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Sobrino tucumano a los 90 años de Manuel Puig

Por Diego Puig |

En mayo fui invitado por la librería Salvaje Federal a participar en el Stand de la Ciudad de Buenos Aires en la Feria del Libro 2022 y compartir unas cartas en calidad de “sobrino literario de Manuel Puig”. Ese año se celebra el 90 aniversario del nacimiento de Puig. ¿Cómo un tucumano lee y se relaciona con el legado del escritor de General Villegas?

San Miguel de Tucumán, principios de abril de 2022

Querido Manuel:

En la biblioteca de mi abuela te vi por primera vez, ahí estaban Boquitas pintadas y Pubis angelical. Los recuerdo por las portadas con fotos en blanco y negro de una edición de Seix Barral y por la intriga que me causaron sus nombres. Crecí en una ciudad de 40 mil habitantes y nosotros (mi padre, mis hermanos y mi madre con su “Señora de Puig”) éramos los únicos Puig de la ciudad. Crecí creyendo que tenía un apellido extravagante. Y al ver tu nombre impreso creo que no me gustó demasiado compartirlo.

Digo esto porque, no en ese momento cuando leía novelas de Sidney Sheldon y de Danielle Steele a los 12, 13 años (¡qué ganas de volver a leer Venganza de Ángeles y Zoya pero ahora un poco en tu honor!), no en ese momento sino 15 años más tarde, cuando empecé a escribir y aparecieron los comentarios suspicaces o bobos sobre nuestro apellido en común, abiertamente me rehusé a leerte. Dije claro y fuerte en un taller con Maxi Tomas en el Virla que no lo iba a hacer, que no me interesaba. No quería compartir ni mi producción ni mi apellido con vos.

Pero eso no era del todo cierto. Uno de los epígrafes de Las viudas de los jueves de Claudia Piñeiro que debo haber leído en el 2005 o en el 2006 es tuyo y dice:

“Sin servidumbre no hay tragedia posible, sólo un sórdido drama burgués. Mientras lavas tu propia taza y vacías los ceniceros las pasiones pierden fuerza.” Manuel Puig, Bajo un manto de estrellas.

Manuel querido, me emociona un poquito volver ahí, me emociono en gratitud por haber recibido de vos ese consejo tan lleno de épica, de ambición. Tragedia y pasiones, era eso lo que yo quería para mi literatura. En 2005, cuando cumplí 23 años, vos hubieses tenido 72. Habías muerto en el 90: yo tenía 7 años. Nací y apenas estabas por cumplir los 50. Ahora tengo casi 40, vos cumplirías 90, estoy a 10 años del número final de tu vida. Este caracol desoxirribonucleico de cálculos, fechas y años te ubica, me ubica, al menos en mi corazón, en la relación con un tío algo lejano que aparece, caminando como un dandy, cada tanto para dejar su marca.

Lo primero que escribí en serio fue el guion de una serie de televisión llena de tragedias y de pasiones, pero nunca oscura ni deprimente. Porque mi salida al mundo en tanto adolescente, en tanto conciencia, se dio en los 90 neoliberales. A menudo digo que soy hijo del menemismo, un hijo de la pizza y champán, de la Argentina amiga del primer mundo, del “deme dos” en Miami, el joi de vivre de aquellos años, cierto renovado orgullo nacional. Los Pop, Kitsch, glamorosos, optimistas 90. ¿Hubieras adorado también a las Supermodels de los 90, a Naomi Campbell como amabas a Norma Shearar? Los 90, la década en que la televisión alcanzó su pico máximo. Donde nos sentíamos un poco ciudadanos del mundo también gracias a Hollywood y a la tele. Y a diferencia de vos, yo soy peronista, porque un domingo soleado es un día justicialista y para un peronista no hay nada mejor que otro peronista, lo que casi equivale a decir que para un argentino no hay nada mejor que otro argentino. Ser peronista, ser de Boca, ser sociológicamente menemista es tan importante en mí como ser gay, mitad tucumano y mitad termeño –crecí en esa ciudad-pueblo de Santiago del Estero— y haber vivido como vos en Escandinavia, en Estados Unidos, amar el cine, adorar la belleza, celebrar el romance y la esperanza porque para eso fueron inventadas las tragedias. Nada peor que un sórdido drama burgués sin servidumbre, sin pasiones.

Dice Wikipedia –ahora que lo pienso Wikipedia es un poco como el saber de un conductor de radio de la mañana en una ciudad pequeña— que “él (por vos) se oponía a ese movimiento político desde que su líder, Juan Domingo Perón, había prohibido la importación de películas norteamericanas a la Argentina”.

Same, amigo. Yo también me hubiese opuesto a Perón si me dejaban sin el cine yankee de los noventa, sin Julia Roberts y Winona Ryder. Y aunque no hubo radioteatros en mi vida como en la tuya, sí tuve series y novelas y programas de televisión y películas de Hollywood. Y si tuviera que contar quien soy, mi vida, a través de las películas que me hicieron ser Diego Puig, la secuencia sería así:

Amos del universo, Secretaria ejecutiva, La edad de la inocencia, In the mood for love, Irma Vep (un poquito de cine francés) y La noche más oscura.

Y si me tuviera que explicar a mí mismo con telenovelas y series sería así: La extraña dama, Beverly Hills 90210, Ally McBeal, Sex And The City, The Good Wife. Y finalmente, The Leftovers.

Manuel, todos sabemos que después de Borges vino una generación que tuvo que enfrentarse al enemigo más tenebroso de todos: el padre. A vos, junto con un grupo de pocos valientes –Fogwill, Hebe Uhart y Aira, incluso Saer– les debo que sucedieran al gran padre de la literatura argentina e hicieron un enorme y brillante trabajo. Porque toda mi literatura, porque quién soy escribiendo, tiene en gran medida que ver con la sensibilidad y la mitología del tío dandy, divertido, malicioso, trágico y a la vez luminoso, que descubrí en tu biografía y más tarde, pero de manera diferente, oblicua en tu literatura.

Me resulta difícil definir ahora qué sentía, mezcla de odio y orgullo, cuando en los talleres de escritura y en lecturas de mis textos la gente me decía “¡Vos escribís como Manuel Puig y como Truman Capote! ¡Tenés que leer La traición de Rita Hayworth!, ¡Eso sos vos!”  Ay Manuel, ¿qué no daría por una tarde de té en el Alvear o en el Hotel Plaza de Nueva York  con vos y Capote? Amaría escucharte sobre la literatura argentina actual, sobre los buenos y sobre los malos de las letras, sobre la banalidad de tanta literatura carente de pasiones y de épica. 

Después del anuncio rimbombante de que no te leería (como también me negaba a leer a Capote) me compré El beso de la mujer araña. Y finalmente te leí. Y no encontré lo que el mito me había prometido, pero encontré otras cosas igual de valiosas. 

Yo no sé, Manuel, si en mi escritura hay algo lineal o directo de tu obra. Creo que tu legado es más importante, más vasto, más legendario y abierto, como los efectos que del centro del imperio llegan a las aldeas más remotas. Como vos llegaste a mis Termas y a mi Tucumán. La mitología de Manuel Puig el escritor es uno de tus mayores legados. Primero, porque contribuiste a librar a mi generación del yugo del padre, un padre genial pero que rápidamente pudimos leer con pasión y admiración sin que nos condicionara. Y luego porque lograste que se dijera de vos que encarnabas la apertura hacia la coloquialidad y el pop, habías bajado la literatura hacia lo mundano, lo provinciano, sin caer en naturalismos o costumbrismos secos, bobos, feos. Y hoy me pregunto cuál sería el límite para vos, en ese ablandar, ese bajar la literatura a lo plebeyo.

Al no haberte leído hasta tarde, tu mitología fue una gran influencia. De esa manera especial y fantástica en que lo desconocido, lo imaginado inspira. Ese efecto maravilloso de la mente humana que rellena con detalles supuestos mezclados con verdades parciales la vida del autor que todavía no leímos pero intuimos importante. Todo lo que rodea a tu obra: el escritor del interior de una provincia que sale al mundo, que es cosmopolita pero no abandona aquello que mamó en la periferia: los radioteatros, el habla en la panadería, de las tías abuelas, la vivacidad pop, ser gay, la relación con Hollywood y Europa, las viejas mecas, the low art (la cultura popular) en respuesta a the high art, la alta cultura. En mi caso, avalaste la posibilidad de utilizar mis lecturas de las revistas Teleclic, Gente, Caras y ¡Hola! en mi proyecto literario. La tragedia de Maria Callas con Ari Onassis. Siempre voy a odiar a las Jackies de la literatura.

Me honra tu legado. Me honra ser un sobrino –asumido, fuera del closet, legítimo, abiertamente— del gran Puig. En esta primera carta, solo quería agradecerte tu influencia en tanto mito. Mitología, la forma tan borgeana de imaginarte, inventarte y hacerte mío.

Gracias, Manuel. Y que Dios también siempre te tenga en su santa gloria.     

Diego

San Miguel de Tucumán, fines de abril de 2022

Querido Manuel:

Estoy releyendo El beso de la mujer araña. Supongo que vuelvo a ella por su lustre hollywoodense, me imagino la felicidad (lo hayas dicho en público o no) de que una película basada en tu novela fuese una de las cinco nominadas al Oscar a mejor película en 1986.

En mi relectura, acabo de marcar esto: “yo no invento, te lo juro, pero hay cosas que para redondeártelas, que las veas como las estoy viendo yo, bueno, de algún modo te las tengo que explicar”. Me gusta esto de que escribir es redondear para que los demás vean lo que uno está viendo. Leer es una manera particular de ver, pero aún más, la escritura es una manera hiper singular de ver. Y tal vez es eso lo que más me gusta de El beso de la mujer araña, que es una gran narración-conversación y a su vez, un acto de seducción por parte de Molina al que Valentín, con su inteligencia y su propia manera de ver el mundo, se resiste un poco. Manuel, vos ponés a jugar esa danza hermosa entre dos seductores o mejor dicho, entre el seductor y la presa que tal vez quiere y tal vez no quiere ser seducido. Tal vez nosotros queremos ver el mundo como el autor o tal vez no. Y a veces, como Valentín, irrumpimos intentando seducir.  

Dice el escritor rosarino Agustín González que ya no lee hombres heteros cis, ahora solo lee mujeres y disidencias. Pienso que muchos autores hombres heteros cis no saben seducir o no sienten la necesidad de hacerlo, se creen interesantes por derecho divino o por ser hombres. Y algo de esto ya se menciona en tu novela. Porque las disidencias hemos adoptado, muchas veces, en mayor o menor medida, la seducción como un arma de defensa, un mecanismo de adaptación. De asimilación. Esto está muy fresco y muy claro en la dinámica entre Molina y Valentín.

Molina narra para seducir mediante un punto de vista, que es lo que toda buena conversación intenta hacer. Una seducción, que no es física ni sexual, apenas intelectual, pero siempre vincular, social. Escribir es develar una mirada que seduzca. Si Piglia tiene razón y los escritores somos lectores arbitrarios en el mejor sentido de la palabra, si “hay como un exceso en nuestra lectura”, “un uso inesperado del otro texto”, si “esa lectura es un poco excéntrica”, yo quisiera que mi lectura de El beso de la mujer araña esté basada en la idea de seducción. Molina, y por lo tanto vos, no solo abren la puerta grande de la literatura argentina a la oralidad, a la cultura pop, a desacralizar y desacartonar la literatura, pero, para mí, sobre todas las cosas, la novela es un ejercicio, y una enseñanza, de seducción. Decir que se narra para seducir me parece todavía más exacto que decir, como Borges, que se escribe para que a uno lo amen. Supongo que la seducción es más importante para “mi yo escritor” que buscar el amor de los lectores, de la familia, de los amigos o de nuestras parejas. 

En una entrevista que le hizo Miranda July para The New York Times en 2015, Rihanna dice algo así: “Me entusiasman los chicos con cultura. Eso me mantiene intrigada. No hace falta que tengan un título universitario, pero deberían hablar otros idiomas o saber cosas sobre otras partes del mundo o Historia o conocer ciertos artistas y músicos. Me gusta que me enseñen”.

Manuel querido, mientras me preparo un par de tazas de té pienso en tu cultura cinematográfica. En ese saber específico y profundo. Tus gustos en películas y estrellas no son los del saber común, la doxa. Hay un saber, digamos, erudito, pero no almidonado. El saber del experto, del entendido, del que maneja sutilezas y matices y profundidades. No es el saber de la experiencia cotidiana, ni un saber acrítico, es el saber producto de la curiosidad, del interés que conduce a la investigación y al aprendizaje. Un saber vívido porque proviene de un deseo vital, el deseo de saber y entender. Desde esa generosidad que es la curiosidad surge otro gran aporte de tu literatura. Como dice Rihanna, a mí también me gusta que me enseñen. 

En octubre del año pasado, se reavivó un romance con un viejo amigo y para entender ese enamoramiento tuve que escribirlo, pero antes tuve que volver a Fleabag, la serie de Phoebe Waller-Bridge y contársela a él en un cuento para que todo tuviera sentido. Este enero, en Mar del Plata, me volví a enamorar, tipo un amor de verano, de un psicólogo y le prometí un cuento, un cuento en el que el relato de La Reina Margot de Patrice Chereau y de sus escenas de sexo desaforado en las calles de un París medieval entre Isabel Adjani y Vincent Peréz es escencial para iluminar ese enamoramiento.

Renarrar el cine y las series y cualquier historia, cuando bien hecho, cuando bien logrado, es una forma elevada de conversación y de seducción. La seducción de Sherezada y de Molina. La conversación, hermana melliza de la narración, tiene pocos rivales a la hora de seducir: algunas miradas sonrientes o una caricia suave en el brazo o en la espalda, pero no muchas más.  Y mientras tanto vuelvo a una frase de Valentín para seguir pensando la relación entre seducción y cariño: “Es curioso que uno no puede estar sin encariñarse con algo… Es… como si la mente segregara sentimiento, sin parar…”

Te quiero, Manuel. Gracias.

Diego.


Imagen de portada: obra de Sebastián Vaca

Sebastián Vaca, conocido como Vacastian en las redes, es un artista tucumano que pinta hace más de 10 años. Es ilustrador, hace muralismo y pinta con acuarelas.

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