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ISSN 2684-0626

 

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Carta a mi hermano

Por María Belén Aguirre |

A Luis Palacios, in memoriam

Mi aparato de tensión eléctrica no duerme, no tiene sosiego. Y para dormir anoche tuve especialmente que empastillarme más de lo habitual.
Ahora, sumergida en el dope glorioso de ese Paraíso artificial, mi Infierno atontado trastabilla consigo mismo.
“Y tuvimos que matar a Dios para encontrar la fe”, decía mi hermano Luis en esa condenada novela suya; condenada, decía, a la incompletitud, a la postumidad, a la eternidad.
Sí, tuvimos que asesinar a sangre fría. Tuvimos que matar, diezmar, masacrar, aniquilar; y pagar el alto precio de la soledad que no es otra cosa que el oficio de la una literatura producida desde los márgenes barrosos del interior. (Volvernos orales, tuvimos. Volvernos orales, parlantes, hasta que el libro de papel nos soportara).

La naturaleza apologética de nuestra escritura nos había vuelto seres segregados en medio de una multitud que, a veces, cada tanto, y a veces con asco y a veces con ternura nos acogía.
Pocos recuerdos conservé luego de mi larga amnesia de seis años. Este, por ejemplo: En Santiago del Estero nos prosternamos una noche ante una placa emplazada en el Parque Aguirre, creo que se llamaba, donde rezaba una leyenda absurda que decía: “Por este espacio aéreo voló el Papa Juan Pablo II”. Nosotros nos persignábamos. Nosotros peticionábamos impertinencias mirando alternadamente a la placa y al cielo. Nosotros nos reíamos. Mucho nos reíamos.

Luis abominaba su cuerpo, tanto como yo. Y ahorraba de a puchos infantiloides en vistas a una cirugía que lo librara de su abdomen gigante e incómodo. Sin embargo, para mí, Luis no necesitaba nada para ser hermoso. Ya había nacido bello y perfecto.
Los ahorros fueron siendo destinados a la supervivencia. Y al cuerpo había que aceptarlo como sea, con resignación, con asco, con ternura.

Nadie más que un humilde conoce el valor, el peso de las cosas. Para nadie más que un humilde, un simple desplazamiento geográfico (Santiago del Estero – Tucumán, y a veces sin viceversa), es una hazaña que implica una erogación de proporciones impensadas; hay que pensar mil veces antes de treparse (acaso como un bicho de selva voraz) a un colectivo y partir.

Nadie más que un humilde disfruta de las ventanillas y del viaje, y hasta de las vicisitudes del viaje que, luego, serán la gran bitácora de nuestras vidas.
Luis vivió conmigo y junto a mi madre, a quien desde el principio llamó “mamá Lila”. Y a mí “hermana”. “Hermana” a secas. Aquí entre mates y panes que él me enseñó a amasar, diagramamos y publicamos su “Cuaderno de bitácoras”. Ese libro extraordinario e inmortal.
Luis supo enseñarnos a amarnos, a perdonarnos. Él fue y será el poeta del cuerpo razonado, el cuerpo espiritual. (Perdón, hermano, nunca pude conseguirle el respirador artificial que tanto, tanto necesitaba. El poder es mentiroso y procrastina para cuando ya todo se torna irreversible).
Yo no sé pedir permiso ni para entrar ni para despedirme. Yo no sé despedirme de los seres que amo.
Ya la cáscara gigantesca que lo envolvía y lo atormentaba y lo avergonzaba ha sido abandonada como un cacharro en medio del baldío para el deshueso, para el calcio, para los maxilares de los perros vagabundos que tanto supo amar.
Ahora su alma está libre. Ahora soplo como la imbécil que soy, el aire para que su alma vuele, vuele cada vez más alto, más alto; al fin liviano.

No me despido, hermano.
Le digo, nos vemos luego.

Su hermana que jamás lo tuteará,
María Belén

Post scriptum: Váyase, hermano. Váyase ya. Váyase de una bendita vez. Váyase en paz; que la gravedad de esta Tierra no lo retenga más. Sea libre, sea rico, sea poderoso, sea promiscuo, sea feliz sea impertinente de una puta vez.

(26 de enero, 2023)

Una respuesta a “Carta a mi hermano”

  1. Max T dice:

    Hermoso escrito

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