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ISSN 2684-0626

 

 

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Vocear al olvido

La poesía de Pablo Dumit

Por Gabriel Gómez Saavedra |

Dos changuitos juegan adentro de una siesta en Rumi Punco (que aún no saben perdida); intentan terminar con la construcción de una choza. Para eso, uno de ellos se aleja en busca de materiales que podrían serles útiles; levanta un pedazo de madera que está sobre unos escombros, y queda paralizado. Debajo, una serpiente contraída está lista para lanzar su latigazo. No importa si el chico se aleja o recibe el mordisco, importa esa suspensión del instante. 

Las cosas que se pierden en el tiempo, suelen regresar en un instante decapitado, recordándonos que lo que fuimos se va con ellas. Como quien abandona una camisa vieja que ya no le queda; dejándonos con la piel frágil ante los soles que nos siguen en suerte.

La obra de Pablo Dumit no le escapa a estos soles, es más, se les anima aun sabiendo de su camino lineal y superpuesto. Sus poemas no intentan crear un tiempo circular, no. Pero tienen un anticuerpo que les permite no agriarse como un producto perecedero: se ponen frente al olvido, lo toman de la mano, le acarician los ojos ciegos y le hablan voceando, para transformarlo en un animal ancho y familiar. Un animal al que el corpus poético va a acostumbrarse y tomar de recipiente, para acercarse a su forma. Animal que no tiene la culpa de su ceguera y al que, quizá, se le puede arrebatar, por un rato, los soles que come, para el poema. Sobre todo, si en esos soles está el que nos mostró la primera paleta de colores para ver el mundo: el padre:

quién hoy /tan presente

en esta insurrección omnipotente de colores

/en esta exaltación de la figura despojada/

si quieren pueden ver fantasmas!

pero aquí está el poderoso retrato de la vida

imponiéndonos la fuerza y el espanto

/aquí está dumit enrojeciendo a los cobardes

quitándole el tul a la belleza/

Desde sus primeros poemas, Dumit va evidenciando la pericia de su itinerario de navegación. Incluso cuando el verso se pone oscuro, sabe que la mirada, después de un tiempo de estar sometida a la ausencia de luz, es capaz de volverse baqueana en la noche. Y que la noche es un amor que gotea con su ruido por todos los puntos cardinales; que sólo así se la puede andar para llegar a la pérdida y beber de ella:

estos días

son oscuras pisadas de dios/

el otoño /vela sus armas en mi cuerpo/

cómo haría un dulce prisionero de sus ojos

para cruzar el frío sin matar a dios/

cómo hago 

para secar la soledad

con tu pañuelo/

hay que matar a dios

/dicen los pájaros de tu silencio

/atados a mis pies/

pero no confunde oscuridad con autocompasión. Hay una puerta abierta en el olvido (y vienen a la memoria los versos del poeta taficeño Néstor Rodolfo Silva: “Hecho y deshecho,/ lugar de donde vengo/ devuelto como un niño envejecido.// Este es el tiempo./ Y esta abertura cerrada es el olvido.”): es la celebración de la oportunidad de contar con la palabra para materializar lo perdido. María Teresa Andruetto, en el prólogo a “El pájaro rojo” de Mary Oliver, sostiene que la autora escoge, a diferencia de otras poetas confesionales de su generación (Sexton, Plath, Jordan, etc.) “un atajo acaso extraño para la época, extraño y luminoso, el atajo del agradecimiento” en vez del de la laceración emocional o el de la voz combativa, para tomar la vida y cantar todas las formas de existencia. En el poema “Esos charcos” de Dumit, la celebración de lo simple se hace presente y así lo libra de la vulnerabilidad:

amo la cría de los mares /esos charcos

en el centro de uno…

hay que bucear

en el propio mar

para tocarse /llegarse con la punta de los años

/acariciarse el fondo

como a una mujer /detenida ahí… busco los nombres

/el peligro

/maneando en los pozos del amor…

/nunca dejan nada para beber estos pasados errantes!

…ya vienen los amigos

los amigos

…con una botellita/

El lenguaje es despojado, pero no crudo. Dumit sostiene, aun en lo más cotidiano del habla, una intención de estilizar los climas y criaturas de sus poemas. Vocea al olvido, pero sin mostrarse insolente ante él. Esto le permite administrar un materialismo que nunca llega a inundar la poesía, sino que se permite, una y otra vez, lo figurativo, lo abstracto; sin caer en la tentación de subsumir todo a lo “práctico” y “concreto”:

soy un poeta

acostumbrado a fieros padecimientos amorosos

/debiera poner al sol mis animales

/limpiar la casa

/escupir menos crueldad…

insistir con la sonrisa que me cuelga de la mano/

Lo virtuoso de todo esto es que, Pablo Dumit, es un poeta de los 90, que eligió tránsitos propios para abordar el mundo de lo descartable y de la ruptura social que vino a imponer el neoliberalismo. Que logró mantenerse al margen de las corrientes más difundidas de esta generación, tocándolas pero sin quedarse ellas: el realismo sucio y la vertiente pop. A decir de Anahí Mallol en “Poesía argentina entre dos siglos: 1990-2015. Del realismo a un nuevo lirismo”: 

Así, se han privilegiado dos corrientes, que subsumirían la producción general del período: por un lado, una vertiente relacionada con el realismo sucio, basada en un efecto de shock producido por la crudeza del lenguaje soez y por la actualidad de los temas que trata… Por el otro lado, una vertiente que se acerca a los movimientos pop y presenta una estética desprejuiciada, que juega con los estereotipos que le proponen esos mismos productos de los medios, y que da como resultado una escritura que en una primera lectura también propende a crear un efecto de shock por su banalidad, su recurso a la lengua hablada o a la lengua de los intercambios electrónicos, por su ausencia de crítica frente a los temas y situaciones que presenta, y que entrona otro estereotipo, esta vez femenino: una chica de clase acomodada sólo preocupada por la moda, las salidas, las amigas.

Si bien con puntos de contacto con la experiencia noventista de Buenos Aires: a) residió en la capital argentina, b) participó en proyectos colectivos (JOETUC) y c) se autoeditó (“El esperancero – libros”), Dumit se diferencia de ella conjurando su época no desde la combustión espontánea; su tradición literaria es explícita y está atravesada por poetas que los autores de los 90 parecieran no haber necesitado. Se sirve para ese conjuro y comprensión del tiempo, de Vallejo, de Dalton y, especialmente, de Gelman; basta recorrer el uso de los diminutivos como “pajarita” con que parece intentar atenuar las ausencias, o de la barra inclinada como contención de la rítmica ancestral y oral del poema (cabe destacar que Dumit también escribió letras de canciones populares que fueron interpretadas por la voz de, nada más y nada menos, que de Mercedes Sosa). También, como guiño, asoman las voces locales de sus maestros “Pancho” Galíndez o Álvaro Cormenzana. Por otra parte, recurre a un coloquialismo refundado entre lo periurbano y lo rural, o al abordaje de temas que parecían “superados” por sus pares, como el ars poética:

la poesía no es de los poetas…

por ejemplo

la noche en que tu cuerpo tragaba la luz del rayo

y mi cuerpo

repetía la lluvia

sobre tus caderas

Todo estudio que puso o pone atención en la generación de poetas de los 90 se corre casi nada del núcleo endogámico de Buenos Aires. Y ya es hora que esta época que, aun estira sus tentáculos hasta este siglo, tenga la oportunidad de ser revisada desde nuestra provincia. Y es la obra de Dumit una de las puertas más lúcidas para hacerlo, porque eligió nuevas dimensiones para pensarla; rescatando desde sus escombros lo que vale la pena traer al poema, aun cuando la única luz que tuvo para moverse en la oscuridad se la haya encendido el olvido.

***

Pablo Dumit (1969) publicó los libros Poemas para andar despiertos (1991), Poemas para quitarse la muerte (1996), El sol sobre las cosas perdidas (2003), Tu cuerpo echa una sombra que cura la mirada (2011) y la antología Alavez: Antología intervenida (2015) con pinturas de Ernesto Dumit.

*Imagen: “Niño” (1979), de Ernesto Dumit.

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8 respuestas a “Vocear al olvido”

  1. Roberto Reynoso dice:

    Muy bueno cumpa.

  2. Pablo Campos dice:

    Gabriel, brillante reseña. A leer a Dumit.

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