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Una brasa que arde

Por Lucas Cosci |

Hay una brasa que arde. Se enciende en los años veinte y su calor va a perdurar con intensidad hasta pasados los años cuarenta, para después propagarse difuso pero todavía vivo a lo largo del resto del siglo. La Brasa, el autoproclamado “movimiento de artes y letras” de Santiago, representa el momento de mayor efervescencia cultural hasta el presente.

Hay una brasa que arde. Además de la poesía, uno de los géneros en que se han destacado los fogoneros de este rescoldo ha sido el ensayo de interpretación. A tono con una tendencia muy latinoamericana, que pone en obra el ensayo como estrategia de autoafirmación y como discurso identitario, Orestes Di Lullo, Bernardo Canal Feijóo, Emilio Christensen, entre otros buenos ensayistas, cultivan el género con una intensidad y una altura, sin parangón en la región.

¿Qué es lo que caracteriza a los ensayos de La brasa? ¿Qué tienen en común con las obras de otros ensayistas latinoamericanos? ¿Existen conexiones entre esta brasa y la llama que se extiende por otros países del continente?

Hay una brasa que arde. Porque en América Latina el ensayismo es una tradición encendida. Desde comienzo de siglo los escritores latinoamericanos se entregan a una búsqueda mediante la escritura de ensayos. Es el género óptimo para un pensamiento en formación; un pensamiento que quiere ser más auténtico y original, más americano, en definitiva. Ya desde fines del siglo pasado lo tenemos a José Martí con Nuestra América. En 1907 a Ricardo Rojas con El país de la selva y en 1924 con Eurindia. José Enrique Rodó en Uruguay en 1900 publica Ariel, y José Vasconcelos en México en 1925 La raza cósmica. Todas ellas, expresiones de una búsqueda identitaria por parte de los intelectuales latinoamericanos, que redoblan el esfuerzo de pensar a nuestros pueblos en la encrucijada de una independencia nunca del todo consumada. Valoran lo propio, recuperan el baluarte de la cultura indígena, y buscan distinguirse de la tradición europea dominante. Estos ensayos coinciden en una posición antiimperialista, anticolonialista y en el reconocimiento de lo indio y lo negro como componentes constitutivos de la identidad latinoamericana.

En 1928 se publica en Perú una obra que marca un quiebre en el análisis, un antes y un después para el indigenismo. Se trata del libro de José Carlos Mariátegui Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, que introduce lo que llama “nuevo planteamiento”: el análisis marxista en clave latinoamericana. Mariátegui establece un giro en “el problema del indio”, para tratarlo no ya como una cuestión cultural e histórica, sino desde la perspectiva material de la posesión de la tierra.

El movimiento cultural La brasa se articula en esa “búsqueda americana”, cuya ola impulsa a una parte de los escritores del continente. Comparte con ellos inquietudes y horizontes. Se constituye como movimiento desde 1925 y su lanzamiento al mundo se concreta con la difusión de un elocuente manifiesto, en el que se declara que La Brasa “quiere ser lo que hace falta por ahora y nada más: un problema serio propuesto a todo aquel que sea capaz de recogerlo.” El manifiesto hace patente una expresa y programática voluntad de dinamizar la cultura.

Lejos de Buenos Aires, en editoriales locales de bajo impacto, algunos de los firmantes en los años siguientes publican ensayos cuya originalidad y estilo, rompen moldes en la literatura argentina. En octubre de 1927 sale a la calle el primer número del Periódico Mensual de Artes y Letras La Brasa, que lleva como nota principal un ensayo de Emilio Wagner con el título “La ‘Civilización Chaco santiagueña’ ¿Un tipo de cultura preincásica? Notables descubrimientos arqueológicos”. El texto será el detonante de un polémico relato origen, que encontraría eco en los escritores brasistas y en la prensa local.

En 1923 Emilio Christensen publica en el diario El Liberal de fecha 3 de noviembre de 1923 “El desenvolvimiento de la cultura en Santiago del Estero y sus actuales manifestaciones en la vida intelectual”.

En el año 1932 Bernardo Canal Feijoo publica Revista Ñan, un proyecto de rasgos muy personales alrededor de las significaciones de “lo autóctono”. Ñan significa “camino” en quichua. Según la nota de entrada “acometemos la tarea costosa de exprimir el material autóctono para arrancarle su gota de sentido propio”. Las palabras de Canal sintetizan una consigna de todo el movimiento: la búsqueda del sentido profundo de las expresiones populares. La llamada “revista” de hecho nunca ha dejado de ser un proyecto de autor; no encontramos en ella otra pluma que la del propio Canal. Promete un número colectivo que nunca llegará.

En 1934, Revista Ñan 2, ahora con el título de Nivel de Historia y otras proposiciones. En ese mismo año los hermanos Emilio y Duncan Wagner publican una obra de repercusiones mundiales y polémicas, el primer y único tomo de La civilización chaco santiagueña y sus correlaciones entre el antiguo y nuevo mundo, texto en el que adscriben a concepciones difusionistas sobre el origen de las civilizaciones en América. En 1937, Canal de nuevo publica El ensayo sobre la expresión popular artística en Santiago, un estudio sobre el folklore como el lenguaje en que se expresa el silencio indígena.

Ese año Di Lullo saca El bosque sin leyenda. Ensayo económico social. Su mismo título parece una réplica para Ricardo Rojas. Ahora las leyendas se han ido con el último de los hachazos y lo que queda es un despojo de dolor y de pobreza.

Aunque lejos de la hoguera principal, en 1940 Hipólito Noriega entrega La tragedia del hombre nativo.

Todas estas publicaciones dan cuenta de una producción ensayística de gran caudal, cuyas propuestas se articulan entre sí alrededor de un mismo interés hermenéutico: la comprensión de nuestra situación como pueblo, la extracción de aquella gota de sentido propio que se pedía en Ñan.

Mientras tanto, hay que señalar que en 1937 –el mismo año del Ensayo… de Canal y de El bosque sin leyenda de Di lullo, entre otras obras que se publican entonces en Santiago– aparece en Buenos Aires Radiografía de la pampa de Ezequiel Martínez Estrada, una obra emblemática, contra la que polemizan algunos de los brasistas.

En adelante los santiagueños van a seguir publicando texto del género con una profusión pocas veces vista en estas latitudes. Lo mismo ocurre en el resto de América. La tradición ensayística sigue produciendo obras, como es el caso de Octavio Paz con El laberinto de la soledad o Rodolfo Kusch con América Profunda. En Santiago, Francisco Santucho con El indio en la Provincia de Santiago del estero y, Emilio Christensen, con El quichua santiagueño. Lengua supérstite del Tucumán Incaico.

Es decir, en esos años los ensayistas santiagueños se constituyen en un movimiento con características propias y originales, que a la vez forma parte de una corriente de escala continental que viene desde más atrás y se proyecta hacia delante de un modo indefinido.

Dos notas distinguen el ensayismo de La brasa.

La primera es un compromiso personal con la investigación. Aunque los escritores de La Brasa no son científicos formados en la academia –la mayor parte de ellos pertenece a las llamadas profesiones liberales–, sí son investigadores ávidos y rigurosos, que se han dado a sí mismos las herramientas necesarias para la producción del conocimiento. Con una eficaz combinación de erudición y de trabajo de campo, avanzan sobre problemas irresueltos de nuestra cultura como la lengua quichua, la expresión popular, la historia colonial y poscolonial, los pueblos prehispánicos, a la vez que intentan dejar plantado un mojón identitario de referencia nacional.

La segunda nota es una cultivada práctica del estilo. Nuestros ensayistas asumen el esfuerzo de conjugar producción de conocimiento y creación literaria. Auscultan el latido de la realidad social mediante una prosa refinada y calibrada. Asumen que el estilo es un aspecto constitutivo en el proceso de construcción y circulación del conocimiento, y que lo estético no está desacoplado de lo epistémico. Presuponen que la escritura tiene un potencial heurístico. El conocimiento sobrenada en el vacío si no encuentra la palabra precisa que lo nombra. Se produce conocimiento en la medida en que se desarrolla un estilo de excelencia, con los recursos necesarios para calar en las profundidades del sentido. Por eso sus ensayos son inconfundibles. Cada uno a su manera ha desarrollado una prosa personalísima y de un esplendor inédito.

Estilo es “stylus”, punzón o gubia con que se grababa el “cuño” en las tablillas en que se escribía, antes de la era del papel. En nuestros autores encontramos que cada uno ha logrado su propio cuño.

Ahí lo tenemos a Di Lullo, con una prosa muy engalanada, de fraseo largo y adjetivación frondosa, giros poéticos y una tonalidad melancólica que estremece. La elegante prosa hispánica resuena como un eco lejano entre sus palabras luminosas.

Canal Feijoo con su prosa hermética, criptica, de sentido indirecto, y de un lenguaje lleno de tensiones, con el que designa casi sin nombrar y con el que convoca al lector a ser parte de sus indagaciones. Emocionalmente neutra, prevalece en su escritura el interés por hacer que la cosa se muestre despojada de todo lastre emocional.

Christensen, con una prosa más equilibrada, más austera, tal vez, aunque no desprovista de recursos.

Maestros del estilo, los ensayistas santiagueños representan una propuesta estética autónoma a la vez que articulada en una escala de conjunto que, paradójicamente, tuvo poca difusión fuera del territorio provincial.

Hay una brasa que arde. Investigación, estilo y un prodigioso legado de ediciones. El ensayismo de aquellos tiempos es uno de los momentos más fecundos de la producción cultural en Santiago, que el canon nacional tal vez no le haya dado hasta hoy el reconocimiento que merece.

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5 respuestas a “Una brasa que arde”

  1. Liliana Massara dice:

    Muy bueno eso de que lo estético no está desacoplado de lo epistémico.
    Un placer leer y recordar a tremendos ensayistas de La Brasa.

  2. María del Carmen Pilán dice:

    ¡Excelente artículo! Abrazo grande, Lucas

  3. Alicia Alvarez dice:

    Excelente artículo profe!siempre es un placer leerlo

  4. Fernán Gustavo Carreras dice:

    Estimado Lucas:
    He leído con sumo placer tu escrito Una brasa que arde. La historia ofrece los temas al escritor, y la escritura lograda, influye en la historia. La brasa movimiento cultural nacido en 1925, arde porque albergó en su seno a una generación de pensadores que reflexiono profundamente, tratando de comprender lo local, en el contexto latinoamericano y mundial. Tu escrito, preciso y bello, me hizo evocar nuestras conversaciones cuando compartimos la cátedra de historia del pensamiento latinoamericano en Tucumán, y el equipo historia de las ideas en Santiago del Estero y el NOA (aún vigente) Conversación que mucho valoro, y continua enriqueciéndonos en el presente. La búsqueda de una filosofía auténticamente latinoamericana encuentra en el ensayo un precedente ineludible. Arturo Roig encuentra en el en el ensayo latinoamericano, el comienzo de la filosofía, y la caracteriza como “escritura con voluntad de fundamentación”. Por su parte, Miro Quezada, caracteriza a los ensayistas como “Generación de los patriarcas”. Esto implica que su narrativa, su obra dramática, su obra historiográfica, funcionan como fuente y de algún modo como orientación de las generaciones futuras. En efecto, el grupo dimensión, escritores como Francisco Santucho, Raul Dargoltz, Carlos Zurita, Alberto Taso, y otros escritores en el presente, abrevaron en la brasa, y continúan haciéndolo en ese manantial… Aquel grupo, gracias al empeño que le pusieron a su labor, y a su inigualable creatividad, fueron fuente, y pasión. Por eso es muy apropiado el nombre de “La brasa”. Para nosotros, fuente y fuego que todavía alimenta. Llama viva que no se apaga, ¡Muchísimas gracias! Gustavo Carreras.

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