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La armonía de los tiempos

Por Pablo Toblli |

Gaston Bachelard en La intuición del instante (1932) arrojó un interesante planteo en torno a la escritura poética, pero más que proponer un modo de abordaje de su práctica, reflexionó sobre la percepción poética, ese instante previo a la escritura en sí misma, mostrándonos ideas que no sólo eran aplicables a los poetas sino que podían ser puestas en práctica por cualquier ciudadano para mejorar su vida, pienso. En este sentido, Bachelard en su texto, sin darse cuenta, nos muestra una crítica al sistema homegeneizante de las sensibilidades y las conciencias. De esta manera, el autor analiza el tiempo de la invención poética planteando que toda creación del ser humano que sea paradigmática para la sociedad o para él mismo se da en un tiempo discontinuo, en el que el creador se olvida de sí y de su alrededor, arrojando un ser tomado plenamente por el instante de su creación que se da en un momento de ingenuidad y entrega total, a partir del registro de los estímulos imperceptibles que son posibles cuando ese gran tiempo otro se ha callado. La potencia del instante produce una herida y un corte en el tiempo del calendario gregoriano y del devenir cronológico, por lo cual cada vez que el artista retorna “al tiempo de todos” experimentará un fuerte dosis de tedio y desinterés, como si hubiese vuelto de la salida de la caverna platoniana o de las percepciones epifánicas de Huxley.

De este modo, Máximo Olmos propone en su nouvelle Natural devenir (2010; 2019)[1] acercarnos la materialización de la discontinuidad temporal del ser y mostrarnos toda una ética de vida que no sólo refluya en cauces filosóficos que pueden perderse en lo inasible de ciertos silogismos, sino que dé cuenta de personajes reales, cotidianos y palpables, haciéndonos ingresar en un mundo que nos subvierte sutilmente.

La nouvelle se compone de un pulso poético, transformándose en una auténtica prosa de un autor que en ningún momento puede abandonar su designio de poeta, porque es una obra que nos embebe en una alteridad temporal y espacial de autopreguntas, como todo buen poema que nos hace suspendernos en el tiempo y reconfigurar nuestro presente, pasado y futuro, a partir de un narrador que domina el mundo que nos quiere convidar: “En el jardín se estaban reorganizando los canteros y una variedad de almácigos esperaban su turno. Los árboles se excedían en su verdor. […] Había que arrancar las primicias vertientes del frutal. El fermento necesario de la naturaleza para irse de la conciencia. Dar con el uno y con lo otro”.

En este orden de cosas, contamos con dos personajes mellizos de clase media-alta neurotizados por un sistema exitista, con unos padres exigentes que crían a sus hijos bajo el lema de “prestigio, luego existo”: “La primera parte del andar, la conversación, se fue acelerando porque discutían sobre los avances de sus vocaciones. –podría haber sido un pintor naturalista. Sí. Pero ese era el destino de otra generación, no mi responsabilidad plástica. Soy otro tipo de artista. Los que hicieron ese camino fue porque siguieron a los genios consabidos.”  De esta forma, los mellizos compiten entre ellos porque su conciencia moral ya fue incubada por los padres que auguraban hijos genios alejados del común y exitosos en sus roles y rótulos: uno diseñador de autos y el otro artista plástico. Sin embargo, el verdadero personaje protagonista de la nouvelle -creo yo, no son los mellizos- es José, el jardinero de la familia, un analfabeto que está dotado de una profunda sensibilidad que se materializa en la observación y descripción atenta de los cambios leves de la naturaleza: un personaje que no intelectualiza, solo sabe sentir y observar. Es su forma de entender el mundo.

A partir de una charla de los mellizos sobre el tema de La belleza, su itinerario vital cambiaría para siempre. Es así que en un episodio aparentemente intrascendente, cuando la prosa era un paquete de hechos concatenados y ascendentes que pareciera que iba a resolverse en una cronología firme en consonancia con el afán de éxito de los mellizos, da un giro necesario a partir de una sola frase. De este modo, en uno de los pasajes del libro, los mellizos venían discutiendo -en su tono altanero- sobre una chica punk que les gustaba, cada uno intelectualizaba sobre su belleza, a lo que José interrumpe y les advierte que “la belleza debiera ser algo simple”. Esta frase sería como un virus fino y elegante, lento, sutil pero certero porque todo el aparato yoico montando sobre ellos, todo el sistema simbólico que sus padres habían constituido sobre su subjetividad caerá, porque la nouvelle de Olmos trata, sobre todo, de lo irrevocable del deseo, que pujará a fin de cuentas por manifestarse tarde o temprano: “¿Qué era la belleza simple? Entonces, Benjamín se rascó varias veces el mentón y se acomodó en el asiento para mirar lo que sea que esté fuera del auto. Pablo, por dentro pétreo. Fue demasiado dejar que José, el simple José, los inquietara con una sola pregunta. Esa grieta que socava la gruta. La belleza oscura y la belleza clara. Ellos. Los mellizos distintos y la imagen de un enredo. Y la sentencia escondida: “la belleza es simple”. Luego entraron a la casa cabizbajos como si estuvieran de penitencia. Duritos iban […] a Pablo le aguijoneaba esa metafísica coercitiva que prescribe a un hombre coherente, el que es duro consigo mismo, en la sustancia primera, en la miseria propia.”

Es así que los mellizos maduran una subjetividad y ahora observan en aquel jardinero -al que tildaban de simplón- una guía del espíritu, del valor de la sencillez, del tiempo lleno, pero sobre todo, una metáfora encarnada de su más fiel espejo devenido en el hallazgo. La personalidad de los mellizos va cambiando conforme al descubrimiento de lo imperceptible de la naturaleza -como les enseñó el jardinero-, a esa contemplación de un entorno que se entrega a su propio destino, a ese pulso natural de una sensibilidad que quería otra cosa: los objetos devienen y son construidos, nos representan, no están fijados, cuando se descubren en el borde de una neurosis a punto de eclosionar el futuro: “Si a ellos les contaba del manso devenir de la naturaleza, de su cambio imperceptible y de su simpleza… quizá podría desenredarlos… un poco. Es la belleza dentro de uno. La calma. Uno mismo y la naturaleza. Las largas filas del Iberá. La vida dentro del otro. Hoy. Mañana. Hablarles con la luz del día. Del jardín y de la selva. Ojalá sepan mirar y conformarse. […] Somos como árboles atentos al entorno”, sentencia el jardinero.

El verdadero poeta de este libro es el jardinero que nos muestra otra forma de vivir, quien descubre el deseo en el tiempo discontinuo que algunos seres reprimen y que otros ni se dan cuenta. A la intelectualidad de los mellizos se le añade la sensibilidad obtenida por la agudización de los sentidos, con un aplanamiento de los egos que hasta ahora han funcionado como una mácula infalible, entonces leo: “Él tenía una labor sencilla y ellos una compleja. Ellos ansiaban un renombre social y él una vida de trabajo. Ahora tienen el mismo gesto del pasto aplastado por la lluvia. ¿Y la alegría de los hermanos? ¿Y el intenso amarillo del fresno en mayo? El tiempo lo cambia todo. Los mellizos están lluviosos. Los miro como a mis plantas, en el color de su piel. Ellos dos cambian como el jardín.”

El deseo más utópico del ser humano es crear un tiempo en el que la armonía y la solvencia de la plenitud de una identidad sean como el aire que se respira a cada minuto, como las hojas pavoneándose y bamboleándose felices en su caída. Máximo no le teme a este ideal y nos reclama en su nouvelle irnos a vivir en esta prosa poética y sutil, según reza el agradecimiento general del libro: “Dedicado a aquellos que se abrazan con sudor a su propia poética.”



[1] La primera edición del libro es en 2010 y la segunda en 2019, en esta última el autor decide cambiar los nombres de los personajes principales en un gesto de hacerlos más universales y genéricos, optando por los nombres de Pablo y Benjamín. El resto de la prosa se mantiene sin mayores modificaciones y fiel a su esencia.


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