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Pasado cercano

Sobre la muestra Álbum, de Agustín González Goytía en Pasto Galería

Por Gaspar Núñez |

Al cumplir 100 años, nuestro país aún joven se propuso la tarea de levantar edificios. Edificios que, en sí, no son más que carcasas. Carcasas para recibir a las instituciones durante -al menos- los próximos 100 años, hasta que tocara el siguiente “balance nacional” que marcara nuevamente el rumbo. Se erigieron grandes edificios en los que entrase mucha gente para constituir esa Argentina naciente.

Pero, cuando llegó el siguiente momento, el país recibió su bicentenario montado de un enorme cabaret nocturno. De esa época se recuerdan las plazas, monumentos y edificios iluminados en rojos, fucsias y otros colores estridentes; también las proyecciones sobre el Cabildo y el Teatro Colón, etc. La oposición criticó al kirchnerismo por mancillar las instituciones, volverlas telos, hacerlas espectáculo, pero luego el macrismo degradó los ministerios y reagrupó sus pedazos con torpeza.

La imagen de las fachadas antiguas teñidas de luces saturadas fue tan pregnante que quizás alguien podría pensar la muestra Álbum de Agustín González Goytía en Pasto bajo el derrame de esos destellos. Y en cierto sentido, sí, aunque no del todo.

Sus pinturas sobre tela cruda, manchas, pinceladas, raspados, chorreaduras, superponen y confunden una y otra vez figura y fondo, dibujo y pintura, boceto y obra. 

Por momentos, los colores vibrantes que Agustín elige se despegan unos de otros. A la vez que se apartan de lo que habitualmente nos imaginamos al pensar en un álbum de fotos: imágenes grises, negras o en algunos tonos de sepia. De igual forma con las fachadas de edificios antiguos. Sus ribetes, columnas y molduras llevan siempre tonos apagados, desaturados, como si el tiempo se les sedimentara en capas de opacidad. Es común la idea de que los recuerdos son grises, que el paso del tiempo es también la pérdida de brillo y que los cuerpos muertos se ponen pálidos.

Pero en Álbum, Agustín recupera el color para aquellas arquitecturas de antaño como para su propia obra. Podría decir incluso que les devuelve la vida como en un soplo de color. El “cuadro vivo” reaparece también cuando, al leer el texto de sala, vemos que tomó de punto de partida algunos fondos fotográficos de un viejo estudio de fotografía que funcionaba en la capital de Tucumán.

No es menor que aquellos fondos originales fueron pintados en gris o en sepia. Demostrando que sólo eran útiles sus formas y valores, ya que la fotografía no tomaba el color. Pero también da cuenta que se asumía que la fotografía no podría jamás registrar el color, siendo éste -por eso mismo- lo que diferenciaba la pintura de la fotografía.

Siempre se ha visto en las selvas y cañaverales pintados por Ezequiel Linares, una alusión más o menos directa a la guerra de guerrillas y los desastres de la dictadura. El rojo oscuro e implícito de la sangre que queda oculto tras la fachada de la vegetación. Pero jamás se dijo algo sobre la sensualidad de los colores que elegía, como si a cada hoja y a cada planta luces de neón les pegaran desde fuera de escena. Nadie se atreve a ver esa partícula de festejo en la obra de Linares. Convencides de que denuncia y disfrute no son compatibles o que el artista sólo registraba la pulsión de muerte y no el erotismo de las superficies. Por eso, estas obras de Agustín arman una pequeña familia con aquellas de Linares, abordan grandes temas fundacionales, pero sin olvidar la plegadura, la mancha y sin descuidar los acentos de color.

Si hace pocos años se supo criticar las iluminaciones y proyecciones de los festejos del bicentenario como algo superficial y banal es porque sigue operando la distinción entre superficie y estructura, entre fundamento y decoro, entre centro y periferia, política y espectáculo. Que en el arte podría ser la dupla de antagonismos que mencioné más arriba (figura-fondo, dibujo-pintura, boceto-obra, etc) y que Agustín busca desarmar desde hace tiempo.

Pareciera que en estas últimas obras suyas el color se incorpora para devolver la vida a lo que parecía haberla perdido, para refundar un mito. Un mito que no separe el decoro de la épica fundacional, sino que contemple el accidente y el detalle que, al fin y al cabo, devuelve la cercanía para abrazar lo cándido de la vida: no permitir que la historia se pierda en la inmensidad de lo ceremonioso y solemne. 

Sus pinturas sin personajes funcionan como antiguamente aquellas carcasas, que puedan volver a recibir un mito. Mito o convicción, que es lo mismo pero no igual. La convicción de que un pasado puede aún sernos cercano o envolverlos en un sentimiento común, sin quedar sepultado en una película opaca de muerte.


Créditos fotográficos: Florencia Lista

Cortesía de Pasto Galería.


@gaspar.nz

@agustingonzalezgoytia

@pastogaleria

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