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Un salvavidas de palabras

Por Guadalupe Valdez Fenik |

Leer para disfrutar

Nos pasamos la cuarentena intentando sobrevivir de mil maneras. La profesora Ruth Ramasco nos ofreció a sus exs alumnxs, amigxs, colegas, etc., uno de los más hermosos salvavidas: un seminario sobre La peste de Albert Camus. Y digo salvavidas en sentido literal, porque eso era escucharla hablar todos los martes a la mañana, con un café y tomando apuntes en un cuaderno, como en los tiempos facultativos, un éxtasis literario.

¿Desde qué lugar leemos un libro tan estudiado y pensado como La Peste? Se pregunta Ruth. Desde el cuerpo, responde, disfrutando sus imágenes, habitando ese mundo, siguiendo de cerca a sus personajes, por el simple placer de leer por leer. No más que eso, no menos que eso digo yo. No me interesa, en esta instancia, ser crítica literaria o de arte, lo que me interesa es poder disfrutar de lo que leo, dice y contagia las ganas de habitar ese mundo colectivo que es la lectura.

Encuentro a encuentro, fuimos entrando a la ciudad guiadxs por las palabras de Ruth, vimos el avance gradual de la peste, la calle vaciada, el mar como una amenaza, la ciudad con sus fronteras cerradas y sus habitantes, que antes solo vivían para el placer, perdiendo la cabeza por la incertidumbre y la enfermedad, prisioneros. Ante ese panorama desbastador, las preguntas de los habitantes de Orán se parecen bastante a las nuestras: ¿cómo hacemos para sobrevivir?, ¿qué nos sostiene?

Aquí van algunas fotografías de mi lectura, como quien comparte las fotos de un viaje.

Fotografía 1: algunos personajes queribles

La profesora construyó a cada uno de los personajes con mucha dedicación, a veces empatizando con ellos, a veces, cuestionándolos. Nos dio como consigna de lectura seguir de cerca al que más nos interesara. Nos encariñamos con algunos más que con otros. En mi caso, con Rieux desde la página 1, el médico al que no le importa ser un héroe, en sus palabras “solo quiere ser un hombre” y salvar a todos los que pueda, es atento y leal con sus amigos. Se guarda los sentimientos porque sabe que todos los demás están atravesando lo mismo y que no tiene sentido exteriorizarlos.

También me conmovió el dolor del periodista Rambert, que estaba en la ciudad por trabajo y quedó retenido, y separado de una mujer con la que estaba empezando una historia. Sus palabras grabadas: “Yo no vine al mundo para hacer reportajes. A lo mejor vine sólo para vivir con una mujer. ¿Acaso no es lo normal?” Y las palabras de la profesora: ¿qué lugar queda para el amor y la amistad cuando habitamos esta especie de exilio que es la enfermedad?

Fotografía 2: El deseo en plena peste. Corazones a lápiz.

Repaso mis anotaciones en el libro: elijo los corazones a lápiz. No hay mucha seriedad en el criterio, pero no me preocupa. No voy a hacer un abordaje filosófico, hay gente que se dedica a estudiarlo de verdad, con el compromiso de una pareja estable. Para mí, el libro fue más como un amante, algo del disfrute. En fin, a los corazones los usé para registrar las descripciones sobre el deseo durante la peste. Obvio que lo primero que me viene a la cabeza son las charlas con amigues en distintas situaciones: separadxs, solxs, en pareja, etc. Mejor que los chismes, son algunas fotografías de los cambios en el deseo que experimentan los habitantes de Orán: “maridos y amantes que tenían una confianza plena en sus parejas se encontraban celosos”. “Hombres que se creían frívolos en amor se volvían constantes”. Y el dolor de los separados: vivir con un recuerdo inútil, ensimismados sin querer ver el mundo presente. Con la imaginación como único medio posible de escape: para ver de nuevo, e inútilmente, a ese árbol, ese rincón de su ciudad, esa mujer. Y las palabras dolorosas y ciertas de la profesora: para los que nos tocó la soledad, no es cualquier cosa estar sesenta días (ahora vamos cien) sin el tacto, sin la compañía de nadie, y la virtualidad no puede reemplazar eso. Ese día terminó así la clase. Casi inmediatamente después, hicimos una videollamada con ex compañeras de la facultad que también estaban en el seminario, dos en Tucumán, una en E.E.U.U, y yo en Buenos Aires. Fue como una necesidad, hasta prendí un cigarro y eso que nunca fumo a la mañana.

Fotografía 3: el loco que ama las palabras

Última fotografía: un hombre que ya perdió el amor: Grand, un oficinista que en su juventud estudiaba Letras y dejó la carrera para casarse con Jean, una mujer pobre. Años después, la mujer lo deja porque él no puede encontrar las palabras para decirle que la ama. Se queda solo y con un trabajo burocrático de oficina, su único consuelo/disfrute y padecimiento a la vez es la escritura. Dedica todo su esfuerzo, durante años, a escribir una novela de la que sólo tiene la primera frase porque vive obsesionado con encontrar el adjetivo adecuado. Esa búsqueda le da placer, pero también lo agota, y en ocasiones parece incluso más cansado que el médico.

¿Por qué Camus ridiculiza al que quiere dedicarse a las palabras? Digo “ridiculiza” porque a los ojos de Rieux hay cierto patetismo en Grand, no lo entiende. Lo loco es que escribir, por momentos, puede ser bastante parecido a lo que experimenta este personaje. Ahora pienso en todas las veces que me sentí ridícula buscando palabras que no me salían, o sintiendo que se volvían vacías y me alejaban de los demás, y la pregunta obsesiva y superyoica: ¿para qué estoy escribiendo esto? ¿qué sentido tiene?

A pesar de ser ridiculizado, Grand es el primero que sobrevive a la enfermedad. Cuando se recupera, para sorpresa de todos, pide al médico que le preste algunas hojas para volver a escribir. De la misma forma que sobrevivió al desamor de la mujer, tal vez salvado por el mismo deseo: buscar las palabras justas. Me conmueve Grand, me conmueve cuando llora el amor que perdió y me conmueve su búsqueda incansable de una escritura que le guste. Me hace pensar que es una estupidez preguntarse cuál es el sentido de escribir algo. Él tiene la certeza de los que escribimos: no podría no hacerlo. Y eso alcanza.

Terminar un libro: ¿morir en pleno día o volver a nacer?

Terminar un libro, en general, es un bajón para mí. Una experiencia con el vacío y la muerte de un mundo en el que viví por un tiempo. Suena re dramática pero así lo siento. Al último encuentro del seminario también lo viví así. Creo que no fue un seminario como tantos otros, fue particular, por el momento en que la profesora lo dictó (casi al principio de la cuarentena), y por la generosidad con la que lo hizo. Creo que todxs nos encariñamos con el ritual de leer juntxs y saludarnos los martes a la mañana. Y, sobre todo, con las palabras de la profesora que fueron una casa colectiva, y son ahora puntas de lanza para seguir pensando.

Me obsesioné con los amantes y con Grand porque son parecidos: se agarran fuerte a la búsqueda de palabras o al recuerdo de un cuerpo amado. Eso los sostiene. Y también nos sostuvo a nosotros, en este caso escuchando las palabras de Ruth, porque, en definitiva, sólo el deseo puede salvarnos. 


Imagen: Dibujo de Gustavo Monroy

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