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De montañas de libros y prórrogas…

Por Ángel Ramón |

“Hola ¿tenés el libro de Coelho?”, “¿Cuánto sale el de Orlando Díaz?”, “Te dije que te lo iba a comprar hoy pero me pasaron cosas, ya te aviso en la semana si lo voy a querer”, “Me parece caro para ser usado”, “Me gustaron mucho los dos, la verdad no conocía a las autoras”.

Una semana en la vida de un librero en Tucumán es, como mínimo, algo caótico y no tan bohemio como puede parecer. De montañas de libros y pedidos de prórroga va nuestra vida. Entre clientes que de a poco se van convirtiendo en amigos y autores o editoriales que reconocen la actualidad y empiezan a exigir menos y acompañar más.

Ser libreros en Tucumán es difícil, es triangular Con Dany, con Flavia, con Constanza, reconocer en Francisca una nueva camada que nos va dejando atrás en cuanto a interacción y a nuevas tecnologías, es conocernos, aunque sea de vista, entre todxs los que elegimos este oficio e ir pasándonos los pedidos y las consultas entendiendo que no hay lugar para otra cosa que no sea la solidaridad.

En este nuevo contexto (tanto económico como social y post pandémico) la realidad nos exige ser cada vez más creativos y, por momentos, replantearnos seriamente la elección laboral. Sin cobertura ni protección por parte del estado (no somos artesanos aunque casi, no somos artistas pero trabajamos con el arte, no somos gestores y sin embargo nos ocupamos de diversas funciones), sin un protagonismo destacado en cuanto a las políticas culturales de la provincia (excepción del mayo de las letras en sus ediciones 2017 a 2019), de a poco nos vamos abriendo paso en el público silencioso, el que no va a eventos literarios, que no conoce ni le interesa conocer las internas, envidias o cuantos premios y reconocimientos tiene cada quien del micro mundo escritural tucumano: el público que siempre lleva un libro en el bolso, que lee en las horas muertas del trabajo, del colectivo o en la soledad del baño. Nos abrimos paso desde la necesidad del otro y el deseo nuestro y para entender esto solo hay que mirar los costos de las grandes librerías que nos permiten ofrecer una variedad de títulos en diferentes formatos que hace que los lectores de café se interesen más en nuestra actividad. El mismo libro, con formato diferente, las hojas amarillentas, alguna nota al pie de un dueño anterior descuidado y con ese olor tan embriagador a amor de repente es la puerta de entrada a autores que no son conocidos y cuya escritura es magistral y apta para todo público (el academicista y el silencioso): leer un cuento de Miguel Santillán y emocionarse hasta las lágrimas en el colectivo; un microrrelato de Natalia Ferro Sardi que nos regala una paradoja para antes de dormir; una oportunidad de hacer conocer el terror a lxs más chicxs de la mano de José Zárate; entrar en la sordidez de las cárceles setenteras de la mano de Perrone (nuestro gran Bukowski autóctono).

El oficio de librero autogestionado hoy por hoy está muy bien representado, detenerse a hablar de libros o autores es un placer, recuerda al antiguo bibliotecario que sabía exactamente qué tenía y qué podía recomendar de acuerdo al perfil de cada persona, así es y así pasa con todxs lxs compañerxs que andamos deambulando en bicicleta o a pie con la mochila llena de sueños encuadernados. Esto se da porque no es un oficio redituable; es batallar contra la realidad económica que siempre es más gris, descarnada y opresiva, no es una salida fácil o un paso seguro a la hora de hacer una inversión; es lidiar con compradores esporádicos que tienen la creencia de hacernos un favor y pretenden el envío gratuito de un libro de menos de $200 al descampado más solitario del límite Tucumán/Santiago del Estero; es hacer trabajo fino para romper creencias de que, lo que se escribe en el NOA, es obtuso y aburrido o directamente mal hecho.

¿Por qué elegir este oficio tan duro, tan incierto? Sinceramente no lo sé, no tengo una respuesta. Sólo puedo hablar de la alegría infantil, infinita, de abrir una caja llena de libros, de concretar una nueva sociedad con alguna editorial que intenta generar valor social desde el under, la emoción de la autogestión, de compartir el sueño de difundir la literatura oculta poco redituable (a las grandes editoriales, a nosotros nos paga los servicios, el alquiler, el pan), la ilusión del autor cuando recibe su parte y ve que su libro circula, que la gente le manda saludos y lo recomienda, la cara de interés del cliente cuando siente tu emoción al hablarle de tal o cual libro. Para mí, ser librero en este contexto es difundir el amor a través del arte, es saber que una palabra escrita o narrada, en el momento adecuado, puede salvar una vida, aliviar una pena, sacar una sonrisa. Para mí, ser librero hoy es revolucionar el espacio a través del arma de construcción masiva más genial creada por el humano: el arte.

5 respuestas a “De montañas de libros y prórrogas…”

  1. Mabel del Valle Sánchez dice:

    Muy buena nota, muchas verdades. Gracias por tanto Angel Ramón

  2. S. O. D. dice:

    Excelente, tantas verdades acerca de este metie en las líneas justas. Lo cierto es que gracias a ustedes ( libreros ambulantes y virtuales) se pateó el tablero donde las recalcitrantes élites de viejos, y no tan viejos autores, que mantenían prevalencia en visibilidad y «reputación» literaria gracias a la inserción que tenían en algunos órganos culturales locales, se vieron desbordados por esta bocanada de nuevos y desconocidos autores que comenzaron a hacerle » la pata ancha» en la consideración de los lectores. La más importante y válida a la hora de juzgar una producción. Por eso a no aflojar que ya hicieron mucho pero los que escribimos, a la par de agradecerles infinitamente, esperamos mucho más.

  3. Fatima dice:

    Ame tu nota

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