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ISSN 2684-0626

 

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El vuelo del angelito

Por Mario Corvalán Singh |

“Si existe Dios seguro que también existe un lugar especial donde moran eternamente, rodeado de dulces y hermosos sueños, todos los angelitos que dejan este mundo de sufrimientos y quimeras”.

            A usted que, por algún motivo u otro, llegó esta narración a sus manos sólo quiero decirle que tengo la necesidad de contar esta historia, tengo la urgencia de aferrarme a este relato, porque es lo último o, mejor dicho, lo único que me queda.

            Yo tenía en aquel entonces seis o siete años –no más de eso–, y en mi pequeño pueblo, al norte de Santiago del Estero, vivía un pintoresco paisano, alto, siempre prolijamente vestido y con un sombrero negro de ala ancha, un hombre al que todos respetaban y admiraban. Vivía en un sereno lugar junto a su esposa y a sus cinco pequeños niños. En su rancho todo era felicidad dentro de la pobreza: felicidad por compartir el pan, por tener los sabios consejos de su padre, por despertar rodeados de sus hijos, por tener a Ramona. Se podría decir que Liberato Luna era un hombre afortunado.

            Por ese entonces, fue a trabajar a la zafra tucumana y juntó buenos pesos para su rancho; todo en el obraje era convivencia y rutina que les eran gratos.

            Una mañana calurosa del mes de diciembre, los hombres se alistaban en el campamento, y a lo lejos divisaron una gran polvareda. Era la vieja rastrojera del patrón.

            –¡La pucha que trae prisa el tano, parece que lo corre el diablo! –dijo un obrero).

            –¡Pero si todavía nos queda provisión pa´ un buen rato!

            Sólo Liberato percibió el peligro y comenzó a rezar para sus adentros un dilatado padre nuestro, pidiendo que sea un mal presentimiento. Pero su rezo fue en vano, sus súplicas se esfumaron, su sangre se paralizó al escuchar la voz ronca del patrón.

            –¡Luna!, ¡Luna!, ¡Luna!

            –¡Aquí!¡aquí patrón! –como un autómata, instintivamente, levantó la mano.

            –¡Suba, urgente! –lo llevo a su casa.

            De un salto trepó a la camioneta, y emprendieron el largo y penoso viaje.El tano Falcone era un buen patrón y tenía mucha estima por Liberato.

            –Sea fuerte, mi amigo… A José, su bambino más chico, lo mordió la bicha.

            Luna no hizo ningún comentario, ni preguntó nada, sabía que la picadura de cualquier víbora era mortal para un niño de tan sólo tres años; un largo suspiro brotó de boca.

            No dijo ni una palabra en las largas horas que duró el viaje. Él seguramente hubiese preferido seguir en aquella vieja camioneta por toda la eternidad y no llegar jamás.

            Pero al arribar a su rancho, por primera vez sintió miedo, un terrible escalofrío le erizó la piel, su cuerpo no le respondía, su alma estaba ausente. Aun así tomó una bocanada de aire y se llenó de coraje, parecía que todo estaba tal cual lo había dejado, sus hijos llegaron corriendo a abrazarlo, a besar a su querido padre, lo tomaron de la mano, y Luna continuó caminando rodeado por ellos. Al cruzar el umbral del rancho sus ojos se adaptaron un instante al lóbrego lugar iluminado sólo por unas escasas velas. Una vez que su mirada se acostumbró a la penumbra, comenzó a recorrer con su vista el pequeño cuarto. De pronto su figura se tensó y apretó mi mano con tanta fuerza que casi grito de dolor. Mi padre me soltó y se afirmó en el marco de la puerta buscando un apoyo para no caer, igual que un gigante herido de muerte trastabilló y volvió a mantenerse erguido. Tuve temor al ver su rostro pálido y desencajado.

            Mi hermano estaba sentado en una sillita de tientos, que papá le había hecho, y estaba ubicada arriba de la mesa del comedor. Josecito quedaba como dormido hasta incluso parecía que sonreía, un mechón de cabellos renegridos caían sobre su frente debajo de una coronita de flores. Le habían colocado unas hermosas alitas de papel, que la hicimos entre todos los niños, con un trozo de alambre. Yo, sin pensarlo, desarmé mi amado volantín y pegué el delicado papel con una mezcla de harina y agua; incluso los demás niños le pusieron unos papelitos de vivos colores y, una vez que estuvieron listas, vistieron a José con una bata blanca, y colocaron las alas en su espalda aferradas con finos cordones de cuero. Y recuerdo claramente que nos dijeron a los niños que no debíamos llorar, porque si lo hacíamos nuestras lágrimas mojarían sus alitas y el angelito no podría levantar vuelo. En mi mente de niño pensé que mi hermanito en algún momento realmente volaría y se iría al cielo por la ventana que habíamos dejado abierta adornada con florcitas de papel.

            Mi padre se acercó lentamente a donde estaba Ramona, acarició sus cabellos, y no pudo decir absolutamente nada, estaba desorientado.

            Salió a tomar aire. Raquel y yo lo acompañamos, los demás niños afuera seguían jugando  y cantando para que el angelito no se asustara.

            Raquel le dijo a mi padre.   

            –Era muy chiquito, Tata, y ahora está perdido y solito.

            Tuve que morderme fuerte los labios para no llorar.

            Liberato miró a la inmensidad del cielo y algo se iluminó en sus pardos ojos.

            Repitió para sus adentros una y otra vez las palabras de mi hermana: “Era muy chiquito, Tata, y ahora está perdido y solito.. “Era muy chiquito…”.

            Volvió decidido al rancho, pasó directo al dormitorio, buscó arriba del ropero y allí lo encontró: su viejo revólver belga tapado con un desgastado lienzo, un poco más atrás una bruñida bala oculta en un pequeño hueco de la pared.

            Al regresar al comedor acarició al angelito, le besó la frente y le murmuró algo al oído, acomodó sus alitas y fue al encuentro de Ramona.

            Se arrodilló frente a mi madre y besó su hermoso rostro, la miró de frente a sus ojos. Años de convivencias habían hecho que entre ellos no hicieran falta las palabras, una mirada lo decía todo. Ella acarició el rostro de su esposo, apretó sus manos y asintió con su mirada la decisión de Liberato. Sólo dijo:       

            –Fue hermoso el tiempo que pasamos juntos, fue hermoso conocerlo, pregúntele a Dios por qué lo eligió, y no me lo deje solito.

            Mi padre salió presuroso y decidido de esa habitación, llamó a todos sus hijos, nos dio un beso y dijo unas pocas palabras a cada uno.

            A llegar mi turno me explicó: M´ijo querido, usted será ahora el patrón y hombre de la casa, recuerde que su padre siempre lo amará.

            Le di un fuerte abrazo y salí corriendo para avisarles a mis hermanos, que papá me había nombrado “el hombre de la casa”. Pero no pude decirles nada, porque el estallido fue tan fuerte que me quedé quieto sin reaccionar. Luego, como en un sueño, llegaron los gritos de las mujeres y las corridas de los hombres, luego la angustia, luego  la nada.

            Nos dijeron: “papá se fue a buscar al angelito para que no se extravíe en el camino”.

Nos dijeron tantas cosas, pero lo único que sé, es que mi niñez terminó ese día, que mi existencia cambió para siempre aquella tarde.

            Comencé este relato diciendo que tengo la necesidad y la urgencia de contar y aferrarme a esta historia y, es cierto, pues mis días se acaban entre las sábanas blancas de este viejo hospital, mi alma pronto se liberará de este aquejado cuerpo.

            Hoy puedo asegurarles que no tengo temor a morir, a ese sentimiento lo reemplacé hace tiempo por una inquietante curiosidad.

            Curiosidad por saber si mi padre realmente encontró y acompañó a mi hermano. Curiosidad por saber si las alas de papel de mi angelito resistieron aquel largo viaje.

            Curiosidad, simplemente eso, tengo en mi alma una enorme curiosidad.


Imagen: Bosque chaqueño, Antonio Berni

4 respuestas a “El vuelo del angelito”

  1. Mony dice:

    Excelente!!!
    Bella narrativa…como siempre…atrapante!

  2. Excelente, como todos tus cuentos, compadre Milo.

  3. Mercedes Tapia dice:

    Excelente!!!!!!Mis felicitaciones.Cuanta emoción

  4. Rosa gambarte dice:

    Muy bueno!

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