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ISSN 2684-0626

 

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“Cuando pienso en el amor pienso en una última deidad”

Entrevista a Manuel M. Novillo, a propósito de su reciente libro

Por Pablo Toblli |

—El motivo de esta entrevista, sobre todo, es hablar de tu reciente libro de poemas Un invierno fuera de casa (Gerania Editora, 2023). Una pregunta general para abrir la conversación. ¿Cuándo y por qué pensaste que tenías un libro nuevo entre manos como posibilidad de publicación?

Para mí es difícil saber eso. Yo creo que durante todo el 2022, que fue el tiempo que estuve armándolo, juntando y corrigiendo poemas ya escritos y escribiendo más, me estuve preguntado si tenía de verdad un libro. Y, por supuesto, preguntándole a otras personas. A vos incluido. A vos te pareció que había uno. A otros que le pregunté les pareció también, pero a un puñado no. Ambas opiniones sirvieron para llegar al libro final. Si pienso por qué empecé la tarea de armarlo diría que sentí que tenía un número de poemas que podía valer la pena trabajar y pulir con más concentración y ver qué salía. En síntesis, tomé la decisión de concentrarme profundamente, por un período, en averiguar si yo podía hacer un buen libro de poesía.

—En tu segundo libro Cómo llegar a dónde estás (2015) hay un notorio quiebre estilístico con respecto a tu primera publicación Las vidas del amanecer (2006). Se hizo mucho hincapié en la presentación de tu nuevo libro en que tus poemas son claros y precisos, también lo testimonia Víctor Redondo en la contratapa. ¿Hay en este aspecto una herencia borgeana, con esa escritura que descarta los ornamentos excesivos y se concentra en una unidad temática? ¿Cómo fuiste puliendo y reconociendo que tu voz poética es mayormente esta?

Primero que nada, diría que eso que decís es cierto: Cómo llegar a dónde estás ya era un libro directo y con poco desvío retórico. Un invierno fuera de casa es quizás aún más estricto es ese camino, o, por lo menos, yo me siento más seguro en emprenderlo de lo que me sentía antes. Desde hace un tiempo he preferido encarar los poemas, y cualquier cosa que escribo, en realidad, sin dejar de prestar atención a lo que quiero comunicar. Creo que en los poemas hay, antes que nada, algo para comunicar. Si eso que quiero comunicar no está dicho en el poema, si no se lee en el poema, en el papel, entonces no está. Nadie lo va a encontrar y no voy a estar yo ahí para explicarlo. ¿Es esa una vocación borgeana? Para mí sí. El Borges poeta es, para mí, un poeta muy concentrado en construir un objeto que comunique lo que él quiere decir y muy preocupado porque eso que quiere comunicar esté ahí escrito. Y dos de los poetas que más lo influyeron a él -y por su intermedio a mí- William Wordsworth (1770-1850) y Walt Whitman (1819-1892), también tienen claramente esa vocación. Probablemente, ninguno de ellos sea tan llano y directo como intento ser yo en este libro, pero sí pienso que son poetas que querían comunicar algo y que pensaban el poema como un hecho comunicativo. Wordsworth lo dijo literalmente: la poesía es seres humanos hablando con otros seres humanos.

—Creo que, en Tucumán, los poetas jóvenes que ya se formaron en la era digital y posmoderna surgen básicamente de dos arterias que podríamos sintetizar como “anglosajona” y “francesa”. El uso de la anécdota de forma lírica es algo que vos cultivas en tu poesía y está más emparentado a una veta anglosajona. ¿Coincidís con esto? ¿Qué poetas en este sentido son modelos para vos?

Coincido. Justamente, los dos poetas que nombré antes son los más influyentes para mí en esa veta. Influyentes en el siguiente sentido: siento que su forma de concebir un poema, de cómo encararlo, de pensar qué vale la pena decir y qué no, marcó un antes y un después en mi forma de escribir. Hubiera escrito de una manera distinta si no hubiera leído a Wordsworth y Whitman. Esa lectura empezó, justamente, mientras escribía mi segundo libro y no me abandonó desde entonces. Además de lo anecdótico como herramienta de la lírica, quizás más presente en el inglés Wordsworth, yo agregaría cierta confianza en uno mismo y en la capacidad de comunicar cosas importantes que es más propio de los americanos, como Whitman. Sumaría a Emily Dickinson, la más singular de las poetas que jamás escribió, como una voz muy segura de sus condiciones para decir y lograr la atención de la lectura literaria, a pesar de que no ha sido necesariamente una buscadora de atención como persona.

—Si bien el libro tiene mucha referencia a un material experiencial, no es un libro para nada nostálgico, porque el sujeto de los poemas nunca expone una añoranza grandilocuente o descarnada. Creo que de ahí también surge tu proyecto de matizar los excesos líricos, haciendo que los poemas naufraguen por retazos de crónica o narración. ¿La madurez de un escritor para vos o de tu escritura tiene que ver con la integración de todos esos estratos existenciales y de géneros literarios, para que no se amplifique ninguno sobre otro como en poemas adolescentes que, muchas veces, responden a un embelesamiento estético del momento?

Para mí es muy claro el momento del proceso de escritura en el que siento que las cosas se empiezan a poner interesantes. Es justamente el momento en que empiezo a matizar, para usar la palabra que vos usás, a matizar los excesos, los excesos retóricos, los excesos vivenciales y biográficos, los excesos del dolor y la miseria, y los cambio por la construcción de un objeto que tiene la vocación de comunicar lo importante del acto literario. Es decir, el impulso original del poema puede estar lleno de esos excesos, pero armar el poema es, sin dudas, manejar todos esos aspectos para mejorar la comunicación.

—Creo que en este libro combatís ese imaginario de que la poesía es una posibilidad de construir mundos distorsionados o evasivos del real. Para eso daría la sensación de que hay un yo que no oculta mucho; no es hermético ni críptico. Por eso no haces una poesía devota de frases absolutistas, fragmentadas, declamativas, sino más bien usas un lenguaje próximo a la conversación: las dudas, las posibilidades disyuntivas y las preguntas toman gran parte del poemario ¿Podemos fantasear como lectores que en esos poemas estamos leyendo al sujeto empírico Manuel? ¿Te gustaría en un futuro que tu persona y sus peripecias se asocien al modo en que ejecutas el lenguaje de los poemas, que es lo que todo escritor que formó un mito hizo?

Creo que sobre esto hoy mucho para decir. Voy a intentar ser breve. Es algo sobre lo que pensé mucho cuando estaba armando el libro y corrigiendo los poemas. La pregunta sobre qué es la verdad y de si importa la verdad en la poesía. Yo creo que la verdad sí tiene que ver con la literatura, pero no la verdad empírica, digamos. No exactamente, al menos. Un poema lleva alguna verdad cuando le transmite a un lector que aquello de lo que habla es algo que vale la pena ser tenido en cuenta, cuando, dicho crasamente, no te hace perder el tiempo con tonteras, cuando te habla de lo que importa. Pero no porque el tema sea, necesariamente, importante en sí mismo, sino porque la voz que habla en el poema te convence de que vale la pena escuchar. Uno podría preguntarse si para lograr eso hace falta que aquello de lo que uno habla sea real y biográficamente cierto. ¿Es más fácil hablar de lo real si uno quiere convencer? Creo que esa pregunta no tiene una respuesta simple. ¿Qué me pasa a mí? ¿A mí las cosas que me interesan, de verdad, lo hacen en función de mi biografía personal? Muchas veces sí, y muchas veces no. Y siempre la forma en que todo aparece en mí campo de atención es un poco misterioso. El interés en un recuerdo, en un verso particular, en una conversación, en una experiencia romántica o en una página. ¿Esos intereses son partes de mí? Y sí. Me ocurren a mí, me interesan a mí. Pero no podría decir que son exactamente parte de mi yo biográfico, de mi yo como persona que viva la vida diaria. Tienen que ver conmigo y mi vocación de buscar cosas en el mundo sensible y escribir sobre ellas, pero es difícil decir que son exactamente mi yo. Quizás acá estamos hablando de algo complejo que tiene que ver con todo lo que una persona es y nos vamos a temas muy interesantes, pero para otra charla.

—¿Sos el filósofo tucumano del amor? Es notable tu incumbencia por este tópico, que se manifiesta con fuerza desde tu libro anterior y mucho más en este nuevo, pero este interés de corte romántico nunca cae en la cursilería, en el lugar común al que están expuestos. En tu poesía hay un sujeto de cierta templanza que hace surgir una ética y estética de aplomo y dignidad. ¿Cómo se fue decantando esta búsqueda?

Esa observación de la ética y la estética de la dignidad del amor me resulta muy interesante y generosa. Espero que eso se sienta en los poemas y no sea más porque vos, Pablo Toblli amigo, me conocés y lo ves en mi persona. De todos modos, sería una buena observación de tu parte. Sí pienso a la relación romántica como un ámbito de última gran esperanza de los seres humanos. A esto lo dije en la presentación también: yo soy agnóstico en todos los aspectos de mi vida, pero cuando pienso en el amor pienso en una última deidad, una última gran utopía para ser vivida en la tierra. Por supuesto, que el amor no es así, es algo que puede ser maravilloso, pero no es el paraíso acá abajo, está lleno de imperfecciones y contratiempos y dolores. Los poemas que tratan sobre esto, que son muchos, enfrentan eso: los límites de la relación romántica. Pero como hay tanto para esperar del amor, creo que siempre que escribo sobre esto trato a las personas o personajes que están involucrados en el romance con mucho respeto y admiración: como se animan a entregarse a ese ideal, que puede significar una gran desilusión también, se merecen ser mirados con la máxima dignidad.

—De esta celebración por el material vital concreto, surge me parece tu gusto por incluir “personajes” en tus poemas que se “superan en algo”, como soldados, médicos e investigadores obstinados de causas remotas, y sospecho que esto hace que no sea un libro melancólico, a pesar de que cierta poesía romántica, cuando decide ponerse la ropa de la experiencia para escribir, lo hace desde un lugar oscuro, de dolor o derrotismo. ¿Podemos decir que tu poesía quiere transmitir entusiasmo al lector, desde esas pequeñas “luces anónimas”?

Espero que sí. Sí creo que la literatura tiene algo bueno que hacer por las personas. Y a esto lo digo como lector, sobre todo. A mí la buena poesía, por ejemplo, me hace sentir algo muy singular y potente, que no podría sino relacionarlo con la alegría, y no porque los buenos poemas sean sobre temas alegres. Es por otra razón. La vida tiene un curso complejo y confuso en general; los sentimientos y los pensamientos que nos sobrevienen en ella son muchas veces caóticos y poco claros. La poesía puede dar orden a ese caos en el que uno no termina de apreciar lo bueno que hay y otorgarnos una versión más poderosa del curso de los hechos. Un buen poema a mí me hace entender con mucha claridad algo que antes era más bien confuso y difícil de definir. Algo sobre mi vida, o sobre la vida de otros. Entender de esa manera, percibir de esa manera, nos abre al mundo, hace al mundo un lugar más vívido y real, más amplio y habitado. Habitado por personas que sienten y piensan y se arriesgan y tienen miedos y tienen coraje. Eso es una alegría: sentir que el mundo está poblado. Que un poema regale eso es gigantesco.

—Para cerrar, contanos qué pensas que le falta a nuestra comunidad literaria de Tucumán y en qué aspectos cambió desde que vos comenzaste a escribir y trabajar en el campo cultural.

Estaba pensando en esquivarle a esta pregunta, pero no vale la pena ser cobarde. Nunca hay que arrepentirse de hacer un acto valiente, decía Borges. No sé si esto es para tanto, pero vamos. Creo que hay mucho, muchísimo logrado desde que yo escribí mi primer libro hasta hoy. Sobre todo, hay muy buenas editoriales tucumanas. Ese cambio es rotundo y vino para quedarse. Hay revistas, como esta, que entendieron el mundo digital y eligieron la modernización. Pero creo que hay algo que sigue faltando y que para es mí importante: la conversación literaria. Ya sea en lo escrito o en lo oral. Creo que en nuestras intervenciones y en nuestros eventos y presentaciones, en general, nos cuesta hablar de la tarea de la escritura de una manera seria y a la vez didáctica. Tendemos a quedarnos en la anécdota personal o en lo más críptico y oscuro de la experiencia literaria. Le terminamos dejando esa tarea al mundo académico, que puede hacer una parte, pero no la reflexión que hace falta. Hay un esfuerzo docente entre los escritores que merece ser hecho, para pensarnos como autores y mostrarlo y así llegar a más lectores tucumanos. Hablar de literatura puede ser algo divertido, pero a la vez profundo, como la buena literatura lo es. No creo que estemos lejos de eso, pero es algo que está para hacerse.  


Dos poemas de Un invierno fuera de casa

El soldado

La noche antes de salvarnos, 

el soldado nos contó que, si volvía a su país, 

iba a decirle a la chica que amaba hacía años 

lo que sentía por ella. 

Le diría que dejara a su marido

y que lo intentaran. 

Le preguntamos si ella se sorprendería 

por su propuesta. 

No, nos respondió, pero seguro lo rechazaría.

Diría que no podría dejar su vida.

Ella estaba bien como estaba.

Pero él iba a decirle igual: 

porque a ella le gustaría oírlo. 

Se sonrojaría y se le llenarían los ojos de lágrimas. 

Y él quería verla una vez más así, 

como cuando partió al frente, 

y ella fue a despedirlo sola y lloró y se abrazaron.

Su batallón entero se había desarmado ese día;

él no sabía ni siquiera

si quedaba alguno de los suyos 

con vida en todo el valle. 

A la mañana siguiente los enemigos

tocaron la puerta temprano.

Él se entregó sin resistirse. 

Les dijo que no había nadie más en la casa,

no había nadie cuando llegó. 

Nuestro barco saldrá en unos días a América, 

su tierra. El soldado se había mudado a Ohio

por trabajo, pero su chica era de Queens,

como él. Nuestro barco llegaría quizás

por ahí, nos habían dicho, por Nueva York, 

o quizás lo desviarían a Baltimore o Pensilvania.

Ciencia ficción

Si el mundo se fuera a la mierda ahora mismo,

si todos tuviéramos que armar nuestras vidas

desde cero, ¿pensás que yo podría ser

el que se queda en la ciudad

a socorrer a los vecinos,

a ayudar en las pequeñas cosas?

¿Pensás que sería feliz así?

¿Sería feliz siendo el médico del pueblo 

que va a cada casa,         

o el que carga y lleva la mercadería al puesto, 

o el que monta la biblioteca de campaña

en el vagón abandonado, o el que enciende las luces

de la escuela a primera hora de la mañana? 

Alguien que protege a los demás, pero a su manera. 

¿Pensás que eso sería suficiente para mí? 

Yo te he visto de cerca, amor,

y vos serías un general, 

comandarías la guerra que seguro ocurrirá,

serías quien decida sobre la vida y la muerte

de los demás. Nos salvarías al final, 

si es que, con suerte, nos toca ese final.


Imagen de portada: Manuel M. Novillo presentando Un invierno fuera de casa en la Facultad de Derecho (UNT).


Manuel M. Novillo nació en Tucumán, en 1988. Es Licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional de Tucumán y Máster en Ciencia Política por la Universidad de Nueva York. Ha publicado los libros de poemas Las vidas del amanecer (Ediciones Último Reino, 2006), Cómo llegar a dónde estás (Culiquitaca Ediciones, 2015) y Un invierno fuera de casa (Gerania Editora, 2023).

Una respuesta a ““Cuando pienso en el amor pienso en una última deidad””

  1. Nilda chiarello dice:

    Esta entrevista , excelente por cierto , conjura la falta de “ conversacion literaria “ a la q refiere Manuel M Novillo .
    Celebramos que asi sea .
    Gracias Pablo Toblli

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