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El escritor tucumano y el tiempo perfecto

Por Máximo Chehin|

Los que nos dedicamos a este oficio sabemos que hay pocas cosas más difíciles de describir que una escena sexual: se cae, con igual facilidad, tanto en pacaterías que parecen salidas de una película de Palito de los ’70 como en una jerga cuasi-porno que desconcertaría a cualquier lector. Creo que el problema es que, pese a la abundancia de sexo en los medios y redes sociales, y los muchos y muy afortunados avances que se han dado en las últimas décadas en cuanto a la libertad con la que cada uno puede ejercer su sexualidad, hablar (y en consecuencia escribir) sobre sexo sigue siendo un tabú. Y no me refiero a las charlas íntimas entre amigos y amigas, sino más bien a los intercambios cotidianos de información: somos ciertamente más desinhibidos que nuestros padres y abuelos, pero estamos lejos de la libertad con la que, me gusta pensar, hablaban del tema los griegos o los romanos. En esta dificultad cayó un escritor que asiste al taller que coordino: el capítulo inicial de su novela no avanzaba porque el tema central, lo que le daba tensión al texto, era una escena sexual cuya descripción no acababa de resolver. El asunto era, por supuesto, cómo se decía el sexo. Martín, el tallerista –un escritor joven, tucumano, que por virtud de la tecnología comparte el espacio con colegas de Buenos Aires– tenía plena conciencia del problema, pero no sabía cómo encararlo. Una de sus compañeras le sugirió que escribiera como él hablaba. La respuesta de Martín fue cortante: “es que vos no te imaginás cómo hablo yo”.

El capítulo tomará su forma, a fuerza de correcciones y reescrituras; es el proceso –más o menos difícil, con mejor o peor resultado– por el que transitan los textos de cualquier buen escritor. Pero fue esa última frase de Martín sobre su manera inimaginable de hablar lo que quedó muy presente en mi memoria y me lleva a escribir estas líneas, porque de alguna manera resonó con algo que siento desde hace tiempo como un problema: la dificultad para llevar al papel el lenguaje que hablamos los tucumanos. Aprovecho este momento para aclarar que el escritor tucumano del título soy yo, Máximo Chehin, alguien que se fue de la provincia hace más de veinte años, que visita Tucumán con frecuencia pero que vive en Buenos Aires. Este texto no tiene ninguna pretensión de universalidad; quiero evitar el error (tan común entre los escritores de ficción cuando hablan de su oficio) de confundir la parte con el todo, de saltar a conclusiones generales desde premisas particulares. Soy yo el que duda, sufre, va y viene cuando escribe un cuento que está ambientado en Tucumán. Fue esta dificultad la que me hizo abandonar el borrador de mi primera novela, cuyos protagonistas son tucumanos. El problema, llevado a su expresión mínima, se reduce a esto: ¿por qué no puedo escribir con los verbos en pretérito perfecto, que sería lo que corresponde? ¿Por qué conscientemente evito esta forma (y después sufro)?

Se me ocurren muchas respuestas fáciles a estas preguntas: porque es un mal uso del lenguaje; porque es solo una forma coloquial; porque un texto formulado en tucumano generaría un rechazo que reduciría el universo de mis potenciales lectores. Todas son falsas, pero sobre todo la última: primero, porque, como sabe cualquiera que haya leído a autores norteamericanos publicados por Anagrama (los de Carver o Burroughs, por caso) en esas traducciones pletóricas de coños y majaderías, la jerga local no es obstáculo si hay ganas de leer; segundo, porque, en base a las ventas de mis libros, mi universo de lectores es irreductible. Para las otras voy a arriesgar una (potencialmente polémica) teoría: la manera tucumana de hablar en tiempo perfecto no es ni un mal uso del castellano ni solo un modo coloquial, sino una forma particular del lenguaje. ¿Qué me lleva a pensar esto? Que el tiempo perfecto se usa en absolutamente todos los ámbitos de la vida tucumana, con independencia del nivel de formalidad de la comunicación; en espacios domésticos y públicos; en asentamientos populares y barrios cerrados encaramados al pie del cerro; en la Facultad de Filosofía y Letras y en las escuelas rurales. El tiempo perfecto está en todas partes. Para comprobarlo basta ver uno de los noticieros locales y prestar atención a los periodistas, a los entrevistados, al pronosticador del clima, al columnista de deportes. No se evita en la comunicación oficial (todos los gobernadores que recuerdo, desde Riera hasta Manzur, lo usaron para sus discursos y declaraciones) ni administrativa. Aún recuerdo con claridad la frase que me espetó, con impaciente desdén, la profesora de Álgebra I en el primer examen final que rendí en la carrera de Ingeniería Eléctrica, que fue también mi primer aplazo: “Chehin, ¿por qué ha venido sin preparase?”

Debería ser muy simple, e incluso natural, usar el tiempo perfecto a la tucumana cuando escribo. Y sin embargo, mi cabeza elimina el perfecto de manera automática. Es la parte consciente, racional del pensamiento la que detecta esta disociación y enciende una alarma que eventualmente se convierte en un bloqueo, porque una voz no deja de repetirme que lo que estoy haciendo está mal, que hay algo que no funciona. A la sombra de esta vocecita los proyectos se estancan: una novela queda para siempre en un archivo, una serie de seis cuentos queda reducida a dos y postergada de forma indefinida. Mi problema me llevó a mirar con más atención los textos de otros escritores tucumanos, en busca de guía o al menos de ejemplos a seguir –y, por qué no, imitar hasta el plagio, como sugiere Borges. Comencé con el extraordinario Pretérito Perfecto, de Hugo Foguet (un libro que debiera ser canónico en Tucumán y, por algún motivo incomprensible, no se enseña ni se menciona siquiera en las escuelas secundarias). Pero mi búsqueda fue infructuosa; Foguet dice, por ejemplo:

Ese era el hombre, el padre de Celita, que después de disculparse pidió a Furcade que los dejara solos porque eran cosas de familia, asuntos para ventilar entre parientes, negocios difíciles de hacer ver a una persona que, como Clara Matilde, estaba próxima a la centuria, bastante sorda también y una palabra que no entienda será suficiente para despertar su suspicacia. Dijo esto mientras del portafolios retiraba papeles que colocaba en su lecho…

En este (muy hermoso) texto la voz tucumana brilla por su ausencia, y en toda la novela aparece de manera muy esporádica. Es decir, en Pretérito Perfecto el pretérito perfecto a la usanza tucumana se usa muy poco. Algo similar ocurre con Aire Tan Dulce, de Elvira Orphee, otra novela fundamental del canon tucumano, de cuya existencia supe por su reedición a cargo de una editorial porteña:

Lila se quedó en su casa, con su última frase atardecida. Yo sigo por la calle tan vaga como en aquella tarde del pasado. Cuando las cosas se ponen así, nebulosas, imprecisas, hay una ventaja: nadie vive, nadie tiene cara, a menos que grite bestialmente. Saludar o no es lo mismo.

Es difícil sustraerse de la belleza de este párrafo, de su sonoridad, de la imagen de esa “última frase atardecida”. Pero, cuando damos un paso atrás, es evidente que, en lengua tucumana, la primera oración debería arrancar con “Lila se ha quedado en su casa…”. Tal como en la novela de Foguet, el tiempo perfecto entra (pocas veces) en diálogos, es decir, en la oralidad, pero está completamente ausente en el discurso del narrador. Sigo con los clásicos tucumanos que tengo en mi biblioteca; escaneos rápidos de El Sexo del Azúcar, de Eduardo Rosenzvaig, y de Un Hilo Rojo, de Sara Ronsenberg, producen resultados similares. Busco más acá en el tiempo y tengo la misma experiencia con Ibatín, de Blas Rivadeneira, y Mal de Muchos, de Santiago Garmendia. Doy un paso al costado y leo un par de notas de La Gaceta Literaria, entro a la página de Tucumán Z y visito crónicas agudísimas y divertidas: siempre, y con absoluta naturalidad, el narrador prescinde del perfecto tucumano.

Quizás el cisma entre lo oral y lo escrito en Tucumán sea algo bastante común (y digo quizás porque he leído poca literatura tucumana, de seguro menos de lo que me hubiera gustado leer). Pero, claramente, esto no supone un problema para mis comprovincianos, que han escrito y siguen escribiendo textos extraordinarios; como dije, el que sufre soy yo, y como todo sufriente necesito, antes que nada, un diagnóstico. Entonces pienso que es posible que esta distancia tan grande entre lo que se dice y se escribe sea simplemente una cuestión de origen, enraizada en el modo en el que se desarrolló la lengua de los tucumanos; quizás en el intercambio de los primeros colonos con los aborígenes, y en las escasas comunicaciones con las metrópolis de la época, se gestó este discurso partido en dos, que desde entonces mantenemos y repetimos. Una lengua es un sistema de convenciones, y esta distancia entre lo hablado y lo escrito podría ser una de las reglas tácitas que se repiten de generación en generación y conforman la lengua tucumana. Es una idea limpia, tranquilizadora, que en lugar de buscar una respuesta le tira el fardo a los antropólogos del lenguaje. Pero yo creo que hay otra cosa, algo perceptible e inmediato que vibra en el aire de lo dicho y desaparece cuando la palabra se aplana en el papel. El pretérito perfecto estira la frase, la hace morosa, agrega una pausa con el auxiliar que es puro drama y concluye en una acentuación grave que proyecta, que abre (a diferencia del agudo, tan mezquino, tan cerrado sobre sí mismo). La frase “He leído un libro” nos prepara para el comentario de un clásico; “leí un libro”, en cambio, no puede preceder otra cosa que el nombre de uno de esos best-sellers mal traducidos que se llevan a la playa y se dejan en un cuarto de hotel. O, yendo al caso que comenté arriba, “¿Chehin, por qué vino sin prepararse?” hubiera sido inmediatamente tapada y sobreimpresa por un sinnúmero de frases de similar blandura, mientras que la magnífica “Chehin, ¿por qué ha venido sin preparase?”, a la vez discreta y perentoria, estaba destinada a ser inolvidable. Pero todo esto tiene sentido solo en el plano de lo dicho; en cuanto se manotea la lapicera o se aprieta una tecla el tiempo compuesto tucumano sufre una mutación que lo convierte, para el lector, en una forma innecesariamente compleja, una especie de barroquismo sin pies ni cabeza.  Me pasa ahora a mí mismo, mientras reviso este texto, y siento además que el principio está desconectado del final, que me he dispersado, que he perdido el hilo. Ahré.

2 respuestas a “El escritor tucumano y el tiempo perfecto”

  1. Raúl Cossio dice:

    Dilema Máximo. Para entender esta nota hay que prestar mucha atención. Valió la pena.

  2. Mabel de los Ángeles Oropel dice:

    Hola Chehin!
    YO TAMBIÉN he nacido o
    YO TAMBIÉN Nací en Aguilares !
    Conozco mucha gente que se ha ido o
    QUE SE fue
    y me ha dicho o
    Me dijo» que nuestra forma de hablar es rara jjj
    En BUENOS Aires les parecía raro cuando yo decía Hoy Dia para referirme a Hoy
    Es un regionalismo Tucumano .
    Te envío cariños y bendiciones !

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