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ISSN 2684-0626

 

 

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Sobre San Miguel, de María Lobo

Por Tomás Richards |

Hay una idea que ordena gran parte de la vida argentina que tiene que ver con una división entre la ciudad capital y las provincias, en la que la primera funge de centro absoluto de la vida culta y las segundas cumplen con ser el territorio de la ignorancia y la brutalidad. Se trata, desde ya, de la vieja consigna de civilización contra barbarie, que opera con gran vigencia organizando la vida social, económica y política del país. Esa idea ordena también el imaginario de nuestra literatura, asignando roles, modos y temáticas según se escriba desde la capital o desde el interior, desde la ciudad o desde el campo.

Después de dos libros de relatos (Pequeño militante del PO y Santiago) y dos novelas (Los planes y El interior afuera) en los que María Lobo buscaba afirmar por la positiva la existencia de vida civilizada en su Tucumán natal, en San Miguel, su último libro, decide de modo abierto ir por la negativa y escribir en contra de ese statu quo secular. El disparador dramático de la trama es la estancia prolongada de la protagonista en una residencia para escritores en el Chaco, la obligada y melancólica distancia con el hogar y sus nuevas relaciones de afinidad y hostilidad con los demás escritores residentes. En esa trama, San Miguel, la protagonista y voz narrativa, establece una relación epistolar y telefónica con su pareja ausente, Keylor; otra relación de cercanía y enamoramiento con Bridge, un colega que, se supone, escribe acerca del “futuro inquietante”; y una relación de creciente incompatibilidad con Jennifer, quien escribe como y acerca de lo que un escritor de provincias debe escribir para no ser ignorado.

Esta tríada de vínculos es el vehículo narrativo a partir del cual Lobo despliega su statement acerca del papel de los escritores en el panorama actual de la literatura. Mientras que, a tono con la historia de amor en ciernes que se da entre él y San Miguel, Bridge y su escritura representan un misterio que atrae, un cúmulo de expectativas acerca de la adecuación o no de su obra a los parámetros reinantes, Jennifer aparece como una rival obediente a esos dictados, abocada a completar los casilleros de la bucólica pretensiosa, el exotismo rural, la violencia latente y la incultura estereotipada. A medida que la relación entre Bridge y San Miguel se afianza, la tensión con Jennifer va en aumento hasta convertirse en hostilidad abierta y violencia activa. Mientras tanto, como un mandato o un recordatorio, la voz de Keylor se proyecta sobre la conciencia de San Miguel para señalarle su modo de escribir. “Vos no escribís así”, repite constantemente ese distante amo de las llaves, y su eco no consigue apagarse nunca en el texto.

A esa tensión entre proyectos de escritura de los personajes, Lobo no la resuelve tanto en lo argumental como sí en los procedimientos narrativos, en la escritura misma. En el mismo tono y cadencia de sus textos anteriores, pero quizá con mayores libertades, la forma de San Miguel se monta sobre variaciones poéticas y reflexiones acerca de la música y la imagen, la naturaleza y el clima, y, principalmente, acerca del tiempo. Se trata de una novela espiralada por el uso de los tiempos verbales cuya expresión idiosincrática máxima es un pretérito pluscuamperfecto anclado en el pasado pero cuyas esquirlas llegan hasta el futuro, que es el presente de la narración.

Nacida y formada íntegramente en Tucumán, María Lobo sitúa su novela en un Chaco extrañado para formular la pregunta acerca de los “modos en los que va escribiéndose el tiempo en que transcurrimos” y, a partir de esa reflexión casi heideggeriana, ubicarse inteligentemente en contra de aquello que se supone que las provincias y su literatura podrían y deberían ser en el futuro.

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