Aquí puede hacer su aporte a la revista La Papa en la literatura tucumana: 

1/4 KILO
1/2 KILO
1 KILO
5 KILOS

«está comprobado que una comunidad que apoya su literatura tira menos papeles en el piso»

 

 

 

 

 

 

 

Tema libre: La papa

Yo canto a la papa eléctrica

Por Máximo Chehin |

Entre los ocho y los doce años, más o menos, atravesé una especie de obsesión con la ciencia y la tecnología. En aquella época –estoy hablando del principio de los ochenta–, un chico de mi edad solo podía asomarse a ese mundo fascinante y misterioso a través de dos vías: los juegos de química y los libros. Mi juego de química incluía decenas de frasquitos plásticos con distintos materiales, varios tubos de ensayo, un matraz Erlenmeyer, un mechero (de) Bunsen y hasta un microscopio alemán que mi tío, ingeniero químico, me había regalado para fomentar mi afición. El manual que acompañaba al juego decía que la química tenía posibilidades infinitas, pero los ejercicios que proponía eran bastante limitados: se podía hacer cambiar de color un líquido agregándole una pizca de un reactivo, podían generarse unos cristales brillantes y azules en base a una solución de (si no me falla la memoria) sulfato de cobre, y otros experimentos por el estilo. El resultado, después de un proceso que podía llevar horas de trabajo, era siempre una pequeña decepción. 

En los libros, en cambio, no había límites. Recuerdo dos de una serie, “Los descubridores” y “Los inventores”, que contaban cómo cada avance científico en el siglo XIX y principios del XX había sido generado por personas cuyos mayores atributos habían sido el ingenio y la tenacidad. No les había hecho falta mucho más para descubrir e inventar cosas que habían cambiado el mundo, parecía ser el mensaje, que la simple voluntad de experimentar. Yo, claro, me entusiasmaba, pero, ¿cómo se conseguía, en Aguilares, un tubo de vacío para comprobar la ley de gravedad? ¿De dónde sacaba una placa cubierta de polvo de plata para inventar la fotografía? Y sin embargo un día, hojeando un libro nuevo (seguramente conseguido por mi madre en La feria del libro, que acababa de abrir en la galería La Gaceta, o en la librería Ross de Rosario), encontré un experimento que estaba realmente a mi alcance. El autor proponía demostrar cómo funcionaba la batería eléctrica montando una con elementos que podían encontrarse en cualquier casa: un par de tornillos de cobre y zinc, un pedazo de cable y dos papas. Me pareció una idea genial, e inmediatamente me puse a procurar los elementos necesarios -con absoluto sigilo, porque estaba convencido de que, para tener éxito, la tarea del investigador debía ser solitaria y secreta. Conseguí las papas en la cocina de mi casa y los clavos de zinc y el cable en la caja de herramientas de mi padre; no tenía clavos de cobre, pero se me ocurrió que podía reemplazarlos con unas moneditas que me habían quedado de un intento fallido en la numismática; saqué el foco de la linterna Eveready que guardaba en el cajón de mi mesa de luz. Cuando tuve todo en mi poder me encerré en mi cuarto y me dispuse a trabajar. Recuerdo el silencio denso y el aire estancado, como inmóvil, y pienso que debe haber sido un día de verano, a la siesta. Apoyé el libro en un rincón de mi escritorio y seguí las instrucciones con celo: primero clavé un clavo y hundí una moneda en cada papa; después, usando broches de ropa como sujetadores, uní la moneda de una papa y el clavo de la otra con un cable, y conecté un par de cables a la moneda y el clavo que habían quedado libres. La punta suelta de uno de esos cablecitos debía ir a la base del foco, y la del otro, a la rosca. Así que tomé el foco, apreté un cable contra su base, respiré hondo y acerqué a la rosca la punta desflecada y metálica del otro.

Hoy es casi un trámite encontrar un texto escolar simple y preciso, incluso ilustrado con gráficos y animaciones, que explique las reacciones electroquímicas del zinc y el cobre, el porqué del flujo de electrones, el funcionamiento de un pequeño circuito eléctrico. Hay miles de páginas web con descripciones teorías y prácticas, centenares de videos de YouTube con recetas paso a paso para cualquier experimento. La ciencia y sus misterios están, de manera literal y maravillosa, al alcance de la mano. Quizás por eso sea difícil entender la reacción de un chico de once años en lo que parece ya un mundo caduco y distante; ciertamente me cuesta entenderla y ponerla en palabras a mí mismo mientras escribo estas líneas. Pero entonces, hace quizás treinta y cinco o treinta y seis años, el foco de mi linterna se iluminó y de pronto supe que había descubierto algo extraordinario y fabuloso; pensé en centenares de papas alimentando una casa y hasta un barrio entero; imaginé toda la ladera de una montaña convertida en una guirnalda gigante; vi un mar de papas eléctricas titilando para saludar el paso de la estación espacial de la NASA sobre Tucumán. Y también, durante los breves segundos que duró el destello de mi foco, y de esa manera visceral y absoluta que solo es posible en la infancia, fui feliz.

Me gusta

2 respuestas a “Tema libre: La papa”

  1. Ire dice:

    Qué imágenes maravillosas súper Maximo! Solo vos podes con palabras darles tanta vida!!!

  2. Cris quiroga dice:

    Que lindo recuerdos y k importante articulo para los adolecentes de hoy..ojalá se pudiera volver a aquellos años

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Facebook
Facebook
Instagram