Naciones Unidas define a los jóvenes como las personas entre los 15 y 24 años de edad. Esta definición efectuada con motivo del Año Internacional de la Juventud, celebrado alrededor del mundo en 1985, considera “niños” a las personas menores de 15 años. Distinguiendo en la categoría de la “juventud” dos grupos: los adolescentes, cuyas edades va de los 13 a los 19 años y los adultos jóvenes, entre los 20 y 24 años. Sin embargo, es digno de observar que el artículo 1° de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, los define como personas hasta la edad de 18 años, a efectos de garantizar protección y derechos a un mayor número de personas posibles en el mundo. También podríamos extender esta juventud hasta los 28 años aproximadamente y, dejando de lado los números, podríamos hasta decir que es una cuestión de actitud.    

Ya con la parte técnica resuelta, podemos decir de la adolescencia y la juventud que pertenecen a las etapas de búsqueda y encuentro, más las bondades de la anatomía y salud. Pensemos en el futuro, la alegría y en la archiconocida Macha de los Estudiantes (esa que nunca aprendimos completa) y dejemos volar la música y las letras.

¡Estudiantes! alcemos la bandera

que ilustraron los próceres de ayer

y florezca a sus pies la primavera

del amor renovado en nuestro ser.

¡Y echen a vuelo el nombre de estudiantes,

en bronces de romántica emoción,

los que lo son, los que lo fueron antes;

los que por suerte tienen de estudiantes

para toda la vida el corazón!

María Gracia (Meri) Ceballos Paz (20 años) Tucumán

Ser estudiante se parece a un limón

Una vez en clase, el profesor nos dice “yo les puedo enseñar todo lo que sé, pero cuando se reciban y salgan de acá, todo va a depender de ustedes, de lo que ustedes hagan con lo que les enseñé.” Parece algo obvio, pero a veces olvidamos lo cierto que esa frase es. Podremos aprovechar a los profesores que tengamos, todo lo que saben y nos transmiten. Se trata de usar y poner en práctica. ¿Se trata de hace la mayor cantidad de limonada que podamos con los limones recién cosechados?

Ser estudiante de idiomas se parece a una ensalada

So, como te estaba diciendo, estaba en lo de Julie and, I was like “¿qué hace?”, porque, for real, nada tenía sentido en ese punto, entendés, todos se reían. En fait, hasta Gaby nos preguntaba si estábamos bien (como si ella fuere parámetro, viste). Y yo tipo, oui, ça va, ça va, t’inquite, I mean, ¿qué otra cosa podía decirle? Y después la brillante idea de pedir sushi. SUSHI of all things, como si el presupuesto nos alcanzara. What was wrong with them, I have no idea, ni a quién se le ocurrió. Mais je sais pas, todos nos prendimos, viste. Después llega el mec de Julie and was like: “can I join?” Y todos tipo “mais si”. Fue tan bizarro, te juro… Y así, más o menos,  funciona la mente de alguien que estudia idiomas.  

Ser estudiante es bautizar a los compañeros

Son ellos, los que te motivan a seguir. Son ellos, los que escuchan todas tus crisis, con los que podés hacer catarsis. Son ellos, los que te entienden como nadie, porque están todos “en la misma”. Son ellos, con los que estás todo el día. Son ellos, con los que descubriste lo que es el verdadero trabajo en equipo, cuando no llegan a leer todo el material y cada uno resume un tema para pasarle al resto. Son ellos, los que te acompañan en cada momento, bueno y no tan bueno. Son ellos, con los que disfrutás de otra manera el día que nos conmemora. Son ellos, que representan amistades para que duren para siempre.

Son ellos, el mejor regalo que te dio la universidad. Son ellos los que más que amigos, se volvieron familia. Son los facuamigos.

Ser estudiante te convierte en un enfermo    

Vómitos, malestares estomacales, ataques de pánicos, insomnio, erupciones en la cara… El precio del estrés siempre es muy alto, y ¿para qué? ¿para sacar un diez? Es una locura que un número determine cuánto sabemos ¿Cuántas veces dejamos de estudiar de la manera más fácil a nosotros, para hacerlo como le gusta al profesor? ¿Rendir un exámen se resume en hacer feliz al tribunal? Al final del día, luego de tanto, regreso a casa y pienso que sacar un diez no garantiza que sepa nada. Por esa nota descuido algo que debería ser mi prioridad, salgo corriendo al baño, el vómito regresa. Pasarán días hasta que recupere el aire ¿Cuándo un número se volvió más importante que la salud?

El fin

Siento que me llaman. Están al final del pasillo. Al final de la casa. Sé lo que quieren que haga, pero no me atrevo. Está oscuro. Toda la casa se encuentra hundida en una negrura irreal. Me dicen que me acerque. Que no me harán daño. 

Todo se ha vuelto tan triste y surreal, ya nada me hace reír. 

Siento el olor a pasto recién cortado del jardín, y no me queda más opción que acercarme. Camino lentamente por el pasillo que ya no es pasillo, sino una enorme cornisa. Mis pies se detienen cuando alcanzan la cima del gigante acantilado que sólo había visto en sueños. Me llaman desde abajo. No puedo regresar, pues el camino ya no existe. Una sensación entre el miedo y la euforia me invade. Una brisa recorre mi cuerpo y me susurra lo que debo hacer. 

Entonces, siento que me empujan.

Maira Rivaneira (29 años) Salta

Hijo de

Papá decía siempre que confíe en él, me decía vos tenés un amigo aquí. Yo ya tenía amigos igual. Decía vos llamame, lo que sea, voy y lo arreglo; después te cago a pedo pero primero ordenamos todo.

Bueno, esa noche saco el auto y mucho vodka. Íbamos con las chicas a lo de otras amigas, voy a mostrarles cuánto levanta la máquina les digo. Cualquier cosa era eso, tenía miedo pero tenía la nave y en un momento una nube de aire me empuja contra el asiento.

Mi viejo desfigurado aparece, yo confundido hasta que me doy cuenta del hospital, resaqueado y todos en una, caras de susto, preocupación. A las 2 am fue que perdí el volante, en media hora ya habían limpiado. Teléfonos, a las pibas, a mí. 

Freelance 

Bernardo siempre le pedía que vaya a verlo, pero Ariel sabía cómo iba a ser cada vez. Primero lo mejor que sería, si acordaran un día, así no tendría que estar esperando que le avise, pero si ya sabes que en mi trabajo a veces salen cosas de un día para otro, organizate libre un día entonces, así la charla no es un vano tire y afloje. Después le convidaba algo y, mientras comían, largaba el monólogo de cuando el servicio militar y la guerra.

Si se hiciera obligatorio no andarían perdidos como ahora, esa era la frase. No serían todos putos y blanditos, no abue? Con ironía completaba. Gramputos y bladengues, insistía el otro.     Ariel en ese momento se levantaba, daba una vuelta haciéndose el distraído y llamaba para que lo busque al novio. Me voy abuelo, vengo la otra semana.

Nunca se animaba, Ari, a decirle al viejo. 

El amar después

Pienso dar sepulcro a la que te busca y un nuevo agujero me saca un bocado del pecho, puta ilegal con estigmas morales. Me enamoro fácil y de pocas cosas, necesito algo parecido al cariño, hablar como viejos amigos y hacerlo cual desconocidos. Sin pudor. Sin gracia. 

Contentos con redundar en el cielo humano de terror plástico. Inverosímiles. Ya no creo en el amor pero algunas noches me acuerdo de aquellos roces.

Despedida

Ivo había decidido esa noche, cuando los chicos se fueran, sus amigos, irse también. Fue al cuarto de la hermana. Dormía. La habló, enojada ella ¡dejá de molestar! Cuidala a la mamá, le dijo. Dejame dormir, repetía entre sueños.

Al otro día faltaron al colegio. Lo había encontrado con el cuello finito. En el fondo de casa, uno de esos techos con hierros que quedan a la vista. Llamó a la policía. Avisó a sus abuelos.

 Él fue a la madrugada a decirme que iba a hacer un viaje largo, yo no lo escuché, contaba a los que llegaban. 

Juan Barrionuevo (19 años) Tucumán

El sentimiento

Honestamente, no entiendo el real valor o significado de esta cosa. Pero si hay algo que comprendo es que estas hazañas o grandes momentos se posicionan inequívocamente dentro de las bocas del común popular. Algunos dicen que no se recuerda por lo que vale, sino por lo que cuesta. Es un orden involuntario entre felicidad y tristeza dependiendo del resultado. Una sonrisa genuina de anécdota o de un llanto que no se repara.
Pienso si es que llegaron a sumar esos detalles incomprobables, que en teoría nada cambian, pero es imposible que no aporten al todo. Hay historias que por más largas que sean, solo comienzan recién a la mitad. A esta le sucede lo mismo, por eso no me he rendido.

Por una cabeza

Por más que sea un partido de ese calibre y no exista el VAR, sus compañeros se horrorizan con una posible expulsión; tanto público lo va a delatar. Tiene una mezcla de sensaciones agridulces. Es el último partido y lo vive como la final del mundo. Acaba de cometer una irresponsabilidad enorme, que por más que el rival ‘‘pillo’’, ‘’vivo’’, lo viene buscando, nunca debió reaccionar así, pero todavía le dura la adrenalina en el cuerpo. Parece mentira que haya entrado en esa; hace minutos la inteligencia de esa cabeza casi cierra el partido. Está claro que es un jugador temperamental, pero eso lo sabe todo el mundo. Y el que piensa que a esto se juega con los pies, cree que al ajedrez se juega con las manos.

Increíble, pero como dice el tango ‘por una cabeza’, este será hasta ahora su último encuentro.

Desireé Priscila Kugel (25 años) Tucumán

Todas las  mañanas pide  un café, elije  la mesa contra la  pared, se arregla el  pantalón al sentarse y  deja entrever, mientras tanto,  unas coloridas medias que le llegan  a la mitad de las pantorrillas.  

Lleva un periódico con él, uno que curiosamente no coincide con la fecha ni con el mes  en el que vive. Siempre lee en  voz baja y parece divertirse cuando  encuentra la sección de chistes.  

Quien lo mira desde el mostrador, una joven mujer, siente una extraña sensación que,  en realidad, no le resulta incómoda  para nada. Ella le brinda conversación  mientras le sirve el café. El anciano se  muestra interesado, deja el periódico sobre la  mesa y la escucha.  Cuando sus ojos  se encuentran,  algo le grita: “¡Se  conocen!”, pero… ¿de  dónde? Es un misterio hasta  que ella nota que la fecha del  periódico coincide con la de la muerte  de su padre.

Juan José (17 años) Tucumán

Efecto paste base V

La cabeza me da vueltas, la vida también. Busco desesperadamente un vaso con pastillas, cualquier zepam me viene bien, alprazolam, clonazepam, de 10 mg, 20 mg, para regresar a mí y dejar de temblar, temblar, sacudirme. Pero vuelvo a necesitar. Tuca, vos sabés, lo difícil que es despedirnos.

Agustín (16 años) Tucumán

Efecto pasta base III

Es re loco y re duro. Estoy hecho un cachivache, como mucho y a veces nada. Mi cara es alcohol con fuego. Mi cerebro arde. Tomo coraje y salgo a destruirme.

Rosalí Micaela Pineda Olima (22 años) Catamarca

Locura paternal

Roberto, de aproximadamente cuarenta años, renegaba todos los días con sus hijos. No había un solo momento en que lo dejaran tranquilo. “Papá, comprame esto. Papá, comprame aquello”. Siempre así. Para colmo, eran cinco. Cinco cabezas para despiojar. Cinco bocas que no paraban de hablar y de comer, sobre todo de comer. Cinco grandes problemas de apenas siete años de vida. Sí. Eran quintillizos. Roberto se volvía completamente loco. Lloraba, sufría, se arrancaba los cabellos, las uñas, gritaba. Era tanto el alboroto, que su esposa embarazada, escuchó todos sus gritos y fue a despertarlo.


Imagen de portada: Carolina Antoniadis

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