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“Creo en la sinceridad del recuerdo y en el derecho a mirar lo que pasó para poder reconstruir nuestra vida”

Entrevista a Pedro Noli sobre su obra Barrio Viajantes

Por Leopoldo Silva |

Teatro biodocumental, de no ficción, periodismo performático, autoficción. La obra Barrio Viajantes bien podría inscribirse en cualquiera de estos géneros, pero sobre todas las categorías, nos remonta a ese ritual histórico donde alguien recuerda y nos cuenta una historia. ¿Cómo contar un barrio y una época? ¿Cómo hacer de ese territorio combustible poético de alguien que recuerda? ¿Cómo lo hace Pedro Noli?

La historia es la suya, la de su infancia en los años 90 en un barrio de Yerba Buena, la de sus amigos y familia. Y la historia solamente podría leerse. Incluso la idea parte de textos que Pedro fue escribiendo a medida que dictaba su taller de narrativa.  Pero aquí lo poderoso: poner el cuerpo más allá del texto y cómo eso lo transforma.

Pedro Noli no viene del teatro, viene del mundo de las letras y el periodismo. Este es su primer paso al escenario, trabajó con María José Medina y usaron tecnología como compañera, proyectaron fotos y videos; fragmentos de la vida del barrio hecho postales. Hay un efecto de realidad que se siente desde que uno entra a la sala y se escuchan clásicos de rock nacional de los 90. Y que se complementan con esa forma de narrar -de mirar- comprometida en hacer llegar al lector -en este caso al espectador- lo particular, el detalle resplandeciente. Mirando con todos los sentidos y buscando una arista de ternura; esa especie de fe con la que narra Noli.

El paisaje relatado en la obra es el de aquellas épocas donde en navidad, después de las doce, los vecinos sacaban las mesas a la vereda, las juntaban y en la cuadra se armaba una larga y despareja fila de familias. Hay algo de volver a esa noción de comunión, de comunidad, que implicaba la vida en el barrio. Juntarse, hacerlo teatro y volver a esos relatos propios y ajenos funciona no sólo como recuerdo nostálgico de un pasado bendecido por tardes jugando a la pelota, sino que desde ahí iluminan el presente; el nuestro.

—Lo primero que leí fueron tus crónicas, desde ese momento siempre te ubiqué en el campo de la no ficción. Incluso en tus talleres de escritura hacés hincapié en la dimensión real de las historias. ¿Qué es lo que se te juega en ese lazo con lo documental?

Me gusta documentar los detalles que nos hicieron felices en la vida cotidiana, en el día a día. Creo que mientras lo estamos viviendo no siempre somos del todo conscientes del instante en que recordaremos con profunda emoción. Pero cuando pasa el tiempo y miramos para atrás se nota la marca, el destello, la puntada amorosa que ha dejado, por ejemplo, el perfume de la salsa que cocinaba la abuela. Me parece que entender la vida de esta manera es haber encontrado un camino que tiene corazón.  Y la práctica de escribir, buscar, actuar y compartir estos momentos tan valiosos es la manera que encontré para poder caminarlo. Siento que no hay nada más hermoso que emocionarse al recordar.

En la obra decidís contar el barrio de tu infancia y ponerlo en primer plano. Y de alguna manera es lo que estructura el relato. ¿Por qué esa decisión?

El barrio, como me tocó vivirlo en mi infancia en los años 90, era un universo donde éramos felices al saltar la tapia de un vecino para rescatar la pelota que habíamos tirado por andar jugando en la calle. El barrio era sacar un cuchillo a escondidas en la siesta e irnos al cañaveral a cortar cañas apurados por si aparecía el rondín. El barrio era volver embarrados a la casa después de meternos en los pozos de barro que habían dejado las instalaciones de los tubos para el gas natural. El barrio eran las mesas en la calle para Año Nuevo, doña Violeta -que cada vez que te veía te pedía un numerito para la quiniela- y los caños de pico largo donde no se te enganchaba la bombucha. Eso y tantísimo más.

El barrio, hoy en mi recuerdo, es un mapa donde puedo tocar con el índice en cualquier lugar y aparece una historia que vivimos con mis amigos, los vecinos y la familia. Por esa riqueza y amplitud, imagino, surgió un relato narrativo que invita a mostrar aquella vida en sus rincones. La mía para intentar narrar la de los demás; la de todas las personas que, en cualquier barrio del país, también vivieron lo que nos pasaba en el barrio Viajantes.

—Volviste al barrio Viajantes para investigar y acopiar material, también apelaste a la memoria, a los relatos. ¿Te llevaste alguna sorpresa en ese proceso?

Cada vez que paso por el barrio siempre aparece un recuerdo nuevo. 30 años después, hay lugares que están intactos y otros que son irreconocibles. La última vez que pasé, miré por la ventaba de la casa de un amigo y vi que su papá ocupaba el mismo lugar que antes ocupaba su abuelo frente al televisor.  Estaba igual que él. El mismo rostro, las mismas canas, la misma ventana de marco.

Vi lo opuesto cuando pasé por el Campito Norte y me volví a encontrar con el enorme portón que impide el paso a ese predio donde jugábamos a la pelota los todos los sábados. En ese tiempo, era de acceso público y gratuito. Y en las siestas del fin de semana, se veía a los equipos de todas las cuadras marchar hacia el Campito para jugar en sus canchas. Eso ya no existe. 

Además de estas experiencias de reconstrucción, creo que el proceso narrativo del guión se renueva y cobra vida propia después de cada función, cuando los y las espectadores se quedan pensando en cómo era la vida en su barrio, y en algunos casos lo comparten. Es bellísimo eso. Actualiza el guión, pero, en primer lugar es la experiencia principal que propone la obra: invitar a recordar.

—¿Si es memoria, no hay ficción?

Estoy convencido de que vi pasar al cometa Halley con mi papá. Esa noche salimos a la vereda y detrás del descampado, donde estaba la antena de Radio Nacional, vi esa bola de fuego roja que se movía paralela al horizonte.

Lo extraño es que, al recordar ese día, en las imágenes de mi memoria también tengo un plano donde puedo vernos a los dos, de espalda mirando el cometa, como si yo fuera un tercer observador. Pero a esa imagen imposible, donde yo me observo a mí mismo, la siento tan real como la otra donde veo el cometa desde mis ojos.

¿Existe una memoria emotiva sin ficción? ¿La ficción es una herramienta de la memoria para alcanzar el recuerdo? ¿Cuánto hay de nuestro presente en nuestros recuerdos? ¿Qué efecto tiene lo que hoy nos pasa en lo que podemos evocar y cómo lo hacemos? ¿Se estará quedando un poco rígido el binarismo ficción / no-ficción?

Son preguntas que cada tanto me hago, aunque habrá quienes la podrán responder mejor. En lo personal, creo en la sinceridad del recuerdo, en el maravilloso valor expresivo de nuestra historia y, principalmente, en el derecho a mirar lo que pasó para poder reconstruir nuestra vida.

Para alguien que viene del periodismo y las letras, ¿cómo fue poner el cuerpo para contar? En ese paso al escenario, ¿con qué desafíos te encontraste?

Sentí que las palabras salieron volando de la hoja y ahora se quedaron dando vueltas por la sala de teatro. La magia de la narración oral deja huellas en el aire.

También me gustó mucho poder percibir la reacción de quienes estuvieron en las funciones. Creo que esa comunicación ancestral es muy importante en estos días. Mirarnos a los ojos y decirnos las cosas. Estar ahí, cara a cara. Darnos tiempo para escucharnos y tener respeto y ternura a la hora de decir. Ver que hay otra persona al frente, sentir su humanidad.  

La comunicación en el salvaje mundo de las redes antisociales está cada vez más violenta y alejada de esto. Se volvieron instrumento clave para el desparramo de odio. Pienso que la respuesta es por afuera.  Que debemos acercarnos más a los espacios de construcción cultural. A crear redes y lazos basados en la expresión colectiva, en el disfrute y en la hermandad.

En cuanto a la obra, tengo la dicha de trabajar junto a María José Medina, una excelente directora, que me abrió la puerta para ir a jugar. Se animó con este proyecto, que viene de las letras, y me ayudó a que pueda contar mi historia también con el cuerpo. Le agradezco muchísimo.

¿Qué importancia tiene el archivo, los objetos? ¿Funcionan -y otra vez vuelvo a tu relación con la no ficción- cómo demostración de ese pasado que se cuenta en la obra?

Cuando teníamos diez años vendimos empanadas, lavamos autos de los vecinos y hasta dejamos de gastar en fichas de los videos para poder comprar la primera camiseta de nuestro equipo. Objetos como estos son el pie para contar nuestra vida.

Así lo entendimos con Victoria Daona, mi compañera, con quien desde 2020 llevamos adelante Mandarinas bajo el sol, un taller donde acompañamos a las personas que quieran narrar su vida. A ella le gustan mucho las fotos impresas y observar con cariño y cuidado “el archivo familiar”, que, ordenado o no, tenemos siempre en nuestra casa.

Sólo basta con dedicarle un tiempo. Se puede abrir un cajón viejo o sacar la caja de las fotos, y ahí se encontrará el primer paso para mirar la historia propia. Un camino con estrellas y luz de luna que será lindo volver a pasar por el corazón.

4 respuestas a ““Creo en la sinceridad del recuerdo y en el derecho a mirar lo que pasó para poder reconstruir nuestra vida””

  1. Maria Elena Elmiger dice:

    Muy buena entrevista!! Invita a leer el libro y ver la obra que parecen ser tiernos, creativos (obra y libro), lúcidos. Me encantará llegar a ellos!

  2. Fernanda dice:

    Que hermosa entrevista! Algo de esa memoria tierna llega y traspasa la pantalla. Gracias por compartir

  3. Isabel requejo dice:

    Qué nota-entrevista MARAVILLOSA!!

    Dos seres humanos tan sensibles, cercanos a la vida , a las historias cotidianas , sin máscaras para la ocasión.

    A Pedro lo conozco , quiero y Admiro.

    No te » conocía » hasta hoy, Leopoldo.

    Cada una de tus preguntas tb es como un trazado o mapa pensado, delicado, que le abre a Pedro la hermosa posibilidad de poner en palabras recuerdos, imágenes, sentimientos.

    Una HERMOSA Y GRAN ALEGRÍA LEERLOS ESTA TARDECITA desde el valle de Tafí.
    Gracias!
    La chabela

    • Leopoldo Silva dice:

      Gracias por la lectura y tus palabras Isabel

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