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ISSN 2684-0626

 

 

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Percepciones sobre Relaciones imperfectas, de Eduardo Posse Cuezzo

Por Pablo Campos |

Cuando concluí la lectura que ahora comento, me supe invadido de impresiones e ideas. No me refiero aquí al binomio propuesto por David Hume, que vivió hace varios siglos, tan lejos de aquí (1). Más llano, me refiero a las impresiones que se graban en la imaginación lectora: trátese de personajes, lugares, atmósferas, etc. Y cuando hablo de ideas pienso en esos vértigos, esos asombros que nos emboscan el sentido tras un punto final e incluso tras un punto seguido (el verbo emboscar -por capricho de mi oído- suena a bosque: un bosque de bonsáis, en el caso de estas prosas breves). Este libro nos lleva por ambientes y momentos históricos diversos, y en esa variedad las versiones del pasado conocido se alternan con atmósferas y personajes enteramente ficcionales. Todo obedece, por supuesto, a la construcción de la ficción.

Si bien prima la heterogeneidad temática, el elemento estilo persiste sin que el horizonte formal se desdibuje. Pareciera que esa permanencia diera cuenta no de un tránsito, no de una búsqueda de estilo, sino de una clave estética ya encontrada y aplicada a la escritura.

El índice del libro es una larga galería de puertas entornadas. Difícil sustraerse al magnetismo de títulos como “Equilibristas”, “La rata”, “El cuarto de los zapatos” (una vez más confirmo que el arte de titular un texto es un oficio aparte). Resulta natural que el grado de calidad -o intensidad- entre un relato y otro sea dispar (¡suman, en total, 93!). Muchas de estas ficciones ofrecen una solidez, una mesura -y una efectividad- admirable:  son la especie de textos que será conveniente leer, “interpretar”, o “decir” en voz alta. Destaco la economía en el uso de la primera persona del singular, modalidad dificultosa cuando incluye el tono confesional.

Entre los 93 relatos que integran el libro quiero observar algunos en particular. “Teriantrópicos”: a través de una clave temática reconocible, somos llevados en una dirección, pero la deriva de este recorrido sufrirá una sorprendente metamorfosis en la última línea del relato. “Detectives”: conjuga lo fantástico, lo onírico, y la alucinación, dejando al lector en libertad de decidir qué está leyendo. “Espejos”: que el fenómeno del reflejo sea algo que deba persistir a pesar de ser efímero, era un eco filosófico que debí rastrear. Lo encontré en el brillante ensayo de Emanuele Coccia, “La vida sensible”. Cito a Coccia: “…toda imagen nace cuando la forma de la cosa se separa del lugar de su existencia: ahí donde la forma está fuera de lugar, tiene lugar una imagen” (2). “Fusileros”: no sabemos si el narrador, a cargo de una tarea indeseable, está pidiéndonos auxilio; en sólo ocho líneas (menos es más, mucho más) el ritmo sobrio de esa voz exacerba el dramatismo. “Fugitivos” es uno de los tres mejores textos del libro: las tuercas de nuestro imaginario giran sin advertir que saldrán, disparadas, del campo de lo obvio. “In God We Trust”: la banalidad del mal asoma la cabeza, luego el torso y el cuerpo entero, nos mira y canta, dentro nuestro, su himno monstruoso. “Rimbaud”: habla el poeta mítico y místico, acepto su palabra, la creo. Esta sola entrada de Rimbaud, a mi gusto, eclipsa las frecuentes apariciones de Borges a lo largo del libro (con ánimo meramente lúdico me pregunto qué hubiera pensado Rimbaud de Borges. Ya sabemos lo que Georgie pensó del francés maldito). “La rata”: más de una vez ingresa la abyecta institución de la Inquisición y el nombre de su crédito español, el dominico Torquemada. ¿Quién (o qué) determina lo que sucede en este precioso cuento? ¿Torquemada, la insuficiente rata, Dios, en alguna medida los tres, o acaso ninguno de ellos?

“Vermeer”: de los textos que abordan figuras de la historia o de la historia de las artes, éste me ha parecido el más logrado. Recurrir a tales personalidades implica el riesgo de topar fantasmas intensamente solemnes, o bien bocetar caricaturas inverosímiles. Nada de eso ocurre aquí. La escritura de este relato nos conduce hacia una visión de colores que iluminan viejos lienzos y esconden, en la luz, una alquimia conmovedora. En “La carrera”, la pluma -hoy decimos la lapicera- de Posse Cuezzo se transforma en un pincel, o en una cámara del Neorrealismo más triste: poesía en cuanto artesanía del pathos. “Nuevo mundo”: lo que no parece más que sólo el sinceramiento de una vocación falsa, esconde sombras de profunda vileza. El lector no podrá ser indiferente a las últimas palabras del protagonista.

 Un apartado final para el despliegue del humor. Algunos ejemplos son “Pájaros” y “Cónyuges” (original y risueña variación sobre el matrimonio y la otredad: ojo, lo de “risueña” podrá ser para algunos/as lectores un mecanismo de defensa). “Aplausos” sería un caso aparte, donde la situación delirante provoca un efecto de “extrañamiento”:  las conductas inciertas, hilarantes, y francamente patológicas, derivan hacia la melancolía y rozan la tragedia.  

La factura del libro, su soporte material, es impecable. Gran trabajo de los editores. Dos filósofas de muy extensa trayectoria aportan su mirada lúcida y estética: Lucía Piossek Prebisch nos presenta “Relaciones imperfectas” (1925-2020) desde la contratapa, y Cristina Bulacio escribe un sugestivo -o sugerente- prólogo. 

 Hay libros que se agradecen. Este es uno de ellos.


Referencias:

(1)Hume, David: filósofo escocés representante del Empirismo (1711-1776).

(2)Coccia, Emanuele, La vida sensible (Edit. Marea). 

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