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El humo de la historia

Por Juan Ángel Cabaleiro |

La novela es un largo diálogo entre dos personajes: Bernardo de Monteagudo, el prócer tucumano, y el doctor Pascasio Romero, médico forense encargado de hacerle la autopsia al revolucionario muerto en 1825. 

La autopsia, y el diálogo entre ambos, transcurren en el año 1917. A casi un siglo de su asesinato en Lima, de Monteagudo no quedan más que los huesos, y son ellos los que charlan con el forense. El doctor Pascasio hace de Caronte, conduciendo el alma de los muertos al otro barrio. La mesa de autopsias por momentos se transmuta en barca, y la calle Córdoba en río. Todo el realismo se desvanece y se mitifica. Se trata, por lo tanto, de un caso de realismo mágico. Y esa es la gran originalidad de la obra, y el primero de sus méritos: construir una novela histórica con los recursos de lo fantástico. El resultado es interesante; muy bueno, incluso. 

Todo transcurre en la morgue de la calle Córdoba, en Buenos Aires, pero la voz de Monteagudo nos remonta a los sucesos previos a su muerte, que se narran con reiteración y detalle, y que desvelan el amor, la pasión y las ideas que ocupaban la humanidad del héroe por aquellos tiempos. Nada extraordinario, porque lo verosímil impone un corsé a los hechos novelados. Se cuenta lo que se sabe de Monteagudo, de San Martín, de Bolívar, de Mariano Moreno y de algunos sucesos históricos, aderezados con pocos detalles que el autor habrá imaginado y añadido. Pero todo con mesura, sin violentar la Historia. Eso resulta una virtud y una limitación molesta. Las dos cosas. Virtud, en la medida en que podemos adentrarnos en la subjetividad del héroe y captar algo de su mentalidad y de su cosmovisión. Todo, también hay que decirlo, sin llegar a la empatía, porque Monteagudo se nos queda siempre frío y ajeno. 

Y está la limitación de lo verosímil. ¿Por qué molesta? Porque la trama sabe a poca cosa, a entramado sin grandes giros ni sorpresas. Sin las intrigas y revelaciones que uno espera en una novela. La historia, me atrevería a decir, le queda chica al autor, que es muy bueno, que se luce y brilla en muchas de las páginas, pero que no se permite desbocar su imaginación. O lo hace, pero dentro de los límites de una escena menor: Monteagudo agonizando. Monteagudo en su lecho de muerte rodeado de fantasmas. Monteagudo delirando o tal vez viendo las cosas reales que ven los muertos. Sobre esto volveré al final de este comentario.

El estilo, como queda dicho, es el otro mérito a destacar. Marcos Rosenzvaig es un escritor consolidado, que ha alcanzado una voz madura, sin vacilaciones. No haría falta aclarar semejante cosa, pero hablamos de un autor tucumano, y no son muchos los escritores de la provincia que han alcanzado un nivel profesional en la escritura. En Tucumán, la improvisación, la espontaneidad, el texto crudo y sin pulir, se consideran, en muchos casos, una virtud en sí misma. Craso error. Marcos Rosenzvaig, en cambio, es alzado al cielo de los escritores, publica en Anagrama, no hay rastros de aficionado en su escritura. ¡Enhorabuena! 

En la página 121 se lee:

“Muchos son los navegantes de esta barca y todos miran hacia adelante como si delante de nosotros hubiese algo distinto. Hay momentos en que nada se ve, solo se escucha el remo deslizándose en el agua. Yo estoy entre los que dudaron de Dios. El remo se levanta y vuelve a sumergirse en el agua pesada y entonces un rayo de luz cegadora se filtra entre las nubes y desaparece al instante. Suficiente para ver un cuerpo pasar navegando de espaldas con una cadena pesada al cuello. Un suspiro cargado cae de cansancio. Nadie hace el mínimo intento de decir palabra, como si supieran la falta de respuestas. Un vasto cielo sin olor a tierra. La nave se deja llevar sola, se adormece sin rumbo, hasta diría que se suspende entre el ayer y el mañana. El cielo es un camino que continúa al río. Ambos tienen ese mismo ritmo cansino, ese correr suave y apenado. El relumbre de las pequeñas olas que abandonan la barca son las protuberancias que dejan las nubes a su paso. Y cuando ellas se acuestan durante la noche sobre la panza del río es como si contaran todos los secretos del cielo. Prisionero de esta selva oscura, navego un río interminable. Si pudiera recuperar la fe y la imagen del cuerpo lozano y desnudo de una mujer, si pudiera, doctor… Pero ya nada puedo hacer, porque estoy muriendo un 28 de enero de 1825.”

La novela es breve: tercera virtud. Son dieciséis secciones o partes que tienen lo justo, de cinco a diez páginas la mayoría, reunidas en tres capítulos. Algunos de los títulos de esas secciones dan cuenta de la variedad de asuntos que se narran. Cito solo algunos: “María Abascal”, “Beatriz”, Manuela”, que hablan de la vida amorosa del patriota. “La fuga de la cárcel (1809)”, “San Luis”, “Mariano Moreno”, que hacen referencia a los acontecimientos históricos. 

El último capítulo, donde Monteagudo no termina nunca de morirse, merece una mención aparte. Es un prodigio de fantasía, casi delirante: un titiritero, curas, su amada María, demonios y un montón más de personajes alternan en torno de su lecho de muerte, en un tiempo y un espacio que se confunden, se difuminan, como en los sueños. Monteagudo puede hablar antes, durante y después de su muerte. No hay límites en esa realidad extraña que construye el autor. Allí, lo realista mágico se agudiza y se adentra en lo surreal. 

En definitiva, la novela merece su lectura, en particular al lector tucumano, que conocerá algo más de su historia a través de la vida del personaje.

 

*Imagen: Monteagudo. Anatomía de una revolución de Marcos Rosenzvaig, Anagrama, 2016

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