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Talleres de teatro: la otra vereda

Por Samuel Cortéz |

“Porque cuando una técnica no comprende la estética que la delimita y una estética no entiende la historia propia que reconoce, se puede transformar en su más grotesca negación, y entonces ese grupo del que hablamos no debería asombrarse de que ahí la verdad abstracta en el curso complemente con las humillantes mentiras que deben sufrir para poder pagarlo.”

Alberto Ure

Después de algunos varios años de participar en talleres de actuación de todo tipo: cursos fugaces de fin de semana, en larguísimos de meses y meses, en muchos para principiantes y algunos para avanzados, en otros sobre ciertas técnicas específicas y de moda, de clown, también en los teóricos y en los que daban profesores de renombre que venían de afuera, como si trajeran los pergaminos perdidos de la actuación; incluso participando además desde distintos roles, hay ciertas conclusiones a las que se llega por mera acumulación de experiencia.

Los talleres de actuación, como en el resto de las provincias que tienen una cuota mínima de producción teatral durante el año de cartelera, crecen por recovecos intrépidos en la ciudad y en sus alrededores, inimaginables puertitas viejas a la vereda guardan salas o espacios pequeños, en la mayoría de los casos, donde se dicta alguno de los tantos talleres de teatro o de actuación a los que seguramente algún conocido fue. Los hay siempre algunos nuevos y los hay de distintas formas y colores y tamaños, los que están llenos de amigos, los que recomienda alguien de confianza y también los que han visto pasar el tiempo funcionando casi como instituciones paralelas a la oficial (la carrera de teatro de la UNT).

A pesar de la cantidad y la diversidad que nos podemos encontrar hay algo que llama la atención; es la vereda paralela, casi marginal, por la que han caminado durante muchos años estos espacios en relación a la producción teatral y a su aporte a los escenarios locales. Es demasiado claro que la Universidad al ofrecer la alternativa de una carrera de grado separa de alguna manera las aguas entre una posible formación de la actuación más seria, profesional y formal, que en los hechos termina siendo más técnica (y no es algo menor ni mucho menos), de una más lúdica e informal. Esto sin embargo es algo más distintivo desde una lógica localista. Por citar un ejemplo de disidencia, en Buenos Aires existen distintos espacios alternativos -al oficial- de estudio teatral, que cuentan con un prestigio o chapa ampliamente superior, con tradiciones de larga data como el Sportivo Teatral de Bartis, el teatro El Cuervo de Pompeyo Audivert o la escuela de Raúl Serrano, por nombrar algunos que sobresalen, además, por haber producido puestas teatrales propias de enorme recepción en el público y en la crítica.

Para que algo de esa atención y reconocimiento se produzca en nuestro Tucumán ha pasado mucho tiempo y es muy reciente el que algunos espacios comiencen a tener de manera más concreta, entre el público y la comunidad teatral, un lugar no solo de referencia mítica para los estudiantes, sino una imagen de centros de formación y de producción e incluso de investigación de lenguajes escénicos. De hecho, estos talleres comienzan también a ser pensados como objetos de estudio. Un ejemplo es la tesis de grado de la licenciatura en teatro del investigador Mauricio Yassine sobre “Praxis escénica: el caso del Taller actoral sala Luis Franco, San Miguel de Tucumán (2009-2016)”.

Pero si bien se intuye una cuota del aporte que generan estos talleres a la actividad cultural en general: porque generan público nuevo para otras obras (contundente ayuda económica), porque a la larga surgen relevantes actores y actrices que provienen de esos espacios alternativos, o porque algunas veces producen obras de calidad, ¿qué otro aporte hacen los talleres de teatro al campo de las artes, o más específicamente, a las discusiones estéticas, políticas o de producción del teatro en la provincia? Y otra pregunta que surge al instante de mirar la conformación de los grupos en estos lugares es ¿qué lleva a que la mayoría de los alumnos de la facultad de teatro terminen casi invariablemente complementando de alguna manera su formación con pasos largos en estos talleres alternativos, casi siempre, pagos?

Desde la mirada de quien ha transitado bastante estos lugares, estoy convencido que el principal aporte que tienen ciertos, pocos, talleres de teatro es la transmisión de una heterogénea composición de sentido sobre lo que es el teatro y la actuación. Es el cúmulo de los saberes de los maestros del maestro, las lecturas, los textos o las obras que se trabajan, las películas en las que se inspiran y roban material; es la concepción del tiempo, del silencio, de los tonos en la rostricidad. Es sobre lo que se duda y desconfía, de la opinión política cultural, el posicionamiento específico sobre el lugar que ocupan las técnicas, las discusiones, los elementos poéticos que pesan en ese espacio en particular, el precio de la cuota y cómo se la cobra, es la comodidad de la sala donde se da el curso, es el orden de los ejercicios y el lugar que ocupan los mismos, es la forma de manejar la grupalidad y el perfil pedagógico; y todo un complejo entramado de determinantes más que le otorgan a algunos talleres de teatro cierta identidad estética única. Esta se traduce en pocas palabras, en formas concretas de actuación y en estilos más o menos definidos a esos espacios en particular y no a otros, que los singularizan, los vuelven portantes de una pequeña tradición con efectos específicos en sus puestas, en sus muestras de fin de año, en la temática de las mismas, y si el trabajo durante el curso fue bueno por parte de los maestros, sobre todo se nota en la actuación. Hay colores, texturas, gestualidades que le son propias a algunos talleres de teatro, que los definen en la acción escénica mucho más que en lo que los propios maestros puedan decir de sus cursos cuando se ven en la obligación de vender su propuesta de enseñanza.

Ese es el valor agregado de los talleres. Consiguen componer un estilo que se mantiene en la medida que nuevas camadas de actores y actrices se egresan del lugar de alumnos, de la manera más salvaje que hay, saliendo a escena; haciéndose cargo y arriesgando a actuar y elaborar obras. Ahí radica un valor inmaterial del que disfrutamos como espectadores. Por eso cuando vamos al teatro a ver alguna obra muy probablemente nos encontremos con ciertas características de algunos actores que parecieran no tener nada que ver con lo que podemos verle hacer a otro interprete a la semana siguiente en otra puesta. La maravilla es que a pesar, de la diferencia, todos coincidimos en que están actuando e incluso ponemos en la misma bolsa de “buenos actores o actrices” a gente que por lo general hace cosas muy diferentes entre sí arriba de las tablas. Esa posibilidad en gran parte se la debemos a la amplitud de espacios de formación.

No hay dudas que el maestro o el grupo de trabajo tienen que pagar las deudas y en la mayoría de los cursos se cobra una cuota y por ende es natural pensar en que cualquiera pueda acceder a hacer la “experiencia” de actuar. Los motivos por los que alguien se acerca a un taller de teatro, al ser muchos por ser subjetivos, resultan intrascendentes o imposibles de analizar. Así, tanto desde el alumno de la facultad que siente que complementa su instante de actuación con un espacio paralelo donde probar algo distinto, hasta el que va porque se siente tímido y cree que esta es una manera de desinhibirse, pasando entre otros por los que llegan simplemente de curiosos casi sin haber visto alguna obra en su vida, y por los que ponen todo el día el lomo en trabajos rutinarios y tediosos para una vez a la semana darse el gustito de divertirse; sin importar los motivos, lo concreto es que en los últimos años los talleres de teatro han crecido en número en la provincia, diversificando las propuestas y ampliando todavía de manera muy solapada algunas discusiones y discrepancias (tan sanas como necesarias) sobre conceptos profundos ligados a la actuación, al rol del actor y su vínculo con la dirección, al lugar que ocupa el teatro en relación a otras expresiones y a sus modos de producción.

Sin ninguna intención de juzgar los móviles por lo que alguien se acerca a un taller de teatro, porque no tengo nada en contra de quien se tiente con probar drogas nuevas, mi intención es aportar un consejo después de haber visto cosas de todo tipo: estallidos emocionales, discusiones, violencia, dependencia o fanatismo, endiosamiento de la técnica y la repetición o del docente; sueños frustrados por no ser elegidos por el referente para actuar en una obra que dirige el maestro, celos y grandes apasionamientos cargados de romanticismo que cambian la vida personal y profesional para siempre, etc. El consejo es que no existe algo como la actuación en vacío, en solitario, como suceso desprendido de una posibilidad de incorporarse a una narrativa mayor y que no esté en su matriz ligado a un estilo, tradición y concepción general del singular fenómeno de la actuación y asentado en un sentido filosófico sobre el teatro. Salvo en las producciones de los reels para casting de audiovisuales, donde el actor tiene que en un minuto y medio mostrar que sabe reír, llorar, cantar, bailar, ser serio, gracioso y que puede hacer de malo, bueno e idiota (esta opción siempre). Salvo este caso particular, si asiste a un curso donde no se pone sobre la mesa todo lo anteriormente dicho puede que no sea el mejor lugar para aprender a actuar. Pero si acaso llega a un lugar donde toda esa carga estética particularizante es, desde el vamos, negada como si la actuación fuese un fenómeno bajado del cielo al que usted puede acceder como quien compra una experiencia en un tour de viaje, si ese es el caso y lamentablemente existen estos casos, si esa es la situación usted se encuentra en una casa donde lo máximo que puede conseguir es una seudo situación terapéutica de falsa libertad pagada y lograda, más por los beneficios de pertenecer a un grupo que lo contiene cuando deja de ser la persona común que es para ser una versión exagerada hasta el paroxismo de usted mismo, pero carente de toda gracia. Y si bien esto puede ser una vivencia feliz en medio de la cotidianeidad reiterativa, tiene que saber que ahí de teatro y de actuación no va a encontrar NADA.

Los espacios de formación donde existe claridad sobre todos estos principios determinantes y donde el o los docentes hablan, conversan, se muestran apasionados y transmiten estas inquietudes y certezas,  intercambios que terminan siempre condicionando la producción artística, son los que claramente recomendaría. Porque si ni siquiera el manejo técnico de la voz o del cuerpo son iguales de un taller a otro, y ni hablar de que exista un criterio común sobre el costo de una cuota, muchísima menos coincidencia habrá sobre lo que se cree y defiende en un lugar sobre qué es actuar bien o mal, o incluso, más general, distinto es hasta el sentido de para qué se actúa, con perspectiva de qué a futuro. Si desea aprender para pasar el tiempo y a fin de año mostrarles a sus amigos que se animó, o si se le despierta un llama vocacional o si en realidad no le interesa en lo más mínimo el teatro pero sueña con salir en la tele o en alguna serie que pueda subir a las redes, cada espacio tendrá una oferta para hacerle. Pero por principio elemental, lo que más debe generarle un grupo de formación es deseo, es promover la condición deseante sobre la actuación. Un taller si es bueno tienen que, en esencia, generarles muchísimas ganas de actuar, pero no solo de actuar, sino de entender a qué le llama actuar, cómo se lo hace mejor y a qué se refiere cuando habla de teatro. Un buen taller tiene que ser portante de su propia tradición de manera explícita y ser la base sobre la que también se apoya el deseo del que enseña, sino, se corre el riesgo muy serio y peligroso de caer en manos de un aburrido que solo enseña técnicas parciales con ansias espurias de ser llamado maestro. 

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