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ISSN 2684-0626

 

 

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Poco ruido, Muchas nueces, nutridos relatos de Adrián Llovera, artista tucumano

Por Teresa Gerez |

Siempre es motivo de celebración el hecho de que una persona encuentre en las letras una vía de expresión de sus emociones y pensamientos. Mucho mejor aún si eso que escribe alcanza a producir un placer estético y resuena en el lector proyectado al escribir. Este es el caso del libro Muchas nueces que llegó hasta mis manos y que hoy presento brevemente.

Antes que nada, un primer recorrido visual del diseño de tapa y presentación nos revela una edición cuidada, prolija, mérito de la editorial Autores Argentinos. La ilustración con dibujos de la misma mano del autor atrae la atención y lejos de distraer del texto, alienta su lectura.

Al adentrarnos en los relatos, como bien lo expresa la reseña de la contratapa, “en ellos se puede hallar amor, dolor, valor,temor, sonrisa, fantasía, soledad, ingenuidad, reflexión y mucho más”, y como nos previene modestamente en su Prólogo el mismo autor, estos cuentos pretenden “dejar en el lector alguna sensación o imagen duradera”, sin armar mucho alboroto, sin provocar mucho ruido. Felizmente encontramos “muchas nueces” para degustar, y siguiendo con la analogía, quedamos con las ganas de comer más de ellas.

En fin, estamos ante la presencia de un primer libro de este escritor tucumano para nada improvisado ni negligente: la experiencia que dejaron en él los talleres de lectura y escritura, se evidencia un trabajo concienzudo de la prosa para lograr su máxima expresión y efectividad y, por ende, el disfrute estético que toda obra literaria persigue. Esto se suma a los dibujos de su lápiz de arquitecto que aportan sentido al conjunto de escritos.

Sin ánimo de dirigir su lectura, comento brevemente algunos cuentos elegidos al azar:

“El cielo” transmite la desolación a través de una prosa poética que pinta un atardecer con pinceladas verbales. Hay incógnitas (“Sus labios pronuncian “el nombre””) y una ausencia (“¿por qué no está?”). El dibujo que lo acompaña es muy logrado y lleno de lirismo. “La espera” deja al lector con una pregunta retórica “¿Dios?”, sin desenlace, sin resolución. Intuyo que para que el lector juegue sus propias cartas.

En “El planeta”, el narrador nos transporta a un mundo creado por su lenguaje detallista pero no por eso menos fluido. Recorremos de la mano del protagonista un ambiente extraño y hostil y participamos de la ansiedad de su espera angustiante. “Los ruidos” acontece en un ambiente urbano muy bien descripto desde el punto de vista no inocente del protagonista. Se nos muestra una sucesión de imágenes congeladas de la ciudad, como fotos presentadas con un lenguaje lleno de gracia, con dichos, giros y frases originales. En “Aquella mañana” s e nos sumerge en una pesadilla que más bien parece una excusa que el narrador usa para mostrarnos un “tablero” de valores personales, en analogía con el tablero de la luz que se cortó. La pregunta sobre la existencia y el sentido de la vida subyace en el relato de un suspenso muy bien logrado.

El mundo infantil y la nostalgia también se asoman en “Una pequeña bicicleta”, relato lleno de ternura que al igual que “La campana” cuentan anécdotas de la vida infantil de dos hermanos, ligadas al hecho de tener una bicicleta o una yegua llamada “Perica”. En el fondo, ambos cuentos tratan de una pérdida, una dicha efímera, por eso no tienen “final feliz”.

Uno de los relatos donde Adrián Llovera muestra su aguda percepción de caracteres creo que es en ”Doña Quica” que tiene la frescura de un relato pueblerino en un lugar pintoresco, con personajes pintados de cuerpo entero con pequeños trazos, es decir, con algunas pocas metonimias: Quica era “alta y corpulenta”, “cara regordeta y sonriente”; don Chicho: “un señor delgado y de bigote”. No hacen falta más palabras para imaginarlos y simpatizar con ellos. El humor y la picardía hacen un guiño de complicidad al lector.

En fin, recomiendo gratamente la lectura de Muchas nueces y esperamos con oído y apetito atento “más nueces”.

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