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Una imagen y una piel dañadas. Reseña de “Función privada”

Por Valentina Pucci |

Función privada consiste en dos unipersonales, “Ensayo de un adiós” y “La soledad distraída”, representados sucesivamente. La dramaturgia y la dirección están a cargo de Diego Bernachi. Los intérpretes son Marcela González Cortés, bailarina y coreógrafa de danza contemporánea, y César Romero, actor y dramaturgo. Todos los tres, artistas y gestores de una poderosa trayectoria escénica en Tucumán.

La pandemia como un mal recuerdo que se exorciza

En los unipersonales escritos por Diego Bernachi “La soledad distraída” y “Ensayo de un adiós” se encuentran puntos en común que nos convocan a una escena “privada”, adaptada a las exigencias sanitarias del escenario de pandemia. Se trata de dos obras que se encuentran en escena en Tucumán a través de la creación de Función Privada, desde enero de 2021, cuando se pudo volver a abrir las salas teatrales. Son dos representaciones sucesivas que se coreografían para generar que el público se movilice literalmente, además de emocionalmente, y transcurra de una sala a la otra, para evitar el hacinamiento que desaconsejan en estos tiempos que atravesamos colectivamente. Y que además se impusieron desde la administración del Estado, como condición para que los teatristas y los artistas en general pudieran volver a trabajar en los escenarios.

En el orden de representación, “La soledad distraída” se presenta primero. Como menciona en el programa difundido, César encarna a un actor desocupado, que realiza su monólogo ante un público al que decide abrirle las puertas de su casa. Pero también es, ante todo, un narcisista ermitaño y febril, que al parecer está sumido en una profunda depresión y soledad devenidas del encierro. Es un hombre que se encuentra en la apoteosis de la locura, que ha sido relegado al olvido ­–de sí, de los otros-. Pero que, paradójicamente, en los laberintos de su mente se ha encontrado consigo mismo. Se ha encontrado para multiplicarse y dividirse como un yo multiplicado, disociado, enardecido de amor por sí mismo y a la vez perdido en este abismo.

Es imposible no relacionar su deriva esquisofrénica con la experiencia del encierro o también del acuartelamiento pasajero que vivimos durante lo que para algunos de nosotros fue, por primera vez, experimentar una “cuarentena”. Cuando digo nosotros me refiero especialmente a mi generación, a los “treinteañeros” de ahora, que no hemos vivido experiencias extremas y terribles como el Proceso de los años 70. Jamás se podría comparar esa experiencia, la oscuridad social y privada que un “toque de queda” significa, ni mucho menos la vivencia de las desapariciones y de una realidad trastocada. Por eso mismo pienso que nuestra generación vivió apenas las consecuencias históricas y sociales que grabó la piel de una sociedad, su historia, su memoria y sus lazos humanos.

Esta cuarentena, fue, sin embargo, una experiencia vital desconcertante e incierta, por momentos parecida a una “normalidad”, cuando ya nos acostumbramos a la presencia de la enfermedad, de la muerte, a la acechanza de lo que tiene una vida que depende de otra, como la del coronavirus. El arte sigue siendo un espejo que nos acompaña, que nos acecha los miedos, para sondearlos y para mirarnos en el otro, en la vivencia del otro. La actuación de César Romero, es, en este punto, espeluznante, tremenda, corajuda. Apalabra la experiencia de un ser completamente anónimo, que se ha vuelto anónimo de tanta soledad, pero que no deja de buscar un sentido a esa experiencia límite.

En otra sala, “Ensayo de un adiós” es encarnado por Marcela, quien interpreta a una “bailarina retirada” que “ensaya una despedida grabando videos para luego elegir uno que dejará como parte de ese adiós”, manifestaba el director. También podríamos decir que interpreta a una mujer escenifica una despedida, que habla del rencor, del dolor, del despecho, la desilusión y la venganza que conlleva una ruptura o desilusión amorosa. Un mal recuerdo que busca que desaparezca al realizar ese acto final, que ella determina como final. Sin embargo, la misma palabra ensayo nos previene, nos alerta, quizás hasta nos informa que se trata de una representación. Posiblemente de una despedida en diferido o una preparación para un encuentro cara a cara. Enfrentar una pantalla no es lo mismo que enfrentar una materialidad mixta.

La representación o caracterización de un personaje está asociado en la danza al canon de la danza institucionalizada, al del repertorio clásico, en el doble sentido de la palabra. En tanto es el conjunto de obras y coreografías, de la danza clásica como así también de la danza contemporánea, que han sido representados por los grandes conjuntos o ballets estables de la danza en Occidente. Pero la danza contemporánea, que también tiene su propio conjunto de obras “clásicas”, como podría ser “Lamentation”, de Martha Graham, o “Cafe Müller” y la “Consagración de la primavera”, de Pina Bausch. También en Argentina, importantes coréografos realizaron obras como “Un tranvía llamado deseo”, originalmente una obra de teatro creada por Tennessee Williams, llevada a la danza por Mauricio Wainrot; y por otro lado, “El mar y Pléyades” de Oscar Aráiz.

Brevedad, escena atomizada

Como decía antes, la obra propone, en principio y como contenido narrativo, dramatúrgico, una situación o una escena de despedida. Una mujer desenamorada, realiza un video que enviará a su anterior pareja. Describe su relación y su finalización. Reminiscencias de la relación. La piel, el contacto.

Si pensamos con qué principios o conceptos de la danza contemporánea se conecta toda su performance, su actuación, se puede ver, respecto de la puesta en escena, el valor de la cercanía del público espectador con la protagonista. Por otro lado, la metarreflexión sobre un aspecto que nos atraviesa: la comunicación atravesada por la tecnología. El interlocutor es una cámara, la grabación de un mensaje que llegará diferido. El propósito, el “móvil” de este argumento podríamos decir que es acaso, una catarsis… ¿Una venganza?

Como espectadora, me he sentido interpelada por esta reflexión: las relaciones están en otro lado, no en ese espacio de pantalla. Ahí estaría la soledad. Si bien la comunicación establece puentes entre las personas, aunque fuera de manera diferida, aquí se está comunicando para romper un puente que probablemente ya está roto, y no se va a reparar. Lo que está roto es su corazón y para reconstruirlo al parecer necesita terminar de romperlo todo, volver a empezar, morir simbólicamente, renunciar a ese estado de confinación al fracaso. Pero al final no parece ser tan trágico y se deshace de la idea de quemarlo todo, pero la catarsis ya está hecha. Con lo cual a mi manera de ver es bastante sano el efecto que termina logrando, en el espectador y en el sí mismo del personaje.

Intimidad

En estas escenas se percibe algo muy íntimo. A eso también apuesta esta obra, como obra de danza teatro contemporáneos. Se trata de una obra que borra las fronteras de las disciplinas artísticas, que en la actualidad son difusas, a pesar de que cada una tiene su especificidad. Aquí se ven mixeadas, interrelacionadas. Puesto entre pantallas, en esa diatriba en la que nos ha colocado más estrepitosamente y radicalmente la pandemia, que es la imposibilidad de la cercanía y la elección de la virtualidad como una forma de comunicación que nos mantiene a salvo.

Porque no claudicamos en nuestro intento de comunicarnos, como seres humanos, nos recreamos permanentemente. A pesar de todas las barreras biológicas y moleculares que hemos ido derribando y malogrando quizás también.

Y ese intento es a la vez una preciosa, saludable catarsis.


Las obras fueron estrenadas el 16 de enero pasado. Desde entonces llevan realizadas 14 funciones. Tienen programadas funciones para el domingo 7 y 14 de marzo a las 20 horas, en la Sala Ross (Laprida 135). Las entradas para poder presenciar esta obra de teatro se consiguen a través del siguiente link: https://wa.me/5491154089394  . Las funciones se llevan a cabo con todos los protocolos de seguridad requeridos.

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