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El día que apagaron la luz

Por Marina Cavalletti |

El primer libro de Elisa Piccoli, Parabellum, editado por Mundar en 2023, es una “gama de ficciones” sin medallas. La obra llega para renovar el panorama norteño de este siglo con desórdenes y claroscuros.

“Para la guerra, nada”, canta la colombiana Marta Gómez y, aunque el contexto es otro y repudiamos toda forma de violencia; hoy, aquí podemos tomarnos una licencia y decir, temporalmente, todo lo contrario: para la batalla todo, todas las palabras, todos los sentidos.

Es que el punto de partida es Parabellum, el primer poemario de Elisa Piccoli, y se trata de un libro, como se adelanta en la nota editorial, trabajado meticulosamente para sostener la antorcha de la poesía.

Para encender el fuego, la autora retoma a Flavius Renatus Vegetius, quien -en el siglo cuarto de la era cristiana- sentenció: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”.

Con este dato, que revela Aníbal Costilla en el prólogo, podemos pensar que las estrofas de Piccoli buscan la paz interior, pero no en tanto término remanido -new age, vacío de contenido- sino como insignia para sobrellevar, con la frente en alto, con las palabras justas, lo absurdo de la existencia para resignificarla:

De mi vida no cuadro balances,

no cuelgo listones,

no pulo trofeos.

Mi vida casi siempre es una miasma,

una bomba en el zapato,

un espejo que implota en medio de la noche.

Así, en las líneas inaugurales de la obra, en esas imágenes iniciáticas, donde lo que queda es el poema, donde la poesía es lo único que no se desvanece, se adivinan las constantes de este volumen: un sistema de tensiones entre la luz y la oscuridad, entre la vida y la muerte, el adentro y el afuera; el cuerpo, la naturaleza, la incertidumbre y el deseo.

En esos tironeos, se oye el latigazo del fuste, se mira el agua oscurecida, el alma furiosa que se abraza al temor. 

Elisa entonces percibe. En la acepción absoluta del término: pone sus sentidos al servicio de cada poema, desde el interior al exterior de las palabras.

Seguidamente, Piccoli cristaliza la finitud de modo categórico porque:

La clave es recordar

que todo (…) es robado.

Vivir en fuga

(…)

en plena lucha contra el monstruoso tedio.

A su vez, es claro: Parabellum es una contienda donde el albedrío es peligroso, donde el espanto es ritual ante el misterio, donde el amanecer es una herida entre orillas y tormentas apocalípticas.

Entonces, en ese mundo otro que la escritora erige o rediseña, se lavan los ojos, las penas, las caras, tal vez como reza la vidala, para: “ver si se apuna el dolor”, entre un coro de alaridos y lenguas diversas.

Allí es necesaria la fuga del odio, dice, antes de cuestionar:

¿Por qué no sonreír?

¿Quién lo prohíbe?

¿Dónde está inscripta la forma del dolor?

A continuación, la pulsión de muerte y la esperanza dan cuenta de que “todo lo que parecía insoportable / será una simple tarea de limpieza.”

De este modo, Piccoli escribe para arribar a lo leve, para hacer la carga más liviana. Y es que otra de las dicotomías que surca su obra se resume en la pregunta que alguna vez enunció el checo Milan Kundera: “¿Qué es lo positivo, el peso o la levedad?”.

En este punto, la poesía de la santiagueña funciona casi como un ejercicio de reafirmación. Para ello agrega al mundo una cuota mayor de incerteza y es por eso que vale la pena leerla. 

En su itinerario, la autora propone aguaceros, visita a un narciso atormentado -ausente en el espejo-, traza una “invisible gama de ficciones”, con el amor como certeza irrevocable:

Sin amor serás

la tumba tibia,

el minuto innombrado

donde mueren el alba y el lucero.

Además, su ruta está regada de influencias traslúcidas, que no se ocultan, con las convergencias de quien ha leído y reconoce a sus maestros. Y renacen Gelman o Bustriazo cuando Piccoli afirma:

Si, ya sé: el tiempo pertenece al corazón.

Entonces que se duerma dentro de él,

que se malmuera,

que no me diga que afuera no hay amor.

En otro orden de cosas, desde lo estilístico se observa un elogio de la anáfora. A veces la utilización de esa figura es deliberada, otras, secreta:

Cuando la suma del olvido

espera su franquicia

y las tristezas se impacientan

en la sala de espera.

También, en su forma de adjetivar, emerge con fuerza el oxímoron, en una retórica de opuestos: el pánico puede ser hermoso, se grita en un susurro o el amor es un objeto que, al quebrar, restaura.

Más aún, en un tramo avanzado del trayecto se enumeran niñez, ternura, caramelo, estrellas, atemporal, principio, pájaros, libertad, miradas; en un compendio de conceptos que parecen disímiles, pero están juntos porque tienen en común a los ojos fijos de Elisa consignándolos, en una especie de azar para la libre interpretación de quien lee.

Como si fuera poco, la autora ensaya las reglas –o las no reglas- de un reporte de difuntos que renacen y es una observadora sagaz de detalles: el mar, la playa, un corazón calmo. Respiran entre una insistente reiteración: “contiene mundos”. Y es que probablemente eso: abrazar, reinventar, pensar de nuevo cierta idea del cosmos, sea uno de los trabajos de la poesía.

En esa labor, la poeta crea un torso acantilado, una bala suave, el recuerdo como zumbido deshonesto o tibio, la iridiscencia de mies de gotas o un vientre que es un campo luminoso.

Con toda esa materia, se delinea la cartografía diversa de Parabellum. Allí, donde los cementerios de describen con un lenguaje despojado, tan despojado como un hombre desnudo ante la muerte:

Arden los ojos

reverberantes

de siesta y flores calas

(…)

recta pared de blanco

camposanto

recta la línea vida muerte y hondo

Profundo el pozo

triste el silencio paredes

En seguida, las influencias vuelven con “Girondina” donde el silencio queda y viaja una sola campanada, y otra vez la finitud porque:

La muerte absorbiéndose en la tierra.

Aquí yace ahora

aquel difunto.

Para cerrar, Piccoli concluye su travesía con “Veintinueve”, un canto final de largo aliento con luces infames y una invitación: generar absoluta oscuridad para poder mirar, como en los versos de Charly García que aseguran “con los ojos cerrados, me ves mejor” o aquellos de “iluminando a Tierra, el día que apagaron la luz”.

Piccoli concluye su travesía con un poema final para clausurar estrellas y detonar todas las pantallas:

Mientras flotes,

sereno y pavoroso,

se irán prendiendo uno a uno

los ciegos ojos del silencio

(…)

Apaga incluso la mente,

tu lámpara final.

Disiparse, prepararse para la contienda, la propia. Con logros y fantasmas, con horizonte y pendientes, hijxs y difuntxs, lluvia y fuego. Prepararse para implotar y renacer en una veintena de poemas que se abren paso porque para la guerra valen todas las palabras.

Una respuesta a “El día que apagaron la luz”

  1. Carante Nallar, María Eugenia dice:

    ¡Qué buena poeta! ¡Excelente comentario de Marina!

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