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Vida, obra, vida

Sobre la obra de Mario Casacci

Por Gabriel Gómez Saavedra |

Foguet, Joyce, García Márquez u Onetti asentaron la idea de que la literatura es un lugar que llega a niveles tales que arrastra al lector hacia una perturbadora noción de que su habitabilidad es posible. Después de leer la obra de Mario Casacci, uno necesita salir a la calle para ver si la ciudad que remonta día a día —que lo embellece y lo oscurece—, sólo existió para ser transitada por los terremotos emotivos de Casacci, y si nosotros no estaremos habitando una versión insulsa de la misma.

Nada de San Miguel de Tucumán parece haber existido sin antes no haber pasado por la lupa atenta del espíritu de este autor. Supo convertirla en una esfera donde la infancia es un rostro de espera interminable, que nos encontrará con la cara de la muerte en un cordón de la calle, el último día, para recordarnos que nada de lo vivido puede ser acusado de ajeno o azaroso. En el poema “Exilio” de su primer libro Entre la espada y la rosa (Ediciones de Extensión Universitaria, U.N.T., 1986)  los dos primeros versos parecen anunciar el mundo de la contención: “He soñado un niño viajando en su barco de papel. / El mundo sostenido en cuatro esquinas”, para, luego, dar un golpe en la nuca, la bocanada del recién nacido que sale al aire sabiendo que nada será igual: “He soñado hojas amarillas del otoño / y luego desperté. / Estaba muy lejos de la casa”.

Este diálogo de infancia-finitud vuelve una y otra vez, aunque a veces toma un ropaje diferente, pero igual de contundente: el del diálogo amor-tierra dolorida. Y es que una obra que no se corre un segundo de lo vivencial, tampoco se corre de la historia; germinando el amor sobre ésta. Y la historia tucumana está plagada de huecos y dolores, sembrados por la violencia política y las desigualdades sociales, en los años de plomo y en los de la democracia a la que le cuesta salir a flote, y también por los seres cotidianos que le daban simiente a los paisajes barriales que fuimos perdiendo. Así el amor es una bandera que se planta y a la que incineran, y que se vuelve a plantar, una y otra vez, en una tierra ácida y doliente; el jardín de las más bellas alucinaciones y del temor con olor a flores que se pudren. Casacci, en este aspecto, es como un dron que sobrevuela el territorio y que no puede amar sin haber comido de esa vista periférica: “Fue tanto el deseo de verla / que al final la confundí / con una mujer que pasaba. / Ellas se parecían, en el inalcanzable y negro pelo, / en el silencioso andar, / y en la irremediable ausencia. / Tienes que salvarte amor, no me nombres”.

Si bien el lenguaje para su poesía fluctúa entre lo estilizado, con resabios de lírica clásica, y lo crudo del lenguaje urbano o periurbano, en la narrativa Casacci apuesta casi en su totalidad por este último: “Escuchá bien, la vieja no me quería, ¿sabés por qué?; pará la antena, porque en el fulgor del romance con la Gracielita (¡fulgor del romance!) se enteró de mis berretines de cantor, cantor y guitarrero, pájaro del alba, chicharra escabiadora (¡chicharra escabiadora!). –Correlo ya mismo– fue la orden, temerosa la vieja sico represora de que la Gra, en un voluntario descuido, se deje inflar por esta alma mochilera” (…)

Narrador y personajes abordan un tono que nunca abandona lo verosímil y, para ello, el castellano tucumano es la herramienta por excelencia que reluce aun en cuentos  donde lo evocativo se funde con lo onírico, como sucede en el relato “La fuente y el deseo”, del que se extrae el fragmento citado anteriormente y que recuerda con su arquitectura inestable a “Noticia de Vicente Barbieri”, de Tomás Eloy Martínez.[1]

Si nos vamos a la forma de construir los personajes, es inevitable no remitirse a los perfiles agudos con que tallaban a los suyos Juan José Hernández o Eduardo Perrone; con ese cuchillo tan preciso, como intensamente humano. En “Funes”, por ejemplo, el personaje principal es un obrero renegado, que decide no dejarse alinear por el sistema laboral  y, a la vez, exhibe un alma insatisfecha que vuelca su descontento en el maltrato a su mujer, a quien reduce a su apellido, sólo la nombra como Castillo. Funes, reducido, reduce. Pero Castillo se convierte en una narradora inmejorable que desviste la personalidad de su pareja desde una tensión creciente que nace en el fondo de la impotencia: “–Te vas a la mierda, Funes– tengo que decirle un día y punto. Pero qué haré yo si él se va –me pregunto–; yo, que sólo sé hacer de sombra y esclava en la vida de Funes”. Castillo, retrato de la mujer postergada por el patriarcado, soledad que sólo se permite acunar un muñeco que compró “(sin que sepa Funes por supuesto)” para a ser la madre que no fue: “le canto despacito una canción, arrorró, arrorró, despacito, arrorró, arrorró, hasta que se duerme. Abro de nuevo el ropero y lo guardo”.

Por otra parte, está lo epistolar como una pata subgenérica que Casacci mezcla con lo narrativo, y que ejercita para acercar al lector una fauna fraterna que se debate entre volverse fantasma o duende, pero que Casacci intenta anclar a toda costa para que no se pierda en la niebla de la memoria: “También sucede que en un lunes en Tucumán nos gasoleamos atentamente (atte.) con Siviero, escuchando a Paco Ibañez”.

Todo lo expuesto evidencia que la obra de Mario Casacci es tan vitalista como decadentista en su humanismo. Una obra de a pie que, como escribió Adolfo Valenzuela para un prólogo a una de sus colecciones de poemas, es inseparable de la experiencia, con sus iluminaciones y sus desgastes: “La primera dificultad estriba en que me resulta difícil separar su creación artística de su propia vida; silos de tiempo me caen a la memoria cuando allá por los primeros años de los setenta Mario apareció en escena por las mesas eruditas del Buen gusto mostrando con desenfado alguna poesía a consideración despiadada de una mesa cuyos componentes eran dueños del sarcasmo o la ironía”.

Como sucede con otros escritores de nuestra provincia, la obra de Casacci es muy difícil de ubicar ya que, si bien fue editada por universidades como las de Tucumán y de Cádiz, una parte de ella lo fue irregularmente, ya sea por carencia de recursos o del interés necesario. O por no ajustarse a un corpus sólido y seguir volando inalcanzable para el dolor del tiempo y, a la vez, para poder ser hallada en cualquier noche, fuera de aquél… para que no sepamos con certeza si el autor existe, existió o si fue inventado para una mitología vernácula.

Dejo el cierre de estas líneas en manos del poeta salteño Walter Adet, quien pareciera haber transitado todas las revelaciones que la poesía puede entregarle a un mortal antes de partir, y a quien Casacci dedica estos versos: “Quien dispara una bala / para quitarse la vida / también dispara al corazón / de los que quedan”:

“La poesía, siempre imprevisible, llegada lo mismo de un hospital que de una oficina pública a decirnos que la búsqueda importa más que todos los hallazgos; que perseguir la fama es tan inútil como saber si daremos con el pie izquierdo o el derecho nuestro último paso en este mundo.

A recordarnos que todo lo que cuenta es oírnos vivir en una frase, en ese viaje de los ojos a la frente donde llega el recuerdo con su luz de estrella muerta.”[2]

*

Mario Casacci (San Miguel de Tucumán, 1949)

Poeta y narrador. Publicó, entre otras obras, Entre la espada y la rosa (Ediciones de Extensión Universitaria, U.N.T., 1986), Azul (1990) y Tucumán, palabras y cuentos (Universidad de Cadiz, 1993).

Participó en la antología Los pájaros del polen (1985) y en las revistas La Máscara (1987) y Montemayor (Huelva, España, 1991), y de la fundación del periódico cooperativo La noticia (1984).

Fue partícipede diferentes eventos culturales, entre ellos: de la obra teatral “La cruz de rescoldo”, de Héctor Posadas (1982); de “Miércoles literarios” en el Teatro El Galpón (1989), de “Liberarte” (1991), etc. En 1992 es invitado a dar recitales y conferencias en las universidades de Cádiz y Granada, y en el ateneo Sanlúcar de Barrameda.

Obtuvo los premios de la Fundación Givré y de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de Tucumán.

*

Imagen 1: S/t, de la serie Grisel de Buenos Aires (2016), de Betsabé Spinoza Mondatti.

Imagen 2: S/t, de la serie Sueño geométrico (2018), de Betsabé Spinoza Mondatti.

Betsabé Spinoza Mondatti (Guaymallén, Mendoza, 1977)

Psicóloga-Psicoanalista y Maestra de Plástica. Se considera tucumana por adopción ya que allí paso la mayor parte de su vida.

Estudió fotografía en distintos talleres. Actualmente estudia con el fotógrafo Pedro Palacios, de CABA.

Participó en Salón Plaza de Almas: Concurso artístico interdisciplinario (San Miguel de Tucumán, 2008); en la muestra fotográfica Salvación de los días, invitada por el Centro Cultural El árbol de Galeano (San Miguel de Tucumán, 2009); en las Jornadas de Arte y Salud Mental (San Miguel de Tucumán, 2014) y en la muestra fotográfica de la institución psicoanalítica Lazos, llamada Un gris en la mirada (La  Plata, 2019).

Obtuvo la Beca Bicentenario a la Creación, del Fondo Nacional de las Artes para desarrollar un proyecto de arte experimental en la disciplina Arte y Transformación Social (La Plata, 2016).

Participó como invitada en la revista tucumana DIXI (He dicho), ilustrando un texto de la escritora Laura Rossi (2020).

Actualmente reside en la ciudad de La Plata.

Contacto:

https://www.facebook.com/betsabe.spinozamondatti

https://www.instagram.com/betaspin/


[1] Martínez, T. E. [et al.] (2020). El puente: cuentos de autores tucumanos (Fabián Soberón, selección y estudio preliminar), San Miguel de Tucumán: La papa.

[2]Adet, W. (1983). El escudo de Dios: Generaciones y semblanzas. Salta: Dirección General de Cultura de Salta.

N. del A.: Se agrace a Ana Lía Madrigal, Néstor Soria y Romina Zamora por la colaboración prestada en facilitar material sobre Mario Casacci.

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2 respuestas a “Vida, obra, vida”

  1. Mario Melnik dice:

    Qué excelente artículo Gabriel! Te felicito amigo.

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