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ISSN 2684-0626

 

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El pan malogrado

Sobre Panes mojados, de Sergio Gabriel Lizárraga

Por Gabriel Gómez Saavedra |

Lázaro de otro siglo,

con el enigma de tu pie descalzo,

y con el pan y los peces,

con la barca en naufragio,

con mi propio cadáver que arrastro

desde siempre.

José Augusto Moreno

El hambre del espíritu perturba, porque carece de límites concretos; puede ser constante o intermitente, y el pan que lo sacia nunca basta e, incluso, expande más su insatisfacción porque el espíritu es un pozo de luz cuyo fin es llevar desde la carencia hacia la revelación. Sergio Gabriel Lizárraga (Tafí Viejo, 1975), con Panes mojados (Ediciones del Ente Cultural de Tucumán, 2021), desovilla el entramado de la persistencia frente a las batallas que le presenta el espíritu y ofrece cada uno de sus poemas como un registro de las mismas, elaborado con las más sutiles de las fibras.

Fija en una inalterable posición lírica, la poesía que construye Lizárraga está en estado de sacrificio permanente, fluctuando entre las figuras del sacrificado y del sacrificador. Estas ubicaciones de estilo ponen al lector en estado de compasión o de inquietud, ya que detrás de lo asertivo y mesurado de las imágenes, se vislumbra una amenaza que está destinada a patear cualquier equilibrio y a obligar a recolectar energías para reconstruir el desastre que deja, para así evitar un despedazamiento sin retorno.

El libro se organiza en dos partes bien definidas. En la primera, titulada “Sombra de árboles”, el yo es más bien contemplativo; su cuerpo recibe el dolor de las pérdidas y de los silencios, y los mastica hasta transmutarlos en categorías de lo cotidiano, como pretendiendo, quizá, volverlas afables y fuente de sabiduría; sin embargo, sólo logra que sean más pérdidas y silencios, y que la sabiduría ganada ilumine nuevas formas de recibirlos. Aquí, el lector percibirá la soledad en un tono propio de un monje de clausura: “porque quise ser anacoreta / aprender a soplarme la arena / a abrir el aire solo”, pero que perece ante lo indomable del aislamiento: “pido ayuda / no hay cimientos / ni pared / ni sillones / no hay una comunidad / que sostenga  la crisis de mis rodillas // afuera están / todos ocupados / y mi ombligo es incapaz / de hacer ruido”.

A este yo aplomado y amenazado se le suma, en la segunda parte del poemario, titulada “Sangre de pan / Místicas”, uno exaltado por la pasión mística. Este yo, también de factura anfibia, se dirige a un Dios silente y le pide redención, recurriendo, a veces, a figuras bíblicas como la de Lázaro o la de Judas, para darse referencia, para hacerse visible: “soy Judas / porque hoy ni siquiera te ofrendé el llanto”. Su pedido es desesperado y, en otras ocasiones, un apaciguamiento donde al perdón parece encontrarlo en sí mismo: “Señor / si me pides descanso / tengo nidos repletos de sombras / puedo ovillar una mano con mis temores / puedo salir desde el rostro / con mi penumbra más gruesa / y ser follaje que enfrente el sol”.

Si en la poesía del gran San Juan de la Cruz la mirada hacia Dios nunca baja a pesar del encandilamiento de la luz divina, en la de Lizárraga, la mirada hacia la divinidad sólo consigue tironear hacia lo terrenal, y dejar en evidencia que el soplo celestial no será capaz de oxigenar porque el ahogo de barro es muy fuerte.

Con Panes mojados, Sergio Gabriel Lizárraga se ubica entre los escasos poetas tucumanos que han transitado la poesía mística y compone una obra sólida cuyos poemas nos dicen que lo peor del hambre no es la falta de pan, sino que éste se halle a nuestro alcance pero malogrado.

2 respuestas a “El pan malogrado

  1. Juan Carlos Osmán dice:

    Excelente, mi amigo poeta.

  2. Maria Elvira Zamora Zamora dice:

    Una crítica literaria a la altura del talentoso y joven poeta taficeño .

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