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ISSN 2684-0626

 

 

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Serie Autores a Contrapelo VI

La balada latente de Mariani

Por Gonzalo Roncedo |

Entra; urge trabajar. La vida moderna es complicada como una madeja con la que estuvo jugando un gato joven. Entra; siempre hay trabajo aquí.

Roberto Mariani

Por falta de material necesario, no llegué a una sexta edición formal de la serie de autores a contrapelo. La razón no es sencilla. En los tres meses que atenúan estas dos publicaciones me he convertido en mejor persona. Me cambiaron de una oficina en donde estaba cómodo, tuve que confrontar al espejo la burbuja de estos dos años, entre la pandemia y la comodidad.  Demás está decir que además la tarea de buscar autores es ardua en sí misma, la balada latente de Mariani por la oficina me tenía dando tumbos: todavía no estoy en esto en serio, quizá no lo esté nunca; amigos de mi generación; un amigo compensa estos desequilibrios con ensayos de manual, seguramente, en los que alaba la literatura precisa, cosa que en mi caso no es posible porque me dejo llevar por las máquinas eternas, sigo pensando en Piglia pese a que cientos de personas me lo echan por la borda: creo que sus novelas son irrespirables, sí, pero tienen algo muy valioso: encuentran un testimonio multimedial entre la declaración jurídica, la paranoia y el estrés de su Buenos Aires no tan querido, de su Mardel perdido y del discurso más platense, intentando nada menos que aunar dos estilos tan distintos como la torre de marfil y el puñal del compadre. A lo que voy, para cerrar el párrafo, es que la vida, la literatura, me llevaron a demoras inevitables.

No llegué a consultarle a Ricardo Gutiérrez (posible séptimo autor) o a alguna poeta genial, porque tengo pensado varios números para literatura feminista a contrapelo.

 Un crítico en serio, el profesor de Teoría Literaria III Ramón Antonio, que suele leer poemas míos (otra ocupación que desmotiva seguir buscando autores), me regaló este autor a contrapelo que detallo a continuación: Ernesto Cáidaguer.

Cáidaguer de apellido. Me dijo que cuando le consultó el origen del apellido, dijo que venía de una familia judía que alguna vez fue Caine Dagger, o Kane Dagger, quizá una patronímica no antigua, vete a saber, pero que también tenía antepasados mozárabes. En España, es sabido, descendientes de árabes y judíos se cruzaron en noches oscuras que ni la de San Juan. Pensar así las cosas me cayó raro, sobre todo porque Ramón Antonio, jurado de concursos, siempre de besitos en tal o cual mesa de simposio con personas divinas, no es de regalar autores así como así. “Pero por ser usted, Roncedo, se lo voy a dejar pasar, nos debemos un café para ponernos al día”. Yo creo que halló en mí el sumidero para largarme un insoportable, pero por eso mismo, ¿no es este un autor a contrapelo?

Mientras afronto el cambio laboral, que llegó sin aviso de una entrevista utópica, sepan que a veces esas cosas sí se dan, escarmentando volver al ruedo, tener que recordar lo que era ser ingeniero en una oficina no jurídica cuando estuve años cómodo como personal de mostrador y gestoría jurisdiccional, leo más datos de Cáidaguer. Metodista de la escuela de John Fray, radical en sus ideas pero sobre todo, ciclotímico, suscita Ramón Antonio sobre el autor, tiene mucho parecido con lo menos osado de Euloquio, mi hermano avispa. Como poeta es bebé de oficio, conocido por putañero (pero dice que la fama lo abandonó, pese al proverbio popular, el día que se fue de olla) y de catequesis quijote, a lo Étienne Cabet. Pero Cáidaguer no es de las personas que se dejan entrevistar, me cuenta, se ha tirado en una fosa de Aguilares entre gomas quemadas por sindicalistas y gente inoperante que habla de seguir adelante sin brújula. Así que Antonio se toma el trabajo de comentarme cuestiones al respecto del autor. Sea como fuere: es morocho, mediano pero atractivo, cara trigueña, un punto debajo del ojo izquierdo, mirada de halcón, pelo castaño, de chico bocón, de grande reservado, de andar atractivo (dice que la podóloga le alaba la postura, “de tranco que se hace notar”), siempre elegante y perfumado y, cómo no, de camisa sport porque sus padres se permiten una clase media baja no acomodada que le proveyó una bicicleta. 

Así describe Ramón Antonio a Ernesto Cáidaguer. Nunca como un individualista. Lo que pasa es que no entiende, me dice Antonio, que c o l e c t i v i d a d representa más para Cáidaguer que un fervor idealista, más bien una bajada de línea política o intereses más extremos de palabra que de oración. 

Cáidaguer tiene poemas como:

Algunas píldoras saben a bosta

En la sociedad del aplauso mutuo

alguna vez se pusieron a idear 

ciertos garibaldis sin equipaje

prescripciones mediocres indicando 

cómo ser o cómo no ser poeta

de mierda, titulaban sus palabras.

Hay que escuchar cumbia, profetizaban,

hay que hablar con la cajeta. La calle,

decían, se mide con lo puntual,

y mejor no retomar grandes verbos

llenos de adjetivos; de los adverbios,

mejor aplanar y deconstruir,

afirmaban con píldoras doradas

en su tara. De aquellos entusiastas

sólo quedó el vacío. Se propuso,

por lo tanto, que se hiciera la luz.

Entonces la poesía volvió a hacerse.

Leo y me es inevitable sentir que me ataca. Escribí, alguna vez, pastillas así, entre el micrograma y la pretensión barroca. Pero es inevitable para gente de mi edad, que oscila el fin de la era analógica, viendo videos de Gativideo en VHS, y el comienzo de la era plena digital. Si no sintiera que un autor, autora, autore me ataca, no le hallaría gusto a su escritura. Si la escritura no provoca algo, ¿para qué leer?

Pensar que hoy la oficina es remota, al menos en mi trabajo público, y hay que ir algunas veces a la del edificio. La de Penal no estaba nada mal, tenía espacios verdes, pero ahora no sé. Es todo un avance, aunque siento la nostalgia que avanza como un ataque de covid, inflamando la garganta: ¿acaso el coronavirus no será una dosis de angustia que lanzó el planeta para probar a la especie? Pensar que este es un trabajo alterno, que todavía no logré lo que el licenciado Toblli, una brújula guiada por la espalda ancha, llena de billetes con los cuales seguir oscilando espacios verdes, o cafés con luces reflejadas llenas de libros. Sobrevivir es esto: si no tenés el campo armado, me permito citar y variar proverbios en homenaje a Sancho Panza, si no tenés el campo armado, cuesta zanjar tierra a costa de vivir.

Ramón Antonio me puteó de los números en que rescato autores del Bar de Pangea. “Habla mucho de usted, Roncedo, no es bueno: un buen crítico tiene que ser como el pedo en una iglesia que no sabe nadie quién se lo tiró aunque todo el mundo apunte a alguna vieja”. Lo mando a la mierda, lo que se llama estrictamente a la mierda, diría lo mando al choto al cajeta, pero luego pienso si no estará mal abusar de la oralidad tucumana. ¿Estará mal hablar de uno cuando se escribe? La confesionalidad labró grandes poetas, pésimos ensayos, algunos loables, cuentos efectísimos como uno de Lispector observando un huevo, otros sin sabor, pero si el enunciador no tiene deícticos que lo impronten en un espacio, en un tiempo, en un contexto, puede caer en una impersonalización artística de marfil.  Seré leve, he logrado dominar un poco la nostalgia, de última para la nostalgia siempre hay poemas que jamás le mostraré más que a mi futura nueva mejor amiga, como retruca siempre mi amigo Marcos (felizmente en pareja ya, por lo que la cita puede usarse con impunidad). Tal vez siempre estamos hablando de nosotros mismos pese a que hablemos de alguien más: es imposible borrar algunas huellas por más endecasílabo de tinte borgeano, o expresión remodernizada.

Retomo a Cáidaguer: tuvo, o tiene, espasmos, a veces, cuando le agarra pánico escénico al recitar poemas, dice tener veintinueve alegorías que dejarían sin aliento a Herbert Quain. También tiene refutaciones paramitológicas a la palabra éxito, citas completas en las que registra con ojo de tatú carreta el  cúmulo de mosquitos que se levantan en un pozo. Fosa, dice que dijo Cáidaguer, es pozo, o así aparece en un cómic de Batman. Consigna Antonio que manifestó el autor al respecto, “¿habrá hablado de esto Osvaldo Bossi?”. Sus poemas no son precisos, son barrocos, y eso a mí me gusta. Qué se yo. Saldrá un gran poeta a decirme que hay ríos llenos de sentimiento que por precisar una palabra dejaron a poetas mirándolos años. No está mal, pero de tanto en vez hace falta un ecolecuá romano, un bazar para tanta catedral de la belleza y la contemplación. Algo como:

Oiga, maestro

¿va a prestar oído

a esas razones del compás diciendo

que va a componer zambas?

¡No suponga

que le alcanza la lluvia!

Penas grita

la guitarra en sus arpegios.

Escuche

al viento, del Perito al Lampasar.

Las primas se dejan rasguear armónicos

ya ganada la ilusión. Bordoneaba

una zamba, no ha mucho,

cuya sangre

es sueño, sueño del alba que muere

a veces sin florecer.

¿Ahí está

nuestra consciencia con la gente de uno?

Viera usté.

La guerra civil comprende,

cuanto menos, dos Felipe Varela

abrazándose a lo lejos.

La zamba 

es hija de los nortes generosos

que la convidan a pampas y cuyos

–incluso al patrón, que le da sonidos

de serenata y fiesta en la ciudad–.

No obstante, material del gaudio es otro,

que los solfeos limando la música

nada tienen que ver con el montao

y mejor no lo vean, o le

gritan:

“Así no va a ensillar tobiano”. ¿Sabe?

Del caudillo en los Andes, de las crónicas

sobre las guerrillas abanderadas,

ya se ha hecho uso y abuso. No.

¿Le interesa al ganadero en Río Senguer,

al jornalero del ingenio, al chango,

o al fiel cuatrero que va todavía

por los ñires de Chubut si arma coplas

o endecasílabos? Alguna vez

me han dicho que las tripas, cual facón,

se llevan con cuidado. Ese facón

que usted quiere hacer verso, es cosa presta

de andar nomás. Usted no entendería 

en su escritorio, cómodo, 

por eso

le digo que mejor piense muy bien 

antes de intentar el componer zambas

sin más. O vaya con la gente y preste 

oído a las verdades que ahí se ven.

Deje las estructuras de compás

y de verso, maestro. Sólo entonces,

tal vez del pecho le brote 

la cosa. 

De adentro, como un eco de los pueblos.

Tiene dejo musical, me comenta Antonio sobre este poema último. Le pido un ejemplo de este dejo y me comparte el siguiente escrito:

Flow (o) la escena en puesta de imprescindibles

Decir el verso de memoria

apretando el cogote

no sirve

Las tripas se le cayeron

bien comenzaba el ritmo

Falta de swing, carajo

Las tripas se le cayeron

Así, como dios o bruja

Con letra, pero sin ritmo

El miedo a la hiena fina,

es eso lo que se esnifa

Se huele hasta en el Támesis

Otra teoría sin humo

Este artículo está hecho de lectores, no de sillones. Y no se dirige a lectores del género que suele pedir todo premasticado, a quienes les da dispepsia cualquier cita de Shakespeare. A qué voy: los poemas  anteriores no son complejos en sí, más allá de que toda interpretación poética recae en el gusto: lo complejo es encontrar estilo ahí, más allá de la provocación en serie y, en paralelo lo que de verdad importa. Ramón Antonio me comenta, antecedido lo antecedido, que Cáidaguer es un gran lector pero que se contradice cuando afirma haber dejado los malos hábitos. Dice que está aprendiendo del feminismo y que quiere dejar atrás épocas desviadas. ¿Qué sería el escrito siguiente?

Quería tu atención,

pero no:

quedate  con

la novela de Cris Morena que armó tu ex,

total

cada vez que desgajó un ramo

de rosas,

tuvo la indiferencia que se tiene

ante el árbol seco todavía de pie,

¿importarán los títulos?

exigiendo tu paranoia

cuando no puede siquiera

retenerte, te dejó ir con pendejadas

pero ahí lo ves, queriendo a una mujer

con todo el signo de su andanza.  

Fa, digo. ¿Pero… no apunta a esto, me imagino? (la mano hace el gesto cerrando el puño, a sabida cuenta de que quien lea, si es norteño civil, sabrá interpretar la grosería  para ahorrarnos el lugar común). No, me asegura el profesor. Faltaba que arme un ring. Bueno, le respondo, igual me parece una buena forma de comenzar, deshaciéndose de caretas. Lo interesante de ese texto, para mí, es la textualidad, no la ironía amorosa. Que sea feminista no significa que deje de ser putañero, me responde Ramón Antonio, pero ese texto demuestra que pese al amor puede haber un diezmo de poesía incluso en textos parecidos a los del Reader’s Digest. Entonces le pregunto a Ramón Antonio si no podría cederme el wasap de Cáidaguer para sacarle mayor información biográfica y me dice que no tiene. Que es un ermitaño y que no permite visitas. “¿Cómo lo encontró usted?”, le mando en un audio que no deja en segundo plano mi indignación. “Era alumno mío, de esos vocacionales que no continuarán la carrera, nos hicimos amigos entre partidos con asado antes de la pandemia. Luego una vez comenzó a llegarse a mi casa, y de ahí cada tanto me visita”. Me comenta, también, que quizá tenga dos o tres escritos más de Cáidaguer pero que, de momento, basta para un artículo, y así lo creo.


Baste como artículo de fuga en busca de las autoras, de otra cosa.

PD 1. En estos tres meses, también, he madurado: cuando me veo al espejo no hallo derrota, inseguridad, poesía o ensayo. Eso, para empezar, es buenísimo.

PD 2. Mientras chateamos al respecto de Cáidaguer, le comento de un poema que me asaltó a mitad de la noche (había descubierto un verso perfecto que jamás logre poner por escrito del sueño a la vigilia):

Disgregación del abismo para reformar, de una vez por todas, la roca del destino hasta contemplar los rayos

Yo canto.

No es invocación.

Sólo nombres que regresan.

Alejandra Pizarnik

¿Por qué no invocar

cuando el yo que canta 

muere de alegorías, oh Locura,

 para danzarme 

hacia el centro del ser

que se mitifica?

Ramón Antonio no se atreve a darme una crítica severa pero dice que algo hay, qué se yo (es un cliché docente para decir por ahí baila pero quizá se caiga); seguro de lo evidente no hay que decir palabra, y no se puede hablar poéticamente de la poesía (no, claro está, en términos poéticos, por lo que siempre la gente se junta en cafés, como ahondé en otro escrito de la serie).

 Me termina por repetir que nos debemos un café.

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