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El peligro de congelarse para siempre

Por Ezequiel Nacusse |

Ph: Andrés Danieli

Desde que tengo memoria reviso los cuadernos que papá escribió a lo largo de su vida. Una vida aburrida, como decía de la suya, en la que muchos días podían ser uno solo y a veces estaciones enteras no representar más que un día en la vida de cualquier otro. Durante un invierno que duró casi dos años, empieza su último cuaderno, conocimos a Amelia. Papá acababa de divorciarse. Todos los fines de semana mis cuatro hermanos y yo nos subíamos a nuestras bicis y cruzábamos al otro lado de la Laguna de los Patos para visitarlo. A mí me daba miedo cruzar por el medio, como hacían ellos dejando estelas y rayos de hielo por detrás de las ruedas en un suelo tan inestable que seguro me hundiría. Mientras ellos iban por la perpendicular, yo tomaba las líneas paralelas inventándome que era mejor llegar a casa sin romper el hielo, que era mejor atravesar el jardín sin pisar las flores.

Papá vivía al final de una calle empinada en una casilla de machimbre revestida en durlock, al lado de un taller de autos. El dueño del taller era dueño de la casilla y antes de que mi padre viviera ahí se la alquilaba a un grupo de chicas que la había decorado con telas en los techos y una gran bola de espejos en la habitación principal, la única. Las noches de fin de semana papá preparaba el colchón gigante con cinco almohadas y cinco colchas, a los pies, a la cabeza, a los pies, a la cabeza y a los pies.  Mis hermanos y yo dormíamos intercalados en esa nube que respiraba a ritmos distintos. Como yo era el más chico y sin dudas el más inquieto, papá había dispuesto que yo me acostara en el medio. De tanto que te aburrís, vas a terminar por dormirte, había dicho. Pero yo me quedaba con los ojos abiertos como huevos, capturado por el brillo de la luna que se multiplicaba y deformaba en la bola de espejos gigante. Si tenía suerte y papá había dejado prendida la luz del living, podía verlo también a él dormir de pie o arrodillado. Parecía que dormía, pero en realidad escribía en unos cuadernos tan pequeños que entraban en la palma de una mano, y como si escribiera sobre la mano misma, sus palabras iban por la línea de la vida, del amor y del destino, aunque ahora resultan indescifrables.

Junto palabras como vagabundo e invierno para componer una frase. ¿El corazón es un vagabundo invernal? O donde dice corazón en realidad dice cazador y mi padre lo había escrito en la línea del destino y no en la del amor, como era de suponer en primera instancia. Él no tenía manos de cazador, o lo que yo imaginaba que fueran manos de cazador, más cercanas a garras y rugosas como cortezas, así también de duras. Sus manos eran, por decirlo de algún modo,  bíblicas, livianas. Escribía tomando la lapicera sólo con el índice y el pulgar, y casi no la apoyaba en las hojas. Era como escribir con una estela en el cielo y las pocas veces que lo había visto de frente su mano tenía la gracia de un bailarín estrella, al mismo tiempo que viejo y enfermo.

       Una noche, cuando ya nos creía a todos dormidos, llegó Amelia, la hija del mecánico. Amelia era muy distinta de su padre, como yo lo era del mío. Ahora quiero hacer una digresión, antes de hablarles de Amelia. Mi padre se suicidó en primavera. Días antes de colgarse me dijo que sus flores favoritas eran las calas. Yo no quise ir a su entierro porque a pesar de ser un hombre solitario, papá era una persona muy querida. Entonces fui algunos días después a llevarle sus flores. En la lápida alguien había pegado una foto a color, tomada con una de esas cámaras instantáneas que se usaban entonces. Papá estaba de pie debajo de la bola de espejos y la sostenía con ambos brazos. Tenía la cara pintada de blanco como si fuera un payaso. Arranqué la foto de la lápida y dejé las flores. Ahora la llevo en mi billetera y a veces me estremezco al mirarla. El peinado al medio, los anteojos redondos, la sonrisa sin un diente. Por momentos  pienso que soy yo el de la foto, ya se verá por qué, o no, no se verá nada. Éramos distintos aunque yo hasta su muerte y sus cuadernos había pensado que éramos iguales. Amelia, por el contrario, nunca se pareció a su padre. El hombre era gordo y no importaba si hacía calor para andar desnudo o frío para ponerse medias en las manos, él llevaba siempre la misma camisa a cuadros mangas cortas, desgastada en el cuello, y la piel le brillaba por la grasa del taller y estar todo el día tirado en el suelo, debajo de los motores. Amelia siempre vestía de punta en blanco, como se dice. Y se agarraba el pelo con una traba de brillitos que parecía de piedras preciosas. Yo la imaginaba bajando la calle empinada de a saltos grandes, casi volando. Con mis hermanos lo hacíamos en bicicleta, a mucha velocidad, con ganas de impresionarla. La verdad es que la veíamos poco, quizás yo más, por un cuadradito de la bola de espejos, pero tampoco era mucho lo que hacían.

Papá y Amelia se pasaban conversando los sábados por la noche. Al día siguiente, papá nos mandaba a jugar afuera, al descampado de la vuelta o subiendo y bajando la calle empinada con nuestras bicicletas. Es probable que durante esas horas durmiera o dejara pasar el tiempo acostado de cara al techo, mirando como yo la bola de espejos. El frío no los consume porque son chicos. Sólo le pido que se cubran las manos. Mi único miedo es que pierdan un dedo o una oreja congelados. Los primeros meses los dos hablaban sentados en los escalones de entrada a la casilla. Si prestaba mucha atención podía escuchar el repiqueteo de sus dientes, pero sus palabras me llegaban como una masa pesada. Cuando el frío se volvió insoportable entraron a la casa. Para no hacer ruido, papá escribía en su cuaderno durante un rato largo mientras ella lo miraba. Después él le daba el cuaderno a ella, que leía en silencio, y ella le entregaba algo de comer, pollo con puré que papá comía con las manos. En esos días mi padre mejoró notablemente sus aptitudes para la cocina. Lo dice en sus cuadernos: antes de probar los platos de Amelia, no sabía qué cosas llevaban sal y cuáles leche, y mucho menos que alguna llevaban las dos juntas.

Pero al poco tiempo de aparecer Amelia, otras cosas cambiaron. Papá ya no nos preparaba la cama, decía que estábamos grandes y que podíamos acomodarnos solos. Entonces reinó la anarquía. El lugar del medio era el más codiciado, no porque desde ahí pudiera observarse la bola de espejos en todo su esplendor, reflejando todos los puntos conocidos y dándole a uno la idea de que estaba ahí y en muchas partes al mismo tiempo, aunque esas partes fueran no más que las paredes de la única habitación en la casa de mi padre, un hombre divorciado que juntaba pilas de ropa y diarios en las sillas a falta de cajones y placard, no, por ninguna de estas razones era el lugar más codiciado, sino porque era mío, y yo era el favorito, o eso creían mis hermanos. Conservarlo, sin embargo, no me fue tan difícil. Lloré una noche entera sentado al borde de la cama, primero en silencio y después abriendo la boca y dejando que salieran como un río dentro de mí los sonidos caudalosos de los espasmos. Lloraba y gritaba, alternadamente, y la sensación era de vértigo, de mucho más vértigo que bajar por la calle empinada, desde la casa de Amelia hasta nuestra casa. Papá entró y prendió la luz. Ninguno de mis hermanos dormía pero todos fingieron. Me quedé callado. Tenía su cuaderno azul en una mano. Sin decirnos nada acomodó a cada uno en su lugar original. Con paciencia nos alzaba y nos depositaba en donde deberíamos haber estado de haberlo querido él. Así va a ser, hasta que yo diga que puede ser distinto, dijo. Nadie protestó, pero esa noche mientras lo veía escribir a través de la bola de espejos, sentí patadas en la cabeza y pellizcones en los pies. No quiero forzar los recuerdos, pero imagino que ese día papá escribió esta frase: tengo demasiados hijos. Nunca va a acabarse todo esto.

       La casa de Amelia parecía la continuación del taller, aunque entre ellos habían otras casas con jardines y un terreno baldío. En un tiempo remoto, antes de que el barrio fuera el barrio, a la casa de Amelia se le cayó el taller, se desprendió como una piedra de un acantilado y rodó calle abajo hasta quedar junto a la casa de papá. A un costado de la casa de Amelia se juntaban cacharros de todo tipo, ruedas reventadas, pedazos de chasis oxidados y asientos con resortes por fuera y agujeros donde las moscas iban a desovar. El padre de Amelia nos pidió que limpiáramos su jardín, a cambio Amelia iba a llevarnos una torta. A mis hermanos y a mí no nos parecía un buen trato, así que le pedimos que llevara comida también porque papá cocinaba muy mal. Trabajamos todo el fin de semana. Adosamos a una bicicleta un carrito improvisado hecho con palets de madera. Cargábamos ahí algunas cosas y nos tirábamos cuesta abajo. Doblando la calle había otro descampado, y ese sí que no le importaba a nadie. Algún día pasarían los de la basura a llevarse todas las cosas que dejáramos ahí. El sábado nos quedamos hasta cerca de las doce de la noche. Hacía frío así que nos habíamos puesto medias por guantes. El domingo fue lo mismo. Terminamos cerca del mediodía, con las caras quemadas por el sol y los labios secos por el frío. Nos metimos a la casa de papá y dormimos todos juntos para darnos calor como perros recién nacidos hasta que se hizo de noche.

Papá salió a despedirnos mientras nos acomodábamos en las bicis. Amelia apareció calle arriba. La torta era blanca inmaculada y contrastaba con su piel oscura. El más mínimo pelo sobre el merengue habría brillado como el sol en un día despejado. Se movía como si ella misma fuera caminando delante de Amelia. Los tres pisos del bizcochuelo temblaban. Amelia tropezó y comenzó a dar pasos cada vez más largos y con la torta cada vez más cerca del piso. Me sorprendía su flexibilidad. Hasta ese momento solo la había visto sentada leyendo los cuadernos de papá o cuchicheando con él, intentando hacerlo reír. Así llegó hasta donde estábamos nosotros, con la torta intacta y la cara roja por la vergüenza. La depositó sobre los brazos de papá y se fue sin saludarnos ni decir nada, corriendo cuesta arriba. Todos quedamos atrapados por el brillo de su traba. Mis hermanos, que eran más grandes y más fuertes que yo, subieron la calle empinada mucho más rápido, persiguiéndola y gritando su nombre y diciendo cosas como ‘qué piernas fuertes tiene Amelia’ y ‘si te caías yo te atrapaba’, pero Amelia se metió a su casa sin darse vuelta. Los alcancé al borde de la Laguna de los Patos. Ellos siguieron hasta el centro del agua congelada y me gritaron que si iba a demorarme tanto podía llevar torta. No tengo torta, grité yo a mi vez, pero ellos me dijeron que volviera a buscar un pedazo o si no no me dejarían entrar a nuestra otra casa. A uno se le hundió la rueda trasera y otro que no se había detenido en ningún momento fue a buscarlo y lo agarró del brazo y juntos salieron del peligro de congelarse para siempre. Traénos la torta ya que casi nos matás, dijeron.

Deshice el camino, si es que puede decirse que antes lo había hecho y en realidad no estaba ya marcado para mí. A diferencia de la laguna que permitía recorridos infinitos, el mío siempre había sido uno solo e idéntico, en paralelo, mirando la belleza de esa tierra oscura que es el agua congelada por las noches, llena de trampas y minas que explotan hacia adentro y que no refleja más que un cielo uniforme y terrible, el cielo de los pueblos silenciosos como el nuestro. Desmonté de la bici antes de bajar la pendiente y la dejé a un costado. Hubiera sido imposible subirla haciendo equilibro con la torta. Caminé hasta la casilla tanteando los escalones de la vereda en la oscuridad. Los vidrios de las casas se empañaban por el calor de las calefacciones y las cocinas. Las escenas de las familias preparando guisos espesos hicieron que me crujiera la panza. Mis hermanos seguro estarían comiendo sánguches de mayonesa, esperando que yo volviera con el postre. La casa de Amelia tenía las luces apagadas y un aspecto general de tristeza. En el jardín que habíamos limpiado los fantasmas de los cacharros se comprimían por el frío. Los pocos que no habíamos podido sacar, estructuras de metal oxidadas en su mayoría, se dejaban devorar por las matas de pasto gris. Una especie de pantano duro, hecho de piedra, se tragaba al barrio invierno a invierno. Pasé rápido dejándome llevar por el olor de las cocinas y el murmullo de los televisores prendidos. Empujé la puerta sin golpear pero no se abrió. No podía mirar hacia adentro porque la ventana era demasiado alta. La luz del living estaba prendida. Vengo a buscar un pedazo de torta para mis hermanos, anuncié. Puse la cara contra la cerradura. Había algo de ropa sobre la mesa y la torta estaba un poco destrozada. Papá apagó la luz y salió a recibirme. Vengo a buscar un pedazo de torta para mis hermanos, repetí. Cuando papá giró hacia adentro vi que tenía merengue sobre la camisa, en el hombro derecho. Imaginé que papá se había quedado dormido velando la torta. O tal vez estaba escribiendo en uno de sus cuadernos y necesitó recostarse un segundo para seguir pensando. Prendí la luz sin esperar su permiso. Un rayo le atravesó los ojos y se los cubrió con las manos. La bola de espejos estaba sobre la torta, tan redonda como era, aplastándola. Papá no dio explicaciones. Levantó la bola de espejos, me dijo que agarrara el pedazo que quisiera y que me fuera, que se iba a hacer muy tarde para volver y ya estaba oscuro y que él necesitaba dormir en la cama por esa noche, todo lo ancho que era, y dar vueltas de un lado a otro sobre su cuerpo, como cuando íbamos a la plaza en verano y apoyábamos los pies descalzos en el pasto. Mientras hablaba papá hizo los gestos necesarios para describirse. Dibujó círculos con su cuerpo sosteniendo la bola de espejos entre las manos y a mí me pareció ver a Amelia en un reflejo, acostada en la cama, desnuda y cubierta de merengue. En ese momento me pareció también que estaba imaginando por el hambre y me asusté. Saqué un pedazo de torta con las manos y me apoyé en la cadera de papá, para que me abrazara. Hizo equilibro con la bola de espejos en una mano y con la otra me sostuvo desde la nuca y me dijo que me quería mucho y que ya estaba muy cansado de este invierno, que llevábamos más de un año entero viviendo en invierno y que tenía la sensación de que nunca se acabaría. Intenté acordarme cuándo terminaba el invierno y en qué día estábamos, pero ni una cosa ni la otra me venían a la cabeza y le dije que yo también quería que hiciera calor e ir a correr en la plaza descalzos. Me fui chupándome los dedos que se me helaron al instante, pero en lugar de ir cuesta arriba, di la vuelta al descampado, arrastré un asiento viejo de esos que parecen sillones en algunos autos y me senté en la esquina, hecho un nudo para abrigarme a mí mismo con el calor de mi cuerpo.

Podrían haber pasado quince minutos o dos horas. Amelia salió de casa de papá como me había temido. Me pareció que estaba más gorda, que seguramente se había comido toda la torta que era para nosotros. Entonces me acordé de la bici. Era probable que Amelia la viera y descubriera que yo sabía que ella había estado en casa de papa, jugando con la bola de espejos y comiendo la torta que era ni más ni menos que el pago de nuestro trabajo, mío y de mis hermanos. Fui por detrás de ella, lo más silencioso que pude, siguiendo el brillo de su traba como si fueran las orejas de un conejo muy blanco y yo su depredador. En las casas ya se habían apagado las luces y por las ventanas sólo se podía ver a una mujer lavando los platos o a un hombre solo, sentado a la mesa, llorando porque no se acababa el invierno, como papá. Tuve mala suerte. El suelo de la vereda estaba resbaloso porque el rocío había escarchado el cemento y me caí. Amelia se sobresaltó y dio vuelta para ver quién la seguía. Al descubrir que era yo se enterneció y volvió para ayudarme. No sé por qué, tal vez porque estaba enojado sabiendo que se había comido la torta entera que no era para ella sino para pagarnos a nosotros, a mis hermanos y a mí, le dije que no me parecía nada bien lo que había hecho y que estaba considerando hablar con su padre para contárselo. Amelia me agarró por la espalda y me alzó. Estaba sentada en la vereda. Su cuerpo había crecido tanto o el mío se había achicado. Ella ya no era una liebre sino que parecía una osa. No, no, con mi padre no, por favor, dijo. El aire por el que iban sus palabras se congelaba y una nube de humo frío me cubría la cara. Voy a hacer una torta para vos solo, dijo. Le dije que ya había comido un pedazo de su torta anterior y que no me parecía tan rica y también le dije que no quería convertirme en una osa como ella. La cara de Amelia se oscureció por un segundo y pensé que ahí mismo iba a morderme y arrancarme la oreja, o los ojos. Pensé exactamente eso, que iba a arrancarme los ojos. Antes de que pudiera explicarle que no había sido con mis ojos que la había visto ocultarse sino con los ojos de la bola de espejos Amelia volvió a sonreír y me dijo que tenía una idea.

La esperé en la puerta de su casa. Cuando salió traía un bolso de mano que en algún momento había pertenecido al taller, a juzgar por su textura grasosa. Se había puesto un prendedor aún más grande y lo presumió girando sobre sí misma, y como pensó que ya me estaría congelando, me trajo una bufanda roja que podía dar seis vueltas sobre mi cuerpo y aún así seguir arrastrándose por el piso. En el cuaderno de papá hay dibujos que me recuerdan esa bufanda, espirales que papá dibujo esperando que se terminara el invierno. Fuimos a la Laguna de los Patos. Amelia abrió el bolso y sacó un  par de patines para ella y otros para mí.

-Eran de cuando era chica –dijo. Yo dudé en ponérmelos porque no sabía patinar y no quería que Amelia se diera cuenta, pero ella me acarició la cabeza y sonrió. Fue un gesto casi invisible. Estábamos prácticamente a ciegas, de no ser por la bufanda roja y su prendedor brillante. No nos veíamos las caras, sólo el aire condensado que salía de nuestras narices. Amelia me ató la bufanda a la cintura dando una vuelta y después la anudó a su brazo. Estudió por dónde convenía entrar a la laguna. No parecía que fuera la primera vez que lo hacía. Avanzamos algunos metros sobre un hielo grueso y poco profundo. Me sentía liviano sobre los patines y no tenía miedo de hundirme porque estaba con Amelia y no en bicicleta. Fue entonces que Amelia me habló de las líneas de la mano. Me dijo que agarrara la bufanda y pusiera los pies muy juntos, que ella iba a llevarme. Dijo que mirando las palmas de nuestra mano izquierda, que era la que estaba más cerca del corazón, podíamos saber todo sobre nuestra vida.

-No exactamente lo que es la vida, sino todo sobre nuestra vida. Saber cosas del espíritu.

Me preguntó si quería saber algo del espíritu de alguien que conociera. Su pregunta me pareció demasiado vaga. Además yo no conocía a nadie ahí. Sólo a mis hermanos y a mi padre.

-¿Sos amiga de papá?

No era eso lo que quería preguntar y Amelia, mientras avanzábamos muy despacio hasta el centro de la laguna, lo entendió. Nos detuvimos a mirar. En el cielo no había estrellas, solo un azul profundo que reflejado en la laguna se volvía negro. Una nube dio paso a la luna que brilló con intensidad. La laguna se iluminó de pronto, y el prendedor de Amelia se multiplicó en el suelo. No quiero exagerar, pero en ese momento sentí que había llegado a otra parte, como cuando uno ve un documental sobre las galaxias y después, en sueños, se ve flotando en la inmensidad del universo. Empezamos a andar.

-Todas las líneas son también su opuesto –dijo Amelia. Íbamos despacio y yo empezaba a entender-. La línea del amor, por ejemplo, tiene su contrario si vamos en sentido contrario.

Giramos y volvimos sobre el camino marcado.

-El odio –contesté.

-No –dijo Amelia. Empezamos a ir más rápido-. Tu papá, por ejemplo. Él no sabe cocinar. Su comida es muy fea. No tiene sabor a nada.

Dibujamos un semicírculo y salimos a toda velocidad en línea recta.

-El destino es todo lo contrario a esto que estamos haciendo –gritó Amelia.

Era la primera vez que yo escuchaba hablar de una cosa como el destino. Amelia me explicó que todo lo que pasaba no tenía nada que ver con nosotros, ni con nuestras decisiones. Dijo que el camino hacia el destino era el azar. Una línea que no podíamos imaginar porque no era una línea sino muchas líneas, infinitas, cruzándose sobre sí mismas una y otra vez para llegar al mismo punto donde todo había empezado. Frenamos. La línea recta que habíamos hecho no se había marcado en el hielo, en cambio, el suelo había empezado a romperse debajo de nuestros pies y toda la laguna estaba golpeada con telas de araña.

No pudimos hablar de la última línea, la de la vida y la muerte. A Amelia se la tragó la laguna y casi me lleva a mí también. Tiré de la bufanda como pude, pero ella ya se había desatado. El prendedor flotó solo unos segundos antes de perderse en la oscuridad. Vi a mi papá reflejado ahí. Volví a la orilla y busqué mis cosas. Tiré el bolso con los patines desde donde estaba y también se hundió. Bajé en la bicicleta hasta la casa de papá, quería contarle lo que había pasado. Entré sin hacer ruido y lo encontré dormido en el colchón gigante, abrazado a la bola de espejos.

Una respuesta a “El peligro de congelarse para siempre”

  1. carmen perilli dice:

    Conmovedor Ezequiel, está lleno de silencios

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