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Vindicación del aula

Dedicado a “la” Fioretti, con cariño

Gracias, profe Lucía Gandur por el intercambio

Por Verónica Juliano |

Entre las reinvenciones de la vida cotidiana que obligó este tiempo de pandemia, la sustracción de los cuerpos del espacio público, o la restricción –primero estricta, luego más flexible– de su presencia y circulación ante el latente riesgo de contagio del virus del COVID-19, es quizás la que más impactó en nuestras subjetividades. Con nuestra libertad acotada (o redefinida) y con nuestra manera de habitar lo social tan orientada hacia afuera (hecho que –a veces– implica grados excesivos de exteriorización), potenciada por la sobreexposición que las redes sociales estimulan, debimos reconfigurar nuestro día a día, conscientes de que nuestras acciones –las grandes y las pequeñas– podían (y debían) marcar una diferencia y que su impacto (positivo o negativo) podía ser cuestión de vida o muerte.

En este contexto particular en el que transitamos colectivamente una experiencia histórica de cuarentena, con sus modulaciones y fases: del aislamiento social al distanciamiento social –al menos en Tucumán–, necesitamos, también, redireccionar nuestra interioridad, puertas adentro, cual si fuésemos la más pequeña de las muñecas que caben en una matrioshka rusa y vuelve a su sitio a guarecerse por las capas de las otras, más grandes.

Con nuestros cuerpos sustraídos –total o parcialmente­, según la etapa– de la escena pública, nuestras áreas de acción e interacción se modificaron sustancialmente. Como cuando una escenografía se desarma rápidamente, detrás del telón, para montar una nueva y dar lugar al siguiente acto, así nuestros espacios domésticos se vieron abruptamente alterados y pasaron a ser, además de todo lo que ya eran, nuestro lugar de trabajo. El home office forzado por las circunstancias llegó (porque parece que la máquina productiva no debe detenerse nunca) e impuso su lógica, aún cuando las condiciones objetivas no estaban dadas en la mayoría de los casos (es decir, de las casas). Concretamente, la disponibilidad de recursos de todo tipo (dispositivos, conectividad, alfabetización digital) y, sobre todo, nuestras subjetividades surcando diversos estados emocionales y nuestras corporalidades relocalizadas (sacadas y puestas) en espacialidades reconocidas, ahora, en otra funcionalidad.

En esta neonormalidad establecida, las aulas físicas –en todos los niveles– se vaciaron. La comunidad educativa migró –como pudo– a la digitalidad y, en este pasaje, nuestros cuerpos se aplanaron en una pantalla, que la mayoría de las veces nos muestra (cuando decidimos activar la cámara) como un busto móvil, articulado. Con el micrófono encendido, nuestras voces también se metamorfosearon. En tiempo real (si acaso hay algo de realidad en el tiempo) o en tiempo diferido, las clases son –como pueden– la esperanza de que haya alguien del otro lado.

Antes de la pandemia, el aula tenía su dinámica propia, sus ruidos (ahora rebautizados “interferencias”), sus olores (que la digitalidad sanitiza), su diseño particular dado por los cuerpos distribuidos en el espacio (ya amontonados, ya dispersos), sus interrupciones naturales, sus silencios. Por más planificada que pueda estar una clase, la interacción in situ que proponen los participantes de cada encuentro puede torcer el curso del “guion” (si lo hubiera) y llevarlo a lugares inesperados, porque la reunión de más de dos es siempre una ocasión transformadora. Y esa experiencia, además de intransferible, es irremplazable.

En las aulas pueden suceder cosas extraordinarias. Así ocurre en la Escuela de Comercio Nro. 1, General Manuel Belgrano cuyo equipo docente lleva a cabo una encomiable tarea: la de encender el fuego creativo de la lectura y de la escritura en los jóvenes. “Con nuestra propia voz” es el nombre de la revista impresa de la institución que acoge las producciones de sus estudiantes quienes exploran una enorme diversidad de géneros discursivos (cadáveres exquisitos, cuentos, reflexiones, historietas, poemas, definiciones, frases ingeniosas), voces y registros. En las aulas pueden suceder cosas extraordinarias. Alguien enciende la mecha y la palabra se echa a rodar hasta encontrar su forma. Entonces, la toma de palabra, que tanto empodera cuando se democratiza, construye autorías, despierta vocaciones escriturarias, fideliza lectores, sensibiliza almas, edifica utopías a las que abrazarse. En las aulas, decididamente, suceden cosas extraordinarias. Alguien lee en voz alta y nos reactualizamos como humanidad en nuestra condición de hombres y mujeres modelados en el barro de la palabra socializada. Basta que alguien lance una semilla al viento sin la certeza pero con el deseo de que, en algún momento y en algún lugar, despunte un brote que quizás nunca llegue a ver.

A comienzos de marzo, cuando no imaginábamos nada de todo esto, mientras esperábamos que dieran acceso a la sala de cine para ver una película cuyo nombre carece de importancia ahora, encontré a quien fuera mi profesora de lengua y literatura en la escuela secundaria. Me acerqué a saludarla; por un pudor incomprensible no me animé a pedirle que nos tomemos una foto con la que, seguramente, habría alardeado en mis redes sociales. Le dije que me alegraba muchísimo haberla encontrado. Lo que no le dije es que cuando ella llegaba al aula, para mí, sucedían cosas extraordinarias y que si hoy ella estuviera detrás de una pantalla, sin dudar, abriría mi cámara y mi micrófono para decirle: aquí la niñita Juliano le agradece de por vida, querida profesora.

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6 respuestas a “Vindicación del aula”

  1. Lucia gandur dice:

    Gracias por esta reflexión profunda sobre la situación en la que nos encontramos y el valor dado a la educación en la libertad y en la creación. El proyecto de la revista Con nuestra propia voz es compartir y dar espacio a nuestros estudiantes que tienen un montón para decirnos. Gracias de nuevo.

  2. Elena dice:

    Hermosas palabras.Todo un mundo en ese microcosmos del aula y de la virtualidad. Un mundo que podemos crear con palabras…

  3. Andrea dice:

    Hermoso, hermosa.

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