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Contra toda inutilidad de la poesía

Sobre Un invierno fuera de casa, de Manuel M. Novillo (Gerania Editora, 2023)

Por Pablo Toblli |

Quizá la búsqueda más noble -y conflictiva- de todo poeta sea la de su propia voz. Algunos poetas anhelan que llegue el momento de una voz a la que sólo le basten dos de sus líneas para que un lector la reconozca, como ese tipo de cualidades que sólo experimentamos cuando escuchamos algunos cantantes del siglo XX. Pienso que una de las formas en que puede resolverse esa decantación de la voz es a partir de una integración, sobre todo, en los poetas que no son sólo poetas, sino que han abrevado en más de un género. Es el caso de la escritura de Manuel M. Novillo que no tiene que verse en la licencia poética de suspender o esconder algunas de sus aristas para escribir, ya sean más vivenciales o más literarias, de allí la propuesta de integración y equilibrio que nunca abandona a estos poemas, cristalizando una voz que viene persiguiendo desde sus anteriores libros, porque la escritura es para él un instante de celebración y reunión, no de nostalgias vanas o añoranzas grandilocuentes:

(…)

Esto es lo único que podés darle

al arte de contar cosas acá, contar porque sí,

por el aire y para el aire.

(…)

No te vayás, no te levantés de la mesa,

quedate un rato más, porque esto que sentís se pasa.

Esto es lo que vos le das a este arte tan pequeño,

tan pequeño, apenas más grande que vos.

Este poeta de unidades temáticas concisas y palabras frontales no está dispuesto a relegar nada, y mucho menos a entregarse al imaginario preciosista de que la poesía no sirve para nada. Por eso en este libro todo es útil y digno: el Manuel ensayista, el que habla en un amor, el perplejo, el que le resulta pregnante algo que pasó en la calle y que es materia de ensayo, crónica y poema al mismo tiempo, logrando hacer jugar esos registros en las estrofas, para hacerle creer al lector -y a los escritores- que luego de leer Un invierno fuera de casa podrán entender algo más del mundo y de las ganancias de seguir apostando por la escritura. En esa seducción, se asiste a un sujeto que todo lo vive desde la aventura de los pensamientos y las habitaciones críticas que se van abriendo de cotejar los matices que están por debajo de las instituciones:

Estuve perdiendo el tiempo.

Si me hubiera doctorado

cuando tenía que hacerlo, ahora podría

estar casado y dedicado a enseñar.

Pero me retrasé, me pasé la carrera

fundando revistas o escribiendo poemas

o enamorándome (…)

La amenidad de este libro radica en que hay un poeta amante de la conversación que nos hace volver a pensar, que es lo que de verdad motiva la poesía que lo seduce. En esta ruta, los obstáculos que suponen la vida en las ciudades son el laberinto que más nos hace gozar a los seres humanos que vivimos en las últimas horas; entonces, a medida que uno recorre estos textos tiene la sensación de que está conversando con el autor para esbozar -junto a él- hipótesis, que reencaucen algún fulgor o encuentren formas de existir más acabadas. Pero este ideal nunca se cumple, el poeta soporta la tensión, la búsqueda; nunca es devoto de una imagen petrificada, porque serpentea un trayecto existencial y poético mediante la reflexión y la duda:

(…)

Repetís que es suficiente,

pero no volvés sereno a tu casa,

ni esperás el final del día,

ni cenás tranquilo, ni dormís en paz.

La reflexión es lo único sagrado para este poeta, por eso no es servicial a la poesía visual o pictórica. La puesta en escena no es algo que para él sea digno de su atención, es así que su concepción de belleza se liga a un laicismo, y aquí nada hay más que el movimiento del pensamiento; quizá sea por esto que no hay resonancias claras de corrientes poéticas tradicionales, porque esa libertad le sirve para atender a un todo y hacerlo jugar en una constelación que le ayuda a saber más quién es él y las ciudades por las que transita, o la gente con la que se relaciona. Por eso, los poemas sobre finales de la noche y de relaciones no dejan nunca una estela de derrota, sino de búsquedas y cristalizaciones entusiastas, pero momentáneas. No hay nada oscuro que emane de estos poemas, cuando el artista decide ponerse la ropa de la experiencia para escribir.

De esta atención a lo que se vivió, surge un “concretismo” poético y su gusto por los personajes que se superan en algo, como soldados, médicos que siguen intentando cuando el fin del mundo llega o investigadores obstinados de causas remotas. Pero después de coquetear con algunas proezas, siempre va quedando un hálito, perplejidades intrascendentes, la búsqueda de lo lirico en las menudas cosas, como una pila de ejemplares del New Yorker en un rincón de la habitación; una manera de preguntar cosas o volver a casa; unas líneas que se escriben con el último suspiro de un hombre cansado que lo dio todo en la noche y que decide volver a sopesar pulsiones en el silencio, solamente para entender algo más de las ansias del poeta, entre luces heroicas y anónimas. Y es que es tanta la fruición que implica la búsqueda del pensamiento que no está dispuesto a erigir ninguna bandera. Ese es el punto nodal de este sujeto poético: necesitar vivir la tensión de lo que nunca está acabado, el instante en donde algo empieza a cambiar en las ciudades.

Una respuesta a “Contra toda inutilidad de la poesía”

  1. Adela Segui dice:

    Excelente tu nota, Pablo. Y como madre del poeta, muchas gracias.

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