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Escena de lectura

Por Sonia Saracho, Alejandro Llanes y Jorgelina Chaya* |

Introducción

El gran impacto que provoca cada escena de lectura en las prácticas de formación docente inicial es incuestionable. La recuperación de la memoria subjetiva y la reflexión crítica y emotiva de los encuentros con las diversas lecturas, posiciona al practicante en una zona de indagación y develamiento de sus matrices de aprendizaje. En ese proceso, recupera sus propias experiencias con el universo de la cultura escrita (Meek, M., 2004) que nos permiten, como docentes formadores, proponer una configuración más compleja y reflexiva de las identidades docentes contemporáneas.

Cuando miramos hacia atrás las distintas propuestas pedagógicas diseñadas desde nuestra Cátedra, ponemos aún más en valor la riqueza del taller como dispositivo, y las interrelaciones y producciones que surgen en estos encuentros. Estas escenas se escribieron en el marco de los talleres de lectura y escritura, que ponen en juego no sólo el contenido a enseñar, los “temas” y la reflexión sobre los mismos, sino que van a develar cuestiones vinculares que forman parte de nuestra práctica: la relación afectiva entre pares y con nuestros estudiantes, la importancia y la dimensión social de nuestras prácticas, nuestra responsabilidad política, nuestros permanentes replanteos epistemológicos, entre otras cuestiones. Esto es: construirnos como mediadores responsables de ofrecer bienes materiales y simbólicos que para muchos sectores de nuestras comunidades aún continúan postergados. La escritura colectiva que proponemos desde nuestra cátedra, es otra forma de indagar, reformular y mejorar nuestras prácticas docentes situadas.

No queremos dejar de mencionar también que este texto es fruto de una intensa búsqueda emocional y amorosa a la que nos llevó la Pandemia en 2020, en un trabajo muy cercano y sentido con nuestros estudiantes, que estaban pasando, como todos nosotros, una situación de emergencia y excepción en el marco de su formación docente inicial. En aquel contexto cobró un especial sentido este “vínculo interpersonal atravesado por una experiencia lectura”, como lo nombra el autor de este texto.

En esta nueva escena, Jorge nos comparte un relato en primera persona que evoca sucesos de su adolescencia en un lugar muy especial: “La cueva”. En aquel sitio, en permanente contacto con textos, melodías y personas que configuraron un entramado de experiencias estéticas, una fuente permanente de descubrimientos, conocimientos, en un camino de búsquedas en la configuración de sus identidades adolescentes. Entre las muchas vivencias y experiencias, un momento clave parece ser la llegada de un libro en especial… Y ahora sí, les invitamos a disfrutar esta nueva escena.

Escena de lectura N°3

Por Jorge Atar Balocco |

Con un amigo decidimos refaccionar una piecita en la terraza de su casa. Nosotros habremos tenido 15 o 16 años, y la piecita, hasta entonces de cachivaches, calculo que medía 2 metros de ancho por 3 y medio de largo. Le decíamos La cueva, en alusión al antro donde Billy Bond, Tanguito y demás secuaces se reunían y hacían sus presentaciones musicales en la década del 60. Ahí nos juntamos casi todas las tardes durante algunos años. Conversábamos, escuchábamos música, tocábamos, a veces caía más gente y la tocada se ampliaba. Algunas noches, todavía, nos quedábamos a dormir, veíamos alguna película o intentábamos escribir un poema ‒con suerte‒ o hacer canciones ‒con más suerte‒.

Un día, en algún estante de su casa, mi amigo encontró un libro. Cuando yo llegué me lo mostró y me propuso que lo leamos entre los dos, ahí, en La Cueva, cada vez que nos juntemos. Me dijo que no tenía ninguna referencia del libro pero que cuando lo agarró y vio el título, que era Tres niñas y un secreto, le dio la sensación de que iba a estar bueno. De todas formas, podíamos probar: si no nos iba gustando, lo dejábamos. Todo esto transcurrió en una atmósfera de mucho calor. Era verano, La Cueva era muy chiquita, con techo de chapa, además, decíamos, parecía una nube, porque habíamos empezado a fumar hacía relativamente poco y siempre había humo en el aire.

Empezamos la lectura. Dos páginas cada uno en voz alta. La historia presentaba a tres niñas que encontraban un bebé y decidían cuidarlo a escondidas en una especie de edificio abandonado. Algo así me acuerdo que era. A medida que avanzábamos, se nos hacía muy difícil no identificar ese espacio otro, que en la novela era el departamento de las niñas, con nuestro espacio otro, La Cueva. Ese aspecto de la historia nos cautivaba. La hemos leído con entusiasmo en unos pocos días.

Para mí fue novedoso compartir esa lectura surgida por mero gusto, o sea, por fuera de la obligatoria escuela. Y marqué que eran lecturas en voz alta porque había también en eso un gran condimento, una experiencia de lo corporal en el desafío de entonar las frases, en la búsqueda de encarnar emociones o sensaciones al leer, o cambiar la entonación, por ejemplo, cada vez que hablaba un personaje distinto. En fin, una experiencia y unos desafíos también por fuera de lo que al menos yo me permitía encarar en la escuela.

La escena no remite exclusivamente a una relación con la lectura en sí misma, digamos, sino a un vínculo interpersonal que es atravesado por una experiencia de lectura compartida. Fue una estocada que dio la ficción a la realidad, que cambió nuestra manera de darle sentido a La Cueva, o mejor dicho la enriqueció: la música, la poesía, los pensamientos compartidos, todas eran como criaturas a las que queríamos criar ahí, con el obstinado cariño que habíamos descubierto en la novela.

En la siguiente pista pueden escuchar la Escena de lectura en la voz de su autor:


Jorge Sebastián Atar Balocco nació en el verano de 1995 en Tucumán. Criado en el barrio Ciudadela, es un aficionado a los deportes, un amante del skate y la música. Estudiante del Profesorado en Letras en la UNT.


*Docentes de Cátedra de Didáctica Específica y Residencia docente en Lengua y Literatura

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